Maradona utiliza su mano para vencer al arquero inglés Peter Shilton durante los cuartos de final del mundial México 86.

Queremos ahora sumar algunas consideraciones acera del fenómeno global que ocupa la ciberesfera en forma excluyente. Y no se trata de ninguno de los enfrentamientos bélicos del momento aunque sí se trata de enfrentamientos, -metafóricos, bélicos, en imágenes de todo tipo, condimentadas con la conjunción versus por aquí y por allá: las batallas del campeonato mundial de fútbol. Viene esta vez con novedades, aditamentos, correcciones e hinchazones de índole mayoritariamente comercial, empresarial, más que de la pura idea que desarrolló Camus y tantos otros sobre la ética, la profunda lectura filosófica que puede hacerse de ese microcosmos. Masculino.

Y es desde el otro lugar que queremos meternos un poco en este muro de gritos, conteos, vaticinios y festejos que nos envuelve. La mitad más uno de la humanidad mira de afuera, se siente compelida porque se ha buscado cómo implicarla. Ya sea a través de estereotipos femeninos “la esposa del crack” o “la botinera”, o la exhibición de arreglos capilares y colores de vestimenta, el tradicional mundo femenino se incluye generosamente. Ah, y también están las señoras madres de los jóvenes atletas alimentando niños con leches y sopas de primera marca. Madre y compañera -de vida o sexual. No se quejen.

Deporte de hombres (sabemos que hasta la gimnasia artística es unisex, no menos que el soccer) como bien lo enseña la serie inglesa Caballeros, cuyo pastel se integra con la aristocracia y los obreros. Los atributos del crack redimen la inferioridad de clase y el caballero debe tragarse los goles de los sucios trabajadores. Epopeya del débil David, we can do it. Revanchas metafóricas.

Para no agotar con cuestiones de género desde el principio, enumeraré algunos mundiales que desde mi experiencia fueron especiales. Privada de la ceguera colectiva, la vista se agudiza y el paso atrás de la mujer ante el fervor por los colores y la ciencia de los pies, ayuda a destacar que:

El primer mundial que vivo como persona adulta es el de 1978, en Argentina, en medio de la dictadura militar más feroz que conocimos. Cómo consiguieron los generales el privilegio de ser anfitriones, lo desconozco, aunque ya sabemos que las superestructuras organizativas de estas cosas son muy opacas. El caso es que el mundial fue dirigido a ocultar los atropellos a los derechos humanos (a las vidas) de los disidentes y a proporcionar una alegría, una distracción al sufrido pueblo “encuadrado” en el esfuerzo de los comandantes.

Éramos muy jóvenes, pero perfectamente conscientes de lo dicho. Un bebé y medio, ajenos al drama que vivíamos, era nuestro núcleo. Jorge, mi marido, fue invitado a la juntada final, al festejo, al ritual del hincha, a la caravana subsiguiente, a los vítores y a la gratitud que coronaría la victoria. Pero no fue. Yo estaba de parto, tenía fecha para esos días y temía no encontrar taxi ni médico, todos en ese mundo de Bradbury, flechados ante la pantalla. Nos quedamos en casa, conteniendo la respiración y sintiendo la contradicción de preferir la derrota, el desenmascaramiento de los impostores. 

Alguien hubo también que no fue: un jugador de la selección tocado de cerca por las desapariciones se negó a integrar el plantel. 

