Fotograma de la película

Sus hijos, aunque una traducción más literal y, desde mi punto de vista, más adecuada, sería E hijos, ya que fue titulada originalmente como & Sons, es la más reciente película de Pablo Trapero, que tras su estreno mundial, hace, casi, exactamente un año, en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y su paso por el Festival de Cine de Londres (BFI) y el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, llegará a las salas españolas, gracias a los buenos oficios de Divisa Films y Vercine, el próximo 18 de septiembre de 2026. 

El cineasta argentino da un paso valiente y dirige por primera vez en inglés. Sus hijos está basada en la exitosa novela gringa El extravagante señor Dyer de David Gilbert -considerado uno de los mejores libros del año 2013-. El guion ha sido adaptado por la ganadora del Oscar Sarah Polley (Ellas hablan) junto al propio Trapero. Un trabajo que fue reconocido con el Premio Astor Piazzolla al Mejor Guion en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

La película relata la última etapa de la vida de Andrew Dyer (Bill Nighy), un escritor híper famoso que lleva casi veinte años sin escribir, sin salir de casa y sin dirigir la palabra ni a sus hijos mayores Richard (Johnny Flynn) y Jamie (George MacKay), ni a su exmujer, Isabel Platt (Imelda Staunton). El aparente motivo de esta actitud tan radical (y pueril) es Andy (Noah Jupe), su hijo pequeño, una “sorpresa” extramatrimonial que originó un cataclismo familiar de dimensiones inconmensurables. 

Tras la muerte de un viejo “amigo” —entrecomillo “amigo” porque no estoy seguro que una persona como Andrew Dyer sea capaz de tener amigos verdaderos—, Andrew siente que su tiempo en la Tierra se está acabando y convoca a los dos hijos mayores para reunirse con él urgentemente, los que, aunque lo odian (no les faltan razones), pero, quizás pensando en una herencia en vida o algún acuerdo testamentario a considerar, acuden raudos y veloces, con la poca dignidad que les queda por delante, al llamado. Cuando llegan, lejos de buscar la reconciliación, el Vargas Llosa de los ingleses, les revela algo tan increíble que no puede ser cierto.

Fotograma de la película

Trapero dice de su película que aborda temas que ha explorado desde que se convirtió en cineasta: “…la tensión inherente a nuestras relaciones -ya sean con amigos, en el trabajo o en la familia- y cómo, como individuos, luchamos por encontrar nuestro propio camino. Cómo el amor, el deber y los sueños a menudo entran en conflicto.

Como se puede observar, todo gira alrededor del personaje principal, el escritor Andrew Dyer, un hombre de edad avanzada, de personalidad dominante, extremadamente narcisista y encima alcohólico, que ha nacido con el don de la escritura. Aunque Dyer ha sido una persona exitosa en términos del capitalismo, con mucha fama y dinero, él se siente vacío por dentro, porque reconoce su fracaso como ser humano, siendo un mal esposo y peor padre. Esa culpa es la que lo lleva, en parte, a tomar la decisión, 20 años atrás, que terminó de destrozar su vida, pero sobre todo la de sus hijos, el mayor, con un historial de adicciones, y su esposa, que al enterarse de la traición de Andrew quedó catatónica un tiempo.

Hay una escena muy significativa, en donde cinematográficamente el director describe en una secuencia de no más de dos minutos al patriarca Dyer: Al hijo mayor Richard, se le ocurre llevar a su primogénito a la reunión con su padre, que viene siendo el abuelo del mentado primogénito. Y lo primero que hace el flamante abuelo, después de ver por primera a vez a su nieto y darle un medio abrazo, es mandarlo a que le sirva un whisky. Una secuencia muy bien lograda en donde como si fuera una chanza, con cierta frescura y amabilidad, Trapero describe de pies a cabeza y precisión de cirujano, a su personaje principal. 

Detrás de cámaras

Los hijos, sus hijos, son personas acomplejadas, medio traumadas, también unos inútiles, lo que no puede ser más que normal, después de lidiar con un ególatra, alcohólico y dominante durante gran parte de su vida. Pareciera que no encuentran su camino en la vida: no trabajan y viven esperanzados en hacerse ricos, de la noche a la mañana, gracias al arte, como su padre, que no deja de ser una figura de ¿admiración?, quizás, más bien influencia, en ellos.

A Andrew, nunca le ha importado nada ni nadie más que él mismo y cuando se revelen los secretos que guarda la historia, el espectador podrá confirmar que hasta el último, lo único que le importó realmente fue él mismo. Si se siente fracasado por no haber sido un buen esposo y padre, no es porque sienta algún tipo de remordimiento o por qué considere las afectaciones emocionales que repartió a discreción, por aquí y por allá, sino, simplemente, porque le preocupa él: fui un mal padre, pobre de mí, que fui un mal padre, fui un mal esposo, siento no haber sido un buen esposo, pero porque le preocupa los efectos causados sobre él mismo, porque lo deprime, no porque le interese los efectos que esas conductas causaron sobre los demás. Su última preocupación es el cuidado del menor de sus hijos, no porque le preocupe el futuro de aquel muchacho realmente, sino porque no le deja de preocupar él mismo, Andrew Dyer padre. 

La película está extraordinariamente realizada, con una buena fotografía y una selección de locaciones magnífica: las residencias de la alta burguesas donde viven la familia quebrada, una con apariencia de rural y rústica, la otra urbana y moderna, y algunas otros interiores que van apareciendo, todos son de un gusto estético relevante, y enriquecen notablemente la experiencia visual que ofrece el largometraje a su audiencia. 

Pablo Trapero hace una película ligera, agradable, muestra este drama familiar desde una óptica amable y con cierta frescura, que hará que el gran público (al que tanto le preocupa el placer) disfrute de la historia e incluso ni se dé cuenta de la tragedia humana que representa el protagonista.

El espectador también podrá disfrutar de una fantástica banda sonora, con un gusto musical exquisito y polifacético que, sobre todo al principio, de la mano con el desarrollo de la historia, irá complementando las secuencias.

No duden, ni por un instante, en ir a ver Sus hijos de Pablo Trapero, definitivamente vale la pena la vuelta al cine.

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