“¿Adónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales
¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que los trae el pensamiento
¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro”
Ruben Blades.
Traducida al idioma del imperio (y por lo tanto, nombre con el que se hará su comercialización) como The burning giants, Yak mai es el más reciente largometraje del director Phuttiphong Aroonpheng, estrenado en la sección Orizzonti del Festival Internacional de Cine de Venecia en días recientes.
Dice la sinopsis oficial: “Un humo misterioso cubre el oeste de Tailandia y desencadena una extraña enfermedad infecciosa, cuyos síntomas se asemejan a quemaduras provocadas por un fuego invisible. Un aldeano de la etnia karen es detenido en lo profundo de la selva y trasladado a un centro de cuarentena; allí, sueña con regresar a su hogar en las montañas. Su esposa, refugiada en Bangkok, comparte el mismo anhelo. Sin embargo, su esperanza se ve amenazada por guardas forestales decididos a incendiar su aldea para dar paso a un parque nacional. Más allá del velo de humo, oculto en la selva, se alza un teatro abandonado, frecuentado por soldados ogros que huyeron del ejército del Rey durante una guerra ancestral que refleja la lucha de los aldeanos.”
Como se advierte de la sinopsis, la película trata de unir realidad y misticismo, crudeza y fantasía, en una mezcla que creo que no termina de ser redondeada del todo, como explicaremos más adelante, pero que vista de manera integral, da como resultado un agradable y surrealista ejercicio cinematográfico con compromiso social.
La inspiración del director para escribir el guion derivó de una variedad de asuntos complejos que trato de unir en esta historia de Los gigantes en llamas: En primer termino, él cuenta que esto sucedió (el proceso de escritura) cuando empezó el confinamiento a causa del COVID, quizás de allí la idea de introducir esta extraña enfermedad ultra contagiosa, que parece que se esparce con el humo que sale de las alturas de las montañas.

“El humo era, en realidad, más importante para mí que el fuego mismo —comenta Aroonpheng—. El humo surge de distintos tipos de violencia: la quema de las casas de los aldeanos, la incineración de cuerpos y el incendio de Lanka en el Ramakien. Me interesaba cómo se desplaza el humo. Se mueve de un lugar a otro —del teatro al bosque— y conecta el mundo real con el mundo mítico. Para mí, el humo es lo que queda tras la violencia. Puede que el fuego se haya extinguido, pero el humo permanece en el aire”
El COVID también ocasionó que el director se encargara del cuidado de su pequeña hija y esto lo hizo pensar en los cinco hijos de Porlajee «Billy» Rakchongcharoen; el menor de ellos tenía más o menos la misma edad de su niña. En aquel mes de abril del 2020 se cumplían siete años de su asesinato.

Billy era un activista de la etnia karen, la misma a la que pertenecen los personajes de la película, que fue víctima de desaparición forzada en 2014, un caso muy sonado en Tailandia. Él, Billy, luchaba contra del desplazamiento forzado que las autoridades tailandesas empezaron a ejercer sobre la etnia karen con el objeto de sacarlos del lugar que históricamente habitaban en la aldea de Bang Kloi, en plena zona montañosa y boscosa de Kaeng Krachan, al oeste de Tailandia, para dar paso a un parque nacional. Al parecer, para lograr este objetivo los guardas forestales quemaban intencionadamente las casas de los aldeanos. El 17 de abril, de aquel año 2014, cinco funcionarios del gobierno lo detuvieron y nunca más se supo de él. Años más tarde, 2019, se hallaron restos humanos calcinados dentro de un barril en un embalse cercano. El ADN coincidía con el de Billy, aunque las autoridades han negad que sea él. La campaña nacional «Save Bang Kloi» continúa vigente hasta el día de hoy.
En relación con esto Aroonpheng profundiza diciendo que: “El barril rojo donde se hallaron fragmentos del cráneo fracturado de Billy guarda un parecido asombroso con aquellos en los que se encontraron los cuerpos de cientos de civiles tailandeses —sospechosos de ser comunistas— víctimas de matanzas masivas durante el apogeo de la paranoia de la Guerra Fría en los años 70. Sus cuerpos eran introducidos en barriles rojos de acero de 200 litros —del tipo utilizado para transportar combustible— y luego incendiados. En muchas ocasiones, las víctimas eran metidas dentro y quemadas vivas.”.

