Foto: Eduardo Aragón Mijangos

Del 12 al 22 de febrero se llevó a cabo en Berlín la 76 edición de su Festival Internacional de Cine. Aunque cada vez se viene más abajo, sobre todo con la llegada de Tricia Tuttle a la dirección del Festival, se puede seguir considerando, al menos hasta el 11 de febrero pasado, uno de los 3 festivales de cine más importantes del mundo.

El desastre empezó muy pronto, con la rueda de prensa que daba el jurado internacional a las 10:15 de la mañana de ese primer día de festival (12 de febrero). El entusiasmo por ver a una de las leyendas vivas del cine mundial, Win Wenders, poco a poco se fue convirtiendo en decepción y hasta un poco de coraje (rabia). Ya es de todos conocido, porque el escándalo le dio la vuelta al mundo, las cobardes respuestas de Wenders y compañía sobre su (nueva) visión del cine, un cine descafeinado, pusilánime, propia del cine de entretenimiento, como si Wenders se hubiese confundido de escenario. No estaba en Los Ángeles, estaba en Berlín.

Yo estaba a unos escasos metros de Wenders y pude ser testigo de cómo se le fruncía el gesto y no podía evitar mostrar el disgusto, la incomodidad y molestia en su cara cada que una pregunta iba a por allí, por esos terrenos que no quería pisar. Al final no es tanto lo que se dijo, que no fue poco, sino lo que no se dijo, el silencio complice y cobarde. El que se abstiene, es igual de responsable del que votó a favor. No pronunciarse es pronunciarse en favor de lo que sucede. El silencio es político, es una forma de consentir lo que sucede. 

Lo que no esperaban, supongo, Wenders y compañía, es que, lejos de que su actitud pusilánime, cobarde, que quisieron hacer pasar por No política, silenciara cualquier clamor por justicia y memoria, se convirtiera, como fue, en una poderosa bomba de tiempo (con el temporizador muy justo) que convulsionó el Festival, dentro y fuera, y lejos de despolitizarlo lo ultra politizó. Porque con lo que no contaban es que esta vez la politización viniera desde abajo, desde los que no salen a cuadro. Ellos esperaban que con que los que están arriba, en el escenario, los que salen a cuadro, los que tienen los foros y los micrófonos en los eventos y las ruedas de prensa, mantuvieran ese silencio cobarde, todo se mantendría en calma, en una calma que no corresponde con la realidad que estamos viviendo. Y por ello, fue desde abajo, desde donde se organizó la agenda mediática del Berlinale, y el Festival perdió el control de la discusión.

Ello, aunado a que la calidad de las películas proyectadas en las diferentes secciones, pero, principalmente, en las dos más importantes: Competencia y Especiales del Berlinale (Berlinale Special), fue bastante mediocre, y no daba mucho de que hablar, generó un ambiente sobrecargado de política, dentro y fuera del festival. Había quien decía que no se estaba hablando de cine por culpa de explosión de lo político, pero, la verdad es que el cine que se presentó en los primeros días del Festival, tampoco ayudó mucho, porque no daba, el cine presentado no daba, ni de lejos, para cubrir un vacío tan grande.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

En los primeros días del festival, las películas fueron bastante regulares a malas, sin ninguna propuesta estética y cuando había alguna con un contexto político, siempre era neo-colonizante o hegemónico. Wenders dice que el cine se tiene que mantener al margen de la política, en primer lugar, no está claro que es lo que entiende el director alemán por política; pero, sea lo que sea que eso sea, la única verdad es que el único cine, el único arte que realmente importa es el político, todo lo demás es superfluo, narcisista y banal, no sirve, menos en los tiempos que corren.

La película de apertura, No good men, de Shahrbanoo Sadat, marcaría el paso de las películas en los siguientes días, una película que aunque se enmarca en una defensa occidental del feminismo (feminismo blanco), no deja de ser reivindicativa de un neo-colonialismo capitalista, estilo comedia romántica anglosajona de San Valentín. Con un final paterno-capitalista que roza lo ridículo, claro, como toda comedia romántica inglesa o gringa de San Valentín.

A pesar de que la sorprendente ganadora, Gelbe Briefe, de İlker Çatak, se presentó ese mismo primer día (y no es tan mala). Una película que desde que la vi me gustó, aunque no para ganar un premio, porque tienen carencias, sobre todo argumentativas y en el guion, de las que espero hablar más ampliamente en otro texto. El balance de los 3 primeros días es de regular a malo, en el entendido de que estábamos en Berlín, uno de los mejores festivales de cine del mundo.

