La muerte otorga victoria a los atletas (…). Morir es buen presagio para los hombres de letras y para los padres de familia (…). En los restantes procesos el hecho de fallecer es negativo, porque los muertos son impotentes y quedan a disposición de los vivos.
—Artemidoro, La interpretación de los sueños
La primera vez que me mataste utilizaste un cuchillo de cocina. Recuerdo que antes de hacerlo me preguntaste si había desayunado. Estábamos en Barcelona, en un departamento que no era el tuyo ni el mío, aunque reconocí algunas cosas que te pertenecían: una taza desportillada, el abrigo gris que utilizabas cuando hacía frío y una fotografía en la que aparecías junto a Mauricio. Había una ventana abierta y por ella entraba el olor de la lluvia. Me dijiste que no me moviera. Pensé que querías abrazarme. Entonces sentí el cuchillo entrando por debajo de las costillas, lentamente, con una delicadeza que me pareció innecesaria. No grité. En los sueños el dolor tiene una duración distinta. La hoja tardó tanto en atravesarme que pude observar cómo una gota de agua descendía por el cristal de la ventana, se detenía junto a una pequeña mancha de polvo y permanecía allí, temblando, mientras yo comenzaba a morir. Tú me sostenías por los hombros. No parecías asustada. Tenías esa expresión de tristeza que algunas personas adquieren cuando deben hacer algo desagradable, como abandonar a un animal enfermo o decirle a un niño que su madre no volverá.
Desde entonces me has matado muchas veces. Algunas noches utilizas el mismo cuchillo. Otras, una pistola pequeña que guardas en el cajón de la mesa. Una vez me empujaste desde un balcón y permanecí cayendo durante tanto tiempo que alcancé a ver cómo se encendían las luces de los edificios y cómo una mujer recogía la ropa tendida en una azotea. En otra ocasión me ahogaste en una bañera. Recuerdo que el agua estaba tibia y que, mientras hundías mi cabeza, me acariciabas el cabello para que no tuviera miedo mientras decías shhh, shhh. Nunca he conseguido acostumbrarme. Cada muerte es distinta, pero todas tienen algo en común: antes de morir puedo verte durante un tiempo que parece no terminar nunca. En cambio, cuando estamos juntos sin que intentes matarme, los minutos transcurren con una rapidez insoportable. Apenas alcanzo a preguntarte cómo estás, a reconocer tu olor, a escuchar unas cuantas palabras, cuando las paredes comienzan a desvanecerse y comprendo que estoy despertando. He llegado a sospechar que por eso eliges maneras tan lentas de matarme. Sin embargo, nunca te lo he agradecido. Hay cosas que no deben agradecerse, incluso cuando son lo único que nos queda.
Nos conocimos en Barcelona, aunque no estoy seguro de que eso haya ocurrido exactamente así. Yo acababa de llegar a la ciudad y desconocía casi todo: el nombre de las calles, los horarios de los autobuses, el lugar donde podía comprar vino después de las diez de la noche. Supe que eras latinoamericana y comencé a escribirte para preguntarte cosas que hubiera podido averiguar por mi cuenta. Me respondías con una paciencia que ahora me parece extraordinaria. Primero hablamos de la ciudad, después de música, de libros, de los lugares donde habíamos vivido. Recuerdo que una tarde me dijiste que habías soñado con una casa donde todas las habitaciones daban a la misma habitación. No encontrabas la salida porque cada vez que abrías una puerta regresabas al lugar donde estabas. Me preguntaste si alguna vez había tenido un sueño semejante. Te respondí que no. Todavía no sabía que algunas preguntas son una forma de advertencia.
