Fotograma de la película

Los conventos han despertado siempre curiosidad, muchas veces morbosa, en el imaginario colectivo, por su condición de mundo privado, inaccesible a quienes estamos de esta otra parte de sus muros. En más de una ocasión nos preguntamos qué pasa por la cabeza de una mujer joven para tomar la decisión, muchas veces en contra de la voluntad de su propia familia, de apartarse de ella y la vida en sociedad y recluírse para vivir en compañía de otras mujeres de diversas edades, a las cuales no conoce, renunciando a tantas cosas que, para bien y para mal, forman parte de la vida que se entiende como “normal”. Las razones más comunes suelen ser una súbita o meditada vocación religiosa de entregar la vida a Dios presas de una energía amorosa fuera de lo común, otras la profunda decepción de un engaño amoroso que las lleva a pensar que el único amor que vale la pena es el amor divino, el amor a ese ser superior, del que se dice que es todo amor y por tanto incapaz de decepcionar y, en consecuencia, de ocasionar sufrimiento. Al final, el resultado es el mismo, aunque la causa inicial sea diferente. Bien es verdad que son minoría quiénes aceptan tan grande reto o desafío.

En el primero de los casos, esto es lo que sucede con Lucía y Ana María, dos tiernas y atractivas jóvenes. Los motivos de la primera tiene cierto parecido con los enunciados en primera instancia y en una decisión que tiene como directo disparadero la contemplación de lo que, a la vista de los presentes, semeja un hecho sobrenatural. Lo que se conoce como un milagro; mecanismo narrativo que volverá a ser utilizado con posterioridad y oportunamente, lo cual supondrá un aporte informativo al progreso de la trama. Los de la segunda son bien distintos, lo mismo que sus planes: la huida de un entorno familiar adverso y una limitada estancia de reclusión. Con la llegada de ésta al zenobio se establece una corriente de simpatía entre ambas y, desde su condición de novicias  -aquí, bajo el apelativo de “postulantes”- van descubriendo las costumbres y los diferentes nombres y cargos de las integrantes de la congregación, al frente de la cual está la Superiora, la madre Águeda. Sin embargo, nada de lo que ellas, cada una por su parte, piensan lo podrán llevar a cabo.

La realidad de ese mundo interior, al que se nos da la oportunidad de acceder, tiene sus complejidades, de cuyo desarrollo se ocupa El Convento, coproducción uruguayo-hispano-italiana, dirigida por Ángel M. Chivite y Luis Galindo.  Desde la privilegiada condición de “voyeur”, uno va llenándose de expectativas y descubriendo como las situaciones se van modificando a través de giros dramáticos inesperados; y sabido es que en toda comunidad hay quienes mandan y quienes obedecen, por mucho que se pregone un estado justo y ecuánime, una realidad que en el marco de una comunidad cerrada como es la conventual resulta más difícil de objetar dado que todas las personas que la habitan están por decisión personal en la que media la causa común de la consagración de su vida, en sus propias palabras, “a Dios”. Y. si bien unas saben y otras empiezan a percibir que lo extraño y el horror las rodea, no les resulta fácil cambiar tan injusto y desasosegante estado de cosas. 

Todos los elementos formales con los que se ha puesto en pie esta propuesta cinematográfica superan con creces el nivel medio de la mejor de las películas: la fotografía de Íñigo Hualde, la dirección artística de Gabriele Angeletti, la música de Hernán González Villamil la dirección de intérpretes  -excelentes en los principales papeles  Ana Álvarez, María Mercado, Nahia Bergasa, Mentxu Vicente y Alfonsina Carrocio, sin demérito para el resto- y también el montaje de, si bien aquí hay un momento puntual redundante donde tal vez se debió confiar más en la información sonora. Y, tras todo este esfuerzo y sabiduría, produce una cierta decepción, en la revelación final de la causa del conflicto, atribuír todo lo que acontece y trastorna al grueso de la comunidad a un comportamiento hedonista un tanto truculento y atrabiliario. Cierto es que la historia se sitúa en el S. XVIII, pero también se podría haber traído al presente. Cierto, también, que al comienzo se nos advierte de que vamos asistir a un relato inspirado en hechos reales. Pero esto, que a una parte del público le parece de interés y garantía, nunca hizo ni hace mejor ni peor el resultado de esta ni de ninguna otra película.  

Desde su invención, hace ahora 115 años, el cine ha dado muchas vueltas. Comparado con las otras expresiones artísticas, el cine es todavía un arte joven. Hace ya un tiempo que la histórica división entre ficción y documental ha quedado diluída. En el lenguaje de la crítica y el análisis cinematográficos  

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