Camila Sosa Villada es una autora trans. Y aquí surge el primer rumbo que seguirán estas notas. ¿Por qué es necesario agregar ese prefijo pospuesto como modificador? No decir cordobesa, por ejemplo, o actriz y performer. Añadimos que las dos últimas líneas de la solapa de uno de sus libros dicen “fue prostituta y a veces canta en bares”. Dos más dos, prostituta y trans.
Pero escritora, pero exitosa, pero fundacional. Pero, y ese sería otro rumbo, no maldita.
Es seguro que igual hubiera añadido trans. ¿Es una discriminación, es necesario para hacer una devolución, una reseña para comentar su literatura? Una piensa que sí, que es necesario decir bueno si usted no tenía en su mente el nombre de esa autora trans que está triunfando pues sepa que esa autora es Camila Sosa Villada. Y si lo omitiera, pues solo tardará tres renglones más en descubrirlo.
Y acá me permito ser autorreferencial: en mi experiencia de lecturas a los 30, 40, 50,60 y ahora me ha ocurrido por lo general que esas lecturas han sido condicionadas por un fenómeno que yo llamo contigüidad y que obedece al orden en que esas lecturas se producen o llegan a mí porque o son elegidas o de alguna manera me suceden. Hablo como lectora y observadora del fenómeno de recepción. Cuánto incide en el aprovechamiento, en la valoración, en el juicio de la experiencia la situación de recepción. No me olvido de aquella alumna que me dijo “profe, El cazador oculto es muy infantil”, y tenía quince o dieciséis. Pero el contexto: mujer, en Argentina y demás condicionantes le dije “sí tenés razón, vamos a buscar alguna cosa más apropiada”. Porque de eso se trata, de cuándo llegan a nosotros las lecturas. Cuántas veces uno escucha “no, en ese momento yo no estaba para Murakami o para Rayuela o para Anne Carson. Hay momentos para y hay magia en la coyuntura feliz de alguna lectura. En mi radar, que es de muy corto alcance ya que soy una persona que tiende al aislamiento, no hay personas trans ni para un lado o el otro, ni bio hombres ahora mujeres ni bio mujeres ahora hombres. O por lo menos no en el sentido radical que incluye medicamentos y cirugías y cambio de papeles de identidad. Sí gays desde hace tiempo.
Tampoco he sido asidua o esporádica concurrente a las marchas lo que me hubiera valido una experiencia de contacto social y visual. De ninguna clase las marchas, protestas o reclamos o política. Aquí van todas las excusas de fobias y dificultades que quepan. Tampoco he vivido alguna de esas tragedias que sacan la desesperación de las víctimas a la calle. El caso es que para mí, una persona trans es un mundo desconocido. Podría citar a una amiga antropóloga de izquierda, feminista, que trabaja en organismos de género, sobre las dificultades con las trans que acuden por ayuda. No todas las tribus feministas son inclusivas.
Y para seguir con la autorreferencia, debo decir que mi más reciente incursión por este vivificante espacio que es la Vagabunda de México ha consistido en una serie de cuatro artículos sobre Disphoria Mundi, la última obra de Paul Preciado, autor trans que no se molesta por la partícula, ya que su proceso de transformación de Beatriz a Paul está detallado en la mayor parte de sus textos. En Dysphoria Mundi de nuevo relata brevemente cómo es su viaje de una identidad a la otra, como es la relación con su familia, cómo su padre acoge de nuevo a ese hijo transformado.
Después de haber estrujado durante meses Dysphoria Mundi, me aparece Camila. Tendría que decir por azar o por cálculo. Cuando hablamos de azar solemos ser extremistas: consideramos al azar una fatalidad de tipo meteorito que nos llega por leyes físicas del universo que siempre nos van ser desconocidas o al cruce con un virus de una tos anónima en la calle. El azar quizá dejaría de ser un concepto tan misterioso si lo rociáramos o lo interviniéramos con un poco de nuestra voluntad. El azar obedece-confluye-acuerda-se planta en la dirección que elegimos. Quizá sí el azar se produce: es verdad que lo que antes no estaba ahora está, pero también sabemos que se ubica en el camino de una búsqueda que sí es elegida, que sí es determinada por nuestra voluntad y necesidad, de modo que lo que se presenta como una casualidad afortunada o desafortunada en realidad la estábamos buscando y cuando protestamos ante lo que ha sucedido olvidamos que estaba en nuestras búsquedas.