Nos enamoramos de una manera que entonces consideré natural. Caminábamos sin rumbo y nos deteníamos frente a los escaparates para observar objetos que nunca compraríamos. Una noche comenzó a llover y permanecimos bajo el toldo de una farmacia, abrazados, mientras el agua arrastraba las hojas de los árboles hacia las alcantarillas. Recuerdo especialmente tus manos. Tenías la costumbre de apretar mis dedos cuando querías decirme algo que no encontrabas cómo expresar. En ocasiones bastaba con eso. También recuerdo que te gustaba dormir con una pierna fuera de las sábanas y que algunas mañanas despertabas de mal humor porque habías soñado demasiado. Yo no comprendía aquella queja. Dormir me parecía una de las pocas actividades humanas que no exigían ninguna explicación. Ahora sé que estaba equivocado. También sé que los recuerdos son capaces de conservar cosas que nunca sucedieron. A veces, mientras camino por mi casa, encuentro en la memoria una tarde que pasamos juntos y que al despertar descubro que pertenece a alguno de mis sueños. No sé cuántos años de nuestra historia han ocurrido realmente. Tampoco sé si tiene importancia.
Durante mucho tiempo creí que me matabas porque habías dejado de quererme. Era una explicación sencilla y, por eso mismo, tranquilizadora. Pensaba que en alguna parte de Barcelona existía otro hombre al que amabas y que mis muertes eran una forma de demostrarle tu fidelidad. Imaginaba que llevabas mi sangre hasta su casa, que la depositabas en un recipiente pequeño y que él la recibía sin hacer preguntas. Nunca te vi hacerlo, pero la idea me parecía razonable. El amor exige cosas incomprensibles. Conozco personas que han renunciado a su familia, a su país o a su nombre por alguien a quien amaban. Yo había renunciado al descanso. Cada noche me acostaba con la esperanza de encontrarte y con el miedo de que no aparecieras. Algunas veces intentaba permanecer despierto hasta el amanecer. Bebía café, encendía todas las luces, caminaba de una habitación a otra. Pero terminaba por dormirme y allí estabas tú, esperándome con una expresión de cansancio que al principio confundí con indiferencia.
La noche en que me explicaste por qué tenías que matarme estábamos otra vez en aquel departamento. Habías preparado café y sobre la mesa había dos platos con pan tostado. La ventana estaba cerrada. Afuera llovía, pero las gotas no llegaban a tocar el suelo. Permanecían suspendidas frente a los edificios, como si alguien hubiera detenido la lluvia para examinarla. Te pregunté si habías pensado en mí. No respondiste. Untaste mantequilla en una tostada y la dejaste sobre mi plato. Después abriste el cajón y sacaste el cuchillo. Lo colocaste junto a la taza, con el mango vuelto hacia ti. Recuerdo que sentí una tristeza absurda al comprobar que ni siquiera habíamos terminado de desayunar.
—¿Por qué tienes que matarme? —pregunté.
No levantaste la mirada. Con la punta del dedo recogiste unas migajas de la mesa y las dejaste caer sobre el plato.
—Porque si no lo hago, no puedo regresar.
—¿Regresar adónde?
—A mi casa. Obvio.
Me quedé observándote. Habías adelgazado. Tenías unas pequeñas arrugas junto a los ojos que no recordaba haber visto antes. Quise tocarte la cara, pero apartaste ligeramente la cabeza.
—Estás en tu casa —dije.
—No. Estoy en la tuya.
Entonces me explicaste que cada vez que comenzaba a soñarte, algo te arrancaba del lugar donde te encontrabas. No importaba si estabas durmiendo, trabajando o caminando por la calle. Podías estar comprando fruta o hablando con alguien cuando, de pronto, las cosas comenzaban a perder su consistencia. Las palabras de las personas se volvían incomprensibles, las paredes se alejaban y sentías que alguien te llamaba desde una habitación situada muy lejos. Nunca escuchabas mi nombre ni reconocías mi voz. Simplemente sabías que debías acudir. Al principio pensaste que se trataba de una enfermedad. Después comprendiste que siempre aparecías en el mismo lugar: allí donde yo estuviera soñándote. Me dijiste que habías perdido horas enteras de tu vida por mi culpa. Una vez desapareciste mientras cocinabas y al regresar encontraste la comida quemada. Otra vez estabas en un autobús y despertaste en una terminal desconocida. En cierta ocasión, cuando regresaste, un hombre te preguntó por qué habías comenzado a llorar en mitad de una conversación. No supiste qué responderle. Habías estado conmigo durante tres días, pero en tu mundo apenas habían transcurrido unos segundos.