Otro punto que el realizador relaciona con su película es algo que de alguna manera también pasó en México (y en infinidad de países), que fue la política nacionalista de Tailandia, en México dicha política se urdió bajo la estrategia de la unidad nacional de la época posrevolucionaria. Aroonpheng dice que Tailandia siempre se ha enorgullecido de poseer un legado único y ancestral, pero los libros de texto oficiales suelen olvidar, convenientemente, las raíces multiculturales del país, así como el hecho de que la mayoría de los elementos que hoy llenan a los tailandeses de orgullo cultural tienen su origen en otras civilizaciones.
En México, bajo la mencionada estrategia, encabezada por José Vasconcelos, primero en los 1920, a través de la Secretaría de Educación Pública, el invento del mestizaje y su famosa raza cósmica, y continuada en los 40 por Ávila Camacho, en la que al tiempo que se trató de erradicar las que se identificaron como políticas socialistas establecidas por mi general Lázaro Cárdenas, se trató de erradicar la cultura indígena, sus lenguas y tradiciones. Estrategia que hasta la fecha, quizás de manera más discreta, se sigue ejecutando.
De todas estas circunstancias se ha nutrido Aroonpheng para realizar su película, la que podríamos dividir en dos partes, una realista y otra mística, la realista nos habla del caso de aldeano que, como dice la sinopsis, es levantado por los guardas forestales, que más bien parecen militares, perteneciente a una comunidad en la que, con el pretexto de la misteriosa enfermedad transmitida por el humo, fueron obligados a abandonar su territorio, mientras las autoridades proceden a quemar sus cabañas.
A este respecto el director dice lo siguiente: “La película se inspiró en el caso de Porlajee «Billy» Rakchongcharoen y en el largo conflicto que afecta a las comunidades karen de Bang Kloi y Kaeng Krachan. Sin embargo, no quise hacer una reconstrucción directa de su historia. Los dos personajes femeninos, Aepoh y Aeva, son ficticios. A través de ellas, quise explorar qué les sucede a las familias tras la desaparición de alguien y qué significa regresar a un hogar que tal vez ya no exista. Para mí, la historia no trata solo del momento de violencia, sino de lo que ocurre después: cómo las personas siguen viviendo, esperando, recordando y buscando un hogar.”
La esposa del aldeano arrestado y su hermana (Aepoh y Aeva), al enterarse de que existe un “detenido” de su aldea, harán todo lo posible para saber si se trata de la persona que han buscado durante tantos años, pero no lo tendrán tan fácil porque, con motivo de lo contagioso de la enfermedad, es llevado a una zona muy restringida.
A esta parte realista, hacía el final de la película, se enzarzará una historia mística o mítica, que tiene como escenario un misterioso teatro que preside una de las montañas de donde emana el humo mortal. Para la introducción de este segundo momento, el director de inspiro en una antigua epopeya india del Ramayana:
“El Ramakien ha desempeñado un papel importante en la configuración de la identidad cultural y nacional de Tailandia. Me interesó cómo la mitología puede utilizarse para construir una narrativa nacional. En la epopeya, Rama representa al héroe, mientras que los gigantes encarnan al enemigo. Pero empecé a preguntarme: ¿qué sucede con la gente común —los «gigantes»—, cuyos hogares y vidas quedan destruidos cuando los héroes luchan? En Burning Giants, el gigante no es simplemente un monstruo. Es alguien que ha perdido su hogar, a su familia y su lugar en el mundo. A través de su viaje, quise desplazar la perspectiva del héroe tradicional hacia aquellos que suelen ser retratados como el enemigo, planteando la pregunta de quién merece ser llamado héroe y quién acaba convertido en monstruo. Quería que el realismo y la mitología coexistieran, porque, para mí, la historia y la mitología ya están entrelazadas. La película utiliza el lenguaje del mito para examinar experiencias reales de desplazamiento, pérdida y violencia, y para cuestionar las historias que contamos sobre quién pertenece y quién no.”