Pero para no mirar como el que tiene glaucoma, ampliemos el campo visual. No ya como ciudadana, sino como madre, el Mundial de México fue diferente. Un pueblo se negaba a hundirse en la tragedia y sostenía su derecho a balancear la tristeza con los colores, las músicas y las fiestas del fútbol. Aquí, 1986, los cuatro niños estaban en edad de entender y de juntar figuritas entre ellos, de ir a la escuela y negociar las difíciles, de asaltar abuelos y correr al kiosco. La emoción del coleccionista. Nada más didáctico. Como con las estampillas, se aprende jugando. Esta alegría nos llegó, la democracia era nueva, el presidente salió al balcón con los campeones. Maradona estaba en su mejor momento (su orina y sus piernas se embrollaron en 1994) fue autor del mejor y el peor gol posible: el de la magia verdadera y el de trampa, que sólo restañó un poco el orgullo presumido del argentino medio. Pero sirvió para alguna lección más, de entrecasa. Recuerdo que el escuincle que teníamos de perro, llamado Ñoqui, saltaba y gritaba con nosotros los goles.

El tercer ejemplo, y aquí voy a ser la más odiada retrospectivamente, lo viví como profesora de secundaria. El horario (¿sería el mundial de las antípodas?) era a primera hora de la mañana y las clases no se suspendieron, a quién se le ocurre, pero no se contaría la inasistencia. Fueron todos, las caras pintadas, los colores suaves de la bandera y más de doscientos adolescentes apiñados unos sobre otros, en el pico de la emoción, ocupando el gran salón de actos. Nuestra tarea como responsables de todos consistía en acompañar la experiencia didácticamente. ¿? El área de historia, la de geografía, la de literatura, plástica, música tenían su porción. Por entonces se hablaba de “proyectos”. Pero cómo retomar y aplicar las nociones aprendidas en el análisis de publicidad, de discurso demagógico, de la masificación y de las cortinas de humo ideológicas en medio de una fiesta semejante. Astutamente, nos quedamos en nuestra sala de profesores tomando café y prediciendo resultados adversos que nos devolvieran a la zona de confort del día a día. De verdad nos fue muy mal en ese mundial. Pero de la adversidad también se aprende.

¿Y cuando fue que todo se pudrió? Las mafias, el narco, la violencia estallaron y el fútbol fue campo propicio para instalar estructuras de poder paralelas a las instituciones democráticas, dejar de lado la adhesión a los colores y apuntar a la ganancia ilícita. Una consecuencia de las muertes y desmanes fue la restricción a la hinchada visitante. Estadios con la mitad de los espectadores se convirtió en algo habitual, una manera de poner orden, de evitar crímenes. La tristeza empezaba a ocupar espacio. Hinchas castigados. Y el recelo, ya que las llamadas barras bravas o hooligans ya no se embanderaban sino que se asociaban para copar más negocios. Y viajaban a ver mundiales con entradas de privilegio. La política se mueve sinuosamente entre esos actores. Lo último que sucedió al empezar a escribir esto fue el anuncio de la muerte del padre de Messi hecho por una animadora notoriamente identificada con la oposición. Su frase triunfal fue “va a tener que irse del mundial”.

Todo lo bueno que tiene el deporte, todo lo que pueda decirse de un juego imprevisible, inspirado, bello de ver, con la gracia de la juventud en movimiento, la belleza del triunfo y el aprendizaje de la derrota se enturbia. Y se me ocurre, por el fenómeno de la contigüidad, y de la montaña rusa que es la Argentina, que la reciente desaparición del líder de los Redonditos de Ricota, el Indio Solari, produjo un fenómeno de grieta, ya que hizo alinearse a la opinión pública según izquierdas y derechas con argumentos falaces y maniqueos. De un lado la banda acompañó un crecimiento, una cultura resistente, una crítica al sistema, una forma de libertad. Para los otros el peso estaba en la defensa de la droga, la necesidad de autodestrucción, el escepticismo negando la vida. Pocos hicieron hincapié en el talento del cantor, el poder de una voz única, el lenguaje poético que desarrolló. Ningún otro grupo se le parece, ninguna otra voz. La decepción noventista estalla en el suicidio colectivo de recitales a campo abierto sin ninguna prevención. Hay muertos también aquí. Jóvenes de los suburbios, que perdonaban el lujo vulgar del líder que se muda a Nueva York. Ambas caras de la moneda existen. En los artistas y en las élites deportivas, que dejan atrás lo sagrado. No hay precipicio y dos orillas, hay una zona gris difícil si se quiere, incómoda, lo neutro, Que dice Barthes.

