No pude evitarlo. Dirán que es negligencia de mi parte, y tendrán razón. Reconozco que está fuera de mi alcance. No puedo evitar que una de las paredes de mi casa se coma la ropa de las visitas. Comenzó con los paraguas. Pronto avanzó hacia los abrigos y los sombreros. Primero cuando se encontraban en el cuarto de estar, sobre la cama. Después cuando aún los estaban usando. Las visitas gritan cuando les arrebata las prendas. Yo también gritaría si estuviera en su lugar, aunque después de tantos años uno termina acostumbrándose al ruido que hace una manga cuando desaparece dentro del yeso. No es un sonido desagradable en realidad. Se parece al que hacemos al sacar lentamente el brazo de una camisa, sólo que al revés. La pared tira, la persona tira también como una muestra de las confrontaciones a las que nos enfrentamos en la vida, y durante unos segundos ninguno parece dispuesto a ceder. Siempre gana la pared. Es más fuerte de lo que parece. Pocas veces me recriminan, los modales de mis visitas son demasiado fuertes. A lo más que llegan es a lanzarme duras miradas que finjo no advertir.
Al principio creí que se trataba de humedad. La humedad explica muchas cosas y tiene la ventaja de que nadie puede culparla demasiado. Compré un líquido para impermeabilizar, llamé a un hombre que golpeó el muro con los nudillos, acercó la oreja y dijo que estaba perfectamente seco. Le pregunté si estaba seguro. Volvió a golpear. Dijo que sí. La siguiente hipótesis fueron las ratas. Mientras hablábamos, la pared se comió su gorra. El hombre no tuvo explicaciones y por ello no quiso cobrarme la visita. Tampoco volvió cuando lo llamé dos días después. Desde entonces dejé de buscar explicaciones. Hay cosas que empeoran cuando uno consigue ponerles un nombre y otras que, sencillamente, no necesitan ninguno.
Durante un tiempo intenté proteger a las visitas. Puse un perchero junto a la puerta para que no dejaran sus cosas en el cuarto de estar. Funcionó tres días. Después la pared aprendió a alcanzar los abrigos desde allí. No sabría explicar cómo. No tiene brazos, desde luego, ni se abomba, ni se desplaza. La distancia entre el perchero y la pared sigue siendo exactamente la misma. Sin embargo, por la mañana encontraba un abrigo extendido por el suelo con una manga metida hasta el codo en el muro. En otras ocasiones eran los sombreros. Los paraguas siempre desaparecían por completo. Supongo que por su forma. Una vez intenté abrir uno antes de que terminara de tragárselo y durante unos segundos quedó una protuberancia negra bajo la pintura, como si alguien hubiera desplegado un murciélago detrás del yeso. A la mañana siguiente no quedaba nada.
Mis amigos comenzaron a tomar precauciones. Algunos llegaban con ropa vieja. Otros dejaban los abrigos en el automóvil. Hubo quien decidió visitarme únicamente durante el verano. Me parecía exagerado, pero no podía reprochárselo. Durante los meses de calor la pared parecía menos activa. Comía alguna gorra, un pañuelo, ocasionalmente una camisa, pero sin el entusiasmo del invierno. Una tarde de julio se llevó una camiseta mientras su usuario todavía la llevaba puesta. Él gritó y yo tuve que sujetarlo por la cintura para que no terminara golpeándose contra el muro. La camiseta cedió primero. Quedó desnudo de la cintura para arriba y con una marca roja alrededor del cuello. Después de aquello tampoco volvió. Así fui perdiendo amigos. No todos al mismo tiempo, claro. La pared es paciente. Es una araña camuflada. Un depredador eficiente.