—No lo hago a propósito —te dije.
—Lo sé.
—Podría intentar no soñarte.
—Ya lo has intentado.
Tomaste el cuchillo y te acercaste a mí. Me pediste que permaneciera sentado. Obedecí. Había algo en tu manera de hablar que me hizo comprender que estabas demasiado cansada para discutir. Con lentitud introdujiste la hoja por debajo de mis costillas. Sentí una presión intensa, seguida de un dolor que comenzó a extenderse lentamente por el pecho. Afuera, una de las gotas suspendidas frente a la ventana se movió unos centímetros.
—Cuando te mato, puedo regresar —dijiste.
—¿Y si no lo haces?
Te sentaste frente a mí. Todavía sostenías el mango del cuchillo. La sangre comenzaba a oscurecer mi camisa.
—No lo sé. Nunca he esperado hasta el final.
—Podrías hacerlo.
—Hubo una vez en que casi lo hice.
Me contaste que aquella noche estábamos caminando por una calle que no conocías. Yo te había tomado de la mano y hablábamos de cosas sin importancia. Habías decidido no matarme. Querías averiguar qué sucedería si permanecíamos juntos hasta que terminara el sueño. Al principio todo parecía normal. Después comenzaron a apagarse las ventanas de los edificios. No las luces: las ventanas. Desaparecían de las fachadas dejando superficies lisas, sin una sola abertura. Los automóviles se detuvieron y las personas que caminaban por las aceras comenzaron a quedarse inmóviles. Dijiste que una anciana permaneció durante mucho tiempo con una mano levantada, intentando apartarse el cabello de la cara. El cabello ya no estaba allí. Tampoco tenía rostro. Quisiste regresar por donde habíamos venido, pero la calle había desaparecido. Entonces comprendiste que el sueño estaba terminando y que tú seguías dentro.
—¿Qué hiciste?
—Te maté.
—No lo recuerdo.
—Estabas muy contento. Me decías que por fin podríamos quedarnos juntos.
Guardamos silencio. El cuchillo avanzaba tan lentamente que apenas podía sentir su movimiento. Habías apoyado los codos sobre la mesa y observabas mis manos. En algún lugar del departamento comenzó a escucharse una música tenue, quizá procedente de una radio encendida en otra habitación. Reconocí un vals, aunque no pude recordar dónde lo había escuchado antes. Pensé que sería hermoso levantarnos y bailar. Imaginé tu cabeza apoyada sobre mi hombro y nuestros cuerpos girando lentamente mientras la sangre continuaba saliendo de mi costado. No te lo propuse. Tenía miedo de que aceptaras.
—¿Y tu vida? —pregunté—. ¿Qué sucede cuando no estoy soñándote?
—Continúa.
—¿Eres feliz?
Miraste hacia la ventana. Las gotas de lluvia habían comenzado a ascender lentamente.
—No me quejo. Hay días buenos.
Quise preguntarte si amabas a alguien. No lo hice. Comprendí que esa pregunta pertenecía a un mundo al que yo ya no tenía derecho a entrar. En cambio, te pedí que me hablaras de tu casa. Me dijiste que tenía dos habitaciones, una cocina pequeña y un balcón donde habías colocado varias macetas. Había una planta que no conseguías hacer florecer. La habías cambiado de lugar muchas veces y le habías comprado una tierra especial, pero seguía creciendo sin dar una sola flor. También tenías una lámpara que encendías por las noches y un abrigo que necesitaba una reparación en el forro. Me hablaste de esas cosas con una ternura que no habías utilizado conmigo desde hacía mucho tiempo. Escuché atentamente. Me parecía que cada objeto de tu casa era una criatura a la que habías decidido proteger de mi presencia. Sentí celos de la planta, de la lámpara, del abrigo. Ellos podían permanecer contigo cuando yo despertaba. Podían verte caminar de una habitación a otra, escuchar el ruido de los platos, acompañarte mientras dormías. Yo sólo podía imaginarlo.
