En México, cuando un trailer o camión de carga tiene un accidente que hace que se voltee y tire toda la mercancía que llevaba, a la vera de la carretera, la gente de los pueblos cercanos al incidente o incluso otros automovilistas que van pasando, se acercan a llevarse lo que pueden. A veces son cosas atractivas como cerveza o refresco, a veces cosas de primera necesidad como azúcar, fruta, verduras, hay cosas que ya ni siquiera sirven o por lo menos ya no se podrían vender.

Esta situación a la que los medios masivos de comunicación, especialmente las televisoras, llaman despectivamente “carroña«, que al parecer no es un delito o no hay forma real de configurarlo porque resulta poco práctico, ya sea porque es masivo o por lo rápido que sucede todo, es motivo de gran indignación para estos medios masivos de comunicación y sus amos, por lo que criminalizan a esta gente. No importa si están recogiendo cosas que ya no sirven para ser vendidas o que se trata, a veces, de grandes empresas transnacionales como la Coca Cola o la Corona, cuyas pérdidas o están aseguradas o de no estarlo es como quitarle un pelo a un gato.

Las ciegas hormigas, tercer largometraje del cineasta Igor Legarreta, estrenada mundialmente en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián el pasado 18 de septiembre, me hizo recordar este lastimoso pasaje de la cotidianidad mexicana, lastimoso no por la gente, mis compañeros, que, muchas veces lo hace por codicia, pero otras por necesidad, sino más bien, por los abyectos conductores de las televisoras, principalmente, que lamen las botas de sus amos burgueses, a niveles más allá de lo ridículo, tal y como el Teniente de la policía en Las ciegas hormigas hace con los pobladores de Algorta.

La película fue incluida dentro de la sección Zinemira del festival, que es la sección dedicada al cine vasco. Tras su paso por San Sebastián, llegará a las salas de cine españolas el 9 de octubre con distribución de Buena Vista International.

Estamos en Bizkaia, en el año del señor de 1930. Un duro temporal hace encallar un barco inglés con toneladas de carbón en su interior. Durante la noche, los vecinos de Algorta se agolpan en la costa para rescatar ese preciado oro negro, que de otra forma es muy difícil de conseguir y que les alivia del horrible frío de las noches invernales. Por eso, Sabas Jáuregui (Urko Olazabal) lo ve como un golpe de suerte; mientras que Josefa (Itziar Ituño), su esposa, presiente que algo malo va a suceder. Sin atender sus ruegos, Sabas arrastra a sus hijos hacia la violenta tormenta. La familia hará lo impensable por proteger el carbón que podría salvarles del invierno.

Todas las actuaciones son muy buenas, las de los dos actores protagonistas Olazabal e Ituño, sobre salen notablemente; pero hay una que conectará rápidamente con el  público, por las características del personaje: Isma (Unax Hayden), el hijo más pequeño de la prole Jáuregui, quien será el único que acompañará a su padre con determinación durante toda esta aventura, sin temor a nada, aunque, quizás también, sea la más ciega de las hormigas. 

La película esta basada en la novela homónima de Ramiro Pinilla, que ganó el Premio Nadal en 1960. El guion, adaptado en euskera por el propio Legarreta y Andoni de Carlos, está bien redondeado, a pesar de la dificultad que ello implicaba, porque sin haber leído la novela todavía, se puede intuir, con poco margen de error, que la historia es mucho más compleja y rica en elementos narrativos de lo que se podía meter en un tiempo limitado de metraje, propio de una película comercial. Por eso resulta importante y digno de reconocimiento el trabajo realizado por los guionistas, porque redunda en una historia completa, cerrada, en donde el espectador no echará en falta nada.

Nota quisquillosa: Sólo por allí, siendo exigentes, hay una o unas circunstancias históricas (de antecedentes) misteriosas o de enfermedad que afectan Fermín, otro de los hijos de Sabas, que no se explica del todo bien y que creo que hubiese sido importante dejar más clara (quizás con un dialogo) para darle contundencia narrativa a parte medular del largometraje.

Las ciegas hormigas se ha rodado en distintos lugares de Bizkaia (Bilbao, Elorrio, Galdakao, Getxo, Gorliz, Sagasta, Mundaka), llena de paisajes magníficos a la vez que imponentes, capturados con una fotografía precisa y generosa, en las tonalidades más adecuadas: mucho verde y algo de gris y café rural, con lo que la audiencia ya sale ganando, con un lienzo cinematográfico natural que será memorable. La escenografía en interiores junto con el vestuario, también son muy cuidados y ayudan a trasladarnos a la época de aquel lejano 1930.

Aunque es una película comercial, no es indiferente a la problemática social y política y muestra, para decepción de los estetas, alguna crítica muy pertinente y sólida hacía la mala distribución de la riqueza y la precariedad en la que la mayoría de las sociedades vivimos a costa de los excesos y privilegios de una élites ajenas al sufrimiento humano cotidiano. Así como la falta de identidad de clase de las instituciones al servicio de estas élites, como pueden ser esos conductores de televisión mexicana o, enfocándonos en este caso, la policía militarizada, que más que para proteger a la sociedad, cuyo principal mandato es proteger la propiedad privada y los intereses de estas burguesías internacionales perniciosas.

La conjunción de todos los elementos hace de Las ciegas hormigas una muy buena opción para ver en esta temporada de otoño o con posterioridad, porque HBO está involucrado también en la producción o en la distribución o en ambas, y seguramente llegará a esa plataforma. 

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