Tratando de remediar la situación yo le ofrecía mi ropa. Me parecía justo. Si aquello tenía que alimentarse, prefería perder mis cosas antes que seguir recibiendo duras miradas o buscar explicaciones. Coloqué una camisa contra el muro y la dejé allí toda una noche. Nada. Probé con pantalones, bufandas, zapatos. Una vez pegué un abrigo con cinta adhesiva para asegurarme de que permaneciera en contacto con la pared. Por la mañana seguía allí. La cinta se había desprendido y el abrigo estaba en el suelo. Durante varios días repetí el experimento hasta comprender que mi ropa no le interesaba. Nunca le había interesado. Podía permanecer durante horas apoyado contra aquella pared y nada sucedía. Llegué a dormir junto a ella. En ocasiones sentía frío en la espalda, pero eso era todo.
Leda vino por primera vez en noviembre.
Traía un abrigo oscuro que le llegaba casi hasta las rodillas y olía ligeramente a lluvia aunque afuera no llovía. Lo dejó sobre la cama sin que yo tuviera tiempo de advertirle. Pensé en decir algo, pero ella ya estaba hablando y siempre resultaba difícil interrumpir a Leda cuando acababa de llegar, no porque hablara demasiado sino porque su llegada parecía continuar durante varios minutos después de que entraba. Primero estaba ella, luego su olor a Chanel mezclada con lluvia. Luego las cosas que había tocado en la calle, el frío de afuera, algún cabello húmedo, el sonido de sus zapatos. La casa necesitaba tiempo para recibirla completa.
Mientras preparaba café miré el abrigo.
Seguía sobre la cama.
Esperé.
La pared no hizo nada.
Leda debió notar que yo miraba hacia el cuarto porque preguntó qué ocurría. Le dije que nada. No quería contarle lo de la ropa. Había descubierto que hablar de la pared demasiado pronto hacía que la gente comenzara a mirar alrededor y dejara de escucharme. Leda hablaba de una mujer que había visto llorar en el metro. No sabía por qué lloraba y tampoco había querido preguntarle. Me contó que la mujer sostenía una bolsa con naranjas y que, mientras lloraba, una de ellas cayó al suelo y rodó por el vagón. Leda había pensado en recogerla, pero alguien la pisó antes. Yo seguía mirando el abrigo.
No ocurrió nada durante toda la tarde.
Cuando empezó a oscurecer, Leda dijo que debía irse. No recuerdo de qué hablábamos en ese momento. Recuerdo, en cambio, que se levantó y entró al cuarto. Tomó el abrigo de la cama. Lo sacudió ligeramente y se lo puso. Introdujo primero un brazo y luego el otro. Buscó su cabello debajo del cuello y lo dejó caer sobre los hombros. Entonces la manga izquierda se estiró hacia atrás.
—Espera —dije.
Leda miró su brazo.
La tela se había pegado a la pared.
No gritó. Eso fue lo primero que me sorprendió. Las otras personas gritaban casi inmediatamente, incluso antes de comprender qué estaba ocurriendo. Leda tiró una vez del brazo y después dejó de hacerlo.
—¿Y eso? ¿Qué hace?
—Se come la ropa.
Me miró como si yo hubiera dicho algo mucho más extraño que aquello que estaba viendo.
—¿Tu pared?
—Sí.
Volvió la cabeza hacia el muro. La manga había desaparecido ya hasta la muñeca.
—¿Y siempre hace esto?
—Con las visitas. Sí.
Leda sonrió. No sé por qué. Luego se acercó voluntariamente a la pared hasta apoyar la espalda contra ella. Le pedí que no lo hiciera. No respondió. Permaneció allí unos segundos, quieta, esperando. La pared tampoco hizo nada. Leda se separó y volvió a mirar la manga atrapada.
—Tu pared no quiere que me vaya.
—Mi pared no quiere que nadie se vaya.
—No. No es lo mismo.
Consiguió quitarse el abrigo antes de que desapareciera la otra manga. La pared lo tragó con rapidez. Primero los hombros, después el cuello y finalmente una pequeña parte de la tela que permaneció unos segundos afuera, como una lengua oscura. Leda la tocó con la punta de los dedos. La tela desapareció.
