Time Out México

“La conciencia del deseo y el deseo de la conciencia conforman por igual este proyecto que, bajo su forma negativa, pretende la abolición de las clases, es decir la posesión directa de los trabajadores de todos los momentos de su actividad. Su contrario es la sociedad del espectáculo, donde la mercancía se contempla a sí misma en el mundo que ha creado.”

Guy Debord

Prólogo

“Le dices a esos hombres a la mesa que tu viaje es éste,
un objetivo en la ciudad,
un martirio para tus padres
que eres joven, que quieres escribir
y no sabes cuál es de verdad la forma de un poema
que repites frases favoritas de chicos que tuvieron otras frases favoritas
que viajaron en metro, en autobús, en una línea paralela que te deja una estación después
hablas de una frontera con la que no pudiste lidiar
con la que guardaste tus libros y los abandonaste a quien te dio un peso de más
que está bien, que irse es mejor que aguantar el puerto
el mar
la sal…”
Fragmento de La forma de un poema

Melinna Guerrero.

Introducción.

Melinna Guerrero Romo es escritora y editora. Licenciada en letras hispánicas por la Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ha sido reconocida y galardonada en diferentes instancias como el Premio Nacional de Narrativa Elena Poniatowska, 2014 y el Premio Nacional Universitario de Poesía Desiderio Macías Silva, 2016. En 2020, obtuvo la mención honorífica del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con la obra titulada Historia de nuestra palabra. Es autora del libro Sobre pedazos de vidrio (Círculo de Poesía, 2022), del que tomamos el fragmento que sirve de prólogo al presente texto; y  Mis abuelos no son tortugas  (Artes de México, 2023).

Antes de entrar a trabajar al Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM (MUAC) como, aparentemente, coordinadora editorial, fue jefa de redacción de la editorial Artes de México durante 7 años. En el MUAC estuvo trabajando aproximadamente un año y medio, contratada como prestadora de servicios aunque realmente ejercía funciones y tenía las obligaciones de una empleada subordinada. Fue despedida cuando la gente del museo se entera que está embarazada y la deja a su suerte. Humanismo cero. 

Este texto se centra en la historia de Melinna Guerrero, pero su relato nos da la oportunidad de identificar conductas y prácticas generalizadas que se dan en el MUAC y a los mejor en otros espacios laborales en las universidades y los sectores artístico y cultural, por eso resulta mucho más interesante. Es un documento un poco más largo de lo deseado, por ello he decidido dividirlo en secciones, separado por temas. La propuesta es que pueda ser leído en varias sesiones, según el tiempo del que cada uno disponga, y retomarlo las veces que sea necesario sin perder el hilo y las ideas generales de la historia. Solo hace falta ponerlo en las lecturas pendientes o favoritas del teléfono y retomarlo mientras se viaja en el trasporte o público o se espera turno en el banco. Puedo garantizar que al final de la lectura, habrá cambiando, massea unos instantes, la consciencia de cada lectora no solo sobre el MUAC, sino sobre la vida en general. 

1. Antecedentes.

“El trabajo se ha convertido con la burguesía en trabajo que transforma las condiciones históricas. La burguesía es la primera clase dominante para quien el trabajo es un valor [trabajo ajeno]. Y la burguesía que suprime todo privilegio, que no reconoce ningún valor que no derive de la explotación del trabajo, ha identificado precisamente con el trabajo su propio valor como clase dominante y ha hecho del progreso del trabajo su propio progreso. La clase que acumula las mercancías y el capital modifica continuamente la naturaleza modificando el trabajo mismo, desencadenando su productividad…”

Guy Debord.

Hipnotizados por la onírica promesa capitalista de una vida “mejor” (léase sueño americano) o a punta de represión y sometimiento, según sea el caso de cada uno de nosotros (inconscientes o conscientes), hemos aceptado que la burguesía nos explote por el simple hecho de haberse apropiado, muchas veces inmerecidamente, de los medios de producción, pero, sobre todo, del poder político. La explotación laboral se encuentra normalizada al punto de que ni siquiera tiene ya apariencia de injusto en el imaginario social. Lo anormal, lo excepcional, hoy en día es, por ejemplo, ganar un salario justo o trabajar una jornada digna.

No obstante lo negativo que puede resultar esto para cualquier sociedad y, con ello, para su desarrollo armónico, a medida que pasan los años y la entelequia de una revolución social (efectiva y no burguesa) desaparece, paralelamente al fortalecimiento degenerativo (por no decir degenerado) del Estado Judeocristiano Capitalista Moderno y de la tecnología, esta circunstancia, la de la explotación humana, está creciendo y abarcando nuevos sectores, en particular me refiero al público o gubernamental. 

El sector público o de gobierno, fue el último reducto de la efectiva aplicación de los derechos laborales, salvo por las innecesariamente prolongadas jornadas llenas de horas extras no pagadas, y tomando como referencia cómo funcionan las cosas en el sector privado, que es todavía peor. La burocracia actual, con todas sus aspiraciones de grandeza, lujo y poder, es heredera del rédito revolucionario materializado por el prístino priismo nacionalista, en cuyo seno encontraron el nicho de su apogeo y prosperidad, y de donde emergió una nueva burguesía posrevolucionaria que conviviría con la vieja, aparentemente derrotada, repartiéndose en infames pactos no escritos al país.

Un sector que, en principio, no tendría porqué seguir la lógica voraz de la precarización humana aplicada por la burguesía en materia laboral en el ámbito privado, ya que la estructura gubernamental no es un patrimonio propio de una clase o grupo, mucho menos de un individuo; o más bien, no lo era. El burgués explota al trabajador para ahorrar dinero reduciendo costos y maximizar ganancias, el burócrata, aunque siga la misma lógica muy difícilmente los beneficios de la explotación le beneficiarán directamente.

Pero aquí, el sentido, muchas veces, es otro: el burócrata se asocia con el burgués, estableciendo mecanismo de explotación, para maximizar ganancias y dividirlas (outsourcing). No en todo los casos aplica, pero es la única lógica que le encuentro a la explotación laboral en el sector público. 

O el otro sentido, explotar al trabajador no para reducir costos, sino el trabajo que le correspondería hacer al cuerpo burocrático explotador. Es decir, cargas de trabajo que deberían de ser realizadas por el cuerpo burocrático autorizado mediante lo que le llaman estructura administrativa, son trasladadas a prestadores de servicios (externos a esa estructura), de manera indebida porque son obligaciones que no les corresponden más que a esa mentada estructura humana. 

El gradual apoderamiento, por parte de la burguesía, de los medios de producción estatales, es decir, públicos, específicamente me refiero a las estructuras gubernamentales y sus fuentes de trabajo, de las que vengo hablando; de la mano de los gobiernos neoliberales —incluido el actual que discursivamente reniega de ese sistema, pero en lo hechos no hace más que confirmarlo—, están haciendo que las prácticas de precariedad y explotación laboral se estén importando al sector público.

En el Estado Judeocristiano Capitalista Moderno, y próximamente Tecnofeudal, la burguesía no sólo se consolida como dueña de las fuentes precarizadas de trabajo privadas de las que se ostenta como propietaria, sino que está llegado a controlar las del sector público. En estas circunstancias, lo único que queda, en términos de encontrar una esperanza de trabajo digno, es la falacia del emprendimiento (impulsado por el propio neoliberalismo como otra forma de ahorrarse derechos sociales, sobre todo las pensiones de retiro que tanto los aterran) y el sector informal en resistencia, ambos caídos en la desgracia de la autoexplotación (estudiada por el filosofo Byung-Chul Han), convirtiendo a la honrosa virtud del trabajo, en la peor de las pesadillas. 