—¿Alguna vez piensas en mí? —pregunté.
Tardaste en responder.
—A veces, cuando estoy a punto de dormirme, tengo miedo de encontrarte.
—Eso no es pensar en mí.
—Es lo único que puedo darte.
El dolor se había extendido hasta mi espalda. Respirar comenzaba a resultar difícil. Sin embargo, no quería que retiraras el cuchillo. Sabía que cuando lo hicieras la muerte llegaría rápidamente y que todo desaparecería: el departamento, la lluvia, el olor del café, tu rostro inclinado sobre la mesa. Incluso aquella conversación, que deseaba conservar para siempre, comenzaría a deshacerse al despertar. Te pedí que me contaras algo más. Algo que no encontrara en los cuentos que escribes. Cualquier cosa. Dijiste que no tenías nada que contarme. Entonces te mostré la palma de mi mano izquierda. Había una línea larga que cruzaba desde el borde hasta casi llegar a la muñeca. Te expliqué que muchos años antes una mujer me había dicho que tendría un gran amor. No recordaba su cara, pero sí la manera en que había sostenido mi mano, como si examinara un objeto roto.
—Aquí apareces tú —dije, señalando un punto de la línea—. Aquí fue cuando te conocí.
Tomaste mi mano. La observaste durante un rato y después recorriste la línea con la yema del dedo.
—Es muy larga —dijiste.
—Eso significa que viviré muchos años.
—No significa nada.
—Quizá no. Pero me gusta pensar que estás aquí.
Apretaste mis dedos. Reconocí aquel gesto de los días en que caminábamos por Barcelona. Durante un instante tuve la impresión de que ibas a decirme algo importante. En cambio, me preguntaste si podía sentir todavía las piernas. Te respondí que sí. Pareciste aliviada. No comprendí por qué. Después me contaste que algunas noches, cuando regresabas a tu casa, encontrabas pequeñas cosas que no estaban allí antes de que yo comenzara a soñarte. Una vez apareció sobre tu mesa una cuchara que reconociste del departamento. Otra noche encontraste un poco de arena dentro de uno de tus zapatos. También habías descubierto manchas de sangre en las sábanas, aunque no tenías ninguna herida. Te pregunté si alguna vez habías encontrado algo mío. Negaste con la cabeza. Me pareció una respuesta demasiado rápida, pero no insistí.
—¿Qué sucederá si dejo de soñarte? —pregunté.
—Podré dormir.
—¿Y si no puedo?
—Seguiré viniendo.
—¿Toda la vida?
No respondiste. Habías comenzado a llorar. Lo hacías en silencio, sin modificar la expresión de tu rostro. Una lágrima cayó sobre el mantel y permaneció allí, redonda y transparente. Me pareció extraño que no fuera absorbida por la tela. Quise acercarme para secarte las mejillas, pero el dolor me impidió moverme. Entonces comprendí que estabas envejeciendo. No sólo por las arrugas junto a tus ojos, o por las canas en tu cabello otrora negrísimo. Había algo en tus movimientos, en la manera en que sostenías la cabeza, que pertenecía a una mujer que había vivido mucho más tiempo del que yo podía recordar. Me pregunté cuántas veces me habías matado sin que yo consiguiera conservar el recuerdo. Cuántas mañanas habías regresado a tu casa después de verme morir. Cuántas cosas habías dejado de hacer por mi culpa. Sentí vergüenza. También sentí una tristeza tan profunda que durante un momento olvidé el cuchillo.
