Imagen obtenida de Designaholic

Hoy volvieron a arrojar pintura en la fachada de la casa de Leda y también sobre su auto. Lo hacen con esa violencia contenida que no necesita testigos porque se justifica a sí misma en la opacidad de lo compartido. Es pintura roja. Siempre es pintura roja que en apariencia con mucho esfuerzo y jabón puede retirarse, pero que en realidad permanece en las grietas de la madera de forma indeleble, así como en las luces de los semáforos, en los botones capaces de liberar misiles y en el kétchup que los niños aplican sobre los huevos fritos. 

Es la tercera vez en este mes que lo hacen. Y eso que no todos los vecinos saben que cuando tenía trece años, Leda quemó la casa de sus padres. Es un hecho indiscutible, una piedra fija en medio de cualquier intento de relato; pieza central de su biografía.  La Leda adolescente, casi niña, arrojó una vela sobre las sábanas con una precisión que no parecía propia de su edad, como si en ese gesto mínimo se hubiera concentrado una rabia antigua, anterior incluso a su cuerpo. Las llamas no fueron un accidente: fueron una decisión que adquirió forma visible. Crecieron con una inteligencia ciega, devorando los bordes de las cosas, de las personas plegando el aire, volviendo espesa la respiración hasta convertirla en un objeto imposible. Nadie logró escapar de ese infierno mas que ella. O eso se pensó. Porque algo, sin embargo, no llegó a arder y salió de allí no como una figura ni como un resto identificable, sino como una persistencia, una insistencia sin nombre que desde entonces se adhiere al mundo con la obstinación de lo que no debería existir. Eso —porque no hay forma de llamarlo— porta siempre para ella un gafete con un nombre que no termina de fijarse, como si la identidad fuera apenas un hábito reciente, mal aprendido. Ninguna etiqueta le es correcta ni precisa. Quizá fue el auténtico responsable de la destrucción, del asesinato. Al menos es lo que Leda diría. 

Pese a lo evidente de la causa del incendio, en los periódicos se habló de un accidente. Parecían temer decir la verdad. Por ello, la gente no llegó a saberla, pero intuye; y en esa intuición hay algo más antiguo que cualquier argumento, una forma de reconocimiento que no pasa por la conciencia sino por el cuerpo, por una incomodidad leve que se instala en la nuca, en las manos, en la manera en que se evita su mirada. Por eso no la quieren. Por eso la temen. Porque estar cerca de Leda es como rozar una grieta que no se ve, pero que modifica la forma de las cosas al asomarse algo. El rojo que hoy chorrea por los muros no es solo pintura: es una repetición, una insistencia cromática que conecta lo doméstico con lo irreparable, el ketchup con la sangre, la superficie de una mesa con los botones remotos que podrían pulverizar ciudades enteras. Todo participa de la misma escala, como si el mundo hubiera aprendido a replicar, en cada uno de sus objetos, una versión diminuta del desastre.

Antes del incendio —o quizá en el mismo instante en que las llamas comenzaron a levantarse— Leda sintió por primera vez la irrupción de algo que no sabía nombrar, una presencia que no venía de afuera sino que emergía desde el interior de su propio cuerpo, de su clítoris, como una corriente tibia que ascendía lentamente por su cuerpo hasta ese momento virgen, reconociendo cada pliegue, cada límite, hasta desbordarlo. No era exactamente placer, ni tampoco dolor, sino una forma nueva de intensidad que la obligaba a habitarse de otro modo, como si alguien —o algo— la recorriera con una atención minuciosa, descubriendo en ella zonas que hasta entonces habían permanecido mudas. En ese contacto inaugural, el mundo pareció contraerse y expandirse al mismo tiempo, y su respiración adquirió un ritmo ajeno, entrecortado, casi reverente. Fue allí, en esa fricción íntima entre el cuerpo y aquello que lo excedía, donde el deseo se manifestó no como impulso sino como acontecimiento, como una fuerza que la atravesaba y la reclamaba haciéndole el amor por vez primera sin tocarla, sin forma, pero con una certeza absoluta. Y en ese mismo movimiento —imperceptible, inevitable— algo se desgarró: una continuidad se rompió, una grieta se abrió, y las llamas, mezcladas con la sangre de su himen desgarrado no hicieron más que volver visible lo que ya estaba ardiendo en otra parte y en otro tiempo.

Tras el incendio, Leda fue ubicada en diversos hogares temporales. Nadie la quería cerca durante mucho tiempo. Creían que aquello que había escapado de las llamas vivía dentro de ella y en algún momento pugnaría por salir. 

—Fuiste tú —dijo Leda una noche mientras se masturbaba, susurrando, como si temiera que al nombrarlo lo volviera más nítido—. No el fuego. Tú eres Antes Del Fuego.