Lo que abrió la puerta a este escenario desastroso y lúgubre en México, fue la reforma laboral del 2012, impulsada por Felipe Calderon (el oscuro, dice Olga Wornat, no le falta razón), el presidente de la burguesía, sobre todo de la vieja burguesía, la que se jacta en autoconceptualizarse como de abolengo (para distinguirse de los nuevos ricos e incluso de la nueva burguesía). Una burguesía forjada a base de colonización, latifundismo, hacendarismo, trata de personas (porque, en México, como esclavitud propiamente no fue reconocida), explotación y despojo. Iniciativa que envía al Congreso, marcada como preferente (tenía prisa), en su último año de gobierno, en sus últimos meses, de hecho, Calderon la envía en septiembre de 2012 a sabiendas de que ha perdido las elecciones y que el próximo presidente no sería de su patulea. Tendríamos ahora un presidente, Enrique Peña Nieto, que principalmente representaba a la nueva burguesía, la posrevolucionaria, burguesía forjada a base de industrialización, entreguismo, corrupción y narcotráfico, dentro de la que bien se pueden incluir a muchos de los burócratas del gobierno saliente en aquel 2012. 

Esta temporalidad parece no tener racionalidad, pero es completamente lógica y coherente (desde una perspectiva alejada de cualquier sentido de la ética que acompaña la actividad “política”). Calderón quiere dejar, la puerta del gobierno y sus jugosos negocios, abierta de par en par, a esa vieja burguesía que representa desde el poder, es decir, antes de dejar Palacio Nacional. Por eso se empeña en sacar en tiempo récord una reforma que afectaba uno de los ámbitos más importantes de los mexicanos, de los mexicanos trabajadores —es decir, descontemos a los burgueses—, el laboral.

Debido a dicha reforma se legalizó la subcontratación (mejor conocida como outsourcing, uno de los esquemas laborales más miserables que puede haber, en donde un patrón sustituto, casi siempre ficticio, se hace cargo de los trabajadores para negarles todos los derechos bajo esquemas fiscales y jurídicos legalizados, que no legales ni mucho menos justos); se debilitaron las formas de contratación (con la implementación de periodos de prueba) y se mermó la capacidad de defensa de los sindicatos. Aunque aparentemente no afectaba al sector público, si que legitimó un modelo generalizado, es decir, incluso aplicable al sector público, de flexibilización contractual, subcontratación (outsourcing) y contratos temporales o por honorarios que el propio Estado adoptó. Hoy en día es muy común ver esquemas de outsourcing en dependencias públicas, a pesar de la inmoralidad, deshumanización y miseria que representan.

Cabe recalcar, que la reforma del 2012 normalizó la modalidad de contratación por prestación de servicios, lo que permitió que los trabajadores contratados por ese esquema no tuvieran derechos de antigüedad, aguinaldos, retiro o jubilación, seguridad social y ningún otro. Trabajadores que por artificio legal (por ser “externos”) no eran, jurídicamente, empleados de gobierno, aunque de hecho si lo fueran (así se encuentran algunos trabajadores de la Cinética Nacional y de la UNAM). Esto, además de privar a los trabajadores de sus derechos sociales, facilitó la posibilidad de despedirlos en cualquier momento, sin causa justificada y sin tramite alguno, negándoles cualquier atisbo de estabilidad en el trabajo, que había caracterizado al sector gubernamental.

2. Precariedad laboral y explotación en el sector artístico y cultural.

«…el proletariado no puede reconocerse verídicamente en una injusticia particular que haya sufrido ni tampoco en la reparación de una injusticia particular, ni de un gran número de injusticias, sino solamente en la absoluta injusticia de ser arrojado al margen de la vida.»

Guy Debord

De un tiempo para acá ha empezado, por fin, casi 15 años después, a tomar visibilidad e incluso relevancia este asunto de la precariedad laboral, producto de los miserables modelos de contratación antes mencionados. Y el sector del arte y la cultura en instituciones de gobierno no ha sido la excepción. Se han suscitado varios escándalos tanto en México como en otras partes del mundo. En el caso de nuestro país, tenemos, quizás, como el más reciente y relevante, el caso de los trabajadores de la Cinética Nacional —que de Nacional sólo tiene el nombre, porque las 3 que existen se encuentran en la Ciudad de México, habrá que decirle a la secretaria de cultura federal que mas allá de Tláhuac, ojalá Tláhuac, de Coyoacán o Perinorte hay vida—: 

La fuerza obrera de la Cinética “Nacional” ha denunciado que el 70% de los trabajadores operan bajo el esquema de Servicios Profesionales (honorarios), la modalidad de la que hemos hablado. Bajo ese modelo, a los compañeros de esta institución los explotan, en los hechos, como trabajadores subordinados, pero sin concederles ningún derecho constitucional. Ya eso en sí, aunque no es parte de sus reclamos, creo, es una falta gravísima que a mi juicio puede, incluso, ser constitutiva del delito de cohecho y/o defraudación fiscal, sin mencionar la inmoralidad que representa. Todas las obligaciones, ningún derecho; y, encima, les pagan tarde y no les conceden las condiciones mínimas para poder realizar su trabajo con cierta dignidad.

Los trabajadores también denuncian que, a pesar de que abrieron otras dos cinéticas “nacionales”, una en Iztapalapa y la otra en Milpa Alta (ya parece, me refiero a la de las Artes y la de Chapultepec), no han contratado nuevo personal y con casi el mismo  han solventado las necesidades de las tres, es decir, los mismo que trabajaban en cuando solo existía la de Coyoacán ahora atienden las tres. Lo que representa una evidente sobrecarga de trabajo.

Según una nota del periódico El País de 11 de febrero de este año de Micaela Varela, los trabajadores de la Cinética “Nacional” ganan 9600 miserables pesos al mes y cuando se tienen que trasladar de una “sede” a otra ni siquiera les pagan el transporte —lo cual en principio sería legal porque como se supone que no son propiamente empleados, sino prestadores de servicios (externos), no les toca esa prestación, la cosa es que en la realidad no son prestadores de servicios, sino empleados subordinados que cumple un horario, órdenes especificas y un amplio abanico de obligaciones que se derivan de un puesto de trabajo, no de una obra a precio alzado—. 

Otro caso es el del Canal Once, no se exactamente como este la situación actualmente, pero el simple antecedente constituyen hechos que sirven para acreditar que hay prácticas de precariedad laboral comunes y constantes ejecutadas por instituciones públicas. En julio del año pasado, es decir, hace poco más de una año, ellos reclamaban:

“Canal Once no es solo una televisora. Es memoria, cultura y educación… Cerca del 70%… trabajamos bajo esquemas de contratación en donde no se nos otorgan los derechos laborales que merecemos. Nos dividen de la siguiente forma:

• Capítulo 3000: Nos llaman “PROVEEDORES”, aunque cumplimos horarios, tenemos jefes y trabajamos bajo subordinación. Sin seguridad social. Sin aguinaldo. Sin ninguna prestación. Salarios disfrazados de honorarios…

• Capítulo 1000: Nuestros compañeros tampoco tienen certeza. No generan antigüedad, no pueden aspirar a una base y cada fin de contrato es un recordatorio de que la estabilidad es un privilegio que no tenemos.