—Perdóname —dije.
—No tienes que pedirme perdón.
—No sabía que te hacía daño.
—Ahora lo sabes.
Permanecimos en silencio. La música continuaba sonando en alguna habitación. Había comenzado a oscurecer, aunque yo estaba seguro de que apenas unos minutos antes habíamos desayunado. Pensé que el tiempo debía de estar cansado de nosotros. Cada noche le exigíamos que se detuviera mientras yo moría y después que volviera a comenzar como si nada hubiera sucedido. Quizá por eso las cosas del departamento parecían cada vez más viejas. La madera de la mesa tenía pequeñas grietas que no recordaba, las paredes estaban manchadas y el abrigo gris colgado junto a la puerta había perdido algunos botones. Sólo el cuchillo permanecía intacto. Su hoja brillaba bajo la luz amarillenta de la cocina.
Te pedí que me besaras. Dudaste. Después te inclinaste sobre mí y apoyaste los labios en mi frente. No fue el beso que esperaba, pero cerré los ojos para conservarlo mejor. Sentí tu respiración cerca de mi cara. Olías a Chanel y a una fruta que no conseguí identificar. Me pregunté si aquel olor pertenecía realmente a tu cuerpo o si yo lo había inventado. Había olvidado tantas cosas de ti que quizá los sueños se encargaban de completarlas. Podía haber inventado tu voz, tus manos, la forma en que te apartabas el cabello de la cara. Incluso era posible que la mujer que me mataba cada noche se pareciera muy poco a la que había conocido en Barcelona. Quise preguntártelo, pero temí que me dijeras que ya no recordabas cómo era yo.
—¿Me quieres todavía? —pregunté.
Retiraste lentamente el cuchillo. El dolor se volvió insoportable. Sentí que algo dentro de mi pecho se desprendía y comenzaba a caer hacia un lugar que no tenía fondo. Te levantaste para abrir la ventana. Afuera ya no llovía. Las gotas permanecían inmóviles a diferentes alturas, como pequeños animales transparentes que hubieran olvidado hacia dónde debían dirigirse.
—No lo sé —respondiste.
Después volviste junto a mí. Me acomodaste el cuello de la camisa y limpiaste con una servilleta la sangre que había manchado mis dedos. Tenías las manos frías. Quise decirte que no importaba, que podías dejar de quererme, que incluso podías odiarme si eso te ayudaba a regresar a tu casa. Pero no conseguí hablar. La muerte había comenzado a ocuparme la boca. Antes de que todo desapareciera te escuché decir que estabas cansada. No supe si me lo decías a mí o a alguien que esperaba al otro lado del sueño.
Desperté con la mano izquierda extendida sobre la cama. Eran las cuatro de la mañana. Había dormido poco más de veinte minutos. Me levanté para beber agua y permanecí largo rato frente a la ventana. La calle estaba vacía. En el edificio de enfrente alguien había dejado encendida una lámpara. Pensé en tu casa, en las macetas del balcón, en el abrigo que necesitaba una reparación. Imaginé que habías regresado y que ahora caminabas descalza por la cocina, buscando un vaso de agua. Quizá te habías acostado de nuevo. Quizá dormías junto a alguien que desconocía por completo lo que acababas de hacer. Me pregunté si habrías encontrado sangre en tus manos. Después pensé que era posible que no recordaras nada. Que hubieras regresado a tu vida con la misma facilidad con que yo regresaba a la mía, aunque ninguno de los dos consiguiera hacerlo completamente.
