Imagen obtenida de Dream Memories

Me propongo una exposición razonada, al menos descriptiva, acerca del contenido de esta suerte de ensayo (por momentos autobiográfico, por otros expositivamente científico o bien el relato de experiencias biográficas de artistas) de la autora española contemporánea Rosa Montero.

El peligro de estar cuerda fue publicado en 2022 y se propone comprender o interpretar la relación que se establece (o se establece entre buena cantidad de escritores) entre creatividad y locura o patología mental. También lo hace de la dependencia de sustancias como drogas o alcohol que o facilitan o le dan mayor intensidad y profundidad  a la creación literaria. Claro que Rosa Montero no se deja guiar en este trabajo (como sí lo hizo Siri Hustvedt en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, de 2010, muy anterior a este, si bien la autora norteamericana sí es citada) por las herramientas de la ciencia médica más que muy de tanto en tanto. Si su colega norteamericana Siri Hustvedt se había consagrado a leer informes, estudios, casos e historias clínicas, psicoanálisis, neurociencias, psiquiatría, el camino seguido por Montero es otro.

Más allá de manejar algunas categorías elementales diría que sobre todo provenientes del psicoanálisis, otras de la psiquiatría (pero no concentrándose en la ciencia médica sino tomando a modo de ejemplo algunos datos). Su  verdadero asunto se concentra en los testimonios como cartas, diarios íntimos, autobiografías, biografías de autores y autoras de la literatura universal en los que se expresan declaraciones sobre experiencias ligadas a la relación entre escritura/locura, escritura/adicciones. Algunas confesiones son estremecedoras. Conmueven por el sufrimiento al que han sido sometidos estos creadores y creadoras, como a los electroshocks sobre todo durante el siglo XX. El resto es también una exploración en sus propios rasgos de personalidad como mujer, un problema de salud mental que padeció durante una etapa de su vida (hasta los treinta años), referencias a libros que escribió y cómo lo hizo. La relación entre escribir, vivir intensamente y salirse por momentos de los cabales, como al enamorarse, perder la razón, para encontrar un paralelo en el que un varón o mujer se abisman, se alienan, se enajenan el uno en el otro generando una alteridad de mucha intensidad recíproca. Pierden la cabeza. Veremos hacia dónde desemboca este viaje. Sus anécdotas son recuerdos o bien son malos momentos que dejan por escrito. No habría otra forma de conocerlos de otro modo.

      Hay una Rosa Montero, suerte de doble que usurpa su identidad usando su mismo nombre, pero con una fisonomía y una estampa completamente distintas. Le envía regalos y hasta la suplanta en una serie de emprendimientos o tareas que ella tiene que realizar o bien con motivo de compromisos que ha adquirido. Esta figura impostora realizará, adelantándose, antes de que ella las empiece. El final del libro termina por esclarecer esa situación tan incómoda como perturbadora.

     Nombrada su protagonista, como Rosa Montero, en primera persona, este libro es también el de una periodista. Formada en redacciones de diarios y revistas como ejercicio profesional, más que la Universidad, pese a que ha realizado estudios de Psicología y Periodismo. A Montero tal vez le falte profundidad conceptual, pero no experiencia de escritura con sus numerosas novelas, con las que ha recogido un saber en directa relación con la escritura que la muestra como una  persona conocedora del arte de escribir. Circunstancia que le permite trazar hipótesis o realizar reflexiones en torno de uso de la palabra con fines estéticos. Describe muy vívidamente el modo en que sus libros nacen, se desarrollan, la impresión que le causan en la medida en que avanza en ellos, sus avatares, de qué modo convivir con un mundo paralelo como el de la literatura respecto del cotidiano, cómo escribir modifica nuestra percepción de la vida o bien trastorna nuestra vida. El modo en que disocia su vida: una mitad en la novela y en la otra la realidad, el universo de lo referencial versus el de lo imaginario. Al poner el punto final frente a ciertas novelas queda completamente desconcertada y dubitativa acerca de su calidad. Se manifiesta insegura, acerca de algunos de sus propios manuscritos, motivos por el cual, dudando entre considerarlos un buen trabajo o uno mediocre, acude a la mirada de una editora de confianza. También su libro hasta donde puedo afirmarlo, más que un estudio entre creatividad, locura o adicciones, tiene mucho de su propia vida, como la motivación a partir de la cual se lanzó a escribirlo. Hay momentos en que se cuela por entre el desarrollo de este texto una invasiva Montero que impide un desarrollo temático respecto de cuál es el asunto en cuestión. También en el cual se sincera con los lectores. Y es certera, al menos en lo que a mí respecta, en su descripción acerca del género de vida que supone ser un escritor o escritora en lo relativo a su vida cotidiana, en lo relativo a cómo conciben o se les imponen historias o argumentos para luego, en su caso, ser narrados en novelas o ensayos. La descripción de rutinas, de manías o bien de obsesiones. Conmovedor el caso descripto entre luces y sombras de Emily Dickinson, de uno de cuyos versos nace el título de este libro. Pero sobre todo, del conjunto de inquietantes episodios o rasgos de personalidad que la llevan a confinarse en la casa familiar completamente a solas. Habrá muchos otros escritores que elegirán la soledad o el aislamiento. Otro caso que cita es el de Nathaniel Hawthorne, el célebre autor de “Wakefield” (su cuento favorito) o “La hija de Rapaccini” (uno de los favoritos míos), dos cuentos celebrados por la crítica y por otros escritores.