…despidos injustificados y la reducción salarial de enero de 2025…”

El IPN y la UNAM utilizan la figura del outsourcing. Un caso internacional, además de el del Louvre de Paris, que creo que ya se solucionó (o al menos reabrieron), es el del Museo Reina Sofía de Madrid. En donde los trabajadores ya se fueron a huelga, porque pueden hacerlo, es decir, tienen ese derecho —aquí ni eso, no tienen derecho a huelga, por la modalidad en que son contratados—, aunque como es una parcialidad de trabajadores la afectada, solamente los encargados de la atención al público y mediadores, el museo ha seguido funcionando.

3. El caso de Melinna Guerrero.

El caso de Melinna Guerrero es trascendente por dos razones particulares: la primera es que el análisis del mismo nos va a dar una idea bastante clara del contenido de las prácticas, no solo de precarización laboral, sino también de maltrato humano (que yo sé que ahora la sensibilidad social, blanqueada, está en el maltrato animal, pero bueno, les pido hagamos un hueco en nuestro corazón para algunos humanos) que se ejerce contra la fuerza trabajadora al interior del MUAC; y, la segunda es que no se trata de una caso aislado, sino de una práctica generalizada, consuetudinaria y reiterada que ha tenido esta institución, es decir, que nos referimos a Melinna porque es la que se ha atrevido a pelear por sus derechos, pero esta situación se extiende a muchas más trabajadoras.

Melinna Guerrero entró a trabajar en el área editorial del MUAC el 15 de octubre del 2024. Su labor era, formalmente, es decir, en el papel, la coordinación de la edición de los libros que acompañan las exposiciones del museo universitario, que les llaman folios. A pesar de las precariedades que iremos describiendo en el desarrollo del presente texto, Guerrero aguantó, como la mayoría de obreros que aguantan la explotación laboral por la necesidad de ganarse el sustento, hasta que las autoridades de esta institución no tuvieron de otra que despedirla, al enterarse, de boca de la propia Melinna, de que estaba embarazada. Esto sucedió por allí de febrero pasado.

Aunque, quizás, la actuación más condenable, moralmente, que las autoridades del MUAC tuvieron con la escritora fue el hecho de mandarla a la calle cuando estaba embarazada —hecho que no solo habla de explotación laboral (ámbito jurídico), sino también de la conducta inhumana que las autoridades de esta institución pública ejercieron a una compañera de trabajo (ámbito moral)—, existen un montón de abusos y explotación a la que fue sujeta deliberadamente, que vamos relatar en las siguientes líneas.

3.1 Todas las obligaciones, ningún derecho.

“Esta constante de la economía capitalista que es la baja tendencial del valor de uso desarrolla una nueva forma de privación en el interior de la subsistencia aumentada, que no está ya liberada de la antigua penuria, puesto que exige la participación de la gran mayoría de los hombres, como trabajadores asalariados, en la prosecución infinita de su esfuerzo; y cada uno sabe que tiene que someterse o morir…” 

Guy Debord.

Más o menos como a los trabajadores de la Cinética “Nacional”, a Melinna Guerrero la contrataron como prestadora de servicios y no con una plaza, massea de confianza, que conforme a la naturaleza de sus funciones y obligaciones era lo que le hubiera correspondido.

Parece intrascendente que a una persona la contraten con plaza, massea de confianza, o como prestadora de servicio, pero es todo lo contrario, resulta de la mayor trascedencia. Cuando contratas a alguien bajo el esquema de prestación de servicios es porque piensas solventar una necesidad, una actividad muy especifica y concreta que por su naturaleza no requiere del cumplimiento de un horario, ni de la subordinación, dirección, supervisión, vigilancia y castigo. 

Un prestador de servicios es, por ejemplo, el contratista que hace determinados arreglos al inmueble sede del empleador, o el técnico que va a instalar un aparato o un software muy especifico. También están los prestadores de servicios profesionales a los que contratas para temas muy concretos, como de consultoría o servicios jurídicos. Como son actividades muy concretas, de obra a precio alzado, el prestador de servicios tiene la libertad de trabajar para varios empleadores o rascarse la panza en el tiempo que no invierte en el trabajo por el que fue contratado; por esa razón, el derecho laboral entiende que no es justo que a este tipo de colaboradores, muy circunstanciales, se les tenga que proporcionar los derechos mínimos que cualquier democracia, gracias a la lucha obrera, se han ganado, a costa de muertos, presos y desaparecidos.

Cuando tienes una plaza, massea de confianza, es distinto, eres un trabajador de medio tiempo o completo, lo más común. En este caso, le hipotecas tu vida a la “empresa”, le dejas en garantía tu cuerpo y lo que es peor, tu espíritu, mismos que irán siendo destruido poco a poco, es el precio de tener una mediana estabilidad en el trabajo y la esperanza de una jubilación. No hace falta que lo detalle más, todos sabemos (salvo las burocracias doradas) lo que es trabajar de tiempo completo y más cuando se trata de un empleador miserable, que si te ve 3 minutos tomando aire piensa que está perdiendo su dinero, que ya no es su dinero sino del trabajador. 

En este caso, tienes un horario, un grupo de funciones y obligaciones más general, mucho más amplio y abstracto, si quieres hacer cualquier cosa que no sean tus actividades, salvo por ir al baño, tienes que pedir permiso. Estas sujeto a una constante rendición de cuentas, a las ocurrencias del jefe, a la subordinación, a la vigilancia, a la estrecha supervisión y al castigo; y la mayoría de las veces terminas trabajando más tiempo de lo que dice tu horario oficial.

Dada está renuncia, ya no hablemos a la libertad, sino a la vida misma, el derecho laboral y constitucional, de la mano del progreso humano y principalmente de las revoluciones sociales, empezando por la de 1910 en México que no fue social —en la que Carranza se negó hasta donde pudo a constitucionalizar esto derechos, hasta que tuvo que aliarse con los obreros para acabar con los zapatistas— han entendido que el trabajador merece más que una simple retribución económica por entregarle el cuerpo y el espíritu a una actividad ajena, y le otorgó una serie de derechos: aguinaldo, vacaciones pagadas, primas de antigüedad, retiro o jubilación, indemnizaciones, jornada de 8 horas, días de descanso, seguridad social, etc.

Entonces, cuando la Cinética “Nacional” o el MUAC simulan —porque no es más que una simulación que configura fraude a la ley y si me apuran hasta cohecho y defraudación fiscal— que contratan a una persona como prestadora de servicios y en realidad se la traen friega como si fuese un hipotecario de su destino, que tiene que pagar con su vida una deuda maldita, haciéndola cumplir con un horario estricto, subordinándola, es decir dándole ordenes concretas y específicas, sometida a dirección, supervisión y castigo, y a un abanico de actividades, funciones y obligaciones amplio, general y abstracto, es decir, no concreto, no una obra aprecio alzado; lo que hacen realmente es implementar una estrategia maquiavélica, elaborada y premeditada de explotación y precariedad laboral, disfrazada de legal, con el único objeto de evadir el pago al trabajador de los derechos constitucionales que le corresponden. No es más que un fraude a la ley y al trabajador, un agravio a la sociedad en general, a la lucha social que cárcel y tanta sangre ha costado, desde Cananea y Río Blanco hasta la injustamente vilipendiada movilización magisterial de nuestros días pasando por la desaparición de Luz y Fuerza. Una bajeza.