—Me gustaba ese abrigo —dijo.
Le ofrecí uno mío.
No quiso.
Se fue con los brazos cruzados sobre el pecho porque hacía frío.
Durante los días siguientes pensé en comprarle otro. No lo hice. También pensé en llamar para disculparme. Tampoco lo hice. Fue Leda quien regresó una semana después. Esta vez no llevaba abrigo. Traía tres suéteres, uno encima de otro, y dijo que quería comprobar algo. Yo le pregunté qué. No respondió. Entró directamente al cuarto de estar, se sentó cerca de la pared y comenzó a quitarse los suéteres. Dejó el primero sobre la cama. Después el segundo. Conservó el tercero puesto. Esperamos. La pared no tocó ninguno.
—¿Ves? —dijo.
Yo no veía nada.
Pasamos la tarde allí. Leda iba de una habitación a otra sin preocuparse por la pared. Algunas veces la tocaba. Una noche incluso apoyó la mejilla contra el yeso y cerró los ojos. Le pregunté qué escuchaba.
—Nada.
—Entonces ¿para qué haces eso?
—Para asegurarme.
Nunca explicó de qué.
Leda comenzó a venir con frecuencia. A veces dos veces por semana, a veces desaparecía durante quince días. La pared nunca tocaba sus cosas mientras ella permanecía en casa. Podía dejar una bufanda junto al muro, arrojar una blusa sobre la cama, apoyar los zapatos contra el zoclo. Nada ocurría. Pero en cuanto decía que debía marcharse, algo cambiaba. No sé cómo explicarlo. No había ruido ni movimiento. Era más bien una tensión en el cuarto, como cuando una persona contiene la respiración antes de decir algo que lleva mucho tiempo callando. Entonces yo miraba la ropa de Leda y sabía que debía apresurarme.
Al principio la ayudaba. Recogía sus cosas antes de que la pared pudiera alcanzarlas. Abría la puerta. Le acercaba los zapatos. Una vez conseguí arrancar una bufanda cuando ya había desaparecido casi por completo. Tiré con tanta fuerza que caí al suelo. Leda se rio. Después me abrazó. Fue quizá desde ese día cuando empecé a tardar un poco más.
No demasiado.
Unos segundos.
Es difícil explicar la importancia que pueden adquirir tres o cuatro segundos. Leda decía que tenía que irse y yo no me levantaba inmediatamente. Continuaba sentado. La pared empezaba a tirar de alguna prenda y entonces yo intervenía. Siempre intervenía. Nunca permití que se llevara nada que Leda necesitara realmente. Al menos eso me decía. Una bufanda podía reemplazarse. También unos guantes. Un sombrero. No eran partes de ella. Eran cosas.
Una noche la pared se comió su blusa.
Leda todavía la llevaba puesta.
La tela comenzó a tensarse en la espalda mientras ella buscaba algo dentro de su bolso. Yo lo vi. Podría haberle avisado inmediatamente. No lo hice. Esperé hasta que la blusa quedó tirante sobre sus hombros y sólo entonces pronuncié su nombre.
—Leda.
Ella levantó la mirada.
La pared tiró.
Leda cayó hacia atrás.
Corrí y la sujeté por los brazos. Durante unos segundos estuvimos los tres unidos de aquella manera absurda: la pared sujetando la blusa, yo sujetando a Leda, Leda en medio sin saber hacia dónde debía hacer fuerza. Finalmente los botones saltaron. Uno golpeó el suelo y rodó debajo de la cama. La tela desapareció detrás de ella y Leda quedó contra mi pecho, respirando deprisa.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Recogió su abrigo —había comprado otro— y se marchó sin ponérselo.
A partir de entonces comenzó a mirar mis manos cuando la pared hacía algo. No al muro. A mí.
Eso fue peor.
