Imagen obtenida de redes sociales

Alex Pérez Sandoval es músico, productor musical, ingeniero de grabación y diseñador sonoro. Nace en Guadalajara, Jalisco, en el año de 1970. Cuenta con una larga, memorial y extensa carrera musical. Fue baterista de la emblemática banda —considerada para muchos como de culto— Azul Violeta. Formó parte de esta agrupación jalisciense por 25 años, ejerciendo múltiples funciones ‹‹compositor y coautor de temas, ingeniero de grabación y productor discográfico››.

Tras este largo periodo de un cuarto de siglo con el grupo, Alex Pérez ejerce un rol fundamental en el diseño sonoro para otros artistas: Siddhartha, Porter, Juan Son, entre otros. 

Highlights

  • Doble nominación al Latin Grammy (2008 y 2022).
  • Premio Éxito SACM 2023.
  • Fundador del estudio 3er Piso (2004).
  • Instructor de música por la Universidad de Guadalajara.
  • Premio Minerva «Mejor productor 2021» (Secretaría de Cultura de Jalisco, MX).

Pudimos platicar con él para conocer el espíritu de su trabajo per se, y comprender el temperamento que le otorga a cada producción.

La entrevista

“No guardar tesoros donde la humedad, los bichitos los mordisqueen. No guardar tesoros” (Roberto Fernández Retamar, Poesía Escogida, 2025). Dentro de los gabinetes en nuestra memoria, guardamos cronologías emocionales, momentos escritos por el alimento del tiempo; otros más, incluso, son unos monitores en ruido blanco que tratamos de olvidar. ¿Cómo describirías la habitación intimista por tu largo paso en Azul Violeta?

Alejandro Pérez: Es una pregunta compleja, con sabores muy distintos. Han pasado 12 años desde que dejé de tocar con ellos. Esa habitación fue cambiante, y la dividiría en tres etapas:

  1. “Cuando no había disco”. Entré en 1989 por recomendación del Vampiro; yo tenía 18 años. Azul Violeta ya existía y contaba con una historia que incluía nombres como Nacho González (Cuca) y Richie Arreola (Belanova), entre otros, con cierto reconocimiento local. Mi primera participación fue momentáneamente como bajista, siendo Bola Domene (Rostros Ocultos) el baterista. Poco después, Bola se mudó a la Ciudad de México y pasé a la batería. La alineación quedó conformada por Ugo Rodríguez (voz), el Vampiro (guitarra), Pato Domene (bajo) y yo en la batería. Tocábamos un género oscuro y muy ecléctico: por un lado, influencias de rockabilly y folk; por el otro, post-punk. En nuestra música convivían Stray Cats con Clan of Xymox, Tom Petty y Love and Rockets. La voz era grave, a la usanza de Peter Murphy, con letras surrealistas y metafóricas. Era una época en la que, para escuchar algo distinto a la radio nacional, debíamos comprar discos importados gracias a revistas especializadas y amigos que viajaban. Trabajé mucho tiempo como gerente de una tienda de discos importados y mi sueldo se iba íntegro en comprar material del sello 4AD ahí mismo. Distribuíamos nuestra música a través de casetes grabados por nosotros mismos y decorados a mano por Ugo. Había pocas expectativas; lo importante era tocar, aunque escaseaban los espacios. Algunos bares ofrecían los “martes de rock” (porque el rock no tenía un día ni un lugar fijo). Con el tiempo logramos colocar un tema en la radio local, llamado Fortifica tu aliento. Pese a todo, dos nombres ya operaban en otro nivel en Guadalajara: Rostros Ocultos y Maná, ambos con contratos discográficos. Un día, Fher Olvera invitó al Vampiro a Maná (donde Iván González ya estaba y era mi amigo desde niños). Por su parte, Cala, de Rostros Ocultos, hizo lo mismo y nos invitó a girar al Vampiro y a mí; ambos aceptamos. Tuve la maravillosa oportunidad de compartir el escenario con Felipe Staiti —mi admiración y respeto—, quien también fue guitarrista invitado en algunas ocasiones para Rostros Ocultos. Ingenuamente, las tres bandas compartíamos elementos bajo la idea de que era una opción temporal. Los predecibles problemas estallaron tan pronto las fechas coincidieron y los lugares no. El resultado final: el Vampiro e Iván partieron a Maná rumbo a «donde jugaran los niños», Rostros Ocultos buscó una nueva alineación, y yo seguí en Azul Violeta un tiempo más, aunque bastante lastimados. Tras salir del proyecto, me mudé al entonces conocido como DF, participé en un proyecto con Julieta Venegas llamado Lula, y poco después supe que Azul Violeta se había disuelto o pausado.
  1. “Cuando hubo disquera y discos”. Para finales de 1993, el Vampiro e Iván salieron de Maná por razones que no me corresponde explicar, pero nos buscaron a Ugo Rodríguez y a mí para relanzar Azul Violeta. El interés de las compañías disqueras aumentó de manera destacada gracias al éxito de Maná. Tras una buena negociación, grabamos nuestro primer disco en los Real World Studios (Inglaterra) durante octubre y noviembre de 1994, producidos por Richard Blair (mi primer mentor) con un presupuesto muy sólido. Tuvimos la fortuna de contar con un desfile de talento mundial, incluyendo la participación de Tony Levin en el Stick para la canción Prisionero, y arreglos de metales a cargo de Alex Gifford (Propellerheads). Recibimos la visita de Peter Gabriel y Sir George Martin, con quienes conversé; King Crimson eran nuestros vecinos, con quienes cordialmente convivimos y fuimos al cumpleaños de David Botrill, su productor. Sí, todo demasiado bueno para una banda en su primer disco. El éxito fue moderado, pero suficiente para grabar un segundo material y realizar una gira que abarcó desde Chile hasta Estados Unidos. El éxito de Globoscopio (1996) fue más destacado y consolidó a Azul Violeta en la escena del rock mexicano, especialmente con la canción Tu luz. El punto álgido llegó cuando abrimos, junto con Julieta Venegas, las dos noches de despedida de Soda Stereo en el Palacio de los Deportes, a finales de agosto de 1997. Sin embargo, a finales de 1997, el Vampiro decidió que Azul Violeta tampoco era su banda y, tras recibir una oferta, aceptó irse a Jaguares. Para 1998 grabamos otro disco en Nueva York en coproducción con Didi Gutman (mi segundo mentor). Fue una experiencia invaluable en estudios de Manhattan, mezclando con el increíble Jason Corsaro (Madonna, Duran Duran, A-ha), que incluyó un show de Bebel Gilberto en el piso 107 del Greatest bar on earth en las Torres Gemelas, donde Didi era tecladista. Además, contamos con la participación de Paco Huidobro (Fobia) como guitarrista, quien aportó un sonido brutal. No obstante, Mini/Multi (1998) enfrentó severos problemas de promoción, sumados a la crisis en la venta de discos físicos, el auge de Napster y la incertidumbre total sobre el futuro de la industria. En el año 2000, por razones de salud, Iván hizo una pausa en los escenarios y Yuri (nuestro bajista) salió poco después. Acabé produciendo un disco a solas con Ugo Rodríguez titulado Contacto (2002), el primero bajo mi cargo total. Nuevas diferencias surgieron y, esta vez, fui yo quien salió de la banda.
  1. “Cuando fingimos la despedida y regresamos”. Durante 2008, Iván González nos convocó para un concierto anunciado como “La despedida de Azul Violeta” con los miembros originales. Tan pronto llegué al camerino me di cuenta de que no era ninguna despedida. Aunque ni siquiera estaba en mis planes, me obsesioné con publicar la grabación de ese concierto y, con mucho trabajo, logré sacar un disco en vivo que llamé Despedida fingida, algo que al resto no le agradaba del todo. Una vez más, el Vampiro se fue rápidamente, pero los cuatro restantes decidimos hacer un disco nuevo. Lo público y lo privado fue un proceso complejo de más de un año donde cada integrante produjo dos canciones y dos más fueron un trabajo colectivo. La distancia de criterios se percibe entre tema y tema. La gira comenzó y una nueva etapa caminaba, pero personalmente ya no se me percibía en la banda como yo esperaba, lo que generó mi separación. Después de 25 años, con sus pausas, el ciclo se cerró para mí.

Hablemos precisamente de esta banda. La considero como un testimonio anacrónico y poético; algo complejo para el oído popular, pero representativo para un segmento social que comparte idílicamente una pertenencia cultural. ¿Cuáles eran esos brillos ocultos o esas narrativas secretas que envolvían místicamente al grupo?     

Alejandro Pérez: Es cierto, durante bastante tiempo nos dijeron que nuestra música no parecía pertenecer a esos tiempos. Si escuchas la discografía completa, hay mucha distancia entre las producciones; Azul Violeta siempre fue una banda camaleónica. Todo dependía de la alineación y el rumbo que tomaban las canciones. Éramos jóvenes y nos gustaba decir que la banda funcionaba como un taller, un espacio para expresarse y, sobre todo, para aprender. No había censura ni un rumbo definido; cabía de todo en teoría, aunque pocas cosas lograban la aceptación de todos. Al principio vivimos una etapa de aprendizaje, confusión natural y la fortuna del asombro que tiene el aficionado conociendo nuevos géneros; esa hermosa capacidad de impresionarse que hoy tanto se extraña. Tal vez nos faltó ser más contundentes y sensibles a lo que al público le había gustado de nosotros.