Fotografía: Adrián Ferrero

     ¿Y el estilo de vida de una escritora? De escribir novelas, proceso que supone mucha paciencia, lecturas, concentración, investigación, corrección, pausas, bloqueos luego superados. Pero también visitas como profesora invitada a Universidades de EE.UU., el asistir a Ferias del libro para firmar ejemplares, giras de promoción de sus libros. No deja entrever que la escritura le resulta abrumadora. Puede que sí lo sean las giras o las conferencias a las que se la invita. Tal vez lo más abrumador de escribir sea el desgasten frente a un poder de concentración que agota a quien ejerza este oficio.  

     Ahora bien: ¿qué es lo que mantiene a un grupo de creadoras y creadores apartados del mundo?  Como si fuera necesario, para mantener el equilibrio, la soledad, aunque también la falta de contacto o comunicación con familiares y colegas, compañeros de trabajo o bien de parte del resto de su familia deja de ser estrecha. En la soledad nos encierra la posibilidad de intercambiar experiencias con otros, libros, secretos de la escritura, narrar viajes o rutinas de trabajo. Nos priva del amor.

     Estos creadores que permanecen apartados de sus semejantes, comienzan con un profundo sentimiento introspectivo. No diría que llegan a perder la razón, pero sí comprometen su salud mental en diverso grado. Al no comunicarse con nadie, carecen de interlocutores, se produce un encierro de puertas adentro (para leer, para escribir, para investigar, para tomar notas) y, por lo tanto, de todo intercambio asiduo con su prójimo que podría ayudarlos para que se sientan mejor. Su mundo se empequeñece, se suelen volver obsesivos. Y el creador y la creadora permanece confinado en esa cárcel que diera la impresión  de que fueran a ser las cuatro paredes de una mazmorra.

    El capítulo adicciones también ha tenido cultores famosos. Pero esto es lo que me parece le falta al libro: en lugar  de acudir al pensamiento abstracto o teórico, Montero se limita a enumerar toda una serie de casos de locura o bien, como dije, dependencia de sustancias excitantes, alucinógenas o que desordenan la percepción de lo real. Trabaja más con el discurso informativo que con reflexiones elaboradas. Pero no saca conclusiones conceptualmente a fondo de sus lecturas y su sintomatología de antaño. Analiza cuáles han sido las drogas más leves en su impacto hasta las más dañinas en los consumidores. Y también se refiere a grandes alcohólicos y drogadictos de la historia en lo relativo a los escritores refiriendo anécdotas o bien dando lugar a las consecuencias que ello ha dado por resultado. O bien puede haber inhibido la capacidad creadora llegado determinado poder autodestructivo.

     Uno de los últimos capítulos consiste en realizar un relevamiento de varios casos de suicidas entre escritores. En algunos casos incluso se suicidan con sus esposas o parejas, trazando un pacto tan inexplicable como autodestructivo, arrastrando consigo a ese final inducido a personas que evidentemente los aman tanto que no están dispuestas a verlos perecer y perderlos.

