Río de Sapos se adentra en Los Tuxtlas, Veracruz —uno de los últimos territorios de selva tropical de Norteamérica—, para seguir a Francisca Hernández, curandera heredera de una tradición familiar de sanación, rituales y sueños. A su alrededor se abre un universo donde vivos y muertos, animales, plantas y fuerzas invisibles comparten una misma cosmología.
Lejos de explicar, la película propone una experiencia sensorial: el paisaje, los sonidos, los cuerpos y las ceremonias adquieren una dimensión narrativa propia, mientras distintas maneras de entender la muerte y la enfermedad revelan saberes que sobreviven al margen de la modernidad. Entre la observación documental y una atmósfera cercana al misterio, Río de Sapos retrata un territorio donde lo cotidiano y lo sobrenatural conviven sin separarse: una inmersión en la creencia, el tiempo y otras formas de mirar y habitar el mundo.

Conversar con el cineasta Juan Nuñch es adentrarse en una forma distinta de entender el cine, el documental: donde la cámara no irrumpe, sino que acompaña; donde el tiempo de rodaje no se mide en semanas, sino en años de escucha, café, comidas compartidas y presencia constante. Tras explorar los universos comunitarios en trabajos como Pies ligeros en la Sierra Tarahumara, Nunch presenta Río de Sapos, un proyecto que transita entre lo social, lo identitario y lo onírico. En esta entrevista, el director nos comparte los entresijos éticos, técnicos y poéticos de hacer cine documental en México.
La entrevista
¿Cómo se genera confianza en comunidades donde la presencia de una cámara podría verse como una intromisión? ¿Tienes algún método?
Juan Nuñch: No sé si propiamente exista un método estricto, pero en las películas y cortometrajes que he filmado, la clave ha sido llegar, preguntar por las personas que me interesan y, una vez que me presentan a alguien, practicar mucha escucha. Tener conversaciones largas, compartir comidas, cafés, cervezas y hacer una presencia constante.
De alguna manera, intentar ofrecer algo a las personas que estás conociendo. En Pies ligeros, por ejemplo, como los corredores Rarámuri no conservaban documentos de sus carreras en los noventas, me dediqué a buscarles pósters, revistas y fotografías antiguas que ni ellos conocían. También les tomaba fotos a sus familias y se las llevaba impresas en cada visita. Si sabía que la cosecha había fallado por falta de lluvia, trataba de conseguirles algunos granos. Eran detallitos simples para tejer confianza.
En Río de Sapos la dinámica fue similar, aunque la gente de ahí es muy cálida y festiva. Como veían que andaba con cámaras, poco a poco empezaron a pedirme que fotografiara sus eventos sociales: me convertí en el fotógrafo de los quince años, las bodas y los bautizos. Abrir las puertas de la casa y de la familia genera un vínculo muy cercano, porque estás creando las imágenes que pronto serán sus recuerdos.
Hablando de la performatividad y los márgenes técnicos, ¿cómo manejas la incomodidad o el poder que ejerce la cámara frente a alguien?
Juan Nuñch: Es de las partes más duras. El momento en que más sufro haciendo una película es cuando le pongo la cámara enfrente a alguien, porque es un ejercicio de poder. Cuando a mí me ponen una cámara en una reunión social, instantáneamente cambio mi pose, mi rostro y sonrío. Todos nos transformamos.
Para llegar a un tono más neutro ayuda mucho la confianza y la participación activa. Yo les preguntaba todo el tiempo: “¿Cómo quieren salir en esta película?, ¿qué les gustaría mostrar de su pueblo?”. Por supuesto, también tomaba libertades de pedirles que repitieran ciertas acciones que había visto hacer en su cotidianidad. Al final, el cine documental y de ficción es una representación de algo que existe, que se recorta y se sesga para entregarse de otra manera. Sabíamos que la cámara generaba fricción; hubo un par de personas que nos dijeron que no querían aparecer, y su incomodidad se respetó. Todo eso se filtra y se cuida desde la sala de montaje.

El diseño sonoro en tus películas funciona como un complemento sumamente potente de lo visual. ¿Cómo articular esa visión con tu equipo creativo?
Juan Nuñch: Con Ignacio Chávez, quien hizo la fotografía, ya teníamos la escuela de haber trabajado juntos en la película anterior. Llegó un punto en el que ya no necesitábamos hablar tanto en el set; bastaba una mirada, un gesto o un pequeño indicio.
Yo estaba muy obsesionado con buscar puntos de vista que transmitieran una subjetividad colectiva o animista. Queríamos reflejar que casi todo nuestro entorno está animado: las plantas, las nubes, el agua, el aire. Casi todo tiene un alma que vibra. El reto era plasmar esa presencia invisible, y para ello el sonido fue fundamental.
El sonido tiene la enorme capacidad de construir espacios sin necesidad de grandes presupuestos. Grabábamos largos pasajes de vientos, tormentas, plantas chocando y un recital de sapos en un lago, además de animales muy de cerca para escuchar sus respiraciones. Buscábamos que la película fuera una oda a todo lo que está vivo —y a lo que entendemos como inerte pero que también habita el espacio—, fusionando la búsqueda social con una atmósfera onírica y mágica.

Aunque el cine documental goza de buena salud creativa en México, a las nuevas generaciones a veces les cuesta conectar con él. ¿Hacia dónde camina esta película tras su paso por el FICUNAM y su próximo estreno?
Juan Nuñch: Es muy cierto. Vivimos un momento prolífico donde se hacen muchos y muy buenos documentales, pero a veces platicas con chavos de 20 años que apenas han visto uno o ninguno. El documental históricamente ha cargado con el estigma de ser el «hermano pobre o aburrido» que quiere enseñar en lugar de brindar una experiencia estética. Pero las películas tienen un momento en el que cobran vida independiente. Antes de ser papá, sentía que mis películas eran mis hijitos: las concibes, las creas, y de pronto te empiezan a hablar, a exigir su propia identidad.
Ahorita estamos en la etapa de distribución, buscando que la obra se vea en cines, cineclubes y museos. Se estrena comercialmente en la Cineteca Nacional el 30 de octubre y tendrá funciones en Guadalajara. Sin embargo, el camino final ya no depende de uno. Ojalá la película logre sobrevivir al tiempo y se convierta en parte de la tradición audiovisual y el legado identitario de las comunidades que retrata.






























