Siri Hustvedt

Celebré el Premio Princesa de Asturias 2019 a la escritora norteamericana de origen noruego Siri Hustvedt. De hecho hice circular por mis redes parte de su discurso de entrega de dicha premiación. Se ha revelado como una gran novelista, una insular poética y una ensayista relativamente frondosa. Les propongo en un sumario itinerario entonces recorrer este corpus ensayístico, asociado a la investigación y el discurso argumentativo en una exposición, en una evaluación y en un saldo.

     En efecto, tiene, hasta donde estoy informado, tres libros de ensayos o no ficción (como los denomina ella): La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (2010), Vivir, pensar, mirar (2012) y La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres. Ensayos sobre feminismo, arte y ciencias (2016). He leído los tres. Al primero releído.

     No quisiera ser terminante respecto de mi opinión sobre su producción ensayística. Pero sí quiero ser honesto. Lo que entrañará varias objeciones a su trabajo y la forma de editar sus libros, así como una serie de virtudes que, efectivamente sí detecto en torno de esta rica producción orientada al universo de las ideas.

     El primer defecto que percibo en los libros de Siri Hustvedt, excepcto en el primero que mencioné, La mujer temblorosa la historia de mis nervios, consiste en que el resto está constituido por una colección de apuntes inéditos, conferencias, artículos publicados en revistas científicas en forma dispersa, reflexiones, notas autobiográficas, en blogs que luego amplía, trabajos sobre arte, fotografía que pueden o no haber sido preparados para intervenciones públicas, pero por lo general así ocurre. Ella en el segundo de los libros que acabo de mencionar, afirma que aspira a que los trabajos que contiene su libro, sean leídos como “ensayos” al estilo de  los que escribía Montaigne. Ahora bien: ¿realmente se ajustan a ese arquetipo en cuya tradición ella aspira a inscribirse? ¿o son acaso las pretensiones de alguien que acude a esa definición a falta de mejor nombre para una miscelánea que en ocasiones carece de toda fundementacin cifrada en esos términos que Montaigne sí respetó? De lo argumentativo salta a apuntes autobiográficos inéditos sin solución de continuidad.

En segundo lugar ¿no les parece mucho aspirar compararse con Montaigne, por más dotes de novelista, ensayista y poeta que uno posea? ¿con un clásico de semejante portento? Finalmente, ¿qué necesidad tiene de compararse, acudir a un referente europeo (regresaré sobre este punto, recurrente en Hustvedt) para definir su producción argumentativa o incluso sus notas autobiográficas? Desde mi modesto punto de vista peca de grandilocuencia y petulancia. Por no decir, en el territorio de las posiciones emocionales, arrogancia. Por añadidura, se adscribe a una tradición que no es la más ajustada. Diera toda la impresión de que Hustvedt, urgida por la necesidad de definir su producción ensayística, se ve en un callejón sin salida que procura resolver de este modo procurando acudir a un referente célebre. Pero ¿efectivamente lo logra? ¿se ajusta a él de manera exitosa?

     En lo relativo a esta producción, el único libro pensado como tal, bajo la forma de un ensayo completo, de una investigación transdisciplinaria (punto virtuoso, lo adelanto desde ahora mismo en Hustvedt) es el primero de todos ellos, La mujer teblorosa o la historia de mis nervios. Es un libro complejo, documentado, fundamentado, con pinceladas autobiográficas que explican el salto que da de novelista a ensayista en temas de neurociencia, psiquiatría, psicología, psicoanálisis y neurología. En tal sentido, teniendo en cuenta que es una ensayista, que el resto de sus libros sean una compilación de una material disperso, una miscelánea, que han sido concebidos por lo general no para libro sino para sus intervenciones públicas, por más que ella los haya trabajado desde el plano de la escritura para ser luego reunidos en volumen cuando estaba tenía en mente darlos a conocer como tales, no le quita una heterogeneidad que atenta contra la unidad interna del libro.