Eso es lo que le hicieron a Melinna Guerrero —y a los trabajadores de la cinética—, después de tenerla varios meses a prueba, en la incertidumbre, sin siquiera este mísero contrato de prestación de servicios, a tanto, la hacen firmar un contrato de prestación de servicios, por seis meses que ya se iban a acabar. Pero, al mismo tiempo, y desde que estuvo sin contrato, le imponen un horario fijo, la someten a la sumisión… que diga subordinación, dirección, supervisión, vigilancia y castigo, y a un abanico amplio de actividades y obligaciones que iban desde ordenar el almacén hasta hacer revisiones ortotipográficas, pasando por la creación de contenido para  las redes sociales. Cuando se suponía que lo que Melinna tenía que hacer era coordinar la edición de los libros que saca el MUAC con cada exposición, con los artistas, diseñadores, curadores, etc., así como la revisión, la edición de manuscritos, la puesta en página, y demás actividades relativas a esta tarea concreta de la edición, que desde luego no incluye ni limpiar el almacén ni poner contenido en redes sociales. Todo esto sin ningún derecho.

Cuenta Melinna Guerrero que “tenía que avisar si llegaba tarde, si me iba temprano, si necesitaba permiso, incluso, una vez, me invitaron a un encuentro de poesía fuera de la Ciudad de México y tuve que viajar tres días; entonces, tuve que pedir permiso para esos días…”, a tanto le dieron los 3 días, pero en el periodo vacacional le hicieron reponer esos tres días que había faltado.

Pero lo peor es que el caso de Melinna no es un caso aislado. No, el caso de la poeta es una práctica común. Según me cuenta, existen muchos casos como el de ella, empezando por una de sus compañeras de área, de oficina, hasta el repaso de casi todas la áreas administrativas de esta institución pública:

“Había muchos más compañeros en mi misma situación. Por ejemplo, además de hacer los folios [los libros de las exposiciones] me involucraron en la parte de contenido de redes sociales. Entonces, yo trabajaba con otra compañera que estaba bajo el mismo esquema. Y en otras áreas también sabía que había, de hecho, en los folios del MUAC, en los créditos de los libros, al final aparecía un directorio de todas las personas que trabajaban en el MUAC, las que tenían plaza, luego añadieron una página donde ponían colaboradores, todos los que dicen colaboradores en esa sección son todas las personas que trabajamos por prestación de servicios… No sé, como 20 personas o más estábamos bajo ese esquema…”. 

3.2 Totalitarismo burocratico.

“…la mercancía que la burocracia retiene es el trabajo social total, y lo que ella revende a la sociedad es su subsistencia en bloque. La dictadura de la economía burocrática no puede dejar a las masas explotadas ningún margen notable de elección, puesto que ha debido elegir todo por sí misma, y cualquier otra elección exterior, ya se refiera a la alimentación o a la música, es ya por consiguiente la elección de su destrucción total. Debe acompañarse de una violencia permanente…”

Guy Debord

Como ya habíamos mencionado Melinna Guerrero manifiesta que lo que formalmente tenía que hacer eran todas las actividades que conllevan la coordinación editorial de los folios del MUAC, pero, nos comenta, que eso nunca sucedió: “eso era como la teoría, pero en la práctica, siempre había jerarquías: la editora en jefe mandaba a otro editor y ese editor era como nuestro coordinador, para mí y para otra editora. Y entonces lo que hacía en realidad era hacer corrección ortotipográfica, revisión de pruebas finas, pero como tal, llevar los folios, pues no, en realidad no, nunca fue [así]; al final había que estar siempre revisado por el otro. Nunca tuve contacto tanto con los artistas como con los curadores…”.

“Hay como una especie de protagonismo por parte de mucha gente. Yo venía de una institución, de [la editorial] Artes de México, donde el trabajo de verdad era colaborativo y había muchísima pasión por crear los libros, por hacer las investigaciones, por proponer. Aquí era al contrario, era: “nosotros que estamos en el centro proponemos, los demás no pueden opinar”. Esta cosa se ve desde Tatiana Cuevas: Se fija en todo, en qué [se] va descartando y qué se va metiendo, decisiones hasta de redes sociales. Entonces, sí hay micromanagement, esta cosa de estar siempre al tanto… Ya después sí era muy pesado, porque es como el cuento del emperador: Su traje que era [invisible]… ¡¿de verdad no lo ven?! [lo que estaba pasando]… Mucha gente tenía mucho miedo de hablar, pero hay una violencia psicológica muy, muy fuerte [sobre] los trabajadores. No dicen nada, no se defiende, es muy lamentable…”

Guerrero nos deja ver que existe en el MUAC un totalitarismo puro y duro, peor que el hitleriano, ahora muy de moda. Lo cual sería terrible en una institución que por su naturaleza debe ser transversal, colaborativa e inclusiva, donde la subjetividad absolutista, el interés personal, el pensamiento único y la implantación de un gusto, de una sola estética, deben ser rechazados, porque entonces no nos encontraríamos frente a un museo con intenciones pedagógicas, democrático, transversal e incluyente; de fines estéticos y éticos, y no políticos y mercantiles; sino frente a una simple colección privada de un neofacismo tal, que el propio Franco se sonrojaría (Hasta Franco dejó que Torcuato Fernández-Miranda y Hevia tomará algunas pequeñas decisiones en su ocaso).

Sin embargo, uno podría pensar, en un derroche de ingenuidad tal vez, que se trata de una adicción al trabajo, de una obsesión por la perfección, porque todo salga de la mejor manera posible, y no de una escandalosa concentración de poder. Aunque no dejaría de ser una patología perniciosa e indeseable para una institución pública como un museo y demostraría una terrible desconfianza por el equipo de trabajo (cuya nomina no debe de ser barata) producto de un narcisismo extremo; sería menos peor, dijeran en mi pueblo, que tener una enfermedad de poder, dominio y control absoluto; y, quizás, pecando de mal pensando, intereses personales (alguna o varias de las 3 pasiones identificadas por Kant). En lo que no deja de ser un vulgar mercado, el del arte, en el que reina especialmente la especulación y el negocio.

Pero no es así, no se trata de unas workaholicas, dijeran los gringos, comprometidas con la perfección y el arte. Hay un hecho paralelo y coyuntural, reciente, que confirma que estamos frente a un totalitarismo burocrático:

En días recientes, en el mes de julio, el MUAC anunció, con bombo y platino, que renovaba “su modelo de conducción artística”. A manera de presunción decía que este ajuste consistía en que: “En esta nueva etapa, su visión programática será definida de manera colegiada por la Dirección General, la Subdirección Curatorial y la Subdirección de Programas Públicos […] este enfoque responde a la madurez del equipo del Museo y a la necesidad de fortalecer un modelo de trabajo transversal, colaborativo y acorde con los desafíos del presente. ”. Ni la burla perdonan. 

La reconfiguración estratégica venía acompañada de dos nuevos nombramientos: Alejandra Labastida pasaría, a partir del 1 de agosto pasado, a ocupar la Subdirección Curatorial del MUAC; así como Julio Garcia Murillo se haría cargo de la Subdirección de Programas Públicos. El nuevo equipo colegiado, vamos.

“Con este nuevo esquema —pregona el comunicado de la UNAM— el MUAC deja atrás el modelo de Curador en Jefe [despiden o renuncia, a estas alturas da igual, en los puestos de confianza de la burocracia es un mero tecnicismo legaloide, Lucía Sanromán, última curadora en jefe del MUAC y eliminan la figura para que nunca más nadie la ocupe], vigente desde su fundación en 2008, para adoptar una estructura que integra las perspectivas curatorial, académica y pedagógica. Esta evolución es congruente con la trayectoria institucional del Museo y con la transversalidad de sus líneas de trabajo.”