Realismo y misticismo se funden en la obra de Phuttiphong Aroonpheng, elementos que se irán integrando de manera cada vez más estrecha e intima, hasta que no sepamos distinguir uno del otro.
“La película partía de una realidad muy concreta, pero sentía que el realismo por sí solo no bastaba para abarcar todo aquello de lo que quería hablar. La película aborda la memoria, la desaparición, la violencia y la historia. Cuestiones que se sitúan en algún punto entre la realidad, los sueños y los mitos… El cine tailandés posee una larga tradición de transitar entre el realismo y lo sobrenatural. Para mí, no son dos mundos separados, sino dos formas de percibir una misma realidad”
La historia es muy buena, hasta que se enreda con lo místico, a partir de allí la extraordinaria narrativa que se venía desplegando se va viniendo abajo poco a poco. No porque lo místico resulte incompatible con la historia, sino porque me parece que se pudo haber engarzado de mejor manera una parte con la otra y tender un puente generoso y armonioso al paso del realismo a la fantasía. El umbral que se cruza es demasiado ambiguo.
La fotografía es maravillosa, por ese simple hecho ya vale la pena ver la película. Hace unos días vi La Reserva, película mexicana de Pablo Perez Lombardini nominada, curiosamente, a mejor fotografía para los Arieles; y digo curiosamente porque yo la hubiese nominado a muchas cosas, incluida mejor película, pero no a fotografía, porque me pareció un error terrible la decisión de haberla hecho en blanco y negro, desperdiciando, a mi juicio, la oportunidad de que la fantástica selva chiapaneca luciera en todo su esplendor, un sitio que no le pide nada a Tailandia ni a ningún otro lugar del mundo. Obviamente, no es que la fotografía se mala, ni mucho menos, pero esa decisión la debería de descalificar para un premio, aunque sea un Ariel.

Los gigantes en llamas si está hecha a color, con un verde profundo que domina la paleta de colores, magnífico, y el resultado es espléndido. También un lugar impresionante, donde la cámara se regodea y logra transmitir ese misterio y misticismo al que nos llevará poco a poco el filme tailandés.
“El bosque no es simplemente el escenario de la película; forma parte de la historia de estas personas. Las montañas son su hogar, pero también se han convertido en un espacio restringido bajo control estatal. Así, el propio paisaje plantea la cuestión de quién tiene derecho a vivir allí. Rodar en parajes naturales remotos supuso un desafío físico, pero quise asumir esa dificultad. El humo, la humedad, la oscuridad y los sonidos del bosque pasaron a formar parte de la narración.”
The burning giants, es una película muy bien realizada, bien actuada, con una historia muy interesante y con un guion muy bien logrado, salvo el pequeño detalle al que me he referido. Además de contar con ese compromiso político potente que hoy más que nunca se tiene que aplaudir ante la amenaza de los estetas y el “gran público” que persisten en sus intenciones milenarias de banalizar el cine, si ya tienen el cine de entretenimiento, no entiendo por qué quieren abarcarlo todo, ya hasta les dimos Win Wenders.
“Espero que el público se marche con una pregunta en lugar de una respuesta clara. La película surgió de la idea de personas que han desaparecido de la historia, pero no creo que desaparecer signifique que alguien se haya esfumado realmente. Las personas dejan huellas: en sus familias, en los recuerdos y en la tierra. Para mí, volver a casa no consiste solo en regresar a un lugar físico. También puede significar volver a la memoria, a la identidad o al derecho a contar la propia historia. Tal vez esta película sea una invitación a escuchar a quienes han desaparecido de la historia.”



