Durante las noches siguientes intenté no soñarte. Antes de acostarme leía hasta que las letras comenzaban a confundirse. Dejé de escuchar la música que habíamos compartido y procuré no pensar en Barcelona. Una tarde guardé en una caja las fotografías que conservaba de nosotros. No las rompí. Me pareció que hacerlo sería una forma demasiado sencilla de destruir algo que había necesitado tantos años para existir. También intenté dormir con la luz encendida. Nada funcionó. Algunas noches conseguía soñar con otras personas, con lugares desconocidos, con animales que hablaban o con ciudades construidas sobre el agua. Pero tarde o temprano aparecías tú. A veces estabas sentada en un banco, otras caminabas por una calle llevando una bolsa de compras. Siempre me mirabas con una mezcla de sorpresa y resignación, como si hubieras recibido una visita que llevabas mucho tiempo esperando y que, sin embargo, deseabas evitar.
Comenzaste a matarme cada vez más deprisa. Una noche apenas alcanzaste a saludarme antes de dispararme en la frente. Otra me arrojaste por unas escaleras. Recuerdo especialmente la ocasión en que me encontraste en una estación de tren. Había mucha gente esperando en los andenes. Te acercaste sin decir una palabra y me empujaste cuando el tren comenzaba a entrar. Mientras caía alcancé a verte entre los pasajeros. Llevabas el abrigo verde y tenías el cabello recogido. Me pareció que habías llorado. Después las ruedas comenzaron a atravesarme con una lentitud extraordinaria. Durante mi agonía observé los zapatos de las personas que esperaban el tren. Algunos se alejaron. Otros permanecieron inmóviles. Nadie gritó. Pensé que quizá todos sabían lo que estaba sucediendo y que por eso evitaban mirarme. Al despertar descubrí que había estado llorando. No recordaba cuándo había comenzado.
Con el tiempo aprendí a reconocer el momento exacto en que estabas a punto de matarme. Había un pequeño cambio en tu respiración. Dejabas de mirarme a los ojos y comenzabas a observar mis manos, como si buscaras en ellas alguna señal de que todo terminaría pronto. Yo procuraba hablarte antes de que sucediera. Te preguntaba por la planta del balcón, por el abrigo, por los días buenos. Algunas veces respondías. Otras guardabas silencio. Una noche me dijiste que la planta había florecido. Quise saber de qué color eran las flores. No me lo dijiste. Me abrazaste con tanta fuerza que durante un momento creí que habías decidido no matarme. Después sentí la hoja del cuchillo entrando por mi espalda.
Últimamente he comenzado a tener miedo de que una noche no aparezcas. No porque haya dejado de amarte, sino porque he comprendido que también tú puedes cansarte de morir un poco cada vez que vienes. A veces imagino que conseguirás resistirte a esa fuerza que te arranca de tu casa. Que permanecerás junto a tus plantas, escuchando la lluvia, mientras yo camino solo por las calles de una Barcelona que ya no existe. Me veo buscándote entre las personas que salen de los cafés, llamándote desde las ventanas, esperando frente a una puerta que nunca se abre. No sé qué sucedería entonces. Quizá despertaría como cualquier otro hombre. Quizá seguiría soñando hasta que las ventanas desaparecieran de los edificios y las personas comenzaran a quedarse inmóviles en las aceras. He pensado muchas veces en aquel hombre del que nunca me hablaste, el que permaneció esperando dentro de un sueño. No sé si existe. Tampoco sé si alguna vez me has mentido. Hay noches en que sospecho que inventaste toda esa historia para que aceptara morir sin hacer preguntas. Pero incluso entonces sigo acostándome con la esperanza de encontrarte.
Anoche volví a soñar contigo. Estábamos en el mismo departamento de Barcelona. Habías preparado café y sobre la mesa había dos platos con pan tostado. Parecías muy cansada. Tenías los ojos enrojecidos y una pequeña herida en el dorso de la mano. Te pregunté qué te había sucedido. Dijiste que nada. Después abriste el cajón y sacaste el cuchillo. Lo dejaste sobre la mesa, entre nosotros. Durante un rato permanecimos en silencio. Afuera comenzaba a llover. Me pareció escuchar la música de un vals en alguna habitación. Quise preguntarte si todavía recordabas nuestros paseos por la ciudad, pero comprendí que no tenía sentido. Habíamos hablado tantas veces de las mismas cosas que nuestras palabras comenzaban a parecerse a los objetos del departamento: gastadas, inmóviles, incapaces de acompañarnos fuera de allí.