Un ejemplo de mis lecturas.
Hace pocos años vi el nombre de un autor francés llamado Laurent Binet, que desconocía: en la columna de reseñas de una revista que estaba en donde me alojaba, en París. Allí se recomendaba a Christine Angaut, a David Foster Wallace y a Binet. El artículo, arrancado, voló conmigo. Había leído a Wallace por recomendaciones que llegaron de otro lado y así confié en el papelito. Me dieron ganas de leer a los otros dos. Empecé por Angaut, impactante de veras. Y ahí quedó. Antes de la pandemia me invitaron unos estudiantes de periodismo a grabar un videorreportaje sobre la poesía en mi ciudad. Accedí y uno de ellos, interesado por la lectura, me contó que un profesor de la carrera les había recomendado La séptima función del lenguaje de L B. y le había gustado mucho. La memoria me llevó al papelito y bien. Una obra que juega con la lingüística y los lingüistas, con Roland Barthes como protagonista y como némesis Philippe Sollers, escrita con humor y agudeza. Sollers, esposo de Julia Kristeva, también personaje en la novela (entre los dos cráneos escriben El matrimonio como una de las bellas artes, que también leí)
Sollers es un pensador francés que fue director de Gallimard e investigador de la vida de Vivant Dénon, libertino del sXVII que crea el Louvre, su espíritu, su tremenda colección que crecerá y crecerá. Me interesó, lo encontré usado, en francés, en mercadolibre. A Binet lo segui con HHH novela histórica apasionante sobre el atentado a Hitler… después con ella una película de guerra de las buenas.
Todo ese abanico de lecturas y placer ¿por qué llueven sobre mí los bellos libros? ¿O sólo me caen encima los que estoy buscando?
Se podrá pensar entonces que mi encuentro lector con Camila Sosa obedece a ese azar o contigüidad que hace que mi sensibilidad abierta a Dysphoria Mundi, a Preciado y su historia, me haga prestar atención y buscar en la librería los libros de ella para reseñar y comunicar mi experiencia y así otros encuentren por donde seguir. No, otra vez el azar. En la biblioteca de uno de mis hijos, durante una visita, veo los Libros de Villada. Ah, tenía ganas de leerla, a ver de qué va. Y decidí empezar por Las Malas.
Enfoca el mundo travesti – prostibulario. Es de creer y desear que la dupla semántica se rompa y ya no vayan asociados ambos conceptos como uno y único. Pero Las Malas cala allí, con denuedo, con ganas extremas, sin retaceos. El ámbito es Córdoba capital —y se agradece la gran ciudad escenario que no sea por una vez Buenos Aires—. Y más precisamente el vientre de la ciudad, el recipiente de gozo, dice, que es el parque Sarmiento, contiguo al zoológico. Lugar poetizado, centro de sucesos mágicos y escatológicos como debe ser el sexo entre varones y travestis. Funciona como un testimonio, brutal, de la vida de estos seres que viven en una inestabilidad identitaria tal que resulta tierna y patética. Si el lector no arroja el libro declarándose incapaz de seguir adelante, se verá hundido en la sorpresa, la compasión, la empatía. No porque ignore o sea incapaz de conjeturar cómo ha sido la vida de las travestis unas décadas atrás sino porque el texto no da tregua, no deja de morder nunca en la sinestesia interminable de las máscaras los trajes los decorados los colores, por ejemplo, de la Tía Encarna
La casona rosa, del rosa más travesti del mundo… todo es verde allí… las alacenas estaban siempre llenas… y a todas nos decía que tampoco podía faltar en nuestra pieza una imagen de la Virgen del Valle, que era morena y tan rebelde… (p. 122)
Y la crueldad, que campea en los relatos de nuestro tiempo adquiere crudeza física. El cuerpo de la Tía, la protectora de todas estas marginadas, es un muestrario del horror: las secuelas del aceite de avión inyectado en sus tetas, las cicatrices de cortes de la cárcel, autoinflingidos para ir a la enfermería, y sus ciento setenta y ocho años. Cada personaje trae una historia tremenda, en despliegue de variantes de lo físico sufriendo.