En el papel, y para los inocentes como yo, todo esto sonaba padrísimo, muy top, sobre todo esa palabra de la transversalidad tan demagógica, pero que bonito suena. Nera así, este movimiento maquiavélico, lo que hacía, era consolidar la concentración de poder al interior del MUAC en la figura de su directora general. Lo explica de gran manera Edgar Alejandro Hernández en su artículo publicado recientemente en Cubo blanco, de título: Hablemos de la Curadora en Jefe. Escribe Hernández:

“…en los hechos estamos ante una medida de concentración de poder que marca el fin del único contrapeso real a la dirección general del museo… Es normal que la directora general del museo tenga desacuerdos con su curadora en jefe, pero hoy sabemos que esta fue la tónica que marcó la relación entre Cuevas y Sanromán y que provocó la prematura salida de esta última… Podemos imaginar que no ocurrirá lo mismo entre Cuevas y la dupla que componen ahora Labastida y García Murillo. La verticalidad aquí es notoria, ambos subdirectores son y seguirán siendo sus subordinados… El propio boletín es claro en este sentido, porque no anuncia que Labastida sustituirá a Sanromán en su encargo, sino que se integra a un nuevo esquema de trabajo. Su responsabilidad y/o autoridad dentro del museo no será equiparable. El comunicado nos dice, entre líneas, quién concentrará el poder de decisión: “Esta evolución institucional, impulsada bajo la gestión de Tatiana Cuevas Guevara…”… Tampoco puede ignorarse el desequilibrio laboral que esta decisión conlleva, pues distrae a la directora general de sus funciones para satisfacer un afán protagónico en las labores curatoriales…”

Los hechos descritos me parece que dejan poca duda del totalitarismo burocrático que está en marcha en el MUAC desde hace rato, totalitarismo que no sólo afecta a los soldados rasos como la poeta Melinna Guerrero, sino que a todo el museo y, por lo tanto, trasciende los muros del museo al subjetivizar e individualizar una institución pública enfocada a la difusión del arte, pero no al arte visto desde una mirada, sino de todas, o por lo menos, de varias.

3.3 Elitismo de ocasión.

“La burguesía ha llegado al poder porque es la clase de la economía en desarrollo. El proletariado sólo puede tener él mismo el poder transformándose en la clase de la conciencia.”

Guy Debord.

Independiente de lo ya comentado líneas arriba, respecto de los nuevos nombramientos del MUAC, relativo al autoritarismo absoluto disfrazado de colaboración horizontal y transversal que quieren aplicar en dicho museo público, otra cosa que llama la atención de este lamentable episodio, es que ambas personas recién nombradas vienen de escuelas privadas, una de ellas de la Ibero. Subrayo la Universidad Iberoamericana, porque ese es otro tema interesante. Sería bueno hacer un análisis de cuantas personas que colaboran en el MUAC, en un nivel medianamente importante a importante, se encuentran vinculadas formativamente a esta universidad o alguna otra de esas instituciones educativas privadas de nivel superior de inspiración ideológica burguesa.

La universidad adoctrina, voy a tratar de ser más claro, toda universidad adoctrina —siento romperles de golpe la imagen sacrosanta de su título universitario colgado en la pared, depositario del orgullo familiar, símbolo incólume del esfuerzo, pestañas quemadas, ojos rojizos, noches sin dormir y varias botellas de Bacardi blanco, pero así es—. Queriendo o sin querer queriendo, esa fue una de las principales razones de su surgimiento. Solo basta recordar las primeras universidades en México en la época de la colonia, la Real y Pontificia Universidad de México (ya con lo real y pontificia nos dice todo), por ejemplo, de la que por cierto la UNAM se jacta de ser epígono, de las que tanto se enorgullecen los españoles contemporáneos y hasta quieren que les demos las gracias y les besemos la mano como lo hacíamos con el curita para que no nos mandara azotar. Universidades dedicadas a la teologización (más pro que la mera evangelización) de la cosmovisión de los indios, mis compañeros, y mestizos para volverlos maestros del evangelio; quizás el pan no se multiplicó, pero los curas sí y ya no había traerlos de España, hicimos cantera. O un ejemplo más pa´ca, el surgimiento del ITAM, como respuesta de la élites mexicanas de la época al peligro que sintieron se cernía en la educación, con la implantación de un programa para ellos comunista, en la UNAM. Tan fuerte es este lavado de cerebro, que, los más afortunados tardan toda la vida, en des-adoctrinarse, otros, la mayoría, mueren sin darse cuenta.

En este sentido, el hecho de que una buena parte de las personas funcionarias del MUAC, encabezadas por su directora general, sean egresadas de escuelas privadas de élite, o que hayan pasado por procesos formativos, ya sea como alumnos o como colaboradores, en ellas, los pone en un sector social muy reducido y particular, no solo porque asistir a esas instituciones educativas es un privilegio exclusivísimo, propio de una élite que representa poco más del 1% de la población, contando los becados (en el caso de estudios de licenciatura), sino, además, por el hecho de que, producto de este carísimo adoctrinamiento señorial, salen con la misma visión del mundo; con los mismos valores, y no me refiero a los cristianos (ojalá que algo de la doctrina cristiana se les hubiera quedado, para empezar no hubieran despedido a Melinna Guerrero embarazada y no tratarían a la gente que les colabora como lo hacen), sino más bien a los principios difundidos por el capitalismo como: la imagen y la apariencia lo es todo en la vida, ganar no es lo más importante, es lo único, la desigualdad es natural e inevitable (por lo tanto nadie tiene la culpa de la pobreza y menos yo), hasta en los perros hay razas, hay niveles, el pobre es pobre porque quiere (son flojos o estúpidos o ambas), la supervivencia del más fuerte, que conlleva el: aplasta al de a lado antes de que el te aplaste a ti (de que lloren en tu casa a que lloren en la mía), el clásico del renacimiento: el fin justifica los medios, el dinero no es la felicidad, pero como ayuda, primero tengo que estar bien yo y entonces puedo tratar de ayudar a los demás, si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie (cambiar todo para que nada cambie), rechazamos la supremacía blanca porque ocasionó la Segunda Guerra Mundial, pero, la reconocemos, los blancos llevaron la civilización (arte, cultura, educación) al mundo, además de que son más guapos (y la apariencia lo es todo) e inteligentes, son los de la Ilustración, etc.; aprenden a aspirar a un peculiar estilo de vida, el de la exclusividad, de la élite, de la distinción, el poder y el privilegio. Convirtiéndose, todas estas pasiones que han aprendido en su educación privilegiada y que capitalismo convirtió en fundamentos de la razón, en sentido y fin último de vida, en su ideal de felicidad.

Esta plutocracia institucional o institucionalizada, en términos generales y si lo vemos desde la superficie, empapados de la impotencia revolucionaria que hoy domina, no tendría mayor importancia, si los plutócratas ejercieran o aplicaran sus sofisticados conocimientos y febriles deseos de grandeza en corporaciones del ámbito privado y no en instituciones públicas, financiadas con el erario, pequeño detalle por el cual, las instituciones públicas, están obligadas a ser democráticas y respetuosas de los derechos humanos, pero sobre todo, incluyentes. Hasta podría verse el lado positivo: una formación tan cara algo bueno debe de tener y algo podría aportar a la sociedad, bajo esa lógica se fundaron los gobiernos tecnócratas que nos tienen donde estamos. 

