Hace 24 años, durante el sexenio del presidente Carlos Salinas de Gortari, ocurrió uno de los sucesos que puso en jaque al sistema de procuración de justicia en México: el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, en aquel entonces obispo de la arquidiócesis de Guadalajara.

 

El 24 de mayo de 1993, cerca de las 4 de la tarde, en el estacionamiento del aeropuerto internacional Miguel Hidalgo de Guadalajara, el prelado fue acribillado a balazos junto a su chofer, mientras circulaban en un Grand Marquis blanco, causando una gran conmoción, no sólo en la grey católica tapatía, sino también en gran parte de la sociedad mexicana.

En aquel entonces los tapatíos acababan de experimentar la tragedia de las explosiones del 22 de abril, ocurridas un año antes. Habían sido testigos de las torpezas y contradicciones de las autoridades para dar una explicación coherente de lo sucedido. En el caso de la muerte del cardenal no fue diferente. Las primeras conclusiones dictaban que el cardenal había sido víctima de un “fuego cruzado”, resultado de un enfrentamiento entre dos bandas de narcotraficantes, una liderada por Joaquín el Chapo Guzmán y la otra por los hermanos Arellano Félix.

Yo tenía 11 años y creo fue la primera vez que tuvo repercusión en mí la palabra narco. Es curioso ver a la distancia, cómo los adolescentes tapatíos y jóvenes mexicanos de ese entonces nos empezamos  a hacer unos “expertos analistas” en cuestiones de narcotráfico, pues a partir de ese momento comenzamos a saber los que era un narcotraficante o un cartel de la droga. En la actualidad un niño de 8 años ya está más que familiarizado con ello, he allí lo terrible.

Pero volvamos a 1994. Otra de las hipótesis o postura de las autoridades mexicanas que más tuvo eco –en específico del procurador a cargo de la investigación, Jorge Carpizo­– fue la de una supuesta confusión. Se lanzó la hipótesis de que el cardenal había sido confundido con el narcotraficante sinaloense Joaquín el Chapo Guzmán, a quien por un ajuste de cuentas, los hermanos Arellano Félix, habían mandado matar.

Debido a esa confusión, el auto en el que viajaba el cardenal recibió 38 impactos de bala, mientras que su cuerpo 14 balazos directos, “directísimos” como después lo dijera el doctor Mario Rivas Souza, encargado de realizar la autopsia. En medio del tiroteo otras 6 personas inocentes perdieron la vida, pero la magnitud e importancia de la víctima principal y la mediatización del hecho hizo que se redujeran a muertos de ocasión o víctimas colaterales, ejemplo de lo que hoy en día es cada vez más recurrente y cotidiano.

Días después, durante la misa y exequias del obispo en la catedral metropolitana de Guadalajara, a donde acudieron miles de fieles católicos, por primera vez un presidente de la república se presentó a dar el pésame en calidad de primer mandatario. Fue muy sonado el hecho de que al momento en que Carlos Salinas de Gortari se paró a hacer guardia junto al féretro donde yacía el cuerpo del cardenal, el principal edifico católico de Guadalajara retumbó al grito de “justicia, justicia”, mientras que, en las transmisiones televisivas, el grito era minimizado entremezclado con aplausos de personas que aplaudían junto a los micrófonos de grabación, maquillando el “clamor del pueblo”. También fue la primera vez que supe que los medios de comunicación podían hacer eso.

Al igual que sucedió un año después con el asesinato del candidato a presidente, Luis Donaldo Colosio, las teorías conspirativas y la idea de un complot no se hicieron esperar.

Versiones que implicaban al líder de la Iglesia con las principales bandas del crimen organizado del país, otras en las que se le daba el papel de negociador y mediador entre los principales carteles de la droga en México, o que era una persona que sabía demasiado acerca de las redes de narcotráfico tejidas hacia el interior del Estado mexicano.

Así, a 24 años de distancia la cultura popular ha sido testigo de diversas hipótesis y conclusiones que intentan explicar el móvil del asesinato, desde investigaciones oficiales a la que se le han dado varios carpetazos, hasta videos o fotografías, así como la edición de varios libros y novelas.

Tal es el caso de la novela Casquillos negros (2017) escrita por el periodista Diego Petersen Farah, en donde relata de manera indirecta este acontecimiento. En esta obra, catalogada como novela negra, se lleva a la ficción la realidad tapatía de aquellos años de una manera que resulta bastante amena. Teniendo como hilo conductor el asesinato del cardenal Posadas, narra las peripecias de Adalberto Zaragoza, un periodista de nota roja y de Eduardo el Tripa Fernández, ex policía judicial. Juntos se ven envueltos en diversas circunstancias que los llevan a develar algunos de los secretos que envolvieron el tan confuso asesinato del cardenal.

Para los que somos de esta ciudad, resulta interesante como el autor le da vida a la Guadalajara no sólo de los noventas, sino de la segunda mitad del siglo XX, mencionando lugares como el Hospital Civil viejo, la Semefo, el mercado San Juan de Dios, la cantina la Iberia –base de operaciones de El Tripa­–, los barrios de San Andrés y del Santuario, así como las colonias Independencia, Jardines del Bosque, Providencia y el fraccionamiento Monráz.

También menciona nombres reales y personajes que evocan a diversos actores sociales y políticos de la ciudad, donde no podía faltar la mención de los conflictos entre estudiantes de la Universidad de Guadalajara, la FEG, los vikingos del barrio de San Andrés, la Liga comunista 23 de septiembre; característicos de los años sesentas y setentas, pasando por los lugares de farándula, de “rompe y rasga” y cabarets famosos de aquella época, como lo fue el Guadalajara de Día. En suma, convierte a la ciudad en un personaje importante de la trama de la novela.

Diego Petersen a través de la ficción trata de dar una versión verosímil y una explicación a todos aquellos cabos sueltos que dejaron las investigaciones oficiales y confundieron a la sociedad. En la novela todo es ficción, menos los casquillos negros, razón del título de la obra y que son los que se encontraron alrededor del Gran Marquis donde viajaba el cardenal. Se le llama casquillos negros por estar ennegrecidos debido al reúso, cosa que los narcotraficantes no hacían ni hacen, pues ellos sí tienen recursos para arsenal nuevo; los policías, los judiciales y el ejército no, de modo que son estos últimos quienes los utilizan.

Casquillos negros es una lectura recomendable para quien quiera evocar la memoria, recordar o conocer a la Guadalajara de aquel entonces o al México de aquellos años, en donde las noticias de la radio y televisión mencionaban a dos carteles del narcotráfico inmiscuidos en la muerte del cardenal, el de Tijuana y el de Sinaloa, los existentes, o al menos los relevantes.

Más de dos décadas después vemos que existen al menos 10 carteles principales y centenares de células del crimen organizado, que han provocado que nuestro país esté envuelto en un estado de violencia, dando como resultado una narcocultura que está anclada hasta el tuétano en nuestra sociedad, siendo parte de la vida cotidiana, económica y política.

Así como yo tenía 11 años en aquél entonces y relato este suceso 24 años después, me pregunto qué contarán al paso de los años los adolescentes de hoy sobre el estado de violencia en el que vivimos y que ellos asumen cada vez con menos asombro. Sexenio tras sexenio los crímenes sin resolver lo único que hacen es aumentar y acumularse, mientras la violencia y la impunidad se naturalizan. Parece que la “justicia” mexicana cada vez más está apelando a un solo recurso: el tiempo, no para encontrar su resolución sino su olvido.

Fuente: https://www.quadratin.com.mx/cultura/casquillos-negros-la-incognita-la-muerte-juan-jesus-posadas/

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