Si bien el esquema decimonónico se instala en la novela, —tenemos los datos, los lugares, la descripción de los personajes desde antes de entrar en la trama—, la autora no se demora en tirar una de las líneas que sostienen la trama: el hallazgo de un bebé en lo más sórdido del parque, en un pozo de maleza propicio a los encuentros más transgresores y desmadrados entre varones y travestis. La maternidad de la Tía Encarna es de guiñol. El niño se alimenta de lecha aceitosa, visitamos el asco. El crecimiento de este niño, entre la parentela travesti que va y viene a la casa se desarrolla de manera poco convencional. Está allí por ejemplo, María la Muda, rescatada por la Tía y bautizada como travesti, la Machi, que también consagra bodas, el Hombre sin Cabeza, novio de la Tía, refugiado africano y protector de todas.
En cuanto al lugar del narrador, parece obvio encontrar la primera persona. No hay distancia en los textos de Camila. El punto de vista en primera se impone ¿es que no le creeríamos si mirara de afuera? La narradora es una más con las travestis de la Tía. Su historia arranca de su boca a los cuatro años y la figura de padres a los gritos domina la infancia. La madre golpeada y el niño maricón que crece, los disfraces y el baile de pueblo donde aprende cuál es su destino: chupar pijas. La violación, dos policías y la huida a la capital. Allí, alumna de la universidad se prostituye por dinero y vive la dualidad de la identidad diurna y la nocturna. Finalmente se une a la manada del parque y recala en la casa rosa.
Para completar nuestra educación en el tema hay también una trans operada, portadora de una vagina nueva, con la que festejan una navidad estrambótica. Y para las que no consiguen erección para satisfacer a los clientes por estar sobrepasadas de cansancio, lo efectos de la novedad, el viagra. Que se acopla con el Sida que no podía faltar en esos años
Las Malas es un relato escalofriante, cuesta seguir adelante y no se puede dejar, al mismo tiempo. A diferencia de otros relatos truculentos como El colgajo, sobre la historia quirúrgica de una de las víctimas de un atentado, o como Las tumbas, de Enrique Medina, relato crudo de un orfelinato narrado por un morador que devino escritor, lo gore aquí se combina con fantasía al más puro estilo del realismo mágico. En la escalada narrativa de delirio se romantiza la vida travesti como un refugio de humanidad, ternura y potencia amorosa. Es un texto duro, pero no maldito, estamos listos para el relato, maduros. Quizá por eso es necesaria la vehemencia y un procedimiento que vemos volver a la literatura, al calor de tanta ficción extrema, audiovisual.
Y es también un texto fundacional. Abiertamente la autora reconoce haber estado ahí para contarlo.
La novela Tesis sobre una domesticación se parece. Y no. Estamos con una protagonista travesti, actriz, casada y exitosa. Tiene un hijo y es amante de su director. Es tanto su prestigio que ha obtenido lo necesario para poner en escena una obra del siglo pasado, de Jean Cocteau, La voz humana, hecha para lucimiento de una actriz. Aquí también está todo más o menos claro, el marido es abogado penalista, celoso y devoto. Viven en un piso 18, lujoso, cuyo palier es grafiteado una y otra vez por el hijo, consentido y educado de forma sui generis. Se detalla el acto sexual entre personas con pene en una especie de didáctica condescendiente, cuyo tono es el de todo texto erótico contemporáneo. Hay una fiesta queer con pareja de lesbianas, descontrol y serpentario al modo de B E Ellis. La actriz se desliza y se aísla. En medio de una pelea conoce a su marido, de novio con un jovencito y ahí tenemos un comienzo. Y un poco de contexto: ambos pertenecen a la generación promiscua, militante de la vida abiertamente homo, pero la actriz esconde un deseo de someter el poder de los hombres desde su lugar. Aprendemos de la masculinidad gay, digamos, el marido y llegamos a la boda. Y en la fiesta reaparece Las Malas, la bacanal cordobesa, el alcohol, el desmadre de placeres. Pero ella está traicionando a sus congéneres, unida a este gay ricachón.
