El pasado 24 de septiembre tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la Opera Prima del director, guionista y director de fotografía Ah Biao, Bian Jing (Border), que se puede traducir como Frontera, formó parte de la sección oficial a competencia y obtuvo el Premio Especial del Jurado. 

“En un pueblo olvidado donde los hombres han aprendido a sobrevivir ocultando sus sentimientos y utilizando pocas palabras, un joven minero sin dinero va silenciosamente a la deriva por una vida que apenas siente. Su entumecida rutina se ve rota por la llegada de una joven enigmática que atiza una curiosidad dormida y la promesa de algo nuevo. Él la sigue por un camino oscuro, dejando atrás la tranquila seguridad del único mundo que conoce, sin saber que esta desconocida no es lo que parece.”

Como se puede advertir de la sinopsis oficial del festival, el largometraje sigue la cotidianidad de un joven minero, una vida que lo atormenta, no sólo por su repititividad, sino también por el acoso y represión a la que es sometido por todos lados que no son muchos: casa y trabajo, de la oscuridad de la mina a la oscuridad de su habitación. Como un alma en pena este muchacho va de la mina a su casa y de su casa a la mina. Hasta que se encuentra a esta chica misteriosa que despierta en él, no sólo un deseo carnal hacía ella sino por la vida misma.

Ah Biao, director, en la premiación de San Sebastián 2026. Foto: Eduardo Aragón

Ah Biao, como no podía ser de otra forma dada su formación y pasión (no lo conozco pero es algo que rezuma la película), centró totalmente su primera obra como director en la fotografía, la que resulta ser el mayor atractivo de su pieza cinematográfica. Y cuando digo que centró todo en la fotografía es porque ésta no sólo ocupa el rol central del filme, sino porque opaca, prácticamente, todo lo demás y lo pasa a un muy segundo término.

Aunque la historia es muy buena, los diálogos son escasos, parcos, casi ausentes, se acude a ellos cuando es estrictamente necesario. La mayor parte del ejercicio narrativo y descriptivo de las situaciones que se atraviesan en las fotografías dinámicas de Biao, se hacen a través de la misma cámara. 

Todo se dirige desde la cámara, el director de cámara es el director de la película. Una cámara casi siempre fija a la que le gusta la quietud y le da un ritmo contemplativo al largometraje —claro que una obra que quiere enaltecer el arte fotográfico tiene que ser semi contemplativa, cualquier otra decisión sería un error o por lo menos una contradicción—. No hay mucho movimiento, más bien parece preferirse el sosiego y lo estático, reafirmando la nostalgia de los personajes, una nostalgia que parece infinita.

Las tomas o los planos son siempre muy cuidados, en cuanto a la posición de la cámara y los encuadres, que demuestran que siempre se sabe lo que se quiere, aunque a veces se quieren cosas que salen un poco de la lógica (por ejemplo una destacada escena, lasciva, con la cámara fija, donde se omite enfocar los rostros de unos amantes que se llenan de besos, o al menos eso nos imaginamos, dando un giro al morbo que no deja de resultar interesante, sin dejar de ser obsceno). Los planos son abiertos y precisos en los exteriores, y muy cerrados y a veces juguetones, artísticamente hablando, en los interiores.

Hay tomas cuya secuencia empieza con una cámara fija que enfoca a unos personajes que, a propósito, están también quietos, paralizados, como estatuas, por un tiempo lo suficientemente prolongado para entender que el director está emulando una fotografía, cuando es vídeo. Después, los personajes se empiezan a mover y pareciese que la fotografía toma vida. El resultado artísticamente me pareció magnífico. 

No hay un desarrollo profundo de los personajes, ni siquiera de los protagonistas, pero de alguna manera el director logra que podamos tener un perfil bastante exacto de ellos, no así de los secundarios, de los que quedan claras pocas cosas, pero que pareciera que Ah considera que no es relevante para la historia que quiere contar. 

Premiación de San Sebastián 2026. Foto: Eduardo Aragón

No esperen un diálogo (mucho menos una voz superpuesta, voz en off dicen los medio gringos) que complemente la narrativa que se deriva de lo que se está viendo, para abundar en alguna exposición argumentativa. El director apuesta todo a la expresión visual y confía en la perspicacia del espectador que debe de hacer un pequeño esfuerzo por mantenerse atento todo el tiempo y no perder detalle. Y digo un pequeño esfuerzo, no porque sea una película aburrida —no lo será para quien sepa apreciar el esfuerzo puesto en la estética y los detalles finos, muy cinematográficos, pero, quizás si para aquella audiencia más acostumbrada a la narrativa tradicional basada en palabras, texto y retórica—, sino más bien por su ritmo en el que parece que hemos controlado todo lo sucedido antes de que termine la secuencia y se nos van los pensamientos a pasear por el universo. 

Por momentos, la cinematografía de Bian jing me dio un poco el aire a la de Aki Kaurismäki, aunque con menos diálogos todavía. 

Premiación de San Sebastián 2026. Foto: Eduardo Aragón

Otra cuestión que me llamó la atención del filme es que parece que tiene dos líneas del tiempo. Es decir, como hemos dicho, la película tiende a ser contemplativa, pero por el otro y aunque parezca contradictorio, va muy rápido, te cuenta una historia rica en complejidades en menos de 80 minutos. La película tarda un poco en, más que dibujar el perfil del personaje principal, sus circunstancias, no se centra en él sino en su entorno, porque parece que con eso lo describe. Después de eso, los hechos se suceden unos tras otros a un ritmo vertiginoso a pesar de que la velocidad no deja de ser semi lenta, planos largos, secuencia prolongadas, para escenas que, a lo mejor, para el cine convencional no lo merecería, pero cuando miramos en retrospectiva ya pasaron, narrativamente hablando, un montón de cosas. No sé si me he logrado explicar, pero da la sensación de que hay dos líneas del tiempo sobre la misma historia, una visual que va despacio y sin prisas y se detiene a contemplar cada paisaje; y otra, la narrativa, que le sale fuego y te cuenta un montón de cosas en un momento. 

Border, no es una película para el todo el mundo, no para el gran público definitivamente, pero sí para aquellas almas aventureras que quieren saciar necesidades más profundas. Representa un cine que se arriesga a innovar, que no le tiene miedo a la taquilla, en los tiempos en los que el éxito de las películas se mide por la venta de entradas, y que tiene convicciones cien por cien artísticas. 

Pone el arte, el arte cinematográfico, por encima de todo. Aunque no creo que gane la Concha de Oro (no por falta de méritos, sino por el tipo de propuesta y porque hay un par de cosas que creo que necesitan pulirse), me parece una atinada selección por parte del equipo de programación de San Sebastián, de esas por las que uno sigue yendo a los festivales de cine. 

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