Liliana Bodoc. Foto: Pablo Betancourt, obtenida de Sophia.

Para Gabriela Casalins, otra hacedora de dragones

Entro a la cabaña de El Trapiche, Provincia de San Luis, para mí ahora el corazón batiente de Argentina. Antonio ha ido al pueblo a comprar sal, pimienta y especias a la despensa. No podemos salir a dar un paseo. Hace demasiado frío. Cierra la puerta detrás de mí con una suavidad que no es de este mundo y de inmediato en un gesto de infinita gentileza me dice que cuelgue mi abrigo en el perchero que está junto a la ventana. Rauda, se dirige a la cocina porque sabe que soy matero, que me gusta tomar mate con hierbas, como a ella. De modo que en unos pocos y contados minutos, en tanto yo me acomodaba en la silla junto a la mesa de madera de cedro ha apoyado el termo.  Colma la calabaza con la yerba, le pone miel al mate .Luego comienza a cebar (se ocupa de que el agua esté a punto, ni un minuto de más, ni un minuto de menos, detallista como en los adjetivos) y me ceba el primero. Me detengo en la cabaña de El Trapiche. Observo las ventanas, un torrente de luz que entra por ellas. Diera la impresión de varios arroyos diáfanos y cristalinos. Antonio, que tiene brazos fuertes y vocación de carpintero, luego de su caminata diaria ha lijado una madera que será una tabla para picar puerros, cebollas y ajíes  para preparar esos guisos de lenteja exquisitos que ella cocina como nadie, coronando un día de trabajo, con los ojos algo enrojecidos por la pantalla de computadora. El brillo lunar de la luz que emite la encandila en ocasiones, cuando ha estado demasiadas horas trabajando. Le duelen las vértebras cervicales, las lumbares, como a todo escritor de ley. Yo estoy lleno de preguntas. Viviendo en La Plata, tan lejos de El Trapiche. Siendo su lector pero tan incomunicados salvo por el correo electrónico, alguna llamada, las cartas. Y sin embargo, tan cerca de El Trapiche. Sus libros se han escrito, los últimos al menos, sobre esa mesa, en la que logro desentrañar un Diccionario de uso de María Moliner (el elixir para sacarse todas las dudas). Un Ursula K. Le Guin, probablemente Los cuatro caminos hacia el perdón o El nombre del mundo es bosque o La mano izquierda de la oscuridad (la letra es pequeña, los libros están lejos). Los previsibles Tolkien yacen, sobados, exangües, una inspiración de antaño, en el centro de la biblioteca. Los distingo porque tengo la misma edición y no estoy tan lejos del mueble. Aprecio sus lomos con las huellas de las manos de ella. Luego tomo el primer mate. Está riquísimo. La miel le ha quitado ese sabor agreste que suele tener la yerba, ese que me resulta poco amistoso, casi hostil diría, si uno no la endulza con apenas un poco de miel. Yo también tomo mate con miel. Hasta creo que fue ella la que me inició en esa costumbre. A continuación prosigo mi requisa y detecto sobre la mesa de trabajo un Nicolás Guillén y un Federico García Lorca. Antes de hablar demasiado le pregunto “¿Lorca?”, desconcertado. No porque me parezca un mal poeta, en lo absoluto. Más bien todo lo contrario. Y ella se pronuncia: “Por el fuego”. Claro, he sido un ingenuo en medio de ese maremoto de mis lecturas que se agolpan cuando me pongo a hablar de literatura. He leído el teatro de García Lorca. Buena parte de él al menos. Pero no tanto su poesía. Aquí está el Romancero gitano, bien a la mano, que sí he leído. Y prosigue ella: “Sí. Por la potencia y por el fuego”. Y calla por unos segundos. Como si se hubiera desatado una en el mundo una tragedia. En el universo. Como si hubiera presentido un momento dramático de naturaleza inminente pero que ya ha tenido lugar. Yo estoy pasmado. No era lo que esperaba en un diálogo con ella en este domingo de invierno en el que he llegado en auto (detesto manejar pero no me ha quedado otro remedio). Ella pronuncia un verso de Nicolás Guillén. Y yo escucho, atento, como si estuviera pronunciando unas palabras fundamentales en mi vida. Una llave. La llave para ingresar a un territorio que debo explorar. Un territorio en el mundo que no es de este mundo. Como si pronunciara un ensalmo. A continuación toma un mate ella. Lentamente. De a pequeños sorbos y sin emitir el menor sonido. Ni siquiera un susurro. Yo no tenía en mis planes hablar de nada en particular. Jamás se me pasaría por la cabeza preguntarle por lo que está escribiendo. Me parecería un atrevimiento. Una intrusión o una insolencia. Pretender descorrer el velo sagrado de su imaginación en movimiento. Sentiría pudor de solo pensarlo. Tengo entre mis manos El perro del peregrino. Y también Sucedió en colores. A decir verdad los tengo, los releo desde hace añares. Dos libros a los cuales se suele considerar menores en su el seno de su producción pero por los que yo siento una particular devoción. A El perro del peregrino, por esencial. A Sucedió en colores, nombrándolo con unas pocas palabras, por ser tremendamente poético y de una radical originalidad. Para mí son dos piezas capitales. Dos obras maestras. Dos obras que llegan para decirme lo que necesitaba escuchar para seguir, en este mundo de humo y trueno, de odio e intolerancia. De olvido de lo primordial incluso en los libros por parte de otros escritores. Quiero que me los firme porque no sé cuándo podré volver por aquí. Sé que escribiré sobre ella como ya lo he hecho montes de veces y lo seguiré haciendo de modo incesante, probablemente hasta que la muerte me sorprenda para interrumpirme. Seguramente con despareje suerte. Después de todo, ya tengo 50 años. Un anciano se reiría de mí. Yo me manifiesto escéptico. Pero esta vez se trata de otra cosa. Otra clase de comunicación. De conexión. De auténtica sintonía. No soy un crítico. Soy un lector. No estoy escribiendo teoría. Estoy leyendo sus libros sin pensar en que voy a escribir un artículo crítico. Entonces dice: “¡Lo olvidaba!”. Va corriendo hasta la cocina y trae un pan casero que horneó por la muyh de madrugada cortado en rebanadas. Por supuesto acepto una. Le pido si por favor me puede firmar los libros, con algo de desespero, antes de que me vaya y lo olvide. Lo hace con una lapicera delicada. Dos dedicatorias que no son precisamente convencionales. Quedo pasmado por esas palabras, nuevamente, mágicas. Palabras que solo ella sería capaz de escribir en un libro suyo, para alguien que es quien admira su escritura, quien admira su conducta. Me atrevería a decir: son dos profecías. Yo las acataré. Ella y yo nos entendemos. Luego me pasa los libros, con la mayor sutileza del mundo. Y yo también agradezco con la mayor amabilidad que me han enseñado mis mayores. La tarde se nos va hablando de nuestros hijos. Ella me habla de Antonio. De sus caminatas diarias. Los dos sabemos que no debemos hablar de lo que estamos escribiendo. No lo hacemos. Ni siquiera de mis poemas. De mi libro inédito que acabo de terminar. Es el atardecer. El crepúsculo. Esa palabra siempre me ha gustado. «Crepúsculo». Mucho más que “Atardecer”. Se lo digo. Y ella replica de inmediato, automáticamente, con una infinita lentitud e inspiración: “Puesta de sol”. “Esa me gusta más todavía”, le contesto feliz de su hallazgo, de haber dado con una expresión tan oportuna, tan acertada, tan logrado en apenas unos segundos. Ni siquiera las ha pensado a esas palabras. Han brotado de ella como una inspiración instantánea. Como si fuera la dueña de la palabra.