Ella naturalmente que, como es una mujer inteligente, culta, preparada, sabe perfectamente cómo hacer de un conjunto de notas o conferencias dispersas un libro. No es alguien carente de conocimientos librescos desde la perspectiva de una escritora, acerca de cómo debe proceder para que un libro sea concebido como tal, armado, organizado para serlo sin carecer de un orden, de una lógica coherente y cohesiva. También, por su formación académica, posee una metodología del trabajo intelectuaol. Asimismo, todos los escritores estamos girando por lo general en torno de dos o tres obsesiones (además de campos de estudio), circunstnacia que colabora para que Husvedt esté en condiciones óptimas de realizar su anhelado objetivo de volver libro de ensayos un conjunto de escritos dispersos (y por cierto desparejos, además de por su distinta extensión, particularmente el segundo de ellos, de disversa fortuna). Por otro lado, son claros los dominios a los cuales ella se ha consagrado o está consagrada: el universo de las artes plásticas o el arte en general (sobre el que escribe no siempre de modo técnico sino a partir de impresiones careciendo de un metalenguaje de la disciplina además de una historia de ese arte en particular; por citar un caso, la danza y el cine, artes que ella no maneja en profundidad: esto es, invade disciplina con una ligereza sorprendente).

Decir que escribe sobre “arte” es una palabra demasiado amplia (y demasiado ambiciosa si uno aspira a hacerlo con seriedad, requiriendo ser un experto y no incurrir en improvisadas notas insustanciales, por más que uno disponga de una pluma virtuosa, además de una formación académica de base y saberes acerca de otras artes o ciencias). Lo cierto es que sus conocimientos sobre “arte” me parece que también resultan tan pretenciosos como afirmar que sus escritos deben ser leídos como “ensayos”, cuando algunos de ellos son notas autobiográficas, fugaces, inéditas, familiares o bien conferencias dictadas en ocasión de congresos, jornadas o eventos científicos a los que ha sido invitada como disertante. El otro campo al cual se ha consagrado (y esto en grado superlativo), son como dije las neurociencias. De modo que tenemos aquí un campo de estudios que en directa relación con la apreciación e interpretación sobre el arte, a mi juicio, si bien de él puede echar mano, no menos cierto es que divergen de modo notable. En este sentido, ella es coherente con sus hipótesis y sus convicciones: no hay ciencias blandas y ciencias duras. Hay una serie de estímulos para la mente (para el intelecto de la mano de la emoción, de consuno) a los cuales se ajusta con el objetivo de, a partir de tomarlos como puntos de partida, escribir. Y también cuestionar. No merecen ni deben ser comparados valorativamente. Y tanto vale una obra de arte como un teorema o un descubrimiento científico. En este punto acuerdo con ella definitivamente.

     En el primero de sus libros de ensayos se rastrea el origen de su inquietud por las neurociencias. Una afección o síntoma que padeció que consitía en que cuando le tocaba hablar en público comenzaba a temblar de modo compulsivo y exagerado, al punto de tener en ocasiones que interrumpir su alocución o de realizarla con suma dificultad. Convivía aterrada con este síntoma, mucho más siendo una escritora que debía presentar sus libros, firmarlos públicamente, dictar conferencias, intervenir en congresos, en mesas redondas, en muestras de arte como expositora a propósito de tal o cual artista o bien de un movimiento estético. Esta génesis resulta interesante y valiente. Siri Hustvedt, de un problema personal, de una, llamésmole así, afección, de una dificultad de naturaleza privada (si bien ya era público su síntoma porque era, ante todo, de orden contastable), se lanza tras una investigación creativa, luego de un itinerario por toda una serie de especialistas y de expertos en diferentes terapias que le dan un diagnóstico errado.

De modo que no solo es valiente en el hecho de exponer y exponerse en sus zonas más vulnerables, sino, con habilidad (en el mejor sentido de la palabra, no especulando con ello), escribir un libro no sin antes, de modo intrépido, incursionar por la gran aventura del conocimiento y el estudio a fondo.También acudiendo a reuniones científicas. Inicia entonces todo un proceso formativo en torno de las especialidades ligadas a  la ciencia que acabo de enumerar, o bien el psicoanálisis, si es que puede ser considerado una ciencia en sentido estricto, en virtud de que contiene dimensiones fuertemente humanísticas. En tal sentido, Hustvedt se servirá y se aferrará de manera intensa a estas notas humanísticas de la ciencia cuando las encuentre. Son, en definitiva, las pequeñas zonas que le son propias en un territorio en el que resulta ser una intrusa. Serán su pasaporte a una tierra que es la de origen, de la que partió: la de las humanidades y el arte. También cabría sumar a ello con la suma de una perspectiva académica.