La familia de origen es por supuesto cruel. Pero eso no la disuade de querer su propia familia. Se barajan todos los caminos desde ir a Miami a comprar un niño a alquilar un vientre. Ensaya con una sobrina para ver qué siente junto a un niño y pasa la prueba. Casados la cosa es más sencilla. Adoptan un pequeño sidásico con toda clase de traumas, su batería de medicamentos y emprenden una malcrianza fenomenal. Con los labiales Givenchy embadurna sus dibujos en el espejo de la entrada al edificio. La maternidad sigue construyendo su leyenda de figura mediática, contesta reportajes sobre la adopción y nos da a los lectores una aproximación a la cuestión de travestis madres y gays padres. También desde la mirada del niño, que en una reunión previa con la psicóloga se entera de que su madre famosa era una mujer con pito.
Pero la tesis es sobre el matrimonio, el de travesti y gay, con sus infidelidades y su cansancio, las idas y venidas del deseo, piloteadas por las hormonas, el viagra, las comilonas, la decadencia física o el tedio intelectual. Un paisaje colorido, espejo de las historias de parejas tan visitadas. Aunque el mundo hetero es visto con desprecio por la ignorancia de lo erógeno o por la aplastante rutina de su reflejo en las historias de siempre, este amor diferente se ve codificado también en todas las variantes de una relación matrimonial.
No falta el retrato familiar de ambos, como la orfandad en el caso del marido y niñez con una tía lesbiana, o, con más detalle la protagonista, con un padre confundido y engañado, aferrado a su otro hijo pobre y una madre bruja de pueblo que se las arreglaba para disfrutar, gente cis y miserable. Y en la infancia la golpiza de otros chicos al maricón del grupo.
El matrimonio se deteriora y revela ser entre estos dos seres un juego de sometimiento, ocultación y que la conquista más difícil es la libertad. Como para una mujer madura, el hijo y las cuentas saldadas con los padres resulta ser la realización. ¿Esta será la tesis?
Los relatos reunidos bajo el título Soy una tonta por quererte presentan variaciones de lo mismo. El primero lo es, vamos conociendo los detalles de la infancia de la autora. Es la historia de Martincito, hijo débil que va siendo maricón y la promesa de los padres a la santa popular Difunta Correa de viajar a su santuario para que el hijo, ahora hija, encontrara un empleo decente y dejara la prostitución. Todo en un pequeño pueblo seco y caliente donde no se puede vivir en paz. A los tres meses triunfa como autora y actriz de teatro, obtiene excelentes críticas. Aunque la obra termina con un desnudo frontal, la madre está agradecida. Pero el padre. El padre conduce el coche familiar al santuario para cerrar el asunto. A una función, cuatro años después, ambos la saludan. La madre le dice que su marido sangró por la nariz durante toda la función. Frente a su propia historia.
La infancia abusada, la travesti ganándose la vida con riesgos extremos, los otros relatos no se salen de la línea. Dos cuentos con protagonistas mujeres, muy disímiles mujeres: abuela y nieta pardas, en lo cotidiano y al mismo tiempo peligroso, y la mujer pantalla. En este se despacha un alegato antigay, marica ladina y mariquita fina y desgraciada son los apelativos para quienes no se deciden a salir del armario y necesitan cobertura. Lo hacen con una holgazana a quien pagan muy bien. El travestismo y la actuación reaparecen en esta variante.
Dos cuentos merecen mención aparte. El cuadro neoyorquino sobre la vida de Billie Holiday y cómo su deterioro se ve dulcificado por su amistad con unos jotos como Ava y la narradora. Se meten en su círculo, le brindan cuidados y mimos y le hacen frente al mismísimo Louis Armstrong en una noche de descontrol. Ambas aprenden a amar el jazz. Es inevitable el recuerdo de Cortázar, en la construcción del genio autodestructivo: El perseguidor.