Tuvimos grandes maestros: Richard Blair (Sidestepper), con quien trabajamos los primeros dos discos (América y Globoscopio), quien me enseñó sobre producción, la actividad real en el estudio y el manejo del sampler, construyendo incluso un estudio desde cero en un cine abandonado en Ajijic. Y Didi Gutman (Brazilian Girls), con quien vivimos esa experiencia neoyorquina de alto nivel. La época de EMI fue como mi universidad: llena de aciertos y errores. Definitivamente pudimos haberlo hecho mejor, pero al interior de la banda no existía esa unidad sólida que da la comunión de criterios. Tal vez aprendimos a diferente velocidad y eso nos hizo sentirnos ajenos entre nosotros. También es importante reconocer la diferencia entre nuestros caminos. Todavía tenemos contacto afectuoso. Me quedo con la gran amistad y el respeto a la memoria de todo lo que logramos juntos. 

El propio Bruce Springsteen, leyenda del rock norteamericano, comentaría que, cuando compuso el álbum Nebraska en 1982, obedecía a lo que socialmente estaba ocurriendo en esos años en Estados Unidos: “Me dejaba llevar por lo que flotaba en el aire”. ¿Qué tanto consideras que la obra de un artista obligatoriamente debe ser un termómetro social?

Alejandro Pérez: Por un lado, es inevitable ser espejo de los tiempos, incluyendo fantasías, fotografías, anhelos o carencias. Hablar del futuro también delata nuestra posición en el presente. Por supuesto que existen los extremos, y aunque respeto la decisión de quienes imprimen un peso político o moral a su obra, en lo personal me siento mucho más libre abordando cualquier tema desde un punto de vista más fantasioso o imaginativo.

“Escucho la música, proviene de mí, la escribo para que nadie la lea” (Michael McClure, Los Beats en Generación, 2020). Extendiéndonos un poco más sobre la obra —guardada o pública— de un artista. ¿Cuáles crees que son los atributos creativos para el éxito comercial en una agrupación o solita?   

Alejandro Pérez: Esta es la pregunta más compleja de todas. Empiezo por aclarar que hablo únicamente desde mi opinión, respetando tanto a quienes piensan igual como a quienes no. El “éxito comercial” empieza por ser relativo. El techo comercial y la cantidad de dinero que genera cada género musical son muy distintos; al jazz, por ejemplo, el éxito masivo le importa un cacahuate. El público no está obligado a que le guste nada ni a valorar el esfuerzo de creación del artista; simplemente opina, le gusta o lo consume, o no lo hace. Para alcanzar ese éxito, los atributos creativos son solo uno de muchos factores. Arrancamos con el debate de definir una “buena composición” (con o sin letra, aunque por lo general la letra vende más, con infinidad de excepciones). Este concepto varía según el género, ya sea masivo o exclusivo. A esa composición inicial se suman atributos más difíciles de definir: la expresión, la personalidad, el carisma y la empatía. Hacia la publicación se requiere también de un buen master (cuyos requerimientos técnicos varían radicalmente entre el EDM y la música orquestal, por ejemplo). A todo esto, se añaden el timing (el momento adecuado para su publicación), el presupuesto, el marketing, los contactos, tu equipo de trabajo y su posterior confirmación a través de un espectáculo en vivo que esté a la altura. Los atributos creativos son muy importantes, pero forman parte de un engranaje mucho más amplio.

Pasemos a tu prolija carrera de productor musical. La tarea es fascinante, es la de confinarte y descubrir en el vientre de la luna como elemento y símbolo —a la vez— la inspiración profunda de un músico. Pero no sólo revelas, sino que buscas la identidad entre el balance onírico, sonoro y sentimental en los temas, álbumes o canciones. Que nos podrás comentar sobre ello.

Alejandro Pérez: Me encanta la pregunta, podría ser parte de una letra. Primero, me gustaría comentar que mi inicio en la producción no fue tan poético. Hacia el 2000, mi contrato de artista exclusivo me dejó bajo la condición de «congelado», sin poder cambiar de grupo ni emprender como solista. Solo me quedaba producir para alguien más. Esencialmente, se trata de ponerse la camiseta de un equipo por temporada, conocer, aportar, aprender y pasar al siguiente. El aprendizaje fue vasto y me fascinó la posición, pues incrementó mi círculo de colegas y me demostró que el éxito se sostiene bajo una pirámide de fracasos. Tomando a veces el riesgo de decir “sí sé hacerlo” la primera vez —así comencé a producir mariachi—, encontré en la producción musical un espacio de enorme satisfacción.

El trabajo en conjunto con Siddhartha es el testimonio de lo que platicamos. No bastó la confesión de la empatía, la transfiguración de las ideas, o la medida de deseo para lograr los objetivos trazados; creo que va más allá de todo esto. La complicidad, en general y, a fuego creador, es eminentemente perceptible. ¿Cómo han lograron esta armonía?