Pero ocurre, ocurre el interminable funeral, en tierras opositoras como corresponde, como ocurre el último femicidio, el de Agostina, de catorce años, perpetrado en un antro frecuentado por barras de un equipo cordobés, con enlaces con el poder. Volvemos al núcleo del mal, el escándalo continuo, la indignación que se adormece o la emoción que se enciende en espasmos de locura.

Pero hay una última, una nueva, por lo menos para la masa inadvertida que integro: el mundo negro de las apuestas, la ludopatía infantil y adolescente, para no hablar del vicio en adultos, destructor de familias. Las empresas auspician el campeonato, sus marcas están en las camisetas, como antes el alcohol y el tabaco. En cada break o corte publicitario para refrescarse en estadios climatizados, el estímulo irrumpe a todo color en la psiquis jugando con lo real que es la suerte y la satisfacción de todo deseo. Como en los viejos libros de Vance Packard de Dichter o Key, la imagen, el movimiento de izquierda a derecha, la repetición que gotea en la piedra y el daño está hecho. Vamos a apostar, quién sabe.

Y de regalo, este párrafo de Lezama Lima, que me vino a la memoria sobre la belleza de un juguete perfecto:

La abuela lució plena, abandonando su vigilancia del plato seleccionado, para dedicarIe todo su cuidado a la graciosa visita del infante. Fue a buscar la pelotilla grabada como por un humo de los más diversos colores que se destrenzaban en espirales como en el origen del mundo. Lo que tiene de demiurgo todo niño parecía convertir la diminuta pelota en un planeta que solo siguiese las leyes de su capricho, pero los caprichos de un niño tienen una misteriosa gravedad. Dueño ya de su planeta gomoso, se lanzaba por el patio, por la hilera de cuartos, como si saltase por las cabecitas estelares del camino de Santiago2 • La abuela María la Luna voceaba el nombre del infante, cantaba tonadas para congregar de nuevo a los niños perdidos, pero entonces, silenciando los rebotes de la pelotilla, se complacía y reía el gozo de esconderse. Entró en el cuarto de estudio y comenzó a lanzar su pelota coloreada sobre los lomos de los libros alineados por canterias de inteligente voluptuosidad como en los jardines. Al dar la pelota en uno de los nervios del lomo de la piel holandesa, 0 bien rebotaba tan fulmínea, 0 bien perdía su elasticidad en una forma que el garzón se quedaba perplejo en el centro de la pieza de estudio. Entraba su abuela, buscaba la pelota y se la entregaba de nuevo, y el garzón se ensimismaba como si nada de lo que sucedía tuviese un sentido. Salía de su ensimismamiento pegando un saIto y vuelta a correr y a saltar por el patio.

(Paradiso)

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Genoveva Arcaute
Genoveva Arcaute nació en La Plata, en 1953 y siempre ha vivido allí. La sátira es su elemento natural, aún rigiendo el lenguaje poético. Durante la primavera democrática se puso en escena De dulce de leche y de chocolate, obra humorística en coautoría con Jorge Goyeneche, Resultó premiada en el Festival de Teatro Independiente de 1989. En 2007 publicó una novela breve, Mandorla, y el poemario Todas somos Frida en 2010 por Huesos de Jibia. Otros poemas y algunos cuentos también fueron publicados en revistas virtuales. Después vino Diario de inminencia, poemas, en 2015, también por Huesos de Jibia. Sus blogs: www.revista-humor.blogspot.com, www.somosfrida.blogspot.com. En 2019 publicó un poemario: Partes del Simbionte (por Densas Producciones, editora artesanal) y una novela, Kiosko, (por Parque Moebius).

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