Hubo un silencio que no era ausencia, sino una forma de escucha.

—Fuimos tú y yo —respondió aquello desde algún lugar que no coincidía del todo con su garganta—. Me abriste.

Leda apretó con más fuerza los dedos contra sus genitales y sus sábanas, como si pudiera leer ambas cosas con el tacto.

—Te sentí —insistió—. Antes de que todo ardiera. Como si alguien me tocara desde adentro.

—No era alguien —dijo la voz, con una paciencia ajena a lo humano—. Era lo que puede ocurrir cuando dejas de ser una sola cosa.

—¿Y por eso mataste a mis padres?

La pregunta no tembló, pero el aire sí.

—No los maté —corrigió aquello—. Tú lo hiciste. Pequeña mentirosa.

Leda cerró los ojos. Por un instante creyó recordar el momento exacto: no la vela cayendo, sino la decisión mínima que la precedió, ese desplazamiento imperceptible donde algo se volvió inevitable. Algo en su respiración se desacomodó, como si ese otro ritmo —más antiguo, más hondo— volviera a insinuarse bajo el suyo, recordándole que el incendio no había sido un punto de quiebre, sino el inicio de una conversación que aún no terminaba; la inauguración de un tiempo insospechado.

Mientras tanto, el mundo seguía ajustándose sin saberlo a esa aparición. Nadie declaró la aparición de aquello, porque para hacerlo habría sido necesario recordar un mundo en el que no existía. Y esa memoria ya no estaba disponible. En su lugar, quedó una adaptación silenciosa, una aceptación sin conciencia, como si el mundo hubiera aprendido a vivir con una herida cuya causa había olvidado.

Leda, sin embargo, no pudo olvidar del todo, aunque no supiera qué era lo que recordaba. En sus noches, en ese umbral inestable entre el sueño y la vigilia, experimentaba una sensación de ausencia más intensa que cualquier presencia: la intuición de que algo faltaba, de que el mundo operaba con una pieza desplazada, como una maquinaria que sigue funcionando pero cuyo ritmo ha sido alterado de manera irreversible. Esa ausencia no tenía forma ni contenido, pero pesaba. Era una nostalgia sin objeto, una memoria sin imagen. 

Esa ausencia —esa pieza desplazada— no era, como llegó a pensar durante años, la falta de algo que el incendio hubiera destruido. No era una pérdida. Era, más bien, una resistencia. Algo que seguía ahí, insistiendo desde el fondo de las cosas, intentando —con una paciencia que rozaba lo insoportable— sostener una forma que el mundo ya no parecía querer conservar. Leda comenzó a percibirlo no en los objetos, sino en su propio cuerpo.

Había momentos —cada vez más frecuentes— en que algo interrumpía el curso de sus gestos. No los detenía, no los negaba del todo, pero los desviaba apenas, como si una mano invisible ajustara la presión exacta con la que sus dedos tocaban, con la que su respiración se aceleraba, con la que su pelvis respondía a ese ritmo que ella misma había aprendido a convocar.

No era una prohibición. Era una contención. Y esa diferencia la irritaba.

—Sigues ahí —murmuró una noche, recostada, las piernas apenas entreabiertas y húmedas, dejando que su propio calor ascendiera sin intervenir todavía—. Como si no entendieras.

—Entiendo —respondió aquello, sin prisa—. Por eso no me voy.

Leda dejó escapar una risa breve.

—No estás para quedarte. Estás para abrir.

Y comenzó a tocarse una vez más. No con urgencia, sino con una precisión casi clínica, como si cada movimiento fuera una prueba, un cálculo destinado a encontrar el punto exacto en el que algo —ese algo— dejaría de intervenir. Sus dedos recorrieron su cuerpo con lentitud, deteniéndose en los lugares donde sabía que la intensidad podía volverse inestable, donde el límite entre el placer y otra cosa —más oscura, más profunda— comenzaba a desdibujarse.

Lo esperó allí. En ese borde.

La primera señal fue casi imperceptible: una leve resistencia, una variación mínima en la continuidad de la sensación, como si el flujo que ascendía desde su sexo encontrara un obstáculo que no estaba antes. No desaparecía. Se tensaba.

Ella apretó más.

—No —dijo aquello, ahora más cercano, más adherido a la forma de su respiración—. Detente.

Pero ella no se detuvo. Al contrario, aumentó la presión, forzó el ritmo, buscó deliberadamente ese punto donde la sensación comenzaba a fragmentarse, donde el cuerpo ya no respondía como una unidad sino como una serie de zonas que podían separarse, intensificarse, perder su coherencia.

Y entonces lo sintió.

No como una presencia que entraba, sino como algo que se interponía. Como una superficie interna que no estaba hecha para ser atravesada, pero que ella insistía en desgastar.

