Pedí que alguien me hiciera una foto mientras me colocaba de perfil con los antebrazos sobre un barandal, exhalando el humo de un cigarrillo. De alguna manera supe que es una pose que sólo puede hacerse en París, con la Seine de fondo y ese aire vencido que nunca llega a ser viento y que sólo se encuentra en un sitio exacto del Pont des Arts. Esperaba haber logrado la mirada desfachatada y melancólica de James Dean, aunque eso es accesorio, y aunque ya no tenga la edad, ni el empuje de James Dean. No, más bien buscaba emular a Albert Camus añorando la muerte que le fue negada en 1960. Cualquiera que viera la foto notaría la particularidad de la pose y me preguntaría, «Cómo, fuiste a París?» Y yo movería la cabeza de forma ambigua y haría un gesto enigmático y ensayado que mi interlocutor interpretaría como una afirmación, pero que en realidad no me comprometería a nada. Yo no conozco París, mas que aquel punto donde encajo perfectamente a manera de fotografía. Y sólo ese punto del Pont des Arts al que pertenezco, al que siempre he pertenecido.
No lo sabía en ese momento. Al principio, la fotografía era apenas una superficie dócil, una prueba conveniente de algo que no había ocurrido del todo. La dejaba sobre la mesa, la guardaba en un libro, la olvidaba en el fondo de un cajón. Pero siempre regresaba a ella con una incomodidad que no sabía nombrar, como si al tocarla interrumpiera una respiración ajena. Había algo en la inclinación exacta de mis brazos, en la manera en que el humo se desprendía de mí sin prisa, que no me pertenecía por completo. Una precisión excesiva. Como si ese gesto —tan estudiado en apariencia— hubiera sido ensayado antes de mí, repetido por tantos cuerpos hasta encontrar en mí la forma definitiva en la que debía ocurrir.
Una noche, al observarla con más detenimiento sospeché que no era yo quien había encontrado ese punto, sino el punto quien me había encontrado a mí.
Desde entonces, comencé a sentirlo.
No como se siente una presencia humana, con sus cambios de humor y sus vacilaciones, sino como una insistencia perfecta. El puente —ese fragmento preciso del Pont des Arts que no conozco y que quizá sólo existe en la imaginación de quienes no conocemos París— no me recordaba: me reclamaba. No echaba de menos mi voz, ni mi historia, ni siquiera mi nombre. Extrañaba, con una fidelidad absoluta, la forma exacta en que mi cuerpo se inclinaba sobre él. La tensión leve de mis hombros. El ángulo en que el cigarrillo prolongaba las luces en esa noche eterna. Nada más.
Intenté volver a ese gesto en otros lugares. Pedía que me fotografiaran mientras me apoyaba en barandales distintos, en balcones anónimos, en puentes sin historia. Encendí decenas de cigarrillos con la esperanza de repetir la escena, de reconstruir la fotografía fuera de sí misma. Pero siempre faltaba algo: el aire no cedía de la misma forma, el humo se dispersaba sin intención, mis brazos no encontraban el descanso preciso. Nadie llegaba a pensar que me encontraba en otro sitio. Era como si el mundo entero se negara a sostenerme de otro modo.
Comencé a evitar la fotografía. La escondí, la extravié deliberadamente entre papeles sin importancia. Pero incluso lejos de ella, el llamado persistía. No como una voz, sino como una forma que mi cuerpo recordaba sin querer. A veces, al caminar, sentía que mis brazos buscaban un apoyo inexistente. O que mi perfil se inclinaba levemente hacia un punto que no estaba ahí. Como si ese lugar continuara ajustándome, corrigiéndome a distancia.
No sé en qué momento dejé de resistirme.
Tal vez fue una tarde en que, sin darme cuenta, adopté la pose frente a una ventana cualquiera. No había río ni puente ni ciudad que justificara el gesto. Y sin embargo, por un segundo —apenas un segundo— todo encajó. El aire se volvió denso, el tiempo se contuvo, escuché a mi espalda una voz y sentí una inquietud que no provenía de mí.
—Hé, connard, t’as du fric ou une clope ?
—Perdón… no entiendo bien. ¿Qué dices?
—Fais pas le con. File quelque chose, maintenant.
—No sé si puedo moverme…
—Putain, t’es débile ou quoi ? Bouge ou dégage.
—Déjame en paz.
Supe entonces que el puente había encontrado la manera de extenderse.
No necesita que yo esté en él. Como a la mayoría de los amantes, le basta la mentira de mi cuerpo. Con que repita, aunque sea de forma imperfecta, la forma que le pertenece. Cada vez que lo hago, el mundo se afina alrededor de ese instante, como si todo lo demás fuera una desviación tolerable.
Ya no es la pose. Ya no es aquella inclinación inicial lo que me une a ese lugar. Es la coincidencia. El hecho de que mi cuerpo encontrara, aunque fuera por un segundo, una forma perfecta en el espacio. Cualquier forma. He intentado romperlo. Me he movido con torpeza, exageré los gestos, descompuse mi figura hasta volverla ridícula: un brazo alzado sin motivo, la espalda torcida, la cabeza inclinada en un ángulo imposible. Pero incluso en la deformidad había un punto de ajuste, una manera en que todo volvía a cerrarse sobre mí. Cada postura era una trampa. Cada intento de salir era apenas la entrada a otro encaje más preciso, más íntimo, más mío. Dejé de resistir. No por cansancio, sino por una claridad que llegó sin anuncio: no había afuera. El puente no estaba en París, ni en la fotografía, ni siquiera en ese instante detenido donde el humo nunca terminaba de irse. El puente era esa insistencia en hacerme coincidir con algo. Y yo, sin darme cuenta, había aprendido demasiado bien a hacerlo.
Pensé en la gente que vería la foto. En sus preguntas. En mi gesto ambiguo, en esa negación sin compromiso. Nunca mentí: nunca he estado en París. Pero tampoco salí de ahí.
Porque París —o ese fragmento obstinado, imaginado del Pont des Arts— no necesita de mi historia, ni de mis recuerdos, ni de mi edad. Le basta con esto: con la forma exacta en que permanezco. Ahora lo sé con una certeza que no admite consuelo: no soy quien posa, sino lo que queda cuando la pose ya no puede abandonarse. Desde aquí se abre con una calma engañosa, la Seine llevando en su superficie reflejos quebrados del Museo del Louvre, que se extiende como una memoria demasiado vasta para fijarse del todo. Más allá, la silueta del Pont Neuf parece sostener el tiempo con una solidez antigua, mientras las torres de Notre-Dame emergen apenas, como si dudaran entre aparecer o desvanecerse. El río no los une: los arrastra en una misma indecisión. Sospecho que nunca fue la pose lo que me unió al Pont des Arts, sino algo más leve y más irrevocable: mi mirada. Ese matiz casi imperceptible en mis ojos, como si contemplara no el río sino el recuerdo de un amor que ya no podrá repetirse.
Y ahora soy apenas una variación del mismo gesto, de la misma mirada, repitiéndose en ese puente que en que insiste —con una paciencia infinita— en conservarme, como se conserva a esos amores que nunca regresarán, o a los muertos. Que al final son la misma cosa.



