Sin embargo, si se pone uno a pensar más a profundidad, fácilmente se pude llegar a la conclusión de que sí que se observa que, a raíz de esta situación de hecho, se esta cimentando un elemento estructural y estructurador, potencialmente dominante, que finca las bases de, por un lado, la implementación, voluntaria o no, de un mecanismo de elitización y gentrificación o aburguesamiento del MUAC; y, por el otro, resultante de ello, el dominio tangible de una visión burguesa sobre la administración, priorización y determinación de todos los asuntos de un museo que nació público y universitario.

Porque necesitamos que alguien les avise, a esta élite, que no están administrando el MoMA de Nueva York, sino el MUAC de la UNAM. El MUAC, un espacio que nació podrido, es decir, esa putrefacción no le vino con el tiempo, sino es parte de su ser y esencia, le viene del útero corrompido que lo concibió, en donde los artistas en ciernes, los que todavía no son parte de la élite —a la que aspiran pertenecer— y la comunidad universitaria en general (alumnos, egresados, maestros), han sido históricamente relegados, rechazados, discriminados, para participar, para ser incluidos en la plataforma e impulso al desarrollo personal y colectivo que representa ser considerado por el MUAC para cualquier actividad, sea de formación, sea artística, sea editorial o curatorial.

No se trata de que por capricho los funcionarios públicos universitarios del MUAC deban de ser forzosamente de la UNAM o de cualquier otra universidad pública del país, o de que se considere que unos están mejor preparados que los otros y también viceversa (dijera el poeta). De lo que se trata es de inclusión y pluralidad, de equilibrio, y si se pudiera hasta multiculturalidad, pero, está claro que eso ya es mucho pedir. 

La preocupación de tener puros perfiles de este tipo, que se desarrollaron intelectualmente, de una o de otra forma, en universidades elitistas y de élite, con una perspectiva muy particular de la vida, con una ideología muy concreta, que comulgan con una misma doctrina, es, de hecho, eso, que tienen una misma visión del mundo, unos mismos intereses (valores), unas mismas preocupaciones, un mismo gusto, una misma estética y una misma ética. Y una institución pública, de un país tan diverso, con tantos millones de pobres, con un grueso poblacional obrero-campesino (aunque ya todos nos sintamos clase media), con una clase media también abundante, y tantas culturas, tantas cosmovisiones, tantas formas tan distintas de ver el mundo, requiere equilibrio en ese sentido. Un equilibrio que sólo lo da la inclusión y la pluralidad, no se trata de excluir a las que se están agandallando el museo, sino de darle chance a gente que ve el mundo desde otro lugar, que tiene otra ideología, otra percepción de la vida y con un poco de suerte, otro tipo de intereses. Pero tampoco se trata de que un grupo de blancas y blanqueadas, organicen y curen una exposición de arte supuestamente indígena, pero que realmente esta hecha por otra persona blanqueada, que encuentra un punto de explotación de la miseria en su beneficio hablando de los indigenas o la lucha obrera. Se trata de que personas de otras condiciones organicen y curen sus propias exposiciones, desde la cúpula del museo.

Llegados a ese punto, si es que llegáramos, no es necesario tampoco que todos se pongan de acuerdo, como quería Kant con su sentido comunitario, sino de que haya espacio para todos. No hay gustos universales, hay gustos dominantes que es muy distinto, y la idea es romper esa estética de hegemonía, sin que tampoco sea expulsada del museo. 

El problema es que si se llegan a hacer ese tipo de acciones, el museo se mancha, se ensucia, su inmaculada imagen que aspira a la grandilocuencia, aposentada en una fachada de 250 millones de pesos se va al caño, pierde su “virtud” y “pureza”, porque un museo de arte contemporáneo que se digne de ser bueno tiene que ser, por antonomasia, elitista y excluyente. 

Por eso no es posible la democratización del MUAC, porque, independientemente de que exista o no una sensibilidad proletarizada o voluntad para construirla, que no existe, el paradigma del MUAC, su modelo a seguir, es el MoMA. El MoMA que no tiene un día gratis para la muchedumbre, para la raza (Por mi raza hablará el espíritu dijo Vasconcelos, pero nunca nos dijo a que raza se refería el eurófilo). El MoMA que no es y nunca ha sido un espacio de desarrollo y oportunidad, sino de distinción —En los orígenes del MoMA, con sus ínfulas europeístas, ni a los artistas gringos de la época (independientemente de que al mayoría eran malísimos), les daban chance de exponer, menos de comprarles—. 

Pero el MUAC es un museo público y u-ni-ver-si-ta-rio. Especialmente el apellido universitario le obliga —que no es universitario de Universidad Iberoamericana, sino universitario de universidad pública, la casa del episteme con las puertas abiertas al mundo, se supone—. Esa calidad le obliga a la inclusión y a la apertura, a “manchar” sus salas con el lodo mezclado con abono de los huaraches del campesinado de Milpa Alta o de las botas del obrero de Iztapalapa, de la grasa del taller mecánico de la Doctores o de la talacheria, o el olor a Pinol de la servidumbre de Las Lomas o formol de las enfermeras de la Raza, porque su objeto no puede ni debe ser la grandilocuencia burguesa, sino la promoción —que no adoctrinamiento— del arte y la culturización del grueso popular. No es universitario para que entren gratis los universitarios, porque es público y es nacional, ni que fuera la ibero, es universitario para que entremos gratis todos. La UNAM tiene un compromiso con la nación, no solo con su comunidad, ni mucho menos con una élite.

Pregunté a Melinna Guerrero si ella había sentido que se estuviese dando algún tipo de elitización en el MUAC y esto fue lo que me contestó:          

“Se ve totalmente que existe, que hay una especie de elitismo, pero que se va conformando como orgánicamente… porque buscan a personas que estudiaron con ellos en las instituciones privadas que ellos estudiaron, conocidos o recomendados de otros amigos. Es un círculo que se va engrandeciendo con personas de ciertos perfiles. Si los analizamos, los perfiles de quienes están en curaduría arriba, quiénes están en las subdirecciones, es evidente que hay una creación de una [élite]. Lo que pasa en el MUAC, observo, y eso también pasa en muchos sectores culturales, es que no hay conciencia sobre esto, es como lo que dice una escritora, el mal es andar livianito por el mundo, es pensar que nosotros no tenemos ninguna culpa; y entonces, ellos tienen esta cosa: “no, pero nosotros no estamos incurriendo en ninguna clase de clasismo, en racismo, en discriminación, nada”. Pero pues porque es difícil también, seguramente, decir: “sí, estoy discriminando a tales personas o tengo preferencia por…”, seguramente no lo van a admitir, pero desde fuera y desde adentro también, se ve claramente. Luego hay como una justificación de que: “sí, tal persona la recomendé yo, viene de la ibero, pero es buenísima,  cumple con [el perfil]”. Pero claro, ya vino por recomendación, ya ocupó un puesto que a lo mejor a otra persona hubiera llevado más tiempo ocupar y viene bajo respaldo de un apellido. Eso está en México en todos lados. Y entonces, el hecho de decir: “ay, es muy buena, es una gran…”, pues sí, pero, ella sí va a aceptar todas las no prestaciones, ella sí va a aceptar todo eso, porque la necesidad económica es menor. Entonces, las personas que estuvimos ahí, pero que sí tenemos necesidad económica, que nos valemos por nosotras mismas, vamos a cuestionar todo eso…

El amiguismo era evidente, yo tenía varios meses trabajando dentro del equipo de comunicación, dentro del equipo editorial, y entonces llega una chava, que es recomendada  de la subdirectora de comunicación y el trato es distinto, el trato es más amable, es más condescendiente, porque es amiga de amiga de tal, las atenciones son más, pues sí, más y con mucho más foco, o con mucho más humanidad.”

