Apaguemos la luz, las estrellas iluminan la noche. Ustedes han crecido como para comprender la historia que voy a contarles. Parece mentira, la próxima semana ingresarán al bachillerato y continúan entusiasmados con mis relatos cada vez que los visito como si los relojes no hubiesen dado todavía la hora. El calor de los leños, tomados de la mano así como estamos, nos va a ayudar a dormirnos después, pese al silbido del viento y al paso astuto de los zorros, que dejarán huella por la mañana en el bosque.
Había una vez una mujer nacida en la llanura, lejos de arroyos, del río y del mar. Esta mujer conoció el bosque en el umbral de su vejez. No importa su nombre, ella se casó y tuvo una hija. La hija en cuanto asomó al mundo, lloró alegremente: daba cuenta de su relevancia. Los bebés lloran, esta niña lo hacía con un contento extremo: entonces ya parecía autónoma. Sus padres la acogieron con voz y palabras, alimento y ese amor que, dicen, reina siempre en familia. La niña se hizo adulta, se graduó y un día insospechado se fue de su hogar (dulce hogar). El avión la dejó en una jungla laboriosa, quería ser su ciudadana desde chica. Los árboles guardan allí los dineros de los ahorristas entre sus hojas y las hormigas excavan, dale que van, para descubrir novedosos tesoros que unos elefantes vestidos de frac exhiben en almacenes e instalaciones premiadas. Sin ejércitos ruines (a la vista), sólo ambición de bandera… y un poco de arte, en ese país vivió esta hija, cuyos padres se figuraban, abismados por la ausencia de la nena mimada, mil desgracias y peligros: el mundo había empezado a complicarse. Pero la hija hacía acrobacias para sobrevivir, un poco ingenua. Y creía bailar en la fortuna del destino, aunque nadie, ni el país “sin ejércitos ruines” ni tampoco ella misma, advirtieron que iba portando tres bocas. Dos al frente y una por detrás. De tanta adaptación al medio a la pobre le fueron creciendo. El problema es que al ser trilingüe, pronunciaba la misma frase en tres idiomas a la vez. Costaba que la entendieran. La estética, lo de menos, aunque su luminosidad, insuficiente: unos cuantos se asustaban tan solo de verla… Continúo con lo de las bocas. Sus papás la habían oído expresarse en casa en una sola lengua. Ninguno sospechaba la oleada de tropiezos e inconvenientes que es migrar, danzar entre escombros o espectros de la “suerte”. Trascurrió el tiempo, que nunca deja de ser implacable, e insatisfecha con el destino que le deparó la jungla, la hija como quería que escucharan su voz (emitida en tres bocas), comenzó a viajar de aquí para allá, buscando su lugar en el mundo. Aprendió nuevos idiomas, las tres bocas quedaron. Y envejeció. Sería injusta si no reconociera que de milagro, aquietó: el padre había muerto y la supérstite (así llamaba la hija a su madre desde que emigró a tierra ajena) superó, de a poco, soledad y dolores. La hija renovó el vínculo desde lejos. Gracias a la tecnología, en efecto, se enviaban mensajes a toda hora, madre e hija sabían la una de la otra. Cuestión que razonando en vigilia y asociando entre sueños, a distancia (aunque cerca, como la mayoría de las mamás), la supérstite miró en detalle las fotografías que le mandaba la hija. Una imagen equivale a mil palabras: dos bocas al frente y una por detrás, de espaldas. Asustada, hizo valijas y fue en busca de las tres bocas de su hija. Arribó, la travesía de casi cinco días casi termina con ella. La hija no la esperaba y se enojó: había crecido y se arreglaba bien con sus bocas. Incluso, había aprendido más lenguas. Traducción simultánea porque creía en la oralidad, cuanto mejor decís, más te quieren, se convencía y comentaba… Y habrá estado en lo cierto. Porque el país donde ahora vivía, y viven ustedes (glaciar entero), tenía caballos albinos. Los caballos pastaban gentilmente a la vista de todos, relinchaban con sonidos celestiales. Su hija los montaba con la gracia de un saltimbanqui. Valiente, por lo demás, no se caía y hasta se animaba a puro pelo de los equinos, que generaron una amistad envidiable con ella. Esos caballos, tiernos como Platero y blancos como los conejos de Alicia, no daban la impresión de pertenecer al glaciar ni al resto del planeta. Se alababan como ángeles por las noches y dibujaban formas preciosas en el firmamento. Por fin, la supérstite calmó sus nervios y supo que su hija iba a vivir protegida. Y un aire casi sacro fluyó entorno, el hielo infinito y oscuro se transformó en un pasaje abierto entre la nieve y el horizonte: al caos de esta hija se había antepuesto un universo económico por lo bello… Y aquí estoy relatando (e intentando describirles), nietos queridos, cómo llegaron a mi vida su mamá, ustedes, los caballos blancos y los desiertos de hielo.
Texto publicado originalmente en: La casa está en orden, cuentos y relatos. Ediciones Ápeiron: Madrid, 2025




