Alejandro Pérez: Hay una historia larga y bella de nuestra amistad, cimentada en el respeto y la admiración. Siddhartha es un ejemplo a seguir en muchos aspectos; nos conocimos en 1995 cuando se incorporó al crew de Azul Violeta, antes de emprender su ruta como baterista de Zoé y luego en solitario. Él siempre ha sido muy trabajador, tenaz y disciplinado para cuidar su carrera. Ambos tuvimos que dar una vuelta muy larga de aprendizaje para que se diera de nuevo el momento idóneo de trabajar juntos en 00:00, una canción nominada al Latin Grammy y cuyo premio Éxito SACM fue un abrazo enorme del público. Después vino el EP Miel de azar —donde Acapulco también fue nominada al Latin Grammy— y luego un proceso de dos años en total, pero trabajando sólo dos meses intensivos para concebir desde el silencio el álbum Radio Nostalgia. Del cual me siento muy orgulloso. Gasten su tiempo en oír todo, hay para un gusto amplio.

En caso en particular y, desde el pabellón de la barandilla con el grupo Porter, tu oído creativo parte al escuchar desde la raíz una maqueta, el proceso vitamínico de nutrir un sonido, y gestarse finalmente bajo un sol quemante donde tienen un público que los sigue-escucha-permanece. ¿Cuáles fueron tus funciones con este conjunto?

Alejandro Pérez: Porter no tuvo un origen normal; las situaciones nos pusieron juntos sin un pasado previo. Fui coautor, productor musical, ingeniero de grabación, mezcla y master de varios de sus discos, e incluso cumplí funciones de manager, agente de booking y publishing. Llegaron al estudio (3er Piso) alrededor de 2004 gracias a un concurso musical, Fer de la Huerta ya era mi amigo. La primera canción que hicimos los llevó al Auditorio Nacional sin haber tocado antes en un solo bar o club. El segundo paso fue crear Donde los ponys pastan, un éxito absoluto que los catapultó del anonimato a convertirse en una banda de culto sin tocar en vivo todavía. Zoé los invitó a abrir sus conciertos y después vino el Vive Latino, donde se consolidó el fenómeno. Su segundo disco, Atemahawke, llamó la atención en otros niveles: abrieron para The Strokes, Red Hot Chili Peppers y Phoenix, ocupando el escenario principal del Vive Latino y realizando giras y apariciones internacionales. Todos pensamos que se convertirían en la próxima gran banda headliner de México, pero no fue así. Paralelamente, al interior se vivía un infierno que precipitó la salida de Juan Son en 2006, quien ya estaba fuera de la banda mucho antes de su último show de ese periodo debido a sus grandes diferencias musicales. Coescribí con él Mermaid Sashimi, grabé todos los instrumentos (invitando únicamente a un tío para los violines), hice la mezcla, participé en algunos shows y no volvimos a vernos por otra situación. Porter entró en pausa hasta Moctezuma, donde contribuí coescribiendo letras y melodías para hacer posible su regreso. Con ellos trabajé posteriormente en Las batallas, Cuxillo y La historia sin fin, además de coescribir, grabar y mezclar David y Goliat para David Velasco.

Tu proyecto personal me remonta precisamente a la dirección del pasado, al subconsciente humano en el cual se activa algún momento, algún suceso o estación de la nostalgia. Hace comprobar que el sonido analógico te ampara de la velocidad del mundo digital. Compártenos información de la propuesta.

Alejandro Pérez: Este proyecto realmente nació de una revisión a los leftovers y no tiene ninguna pretensión. La verdad es que tengo mucha música guardada en la computadora cuyo único destino evidente era la desaparición. Algunas son ideas que originalmente eran para otros artistas, pero decidí no mostrar y conservar, otras son sonidos que pasaron por mi cabeza y bajé al mundo material, o bien simples ejercicios mentales. No sé si algún día lo presentaré en vivo; hoy me sirve, como mencionaba antes, para reflejar mis propios tiempos. Es muy satisfactorio concretar y terminar las ideas para evitar que se queden confinadas a esfumarse electrónicamente.

Finalmente, y para cerrar. ¿Puedes sugerirnos algunas recomendaciones musicales de 3er Piso? ‹‹estudio de grabación y espacio de producción musical››.

Alejandro Pérez: Voy a hacer tres recomendaciones de la escena de Guadalajara:

  1. Siddhartha – Radio Nostalgia: Una conexión del mañana al ayer a través de la música; un viaje a lugares y tiempos conocidos, pero no visitados antes. 
  1. Píldora – Para que la vida siga: Una agrupación verdaderamente joven que irradia energía con influencias de funk, rock y disco.
  1. Manu Jart – Hear me now: Un proyecto solista en spanglish con influencias pop y rock, temas muy cantables y una gran actitud positiva.

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