Entonces me pediste que te mostrara la mano izquierda. La extendí sobre la mesa. Recorriste con un dedo la línea de la vida y te detuviste en el punto donde, según yo, aparecías tú. Permaneciste observándolo durante mucho tiempo.
—Aquí estoy —dijiste.
Asentí.
—Siempre has estado ahí.
Me miraste con una tristeza que no había visto antes. Después colocaste tu mano junto a la mía. Tenías una línea muy semejante, aunque más corta. Las observamos en silencio, como si se tratara de dos caminos dibujados en un mapa que ninguno de los dos sabía leer. Me pregunté si en algún lugar de tu mano aparecería yo. No me atreví a preguntártelo.
—Esta noche no quiero hacerlo —dijiste.
Sentí un miedo que nunca había experimentado durante mis otras muertes. Miré el cuchillo sobre la mesa. Después miré la ventana, la lluvia, tus manos.
—Podemos esperar un poco —respondí.
Te levantaste y comenzaste a recoger los platos. Lavaste las tazas, limpiaste las migajas de la mesa y doblaste cuidadosamente el mantel. Yo permanecí sentado, observándote. Cada uno de tus movimientos me parecía precioso. Cuando terminaste, te acercaste a la ventana y la abriste. La lluvia había dejado de caer. Todas las gotas permanecían suspendidas frente a los edificios.
—Tengo que irme —dijiste.
—Lo sé.
Regresaste a la mesa y tomaste el cuchillo. Antes de acercarte, me preguntaste si había desayunado. Te respondí que sí. Sonreíste apenas, como si recordaras algo que yo había olvidado. Después me abrazaste. Sentí la hoja entrando lentamente por debajo de mis costillas y apoyé la cabeza sobre tu hombro. Permanecimos así durante mucho tiempo. No recuerdo haber sentido dolor. Sólo el peso de tu mano sobre mi espalda y el olor de tu cabello. Cuando comenzaste a llorar quise consolarte, pero no encontré las palabras. Tampoco podía mover los brazos. Pensé que era una lástima. Había pasado tantas noches esperando aquel abrazo y ahora que lo tenía no podía devolvértelo.
Desperté antes de morir.
Desde entonces duermo con miedo. No de que vuelvas a matarme, sino de que aquella muerte haya quedado inconclusa y tú continúes en el departamento, sosteniendo el cuchillo, esperando que regrese para terminar lo que comenzaste. Algunas mañanas, mientras preparo café, pienso que quizá sigues allí, con la cabeza apoyada sobre mi hombro, sin poder moverte. Me pregunto si tienes frío. Si has conseguido sentarte. Si todavía llueve en Barcelona.
He comenzado a acostarme más temprano. Dejo una lámpara encendida y procuro no hacer ruido cuando cierro los ojos. No sé si eso sirve de algo. A veces sueño con habitaciones vacías, con calles donde nadie camina, con una mesa sobre la que alguien ha dejado dos platos con pan tostado. Recorro esos lugares buscándote. No encuentro nada. Sólo una ventana abierta y una lluvia que permanece suspendida en el aire.
Esta mañana desperté con la mano izquierda cerrada. Me costó mucho abrirla. Tenía las uñas hundidas en la palma y una pequeña herida junto a la línea de la vida. La lavé cuidadosamente. Después permanecí un rato observándola. No sé por qué, pero tuve la impresión de que aquella línea se había vuelto más larga.
Esta noche volveré a dormir.
No quisiera que continuaras esperándome.




