Recientemente (25/07/2026) salió publicado en El País un artículo de Miguel Moreno Mendieta titulado: Alumnos del Opus y de los jesuitas, consultores de McKinsey o abogados del Estado: estos son los clanes que dirigen las grandes empresas españolas, en el cual se dice que: “Muchos de los directivos y consejeros del Ibex 35 comparten lazos al proceder de las mismas consultoras, escuelas de negocios o ciertos puestos de administración pública. Los expertos advierten de los riesgos de estas redes de poder por su carácter endogámico

Una red de hilos invisibles conecta a los directivos y consejeros de las grandes compañías españolas. El haber pasado por ciertas consultoras empresariales de élite, escuelas de negocios o puestos de la Administración abre más puertas que cualquier agencia de cazatalentos. Abogados del Estado en excedencia en los consejos de administración de empresas del Ibex, exdirectivos de la firma McKinsey en los despachos más poderosos del sector financiero y antiguos alumnos de Icade o del IESE ocupando puestos relevantes en multinacionales muestran esa red de influencias —tan sutil como tenaz— que se ha ido tejiendo en las élites empresariales.”

El artículo hace una lista de exsocios de McKinsey que hoy ocupan grandes puestos en las empresas más poderosas de España como bancos y empresas de tecnología del tamaño de Google. Hace, de hecho, varios listados parecidos con sus fuentes de producción de “talento”, ya sea McKinsey, la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos en Madrid o las escuelas católicas en donde destaca el Opus Dei y los jesuitas:

“Otra cantera ingenieril para las élites directivas españolas es el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI), adscrito a la Universidad Pontificia Comillas. Este centro privado está controlado por la Compañía de Jesús, la institución católica que tiene más peso en la educación en España, junto con el Opus Dei… El tapiz de antiguos alumnos de ambos centros de los jesuitas —ICAI e Icade— es el más extenso y tupido del panorama empresarial español, con más de 50.000 alumni registrados… Una antigua alumna de Icade, directiva en una multinacional del marketing, reconoce que la calidad de la formación “es excelente”, pero cree que si tantos y tantos exalumnos llegan a puestos directivos es también por otros factores. “Influye el ‘networking’, por supuesto, pero también influye que buena parte de las familias con dinero de Madrid y alrededores hacen lo posible por enviar allí a sus hijos”. Esta ejecutiva recuerda de su etapa de estudiante que “había muchos compañeros con apellidos compuestos, de los que acababas sabiendo de su vida por las páginas de sociedad del ABC o del ¡HOLA!”… Además de Icade e ICAI, en Madrid, y la facultad de Deusto, en Bilbao, los jesuitas también controlan en Barcelona Esade, la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas, con campus también en Madrid. Se trata de un centro de cursos de postgrado para directivos, creado en 1958 con el empuje de un grupo de empresarios catalanes…” 

Lo que quiere demostrar el interesante texto, o por lo menos poner en el centro de la atención, es que las élites van construyendo círculos y redes de influencia poderosísimos, en este caso en el sector económico y de negocios, que de manera indirecta les otorga el dominio de determinado sector a una élite, que desde luego, construye y defiende interese de grupo, no generales, lo que resulta más que pernicioso para cualquier sociedad (esto último ya son conclusiones personales). Todas esta personas pertenecen a grupos burgueses, cuyos intereses ya sabemos cuales son y que desde luego no están vinculados ni con el bienestar y desarrollo humano generalizado ni con la democracia:

“Andrés Villena Oliver, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid, lleva años investigando sobre las clases dirigentes. Su último libro, Las élites que dominan España (Libros del KO), reflexiona sobre estas redes de poder. “Las escuelas de negocios, tanto Esade como el IESE, no dejan de ser una creación de los grandes grupos industriales para formar a las nuevas generaciones empresariales y seguir manteniendo el poder”, reflexiona. A su juicio, estos modelos de selección de élites “son una forma de filtrar candidatos para que solo accedan a los puestos directivos personas similares”.

El texto concluye con otro minitexto del mismo autor, que lleva el subtítulo de La formación de las élites en el mundo:

“La formación de las élites económicas y administrativas sigue patrones distintos según los países, pero en todos los casos existe una combinación de mérito académico, redes de contactos y mecanismos de selección social… Este fenómeno ha llevado a numerosos sociólogos e historiadores a describir estas instituciones como una suerte de «nobleza de Estado» o «nobleza funcionarial»: una élite legitimada por exámenes competitivos y el rendimiento académico, pero que al mismo tiempo concentra una parte importante de las posiciones de poder…”

3.4 Despotismo buenaondita.

“La falsa elección en la abundancia espectacular, elección que reside tanto en la yuxtaposición de espectáculos concurrentes y solidarios como en la yuxtaposición de roles (significados y contenidos principalmente en los objetos) que son exclusivos y están a la vez imbricados, se desarrolla como lucha de cualidades fantasmagóricas destinadas a apasionar la adhesión a la trivialidad cuantitativa. Así renacen falsas oposiciones arcaicas, regionalismos o racismos encargados de transfigurar en superioridad ontológica fantástica la vulgaridad de los lugares jerárquicos en el consumo.”

Guy Debord.

Si ya estas asustado, amable lector tenaz, apenas viene lo peor. Melinna Guerrero, además, denuncia violencia sicológica, discriminación y malos tratos. Le pregunté si podía identificar algún patrón de estas conductas y esto fue lo que me contó: 

“Por esta clase de elitismo, se sabe muy bien que mucha gente quiere estar en el centro. Entonces, si no eres congraciante con ellos, si no eres amable, si no les dices: “ay, qué bonito”, hay como un miedo a que les dejes de caer bien, a que te traten mal… Tienen como este miedo de defenderse, de decir: “estos son mis derechos”. Pero, sobre todo esto, como la sutileza amable, pero pasivo-agresiva. Es una violencia que es muy sutil, tienes que estar muy alerta. Te pones siempre en alerta porque no sabes de dónde va a venir.”

Luego, cuando Melinna relata la parte que a continuación transcribiré, la noté un poco como entre quien siente pena ajena, pero a la vez propia, más que eso, rabia; como alguien que cuenta algo que le han hecho, que siente que es tan humillante que le cuesta decirlo, aunque no tenga la culpa de nada, porque pareciera que todavía no puede creer que alguien se haya podido comportar así contra ella: 

“En cada junta, esto como medio infantil, pero pues así era: La editora en jefa del MUAC, no me hablaba directamente, todo era a través de WhatsApp, aunque estuviéramos en la misma… o sea, yo trabajaba a 10… 5 metros de ella y de verdad son contadas las veces que me habló a los ojos para darme indicaciones. Todo era por Whats [o] a través del otro disque coordinador. Yo escuchaba muchas veces las indicaciones que se me iban a dar a mí, pero que se las daba a él. Por eso te digo que era súper… [¿déspota, discriminante?]. Eso hacía que yo viviera como en un estado permanente de exclusión, de no saber si estaba haciendo bien o mal mi trabajo… De verdad llegaba a esos grados de infantilización… 

Llegaba y saludaba a las personas que estaban al lado de mí, pero, a veces, a mí no me saludaba, o sea, a un metro, a un metro de mí; o me saludaba cuando había más gente y había que demostrar que no era tan grosera… 

Ese tipo de situaciones si eran horribles, porque estás allí, pero no estás y aunque no quieras estar allí, dices: “pues yo puedo hacer mi trabajo en mi casa”, no te dejan. No, tienes que estar allí: “tengo que estarte viendo, pero no te hablo”. Era así constantemente. También para la revisión de proyectos, revisábamos el proyecto en la computadora, pero de verdad nunca se dirigían a ti, siempre era como estar viendo para otro lado y no decirte nada a ti… 

Luego, cuando pedías permiso para llegar tarde, para salir temprano, no le podías decir de manera física, porque pues ella estableció ese modo de dirigirse, entonces le mandabas Whats. Todo era por Whats y entonces no te contestaba, hasta el otro día o se tardaba 3000 horas en contestar, aunque en otro grupo de watts nos mandaba indicaciones de algo. Había como, pues sí, estas prácticas medio despóticas de: “yo tengo el poder, te lo doy cuando quiera” [el permiso]… no me contestaba a la hora que necesitaba que me contestara y ya después me contestaba como: “ay claro, no te preocupes”. Como que había un desfase [entre] lo que estabas viviendo, lo que percibías, y la realidad. Era como vivir en mundos distintos.”