     En su favor indudablemente no caben dudas de que es trabajadora, estudiosa, formada en el campo humanístico y luego el científico desde un particular lugar, una enunciación y una formulación de hipótesis que no son las de un científico en estado puro, y he aquí lo más rico de su trabajo y de sus aportes. Son los de una escritora con formación de base académica con un posgrado en literatura inglesa por Columbia University (EE.UU.) que se introduce de forma muy intensa en el unvierso de las ciencias o neurociencias ligadas el orden del pensamiento, las psicopatologías, los modernos descubrimientos sobre la mente (en torno de los cuales parece estar muy actualizada, como si de modo permanente leyera bibliografía reciente acerca del tema).

     De modo que tenemos a una escritora, a una Dra. en literatura inglesa, formada en una muy buena Universidad de NY, feminista por convicción (así lo declara al menos), lo que la sitúa, dicho sea de paso, en una particular relación con el conocimiento (crítica, en general del aquel del pasado, pero también del actual, en el que detecta a decir verdad pocos cambios), toma distancia de los científicos, de los saberes a cuyas conclusiones ella misma arriba, sobre la relación entre el universo masculino hegemónico patriarcal, androcéntrico, que percibe en el campo de las ciencias, la desautorización de la que suelen ser de modo sistemático objeto las mujeres (como suelen serlo en el arte, dicho sea de paso), en particular si son bellas y además brillantes en el universo de las ciencia (uno de cuyos ejemplos cita). Y su posición tomada en tal sentido. Así, yo sí diría que es feminista. Pero no en el sentido militante, fuerte, potente, convincente, militante, en el que lo son o lo fueron figuras como Simone de Beauvoir (a la que ella cita en numerosas oportunidades),  Susan Sontag (a la que, como veremos también cita en abundancia) o Adrienne Rich (a la que no cita), entre otras. También científicas, antropólogas, zoólogas o botánicas, esto es, del orden de los conocimientos de la naturaleza no solo humana. Porque en más de una oportunidad se referirá a la vida en el planeta y a la opinión que de ella han manifestado las mujeres desde sus puntos de vista.

     Ahora bien, regresemos a La mujer temblorosa o la historia de mis nervios. Siri Hustvedt comienza entonces desde ese comienzo a apasionarse en lo que comienza por ser una mera curiosidad (porque se compromete con una cura y porque no tolera la prepotencia de la corporación médica) y deviene profunda investigadora, se documenta, profundiza. Comienza a participar de grupos de estudio en instituciones científicas “como única artista o escritora” (punto que subraya y ratifica en más de una oportunidad, como un privilegio, un gesto presuntuoso o una conquista: esto es, el rasgo de una exclusividad, algo que la desmarca respecto de sus colegas escritores, a secas, solo consagrados a leer literatura y a lo sumo crítica y teoría literarias). Confieso que en este punto (como en otros), esta jactancia de exclusividad me resulta irritante. También se refiere a su capacidad de interpretar obras de arte, o bien a que en los últimas “diez años” se ha dedicado a escribir sobre arte (en particular en su segundo libro menciona este punto, al pasar, no en un ensayo sobre el tema), lo que por otra parte no es cierto, porque ha escrito sobre literatura, teoría literaria y la caudalosa neurociencia. De modo que aquí hay un punto en el que Siri Hustvedt me parece que peca no solo de contradictoria sino de soberbia. Pretende ser la exclusiva interpretante de arte, de neurociencia, además de la novelista o la artista en el medio de la corporación científica, que la admite en su selecta comunidad de miembros.