No volvió durante casi un mes. La pared permaneció quieta. También dejaron de venir otras personas. Para entonces casi nadie me visitaba. Algunas noches me sentaba frente al muro y esperaba. No sé qué esperaba. Quizá que devolviera algo. Había comido tantas cosas a lo largo de los años que debía de existir un lugar detrás de ella lleno de paraguas abiertos, sombreros, bufandas, camisas, botones, mangas todavía tibias. Pensaba sobre todo en el primer abrigo de Leda. Ese abrigo verde que compró un invierno hace años. Imaginaba que permanecía allí, del otro lado, conservando todavía la forma de sus hombros.
Cuando Leda regresó, supe que venía a despedirse antes de que dijera nada.
No sabría explicar cómo lo supe. Quizá la pared también lo sabía. Leda entró y no se quitó el abrigo. Era uno que yo no conocía, demasiado grande para ella, de un color que bajo la luz parecía cambiar entre gris y azul. Permanecimos de pie. Le ofrecí café. Dijo que no.
—No voy a quedarme.
La pared hizo un ruido.
Fue la primera vez que la escuché hacerlo. No era un golpe ni un crujido. Era algo semejante a un suspiro detrás del yeso.
Leda también lo oyó.
—Ya sabe —dijo.
No pregunté qué sabía.
Cuando se volvió hacia la puerta, la parte inferior del abrigo se levantó detrás de ella. La pared lo había atrapado. Leda siguió caminando y la tela se tensó. Podría haberla ayudado. Había aprendido cómo hacerlo. Bastaba sujetarla por la cintura y tirar mientras ella se quitaba las mangas. Lo habíamos hecho otras veces.
No me moví.
Leda tampoco.
Permaneció de espaldas a mí. La pared tiró otra vez.
Entonces Leda se quitó el abrigo.
Lo hizo con calma. Sacó primero un brazo y después el otro. No luchó por recuperarlo. La pared lo tragó lentamente mientras ella miraba. Cuando sólo quedaba una manga, Leda se volvió hacia mí.
—Siempre pudiste hacer algo.
No respondí.
La manga desapareció.
Leda abrió la puerta y salió.
La pared no intentó detenerla.
Pasaron semanas.
Nadie vino.
Por las noches apoyaba la oreja contra el muro. Nunca escuché voces. Tampoco escuché a Leda. Sólo había pequeños ruidos que podían ser tuberías, insectos, el edificio acomodándose al frío. Algunas veces creía distinguir el roce de una tela. Entonces permanecía inmóvil hasta que dejaba de oírlo.
Una mañana encontré un abrigo sobre la cama.
Era el primero de Leda.
Lo reconocí inmediatamente. Conservaba una pequeña mancha cerca del bolsillo y uno de los botones estaba flojo. Lo acerqué a la cara. Ya no olía a ella. Olía a pared, si es que las paredes tienen olor: polvo, pintura vieja, humedad aunque el hombre hubiera dicho que no había humedad.
No sé por qué me lo puse.
Me quedaba pequeño. Tuve que encoger los hombros para introducir los brazos y las mangas terminaban varios centímetros antes de mis muñecas. Me miré en el espejo. Pensé que Leda se habría reído.
Entonces comprendí que quería salir.
No sabía adónde. Tampoco importaba.
Fui hasta la puerta.
Sentí un tirón en la espalda.
Me quedé quieto.
La pared volvió a tirar.
Durante años había intentado darle mis camisas, mis pantalones, mis abrigos. Nunca había querido nada mío. Ahora entendía la diferencia.
No era mi ropa lo que había rechazado. Era que yo nunca había querido marcharme.
Di otro paso.
El abrigo se tensó alrededor de mis hombros. No pedí ayuda. No había nadie a quien pedírsela. La pared tiró hacia un lado.
La puerta estaba hacia el otro.
Por primera vez desde que vivo aquí, los dos queríamos quedarnos con lo mismo.




