     Nos despedimos. Pero antes de irme me da un Lorca y un Guillén. Son como dos salvoconductos, como dos contraseñas, como dos talismanes, como dos amuletos. Ella sabe por qué me los ha regalado. Yo todavía no. Ahora en este preciso momento en que estoy escribiendo en ciudad de La Plata estas líneas, donde reside, sí lo sé. Nuevamente nos despedimos, como si hiciera falta hacerlo por dos veces. Arranco dejando saludos para toda la familia. Antes de que doble para la ruta me grita: “¡Tiempo de dragones!”. No entiendo pero no importa. Ya entenderé, como siempre. Como cada vez. Como ahora entiendo. Como en este preciso momento entiendo, en que estoy recuperando nuestro encuentro. Y miro al frente de la ruta. Y aprieto fuerte los libros con mi mano derecha (yo manejo con la izquierda). Los llevaría junto a mi pecho toda la vida, pero no puedo. Me atrevería a decir que son libros sagrados. Y sé que alguna vez regresaré a El Trapiche. Su lugar en el mundo. La Plata, el mío, no el que elegí ni tampoco el que me gusta, pero en fin, el que me tocó por circunstancia de destino, es en el que resido, en el que han residido mis mayores desde siempre, en el que están todos mis tíos y primos, en el que vive mi hija, y ahí escribí mis historias, mis poemas, mis artículos, mi tesis. En fin, aquí está, aún la escucho, la voz que me han descripto de mi bisabuelo mis sus hijos, mi madre, un hombre que seguramente sigue mis pasos de cerca. Un hombre infinitamente bueno. Como mi otro bisabuelo, que murió de muy joven. La bondad en persona. Su hijo, mi abuelo heredó esa misma virtud inclaudicable.

     Doy vuelta la cabeza y la veo entrar, recogiéndose el pelo primero, luego el poncho.

Los dos jugando a que este encuentro ha terminado. Pero sabiendo que no. Que apenas acaba de comenzar.

La Plata, 18 de julio de 2021

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Prof., Lic. y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se difundieron cuentos, crónicas, series de poemas así como artículos críticos de su autoría. Ha realizado el abordaje crítico de letrística de cancioneros. También en México y en revistas de culturales de EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los cuales aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas (trípticos o tetralogías) se publicaron en una revista cultural, de NY. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Participó en carácter de expositor en congresos en Argentina y Francia. Ha dictado charlas y conferencias en forma presencial o vía Zoom. Integró equipos e investigación con sede en su Universidad sobre literatura argentina contemporánea (tema en el que se ha especializado, junto con literatura infantil y juvenil también argentina), o bien estudios de género. Realizó cinco audiotextos en colaboración, aportando los textos, le lectura y la voz. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

2 Comentarios

  1. Gracias, Graciela. Francamente tanto la dimensión poética como ética y política de Liliana Bodoc la vuelven una escritora y una persona imprescindible, aún habiendo partido en 2018. Sus libros permanecen, invictos, empapándonos de sus principios. Un abrazo

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