Esta admisibilidad habría que ver bajo qué términos tuvo lugar. Si ella asiste para callar. Si ella interviene activamente con la intención participativa de tomar partido y elaborar una crítica severa que hasta puede poner en situaciones incómodas a los científicos ¿Se atreverá a tanto Hustvedt? ¿a desautorizar a un científico? ¿o se atreverá a más cuando se encuentre formada o más formada? ¿hasta qué punto admitirá ser descalificada por una mente científica que podría quitarle legitimidad con facilidad, excepto que ella especule con sus charreteras de novelista exitosa, de esposa del notable escritor Paul Auster (que no oculta jamás sino menciona con orgullo y hasta cita, en particular en el segundo libro, fragmentos de La invención de la soledad, 1982), acudiendo a su doctorado, esto es, a su formación académica que tanto puede valer, pese ser una “ciencia blanda” como la crítica literaria. Estas son todas preguntas con las que abro el jugo para dialogar con el lector (si no con la misma Hustvedt o los expertos en su corpus), no pretendo responderlas ni resolverlas. Tampoco que estos tres libros lo hagan. Son reflexiones.

Meditaciones que de modo sugestivo ensayo (precisamente) para que el lector mismo, invitado a leerlas, se interne en sus libros con afán de  pensarlas desde estas hipótesis de lectura que planteo o concibo. No estoy en condiciones de realizar una confirmación o comprobación taxativa de lo que estoy diciendo. No conozco tanto a la autora y a sus recorridos por los territorios de los debates cinetíficos en los que suele intervenir. No es una escritora argentina ni latinoamericana. No es una hispanoparlante. Apenas cita a Borges en su segundo libro de ensayos como único autor latinoamericano (otra vez los marcos de referencia alojados por fuera de un continente que no sea Europa). Hustvedt, si bien la tengo bien leída, está demasiado distante de mi mundo y de mis intereses. La leo en traducciones para colmo castizas, españolas, ni siquiera argentinas. Está ubicada en un continente que no conozco más que por libros o por publicar en sus revistas académicas o culturales en español. Si bien mi acercamiento a ella es cada vez mayor. Porque ya he escrito sobre ella.

     En un artículo preliminar a este formulé las primeras objeciones de estas mismas en las que aquí me explayo y una editora, como subtítulo a mi artículo escribió: “Está claro que que a Siri Hustvedt su paso por el posgrado la benefició”. Eso era, precisamente, todo lo contrario de lo que yo aspiraba a demostrar. Es más, era el punto débil que esta editora afirmó como una virtud. La amedrentó el prestigio de Hustvedt. Tembló frente a su prestigio. En lo personal como no me considero un admnistrador de celebridades o fracasos, no siento ese mismo complejo. Además de que por mi formación no temo polemizar, si fuera necesario, con Hustvedt desde el territorio de la metodología del trabajo intelectual, la interdisciplina (por realizarla creativa y a nivel de mis estudios e investigacions) y tampoco temería debatir acerca de lo que se infiere de sus libros, que está tan claro que resulta meridiano. De todas formas, esta (la del debate configo) es una circunstancia que en carácter de hipótesis dudo mucho ella estuviera interesada. Seguramente daría en pensar que soy un ignoto escritor, crítico y Dr. en Letras de América Latina, de una Argentina más ignota aún, de una ciudad de provincias, aunque provenga de una buena Universidad y tenga una carrera como investigador tras mis espaldas. Motivo por el que no merezco su atención polémica. O quizás sí asumiría ese reto. En este ejercicio de imaginación sugiero no llegar a lo descabellado. Pero sí sería posible, dadas las circunstancias en que estoy poniéndola en cuestión. Arrinconándola.

    El otro punto que sí me parece machacón innecesariamente y en lo pesonal me perturba (tal vez porque yo mismo estoy doctorado y no estoy recordándolo a cada rato o haciendo referencia a mi formación académica salvo en casos puntuales, cuando me presento frente a un auditorio por lo general hostil o bien cuando estoy por realizar una intervención pública particularmente conflictva y conviene una legitimación institucional además de la comprobación de un recorrido a fondo por un campo de estudios y o de haber adquirido un bagaje de conocimientos sistemático proveniente de una disciplina) es su permanente alusión a que tiene un doctorado por Columbia University, la descripción de la defensa (de hecho ese momento de la defensa es narrado en el segundo de sus libros que aquí cito, hay una narrativa de la defensa), el modo en que insiste en que participa de reuniones académicas o de producción de conocimiennto científico, de que circula por Universidades del mundo entero exponiendo sobre este tema, de que fue la única académica en literatura invitada a una mesa de una Universidad en carácter de expositora siendo toda también de científicos, desde la Sorbonne hasta la misma Columbia University. Esta persistencia resulta molesta, incluso fastidiosa en un punto. A mí en lo personal que me lo recuerde con frecuencia me termina por reusultar redundante.