Cotita de la Encarnación cuenta sobre los cincuenta sodomitas que fueron prendidos, torturados y quemados por la Inquisición, ninguno español, todos nativos. En cercanías de Texcoco estos personajes son traicionados, ninguno es defendido por nadie. La historia explica la matanza del lago y cómo allí se libera el espíritu de la sodomía, el travestismo, la transexualidad a lo femenino, para infectar a los descendientes de los verdugos de 1658.
Con total claridad, el realismo mágico caribeño es visitado en este relato, el léxico, la sintaxis, la puntuación como en un ejercicio narrativo recuperan la experiencia de aquel neobarroco del boom.
Y finalmente La novia de Sandro, poemario, y como tal, libre, fragmentación de lo visto más arriba, apunte económico de lo que ya sabemos. Lo cotidiano, la rivalidad con una esposa embarazada y sin embargo hermanada. Procedimientos poéticos como la enumeración, los contrastes, deslizan fácilmente el conflicto de la ambigüedad en el cuerpo, la necesidad de que otros la saquen a la luz y acepten amarla a los ojos de todos. Es quizá el texto para entrar a Camila Sosa Villada.
Volviendo al principio, al tema de la contigüidad tan evidente en estas últimas lecturas, vamos de Paul a Camila y veo colarse a Virginie Despentes que fue pareja lésbica de Beatriz, pero conserva, como lo diría Luce Urigaray, la mascarada femenina (aunque nunca tan montada como Paul o Butler) y es autora de la trilogía Vernon Subutex, novela sobre lo cotemporáneo que arriesga un futuro no distópico, —tampoco utópico— en una visión que la empareja —de este modo— con Dysphoria Mundi y ensancha nuestras potencialidades de pensamiento dialogando entre sí en el cuarto de juegos de nuestro cráneo.
Pero llegó Camila con su narrativa lisa pero encabritada de semánticas entrelazadas que solemos ver en el gusto actual, fogoneadas por la galaxia audiovisual henchida de fantasías delirantes y suprarreales. Este ser no binario que hemos conocido no va a la filosofía, la ecología, la futurología sino a la humanidad hoy, que es mucho más compleja que para generaciones anteriores. Explora y expone estas gentes que siguen el deseo, porque no ven nada que los objete. Y lo hace con épica, con imágenes de un barroco gore que no es nuevo (Cobra de Severo Sarduy) pero alterando la elipsis y los juegos del narrador propios del boom latinoamericano. Zambullidos en el gore, rozando el planeta zombie.
Como por otra parte un sector exitoso de la narrativa que juega con personajes ambiguos pero totales: una trans lésbica que espera un hijo, un superhombre bello que tiene una misión sobrenatural internándose en lo telúrico.
¿Qué le pasa al lector que desconoce o no pertenece a estas tribus? Desde una realidad gris, ordinaria, sin peripecia trascendente, se deslumbra porque sin duda Villada emplea buenas artes para lograrlo. El de ella es un lugar con límites, que sin embargo logra la identificación, cabe aquí el viejo concepto teórico de sinfronismo y los límites se trascienden
Nota: El lugar sin límites (se refiere al infierno) es una novela de José Donoso, chileno del boom. Es breve y hoy diríamos precuela de El obsceno pájaro de la noche, su obra más profunda y difícil.
El protagonista es un travesti pobre, Manuela, que regentea con su hija un lupanar en una zona rural del sur de Chile. Desolación, decadencia física, la hija virgen y el padre amante de todos los varones rústicos o encumbrados del pueblo, vestido con un traje de española son las entidades presentes. El patetismo, la solemnidad, la compasión que inspira Manuela y el cariz cruel de los machos distan enormemente la idealización y romantización de Las Malas sobre ese mundo, que las circunda. La escatología y las metamorfosis que excluyen todo lo cis, más el humor que nace de la hipérbole continua, marcan quizá los géneros humanos que identifican a ambos autores.
Son décadas de evolución.
De Camila Sosa Villada:
*La novia de Sandro. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets, 2015
*Las Malas. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets, 2019
*Soy una tonta por quererte. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2022
*Tesis sobre una domesticación. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2023
*Donoso, José. El lugar sin límites. Barcelona, Bruguera, 1981



























