Fuente de imagen: La Vanguardia

El mundo, allá afuera, ha aprendido a pudrirse con elegancia.

Lo percibo en la manera en que el polvo ha cambiado de textura. Antes era ligero, casi inocente, como el polen de una flor indecisa. Ahora es más grave. Cae con la solemnidad de una ceniza que recuerda haber sido fuego en algún momento. Las avenidas de París han envejecido sin consultarnos. Sus piedras, que alguna vez sostuvieron el paso urgente de caballos y amantes, se han vuelto más rápidas, menos reflexivas, como si cada grieta fuera una arruga que el tiempo trazó con dedos impacientes. En cambio, los puentes se inclinan apenas, no por debilidad, sino por cansancio. Las catedrales respiran con dificultad. Incluso el río parece arrastrar no agua, sino memoria descompuesta.

Pero aquí dentro, en esta habitación que ya no pertenece a ninguna geografía reconocible, ella permanece intacta.

Carolina Otero (la Belle Otero, como todos la conocen) no ha envejecido ni un segundo.

La luz sigue obedeciéndola. Se posa sobre sus hombros como un animal domesticado, como si hubiera olvidado su naturaleza salvaje. Su piel no refleja el tiempo; lo niega. Donde el mundo ha acumulado ruinas, ella conserva una belleza que no es juventud, sino permanencia. Su cuello continúa elevándose desde su cuerpo con la misma convicción con la que una torre desafía el horizonte. Su negrísimo cabello cae con la precisión de una sentencia. Sus ojos —Dios, sus ojos— no miran el presente: lo reemplazan.

Durante décadas sólo yo he captado su imagen, su desnudez perfecta. Mi vida se rige por los flashazos que iluminan el cuerpo de esta mujer. Durante mucho tiempo los parisinos se masturbaban obscenamente ante esas fotografías que yo he tomado. Parecían hienas, con el hocico lleno de sangre de antílope. Yo no, yo no soy así. Desde el principio he consumido sus imágenes, su perfección, con delicadeza y con cubiertos y servilleta de tela.  He intentado envejecer junto a ella, pero el tiempo no me quiere. Se desliza sobre mí como el agua sobre una superficie encerada. Mis manos, que deberían permanecer firmes, tiemblan de cuando en cuando. Mi respiración se acorta. Mi corazón insiste en una regularidad que ya no le pertenece al mundo.

Somos un error que persiste.

La cámara descansa frente a ella, y su lente, oscura y circular, parece un pozo que ha olvidado su fondo. Cada vez que me inclino para observarla a través de ese ojo artificial, siento que algo en mí se reorganiza, que mis órganos adoptan posiciones nuevas, más acordes con su existencia que con la mía.

Ella está sentada ahora, al borde de la cama que nunca se deshace. Sus dedos recorren la sábana con una lentitud que no responde a ningún pensamiento visible. Es un gesto que podría confundirse con la distracción, pero sé que no lo es. Está tocando el tiempo, comprobando su ausencia.

—¿Sigues ahí? —pregunta, sin mirarme.

Su voz no ha envejecido tampoco. Permanece suspendida en el aire como una nota que se rehúsa a concluir.

—Siempre he estado aquí —respondo, mientras preparo la siguiente placa.

Ella sonríe, pero no es una sonrisa dirigida a mí. Es una sonrisa que parece dirigida a una versión anterior del universo.

—No —dice con suavidad—. No siempre. Hubo un momento en que aún podías irte.

No sé a qué momento se refiere. Siempre la he amado. Busco ese momento en mi memoria como quien busca una puerta en una casa que ha cambiado de forma durante la noche.

—¿Y tú? —pregunto—. ¿Hubo un momento en que pudiste quedarte en otra parte?

Entonces me mira.

Y en ese instante comprendo que su belleza no es una cualidad, sino una fuerza. No algo que se contempla, sino algo que actúa. Su rostro no está hecho de carne, sino de inevitabilidad. Sus ojos contienen una compasión que no es humana, una compasión mineral, antigua, como si hubiera presenciado la formación de las primeras montañas.

—Nunca —dice con convicción.

El silencio que sigue no es un vacío, sino una sustancia. Se instala entre nosotros como un tercer cuerpo, respirando con dificultad.

Nadie se explica por qué sólo a mí me permitió fotografiarla. Supongo que ni ella tiene la respuesta. A fin de cuentas ni ella ni yo necesitamos de ésta. 

El mundo, mientras tanto, continúa su deterioro. Los hombres que alguna vez temblaron ante sus fotografías han muerto desde hace mucho. Sus nombres se han disuelto. Sus huesos se han vuelto indistinguibles de la tierra. Los zares, los emperadores que la hicieron suya, han desaparecido. Las dinastías que se inclinaron ante ella han sido reemplazadas por otras que también desaparecerán. Las máquinas han aprendido a ver, pero no han aprendido a desear porque no saben de ella. 

Sólo yo sigo aquí.

Sólo ella sigue aquí.

Manipulo la cámara una vez más.

Ella inclina ligeramente el mentón, ofreciendo su rostro no como una concesión, sino como un destino.

—¿Qué ves? —pregunta.

Quisiera decirle la verdad: que no veo su cuerpo, ni su piel, ni la curva perfecta de su clavícula, ni sus pezones sonrosados, ni su pubis que se advierte húmedo y terso. Veo la razón por la cual el tiempo existe. Veo un milagro,  el centro silencioso alrededor del cual el mundo ha girado hasta desgastarse y recomenzar en mi mirada asombrada, en mi respiración entrecortada.

Pero no digo nada.

Sólo entonces advierto que el polvo no se posa sobre nosotros, que la luz nos atraviesa sin resistencia, y que desde hace mucho tiempo ninguno de los dos proyecta ya sombra alguna sobre las paredes. Seguimos en el número 38 de la Rue Vieille du Temple. Seguimos y seguiremos aquí aunque nadie lo note. 

El flash estalla.

El flash estalla una vez más. 

Y por un instante, el universo vuelve a comenzar.

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