En lugar de apreciar su esfuerzo percibo su necesidad de exhibirlo. Circunstancia que, ella sí, es cansadora. No es necesario jactarse de un doctorado, a menos de que uno sea una persona tan insegura que se refugie en sus diplomas para sentir que debe ser admitido como una autoridad porque ha pasado por un posgrado. Este es un momento débil de sus libros, un desacierto, apuntes pocos felices, evitables a mi juicio. La desfavorecen, la exponen a una zona de la experiencia de la escritura ensayística en la que un escritor no debe probar quién es más que argumentando en sus ensayos en torno de hipótesis o ideas, un universo semántico.  Ya todos sabemos que está doctorada por Columbia University. Que ha leído teoría literaria, crítica literaria, lingüística, probablemente análisis del discurso, de seguro ha estudiado lenguas clásicas, literaturas extranjeras, filología (si bien a no todas especialidades ella hace referencia, pero todos sabemos que un posgrado en literatura inglesa las presupone). Probablemente cultura y literatura europea o inglesa. En fin, por lo que se sabe a un universitario le tocará atravesar hasta conquistar su diploma para alcanzar un doctorado.

     Y el otro punto que sí señalaría definitivamente como una grave falta en Siri Hustvedt es que aspira a ser referenciada según un canon europeo y no uno de su país. Todos los autores, bibliografías, citas de autoridad, son europeos. De hecho su tesis doctoral es sobre el inglés Charles Dickens, a quien defiende a capa y espade frente a pretendidas acusaciones (a su juicio) de tener un discurso transparente, sin opacidades que lo vuelvan interesante o, acaso, complejo. Siri Hustvedt sosntiene que Dickens es un escritor interesante, tanto como para detenerse en él, hasta el límite de motivar una investigación para trazar hipótesis de lectura originales sobre su corpus.

     Considero que el mérito mayor de Siri Hustvedt entonces, como dije, es que, desde su patología, padecimiento, afección o problema de salud, como prefiera llamársele, luego de su internación en el prestigioso Hospital de NY Mount Sinaí, con valentía, con coraje sale públicamente al ruedo y recrea esa experiencia dolorosa, incómoda o traumática (como lo hará con otros ejemplos), asumiendo el riesgo de exponer y exponerse públicamente bajo la forma de un libro de naturaleza sistemática, de investigación y también de realizar  conferencias, para promover creativamente la producción de libros espléndidos y documentados, que han requerido formación e información. En este punto Hustvedt es inobjetable. Se ha ocupado de formarse e informarse, de producir e intervenir en reuniones científicas defendiendo sus puntos de vista, haciéndose un lugar a empellones seguramente, sin descuidar la literatura (punto clave a mi juicio, ella no se desentiendo de su arte), hasta que sus recononocimientos, sus premios, sus libros y su experiencia en estos temas le hayan granjeado el respeto suficiente como para ser admitida en el difícil reino de los varones científicos para ser capaz de ser escuchada sin chistar y sin ser interrumpida.

Habrá hecho falta prestigio, publicaciones, una imagen pública construida mediante distintas estrategias de autora, premios, docencia en instituciones de lujo y un reconocimiento igualmente derivado de todo lo anteriormente citado. En particular las publicaciones, los libros y la participación en debates específicos hasta que no cupieran más dudas acerca de sus capacidades. De que no quedara más remedio de ser ineludible invitarla a estos eventos científicos como una autoridad para dar su testimonio o bien para exponer conclusiones acerca de sus estudios. Fuera o no simpático a sus compañeros de mesas redondas. Pero los organizadores sí suelen quererla allí para escuchar su testimonio. Incluso para participar en debates. Por otra parte, alguien que escribe buenas novelas, de un alto nivel de perfección, personalísimas, que se formula preguntas en torno de otros temas, no solo los científicos, que publica o reflexiona sirviéndose del pensamiento abstracto para aplicarlo a su propio campo, que escribe también sobre crítica de arte, por analogía cuenta con la ventaja de probablemente ser considerada una autoridad en ese campo especialmente si con el tiempo su formación se profundiza más aún. Lo que de hecho así tuvo lugar en el caso de Siri Hustvedt y todo promete que proseguirá en esos términos. No hace falta más que leer su último libro de ensayos para percibir el modo como los conocimientos y el discurso científico ha sido sistematizado y a esta altura ha decantado en relación con el primero, La mujer teblorosa o la historia de mis nervios, más inmaduro, si así se quiere. Ella estaba dando sus primeros pasos. Recién había comenzado su formación sistemática.