3.5 El discreto encanto de la burguesía.

“El valor de cambio no ha podido formarse más que como agente del valor de uso, pero esta victoria por sus propios medios ha creado las condiciones de su dominación autónoma. Movilizando todo uso humano y apoderándose del monopolio sobre su satisfacción ha terminado por dirigir el uso. El proceso de cambio se ha identificado con todo uso posible, y lo ha reducido a su merced…”

Guy Debord.

Y llegamos al final. Melinna Guerrero me cuenta como fue que la corrieron, en donde el despotismo fue cambiado por amabilidad y diplomacia. No era más que pura hipocresía, ese rasgo tan característico de la burguesía que Luis Buñuel supo dibujar tan bien:

“Cuando me corrieron, cuando les dije que estaba embarazada, me recibió la subdirectora así como súper feliz y me dijo: “no Mel, tú vete a tu casa…”, todo esto me lo dijo en buenos términos, con esta amabilidad contagiosa y buena onda. Me dijo: “yo quiero que plantemos un nuevo esquema de trabajo por tu bien”. 

Ese tipo de conductas impera en todos lados del MUAC. Nunca va a haber una confrontación, nunca va a haber una discusión como adultos, como trabajador-jefe. Todo es siempre como medio amable, pero te digo cosas horribles como: “yo cuando estaba embarazada, me equivocaba muchísimo, o sea vete a tu casa, vete a hacer nidito…” Así como de ya te conviertes en mamá y automáticamente eres una tonta, una inútil. Eso es muy sutil… era constantemente, en cada junta [había] este tipo de comentarios y no nos defendíamos, no se defendían [sus compañeros de trabajo], yo al final pude decirles, pero ellos no…

En noviembre, yo sé que me quedo embarazada, espero todavía para contarles, pero ya la situación era como insoportable en el sentido de que se exacerbaron todas estas conductas de: no te hablo, no te digo, si necesitas permiso no te contesto; ya era muy, muy, muy insoportable y evidente y todo. Yo creo que fue desde mayo del 2025 hasta el final de mi ruta de trabajo. 

A principios de diciembre les digo que estoy embarazada. Tengo esta plática con Ekaterina [Ekaterina Álvarez, subdirectora de comunicación del MUAC] donde me dice: “ay felicidades, pero vete a tu casa…”. Ahí empieza a proponerme un nuevo esquema de trabajo por proyecto, pero “vamos a ver”, me dice que vamos a platicarlo. Me quedo a la espera, nunca llega una resolución definitiva, tengo que perseguirlos… Volvemos de vacaciones después de diciembre y todavía no hay una respuesta, en enero, de cómo va a ser el [nuevo] proceso de trabajo. Hasta el final, hasta principios de febrero, me dice: “este es el nuevo esquema de trabajo: ya no vas a estar dentro del equipo y te vamos a dar proyectos, pero pues no sabemos cuándo te vamos a dar el proyecto, porque, pues, ya sabes, aquí las fechas no se saben, pero piénsalo…”. 

Fue hasta después de esa reunión, despistada todavía por la característica falta de sinceridad de sus superioras y sus promesas vacías, que Melinna empieza a sospechar que lo que están haciendo es más bien despedirla. Entonces, decide escribirles un correo en donde les dice: “oye, pues esto en realidad como que es un despido, porque si no me dices fecha de los proyectos…”. Y entonces, ella lo que me contesta es: “…pues no, es que no, tú no eres una trabajadora, o sea, tú eres un proveedor como la imprenta,…” así literalmente, así me dijo.

Melinna Guerrero logró tener una reunión al final con la directora general, la subdirectora de comunicación y el administrativo, en donde expuso su situación ya conocida y defendió sus derechos, sobre todo en el sentido de que, aunque por un fraude a la ley, imputable a las autoridades del MUAC, ella, efectivamente, estaba formalmente contratada como proveedora, en los hechos esto no era así. Pero todo fue como quien le habla a la pared, la gente del MUAC no se salió del hecho de que tenía un contrato como proveedora, era como la imprenta, aunque en la realidad la habían utilizado y abusado de ella, poniéndola a trabajar como empleada subordinada. 

La cosa es que en el derecho, lo que importa, no es el papel, el contrato que se haya firmado, sino los hechos, y el contrato podrá decir prestación de servicios, pero si en los hechos ella estuvo trabajando como empleada subordina es eso lo que realmente es, incluso en ámbito jurídico, una empleada subordinada y explotada a la que no sólo le han negado todos sus derechos, sino que la despidieron sin justificación alguna cuando estaba embarazada. ¿Que darían los jesuitas de esto?

Guerrero me platica otros detalles que dan cuenta del nivel de hipocresía, del discreto encanto de la burguesía, que se maneja en las relaciones interpersonales del MUAC, que no quiero dejar pasar la oportunidad de visibilizarlos:

“En el equipo de comunicación, yo en algún momento me sentí muy excluida porque tienen… hay como un lenguaje persistente que es, con ciertas palabras muy uniformizantes que vienen de las redes sociales, todo el mundo se trata de “amix”, “queridis”, hacen esta cosa con las manos: el corazón; se dirigen entre ellos, incluso profesionalmente, de esa manera. A mí me parece eso súper innecesario en muchos contextos, pero más en un contexto de trabajo. Entonces, yo no le decía “amix” a mi jefa ni a la jefa de mi jefa ni a la subdirectora. Yo no le decía: “ay, qué bonita hijas tiene…”.  Y claro, eran más amables con las otras personas porque eran congraciantes con ellos, porque les decías: “qué bonitas uñas”, porque les hacías corazoncitos con las manos, porque te portabas como una niña diciéndole: “ay muchas gracias”, “ah, sí dime”, ¿no? Como que este tonito, diminutivo, era necesario para que ellas se sintieran bien. Yo siempre fui… pues así como te estoy hablando a ti, así hablo en mi entorno laboral, directo y claro. Y ahí no, si hablabas de esta manera, ya te veían mal, ya no te hablaban… Eso hacía que no les cayeras bien y que no te trataran bien y había consecuencias en el trabajo: si no hacías eso pues era evidente que te corregían más, que no te daban crédito en las cosas que hacía, que no te encomendaban las tareas que tenías que hacer. 

En los grupos de Watts también era como… por ejemplo, si ibas a recibir indicaciones de la editora en jefe, era recibir indicaciones y luego te decía: “ay perdónenme amigos, es que soy súper intensa…”, primero te decían unas cosas horribles y ya después tenían este recurso de perdón amix…”

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