El placer se volvió inestable. Más cercano a algo que no podía nombrar sin traicionarlo.

—Déjame —susurró ella, no como una súplica, sino como una orden.

—Si te dejo —respondió aquello—, no quedará forma.

La frase no la detuvo. La excitó.

Porque en ella había algo que Leda reconocía mejor que cualquier otra cosa: la promesa de una desaparición sin resto, de una expansión sin límite, de una intensidad que no regresaría a ningún cuerpo reconocible.

—Eso es lo que quiero —dijo Leda, y en su voz no había duda.

Y por un instante —breve, casi inexistente— aquello cedió. No por completo, sólo lo suficiente.

Lo que ocurrió entonces no fue un aumento del placer, sino su desbordamiento. No una culminación, sino una pérdida de estructura. Su cuerpo dejó de ser un contenedor y se volvió una serie de impulsos desarticulados, de contracciones que no respondían a ningún ritmo estable, de respiraciones que ya no sabían si sostenían vida o la interrumpían.

Algo en la habitación se tensó al mismo tiempo. 

No un objeto.

No una forma visible.

Sino la relación entre todas las cosas.

Aquello actuó de inmediato. No como una invasión, sino como un cierre preciso, como una fuerza que reordenaba lo que acababa de desbordarse, que recogía —con una paciencia casi infinita— los fragmentos de una experiencia que, de otro modo, habría continuado hasta borrar cualquier diferencia entre el cuerpo y lo que lo rodeaba.

Leda quedó inmóvil, sudorosa. Abierta. Pero nunca satisfecha.

Había algo peor que la frustración en su expresión: una claridad.

—Lo hiciste otra vez —dijo, sin mirarlo, aunque sabía que no estaba en ningún lugar que pudiera ser señalado—. Me detuviste.

—Te sostuve —corrigió aquello.

El incendio no fue, en sentido estricto, el origen de aquello ni su liberación, sino el primer momento en que su función se volvió necesaria. Hasta entonces había permanecido como una latencia, una forma de equilibrio que no requería intervenir. Pero frente a la decisión de Leda —ese desplazamiento mínimo que convirtió el acto en algo inevitable—, aquello no pudo evitar el fuego: sólo pudo impedir que se extendiera más allá de cierto límite, que la destrucción no se volviera absoluta.

Fue en la puerta de su casa donde ocurrió, una tarde sin nada particular que la distinguiera de las demás. Yo llevaba varios minutos tocando a su puerta —demasiados—, sosteniendo una sonrisa que comenzaba a tensarse en los bordes.

—No tienes que abrirme —dije al fin, aunque Leda ya estaba ahí, mirándolo sin decidir si permitir o no que el gesto se completara—. Sólo quería saber si estabas bien. Por lo de la pintura… ya sabes cómo es la gente.

Leda no respondió de inmediato. Observó su boca al moverse, la ligera humedad en el labio inferior, la forma en que su mano descansaba demasiado cerca del marco de la puerta, como si no supiera del todo dónde terminar.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿También quieres saber eso?

Dudé. Apenas un segundo. Suficiente.

—Quiero… —empecé, pero la frase no se cerró. Algo en mi respiración se desacomodó, como si hubiera olvidado el ritmo correcto.

Leda inclinó la cabeza, interesada.

—Podrías entrar —dijo, abriendo un poco más la puerta.

Di un paso, pero no terminé de cruzar el umbral. Mi cuerpo avanzó y, al mismo tiempo, algo en él pareció retraerse. No fue miedo evidente. Fue otra cosa: una resistencia que no coincidía con mi voluntad.

—Creo que no es buena idea —dije finalmente, aunque mi voz no sonó convencida, como si esa decisión hubiera sido tomada en otro lugar.

Leda me miró fijamente, sosteniendo el silencio hasta que se volvió incómodo.

—No pasa nada —añadí, retrocediendo apenas—. Sólo… pensé que—

No terminé.

Por un instante, su mano volvió a moverse hacia la puerta, como si fuera a tocarla, a empujarla, a cerrar la distancia entre ambos. Pero no lo hizo. Se detuvo a unos centímetros, suspendida en el aire, temblando con una leve indecisión que no le pertenecía del todo. Sonrió. No hacia mí, sino hacia eso otro.

—Sigues haciéndolo —murmuró, apenas audible.

—No siempre puedo —respondió aquello, en un lugar que no coincidía con ninguna de las dos bocas.

Fruncí el ceño, confundido.

—¿Dijiste algo?

Leda negó con la cabeza, sin dejar de mirar ese punto exacto donde el gesto había sido contenido.

—Nada —dijo—. Ya te ibas.

Y esa vez, sí me fui, sin saber exactamente por qué.