      Por otra parte, hay dos circunstancias de orden vital que no quisiera dejar pasar. En primer lugar que se psicoanaliza dos veces a la semana con una analista que maneja la teoría psicoanalítica a la perfección, al dedillo. Con ella debate, se informa, se confiesa, habla, saca conclusiones, la interroga, se asombra, disipa dudas, es orientada en cuanto a lecturas o se la esclarecen corrientes de pensamiento. Debe tratarse indudablemente de una autoridad la profesional a la cual ella acude. Una nueva instancia de exposición de Siri Hustvedt. No teme confesar que asiste dos veces por semana a una terapia con total naturalidad, sin experimentar ninguna clase de vergüenza ni de reparo. Este punto no siempre es frecuente. Hay personas que ocultan o niegan que asisten a consultas psicológicas o psicoanalíticas o psicoterapias. No digamos ya si son psiquiátricas. Y a Siri Hustvedt pareciera tenerla muy sin cuidado la opinión ajena o la exposición pública en torno de este aspecto. Asimismo, parece estar muy interesada en el psicoanálisis, en dialogar acerca de él, en ver qué efecto produce sobre ella, en verlo en acción, no solo en leerlo, por lo que deja entrever a lo largo de todos sus libros.

Pone el acento en las nociones de “transferencia” y “contratransferencia”. En el modo como se dan no solo en el seno del consultorio sino más ampliamente en la vida de la socialización o la vida privada. Ella ha atravesado por multitud de terapias por su problema. Pero también es capaz de asumir que hay un trabajo consigo misma en el que aborda su propia subjetividad sin cubrirlo de un manto de silencio o de invisibilidad, como si hubiera algo que silenciar. En este punto Hustvedt resulta admirable. Por el modo en que asume y se asume falible o vulnerable. De una escritora se aguarda lucidez, ante todo. Un funcionamiento de su inteligencia, de su lucidez, impecable. Pues ella muestra y demuestra que no está reñida con hacer buen arte o investigacions creativas. No pretende ser alguien invulnerable, alguien saludable, alguien que no tiene ninguna clase de dolencias o padecimientos. Sino que afronta su carácter de persona que puede quedar a merced de multitud de factores que alteren su salud, desde la mental a la orgánica.

     La otra experiencia que me resulta encomiable, fue que participó como voluntaria de una clínica psiquiátrica de NY, en la Payne Whitny Clinic. Allí coodinó dos talleres de escritura creativa una vez por semana: uno para adolescentes y uno para adultos. Si bien su metodología no es la que yo defiendo en mis talleres por varios motivos que no discutiría en este contexto con ella, a ella le sirvió la propia. En efecto, trabajaba con los pacientes haciéndoles leer un texto sugestivo, que ella llevaba imagino con objeto motivador, para que, a partir de él, según surgieran imágenes, ideas, sonidos, historias, descripciones, lo primero que les viniera a la cabeza, ellos realizaran un escrito. Luego eran leídos en voz alta y discutidos o, en todo caso, conversados grupalmente. En caso de que hubiera pacientes que no escribieran el idioma inglés como lengua nativa, ella igualmente les hacía escribir en su idioma originario para escuchar la sonoridad de ese texto, su musicalidad, su ritmo, su cadencia, su melodía. Para luego solicitarles que por favor lo tradujeran para que, desde el punto de vista semántico, fuera también comprensible para el auditorio. Estos talleres dieron muy buenos resultados psicoterapéuticos. De hecho un paciente psicótico terminó convirtiéndose en escritor y publicando libros una vez que salió de su internación. Le mandó años después un libro con una hermosa dedicatoria hasta que ella logró evocarlo tiempo después porque lo había olvidado. Recordó que le había  dicho si no había pensado en consagrarse a la escritura en forma profesional. Lo cierto es que eso mismo tuvo lugar. Y exitosamente.