     Conmovedora es la relación que establece con Doris Lessing, hacia el final del libro en una entrevista que no adjetivaría de intimista. Lessing es un mujer de temperamento. Es directa. No es diplomática. Esto se nota en el discurrir de la conversación con Montero, que le realiza esta entrevista antes de obtener el Premio Nobel. Su casa está desordenada, al menos la planta baja. Sin embargo, no ha perdido su lucidez ni la perspectiva inteligente de lo que significa ser una persona vieja. Aquí nuevamente la Rosa Montero periodista. El otro gran encuentro es el que mantiene con Ursula K. Le Guin, una autora a quien respeta y cuyos libros disfruta, pese a ese desdén que suele recaer sobre los autores de ciencia ficción y fantasía (que ella hace notar). Le Guin no puede escribir. No encuentra historias a las cuales consagrarse, lo que naturalmente resulta frustrante para una mujer ya mayor pero que ha vivido con intensidad sus años como escritora.

     Esta no es la primera vez que Rosa Montero se concentra en libros en los que la salud mental o los problemas mentales aparezcan. En clave novelística lo había hecho en La loca de la casa (2003), frase nominal cuya designación Santa Teresa de Jesús daba a la imaginación. En el convento o fuera de él. No digamos cuando se integraba a la casa con el estilo de vida que promovía.

     Montero explica que su problema de salud mental ocurrió en tres fases a lo largo de toda su vida hasta los treinta años. Y que también comenzó tres tratamientos con Psicoanalistas.

     Narra anécdotas que son casualidades o hechos producto del destino. Se refiere intratextualmente al resto de su producción hasta el momento. La metodología de trabajo que como escritora y periodista tiene: en la rutina de sus obligaciones, que no elude. Si bien quienes escribimos sabemos que escribir un libro es una actividad que no es precisamente rutinaria. Si bien cada libro es una experiencia nueva, distinta, incomparable.

    En el caso de las drogas cita a varios autores o autoras. Pero mencionaría como los más paradigmáticos a Truman Capote y Coleridge (para hacerlo con personas de distintas épocas). Y de los alcohólicos tenemos a Raymond Carver, Charles Bukoski, Ernest Heminway, William Faulkner, Scott Fitzgerald, quien hizo de su vida un infierno con motivo del alcoholismo. Y se refiere a un consumo ilimitado de tazas de café. Flaubert, después de tomar muchísimas, las combinaba con vasos de agua fría, entre otros casos. En Argentina, un paralelo podría ser el tomar termos y más termos de mate.

     Estas manías, costumbres, estados, sumen a los adictos en personajes prácticamente fuera de la ley, especialmente con la cocaína y con LSD. En particular en el modo de adquirirlos de modo cada vez más compulsivo.

     Creo discernir a qué se refiere Rosa Montero al titular este libro “el peligro de estar cuerda”. Me atrevería a afirmar que el arte desacomoda, deja fuera de lugar, descoloca, insiste de modo obstinado en capturarnos para que comencemos a ser un tipo peculiar de  humanos que hace del arte su estilo de vida, produce, estudia, crea. En tanto estar cuerda, pone a las personas en una circunstancia de credulidad, de ingenuidad incluso. De mecanización, De familiaridad. De responder a estereotipos sociales generalizados. Anula nuestras facultades ligadas a la invención o incluso las ocurrencias instantáneas. El peligro tiene que ver con bucear en los laberintos de la mente hasta dar con imágenes y un argumento capaz de disparar un cuento o una novela. Incluso las vueltas de la vida a las que estamos condenados con motivo de ser creadores, lo que por lo visto tiene un costo.

     Los estímulos para iniciar un libro son múltiples (todos de distinta índole) y no se puede ni se debe generalizar. Y el peligro consiste también en que pasarse por completo al bando de los que están en sus cabales, es por lo general causal de pérdida de la creatividad, de la imaginación que daba por resultado un estallido creativo. En efecto, la cordura es un peligro para quienes desacomodan lo acomodado.

     Este libro más que un estudio me resulta una reflexión a partir de casos concretos, de estudios historias personales en las cuales la cordura se vio puesta en peligro pero al mismo tiempo dio por resultados obras gloriosas. Pero este libro es evidente que no pretende rigor científico, si bien busca en ellos, sobre todo, fuentes de inspiración. Esta verosimilitud que nos garantiza aquello que torna a una historia vivida por un escritor, también a veces en un suplicio.      