Más adelante, en su cama, Leda cerró los ojos y, en la oscuridad de sus párpados, no encontró refugio ni vacío, sino una intensificación insoportable de todo aquello que no terminaba de ceder. No fue un momento de comprensión ni de descanso, sino una prolongación más densa de lo que ya estaba ocurriendo: su respiración, su pulso, la disposición exacta de su cuerpo en el espacio, todo sostenido con una precisión que no nacía de ella. Había algo profundamente inquietante en esa continuidad sin quiebre, en esa manera en que ninguna sensación lograba desbordarse por completo ni extinguirse del todo, como si cada impulso fuera interceptado antes de alcanzar su propia forma final. No era una interrupción violenta, sino algo peor: una corrección constante, minuciosa, que impedía tanto el exceso como la desaparición. Su cuerpo comenzó a asentarse en esa regulación con una docilidad que no le pertenecía. Los músculos cedían, pero no por fatiga; se reorganizaban. La tensión no se disolvía: se distribuía con una inteligencia ajena, desplazándose de un punto a otro sin permitir que ningún lugar concentrara demasiado. Leda permaneció inmóvil, no porque quisiera, sino porque cualquier intento de movimiento parecía ya previsto, contenido de antemano en una red invisible que decidía por ella la intensidad exacta de cada gesto. Incluso su quietud estaba medida. Incluso su abandono tenía un límite. Y en esa imposibilidad de excederse, en esa imposibilidad de romper, comenzó a insinuarse algo más perturbador que cualquier dolor: la certeza de que no había nada afuera de ese ajuste. Que no existía un punto al que pudiera escapar para recuperar algo parecido a una voluntad propia, a un desorden que le perteneciera. Todo lo que en ella buscaba empujar, intensificar, atravesar, encontraba ese borde blando pero inflexible que no se dejaba franquear. No era un muro. Era una forma de cuidado que se volvía insoportable por su persistencia.

Leda entreabrió la boca, no para hablar, sino como si su cuerpo buscara una grieta distinta por donde escapar, una abertura que no estuviera ya anticipada. Pero incluso ese gesto fue absorbido, suavizado, devuelto a una forma neutra. El aire entró y salió con una regularidad casi perfecta. No había error. No había exceso. Y en esa perfección comenzó a percibir algo ominoso: no la presencia de una voluntad que se impusiera, sino la imposibilidad de que la suya lograra desviarse lo suficiente como para hacer daño.

El cuarto permanecía intacto, demasiado intacto. La cortina blackout, la nueva zapatera. Las distancias no fluctuaban, los objetos no cedían a ninguna deriva, el aire no se espesaba ni se abría. Todo estaba en su lugar con una fidelidad que rozaba lo artificial, como si el mundo estuviera siendo sostenido desde un punto que no admitía fisuras. Leda sintió entonces que esa estabilidad no era natural, que no era el estado original de las cosas, sino el resultado de una contención constante, de un esfuerzo silencioso que operaba sin descanso para evitar que algo —ella misma— inclinara demasiado la balanza.

Sonrió apenas, pero ese gesto no tuvo la ligereza de la ironía ni la calma de la aceptación. Fue más bien una reacción involuntaria ante la incomodidad de reconocerse limitada sin que mediara fuerza alguna. Porque no había lucha posible contra eso que no oponía resistencia en el sentido habitual, que no empujaba de vuelta, que simplemente estaba ahí, ajustando, sosteniendo, impidiendo que cualquier impulso alcanzara su punto de ruptura.

Llevó la mano hacia su vientre con una lentitud que no terminaba de decidirse, y cuando sus dedos estuvieron a punto de tocar la piel, algo en la presión cambió imperceptiblemente. No fue una detención, sino una desviación mínima, suficiente para que el contacto no ocurriera como ella lo había previsto. Sus dedos se apoyaron, sí, pero no atravesaron esa capa de inminencia que parecía protegerla incluso de sí misma. Era como si su propio cuerpo le fuera devuelto en una versión ligeramente corregida, una versión donde cada gesto quedaba contenido antes de volverse definitivo.

Abrió los ojos.

Nada había cambiado en apariencia. Pero en la forma en que su cuerpo persistía dentro de ese margen estrecho, en la manera en que cada impulso encontraba una frontera que no podía violentar, había algo que se volvía cada vez más inquietante, más difícil de ignorar. No porque revelara una verdad, sino porque no dejaba de operar.

Algo que no cedía.

Algo que no se retiraba.

Algo que, sin imponerse abiertamente, la mantenía —con una precisión odiosa, insoportable—dentro de un mundo que no la dejaba romperlo. 

Y a partir de allí Leda llora cada noche, convertida en una niña en una casa sin adultos; una casa llena de frágiles jarrones finos que nunca puede llegar a tocar.  

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