     Confieso que tengo en casa todas las novelas traducidas al español de Siri Husvedt pero aún no he tenido oportunidad de leer ninguna. Son varias. Y siempre debo estar atento a leer otras cosas por trabajo o estudio. Sí me interesó sumamente el enfoque que ella le daba a su carrera en lo relativo al orden de las ideas y a estudios tan innovadores, en los cuales combinaba las neurociencias, como afirma ella, con una formación de base académica en Letras y humanística, sin provenir de la ciencia, pero habiendo leído muchísima bibliografía (es una estudiosa) y habiéndose consagrado luego de una formación académica de base en literatura a una carrera en escritura creativa con orientación en la novelística. Decisión que tampoco fue sencilla para ella. De modo que estos son otros puntos más también virtuosos que encuentro en Siri Hustvedt. Cuando asistí a una de las conferencias í cuando vino a Buenos Aires y dialogó con la escritora argentina Luisa Valenzuela y una periodista cultural acerca, entre otras cosas, de el cuerpo y la literatura, un tema que a mí en particular me interesa mucho, en especial la dimensión perspectiva o sensoperceptiva, ella sin embargo se refirió a que La mujer teblorosa o la historia de mis nervios contenía solo un 30% de experiencia autobiográfica. Yo discrepo como lector con ella. Pero ella está en todo su derecho desde su perspectiva autoral en considerarla desde esa mirada.

      Señalaría, el gran fantasma que constituye la escritora norteamericana Susan Sontag para Siri Hustvedt (al igual que, en menor medida, Simone de Beauvoir, si bien ambas son figuras tan temidas como ejemplares). La cita, la parafrasea, pone en su boca (confesándolo) palabras para referirse a su serie de conferencias sobre la pornografía de las cuales Sontag no se sirve sino que lo hace en un tono más decoroso (como acusándola tácitamente de acudir, entiendo yo, a eufemismos o bien de no llamar a las cosas por su nombre o de sentirse demasiado condicionada por el auditorio o bien para no afectar al auditoria con palabras que a Hustvedt, que la escucha en una grabación, la tenían muy sin cuidado). Ella estaba escribiendo este texto muchos años más tarde. En un artículo. ¿Qué podía importarle ser más intensa o no en su vocabulario que una Sontag que lo había atenuado? Pierde de vista el carácter precursor de Sontag, por ese entonces, de poner frente a los ojos de la esfera pública tema tan controvertido. Por otro lado, cita una anécdota según la cual en una cena le tocó estar sentada junto a Sontag y esta escritora le dijo que ella “había escrito el mejor ensayo sobre El gran Gatzby” del escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald “porque lo había hecho desde adentro”. A continuación, luego de aceptar el halago (seguramente como el más grande de toda su vida como ensayista en torno de la  poética), se pregunta en qué consistirá para Sontag afirmar que ella lo que ella hizo fue  “escribir desde adentro” y traza algunas hipótesis. Sin llegar a una de índole conclusiva.

     También en todo lo referido a su pensamiento a su tal feminismo diría que no denota un conocimiento en profundidad sobre teoría de género y las principales referentes de ese movimiento, como tampoco sobre los estudios de género según una dimensión teórica sistemática, de especialista. Existe o asistimos como lectores a una afirmación más voluntarista que  una ensayística de experta. Se trata de un libro en el que promete que sus ensayos versarán sobre tal tema, la reinvindicación resulta anecdótica o más bien se queda en lo superficial. Ello prima por sobre ensayos en los cuales se bibliografía actualizada, análisis medulosos o desafiantes pongan en jaque al patriarcado. Me refiero a casos como algunos ensayos o artículos de Adrinne Rich o la misma Sontag. Es más una promesa incumplida que una esperanza anhelada cumplida para el lector que espera encontrarse en ese libro con argumentaciones más sólidas, más contundentes, con mayor formación, más información, más pensamiento original y más conocimiento bibliográfico. Muy por el contrario, se entera de una militancia, eso sí, feminista, en los hechos (de ello no caben dudas) que en la teoría crítica: en los congresos haciéndose un lugar como mujer o siendo la única mujer (otro de sus tics) en el seno de corporaciones científicas de varones en eventos científicos. No retrocediendo frente al probable atropello científico patriarcal por parte de los profesionales de la neurociencia. La suya diera la impresión de ser más una posición ligada a la intervención y a la acción que a la reflexión  honda acerca de temas ligados al género (tema sobre el que tampoco se explaya demasiado como noción), si bien están citados autoridades como Judith Butler, Michel Foucault, Simone de Beauvoir y otros pensadores que abordaron el tema género y la sexualidad, por lo general desde la perspectiva de su construcción discursiva, el cuerpo o la identidad sexual o bien fundacional, en el caso de Simone de Beauvoir con su libro El segundo sexo (1949), el tratado feminista más influyente del siglo XX. Hustvedt pareciera vivir bajo el temor de la sombra de algunos fantasmas.