    De modo que el presente texto por momentos autobiográfico viene a sumarse a una tradición de escritores/ras que han tomado por asalto los atropellos de la ciencia médica y sus terapias, ha parcialmente denunciado, en otros casos propuesto hipótesis para comprender lo que sucede en las mentes de los grandes creadores y creadoras. Naturalmente las mujeres y las minorías sexuales son reducidos a la retaguardia de todo intento pujante por instalar novedades en este campo, manifestando Montero su adhesión a las reivindicaciones de género. Asumiendo un nuevo reto. Por lo pronto, que este libro haya sido escrito por una mujer, a mí me resulta un paso decisivo en la mirada de la patología como forma de producción de significados complejos. Si los arquetipos con los que se abordaban casos era siempre el patrón masculino, Montera da una batalla clara en tal sentido. No ignora a los varones pero sí lleva un registro de los atropellos a las mujeres, también en los casos de patología mental.  Ignoro con qué seriedad tomará la ciencia médica libros como estos. Conjeturo que con resistencias, recelos, reticencias, desacreditaciones, soberbia afectada por haber herido sentimientos demasiado sensibles a la ciencia que pueden ofenderla o, incluso, no prestigiarla.         

     La cordura, la locura y los accidentes o las disfunciones que esta clase de obras tienden a  resignificar en la medida en que también comprendemos que no nos estamos refiriendo a casos necesariamente perdidos de personas que ya ni siquiera son capaces de gobernar su mente. En este caso, el “peligro de estar cuerda” consiste precisamente en que es primordial para no caer en hacerle el juego a prácticas o modos de pensar profundamente crédulos y que hasta perjudican al ser humano, en defender a capa y espada momentos o hasta estilos de vida que no sean necesariamente tan ordenados en todos los sentidos de esta palabra. A ellos se les oponen toda una serie de conductas y pensamientos producto de un modo alternativo de reflexionar y ver el mundo a contraluz.

     Evidentemente, por lo que dejan traslucirlo sus palabras al comienzo del texto, no fue este un libro sencillo de escribir. Al fin y al cabo la autora está trabajando con materia autobiográfica que la volvió desdichada. Sufrió con estos ataques de pánico. Pero procura o se propone entender la locura de otros. En particular de otros escritores. E indagar qué de patológico y qué de normal suelen presentar sus colegas. Y en ese entender a otros hay una comprensión de sí misma. Se refiere en dos momentos al tiempo que demoró luego de tomar notas y leer decenas de libros en lanzarse a la aventura de escribirlo. También a la de, una vez comenzado, el modo y el tiempo en que postergó su escritura. No obstante, haber podido salir de ese universo en el cual las reglas de la vida cotidiana no rigen, le ha permitido servirse de otra de las acepciones de la palabra “locura”. O bien, una de sus implicadas: la creatividad. Sin una dosis de locura que haga de quienes la padecen seres que miran al sesgo las experiencias de la vida, a contraluz, de hecho puede que hasta sufran cierta marginación respecto de los grupos de personas “sanas” tal vez buena parte de la literatura escrita hasta hoy no hubiera sido posible o no hubiera sido posible de este modo. Recuerdo un ensayo de Siri Hustvedt en el que se refería a que no estaba disconforme o no se lamentaba por lo que había significado padecer una patología neurológica, porque de otro modo no hubiera llevado adelante sus investigaciones. De manera que esta locura saludable que sirve para el vuelo poético, la investigación apasionada y la ruptura con lo convencional devenido falta de  imaginación (si bien no nos ahorra sufrimiento), es no solo necesaria, sino dando un paso más allá, me atrevería a decir que imprescindible.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Es escritor, crítico literario y ejerce el periodismo cultural. Publicó libros de narrativa breve, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa y prosas argentinas contemporáneas en carácter de editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente, Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación de Argentina para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU., en revistas culturales y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se dieron a conocer cuentos, crónicas, series de poemas y artículos críticos. Escribió reseñas de films latinoamericanos en revistas académicas o culturales de EE.UU. También en México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios, con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos. Colabora habitualmente con revistas de cultura de EE.UU., México, Chile, Venezuela y Argentina. Escribe también cuentos para niños. Obtuvo tres becas bianuales sucesivas de investigación de la UNLP y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de la UNLP, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile en revistas especializadas. Se desempeñó como docente universitario en dos Facultades de la UNLP durante diez y tres años, respectivamente. Participó en carácter de expositor en numerosos congresos académicos en Argentina y Francia. Realizó cinco audiotextos y dos videos en colaboración. Participó de dos colectivos de arte de su ciudad (en la actualidad se ha sumado a uno de Chile). Realizó dos libros interdisciplinarios entre fotografía y textos con fotógrafos profesionales, inéditos. Obtuvo premios y distinciones internacionales y nacionales.

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