Fue hasta el cuarto día, a la mitad del festival, que se presentaron películas de calidad en el Berlinale (me refiero específicamente a sus secciones principales), que terminarían siendo lo mejor que ofreció el Berlinale 76. Largometrajes como Kurtulus, de Emin Alper; Rose, de Markus Schleinzer; o, Wo Men Bu Shi Mo Sheng Ren, de Anthony Chen

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

Después de ese domingo, en los días siguientes, podemos rescatar un par de películas más, quizás 3 y paren de contar: Wolfram, el fantástico western indígena de Warwick Thornton; la mexicana Moscas, de Fernando Eimbcke; y, quizás, Queen at the sea de Lance Hammer.

Hubo otras secciones donde algunas películas brillaron con luz propia, dentro de las que se encuentran las mexicanas Chicas tristes de Fernanda Tovar que participo en Generation y El jardín que soñamos de Joaquín del Paso de Panorama.

El Berlinale terminó como empezó, con un Win Wenders reiterando su pusilánime (nueva) visión del cine, pero ahora con una serie de necesarias reivindicaciones políticas, gracias a las intervenciones de algunos de los ganadores de los premios. El caso más sonado fue el de Abdallah Alkhatib director de la película Chronicles from the Siege, —una película que sin ser mala, tampoco daba para obtener el premio— ganadora de la sección Perspectivas, quien, en pocas palabras acusó al gobierno alemán de su complicidad en el genocidio en Gaza.

Dichas declaraciones casi le cuestan el puesto a Tricia Tuttle, fíjense hasta donde repercutieron los discursos reivindicativos no deseados por los alemanes, que si bien debe irse, y creo que la mayoría estamos porque se tendría que ir, pero por lo que la quería correr el proimperialista gobierno alemán en turno, que era la accidentada y externa politización del festival, en particular las declaraciones de Abdallah Alkhatib, que calaron tan hondo en el conservador gobierno alemán pro-genocidicio, que el ministro de Cultura decidió abandonar la ceremonia de clausura después de dicha intervención.

Paradójicamente, Tricia Tuttle, desde que llegó ha tratado de despolitizar —en cierta forma, es decir, el Berlinale es aceptablemente político en tanto reivindique intereses occidentales como los derechos de las víctimas en Ucrania o Irán, pero más allá no— y banalizar el Festival. Este año, aunque no se puede negar que hubo películas de todo tipo y algunas reivindicativas (pro-occidente), hubo muchas de tendencia pro-imperialistas, neo-colonizadoras y extraordinariamente superficiales —que parece ser la propuesta de la directora y por lo que a lo mejor fue llamada por el gobierno alemán en turno—, como la propia No good men que abrió el festival; A voix basse, de Leyla Bouzid, una película que hace una escandalosa e infame apología de la colonización francesa, con el pretexto de la legitima defensa de los derechos de la diversidad sexual; The Weight, una gringada (no hace falta decir más) protagonizada por Ethan Hawke, que también se salió por la tangente, de la manera más infame, cuando le pidieron que se posicionara políticamente con respecto al genocidio a Palestina, de Padraic McKinley; New Dawn, una animación japonesa, sí una animación en la competencia oficial, cosa que si bien es posible que ya haya pasado alguna vez, no deja de ser un despropósito, independientemente de que, en esta ocasión, la película no da de sí; The only living pocket in New York, de Noah Segan, otra gringada, esta, además, absurda, un bodrio vamos. Sólo por mencionar algunas.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

Y digo paradójicamente, porque el autoritario nuevo gobierno alemán iba a correr a Tuttle, por su incapacidad para despolitizar dicho festival, no por sus intenciones de hacerlo, que, aunque fallidas, es por lo que merecería ser despedida. A la actual directora se le puede acusar de muchas cosas, de banal, de superficial, de propagandista, de mal gusto, de falta de capacidad en su programación, pero nunca, nunca, de tratar de politizar las dos ediciones del Berlinale en las que ha estado a cargo, que es por lo que la quisieron separar de su cargo.

Por esta razón, por la razón por la que la querían correr aTuttle, no era justo que la correrían de su puesto. Es decir, yo sería el primero en sugerir que la estadounidense se tiene que ir de la dirección del festival, por muchas razones, pero no por tomarse una foto con Abdallah Alkhatib y el equipo de su película, ni por haber sido incapaz de silenciar las voces que hoy le reclaman a Alemania su efectiva e innegable complicidad en el genocidio palestino.

Mientras este gobierno alemán continúe en el poder, la verdad es que pocas esperanzas hay de que el Berlinale retome el nivel cinematográfico (que incluye lo político, porque a pesar de lo que diga Wenders, separar el arte de lo político es como quitarle el corazón, es decir, NO es posible, al menos si queremos un arte vivo) que lo llevo a ser uno de los mejores festivales del mundo.

Así que, la mala noticia no es el Berlinale 76, sino el que viene, dado el contexto político, porque todo es político, que se respira en Alemania y el mundo. Pero como el cine nunca se podrá separar de lo político, habrá que asumir esta nueva realidad.

El cine, el arte en general, será político o no será.

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