     Nacida en Minessotta, EE.UU., en 1955, de madre noruega y padre nortemaericano, Siri Hustvedt es una reconocida escritora estadounidense. Obtuvo el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de Berlín por la adaptación cinematográfica a una novela, el Premio de Libreros de Quebec y Premio Fémina Étranger, del premio al mejor libro de no ficción de Los Angeles Times, finalista del Dublin Literary Award y seleccionada para el Premio Booker. En 2012 recibió el Gabarron International Award de pensamiento y humanidades. Y en 2014 fue nombrada doctora Honoris Causa por la Universidad de Oslo. Doctora y conferenciante en sobre temas de psiquiatría en la Facultad de Medicina Weill Corenll de NY, colabora regularmente como columnista en The New York Times y Psychology Today.  Algunas de sus novelas son Todo cuanto amé (2003), Elegía para un americano (2008), El verano sin hombres (2011), El mundo deslumbrante (2014). Ahora bien: ¿por todos estos lauros habría yo de no objetar según mis puntos de vista lo que detecto como flancos débiles, falencias o bien como observaciones como intervino mi artículo la citada editora que elogió su paso por le posgrado en tanto era el punto que yo objetaba como jactancia? ¿o más bien mis preguntas, mis objeciones no abren el juego a una fecunda vía de discusión en torno de verificar cuáles han sido sus galardones, en qué campo, por quiénes ha sido consagrada, por qué resulta triunfal su carrera? Yo no he sido acreedor a semejantes premios ni reconocimientos, a traducciones, no escribo en diarios de esa envergadura, pero defiendo el pensamiento crítico hasta sus últimas consecuencias, en particular si está fundamentado y es el fruto del estudio a consciencia y la documentación.

Por otra parte, también tengo un doctorado en Letras, también he realizado durante muchos años investigación académica y también me considero un estudioso en torno de tres o cuatro campos de trabajo en profundidad que en ocasiones, en el periodismo han abordado la cuesitón de la salud, si bien no es el área de mi competencia. Y, lo repito, lo ha sido desde el periodismo. Cuando una crítica es fundamentada debe ser aceptada (en caso no admitir observación alguna que pueda disgustarla) o bien debe promover espontáneamente a mi entender un derecho a réplica bajo los mismos términos en que fue formulada. Respetuosos y con argumentos. Concentrándose en el universo de las ideas. Aquel adánico Primer Mundo es bueno también atienda a esta Argentina que lee y estudia propuestas originales, atenta a abordajes, como dije, críticos. No necesariamente aduladores. O de una veneración del Primer Mundo por motivos de la figura de celebrities que debamos respetar por su condición de habitantes de los países desarrollados con carreras arrolladoras.

     Como crítica a mis críticas, o como objeción que ella misma podría formularme, ella podría decir (con todo el derecho del mundo) que bueno sería ponerme al tanto de su obra novelística y poética, por un lado. Y, por el otro, desentrañar qué clase de diálogo entablan (si es que ello de verdad ocurre), entre su ficción y sus ensayos (lo que de hecho sí he realizado por lo que irrumpe en el discurso ensayístico). Conjeturo que ello sí ocurre, porque de hecho ella cita ejemplos claros, nítidos y abundantes de cómo construyó personajes a partir de teorías científicas, basados en el universo científico o de casos de los cuales se enteró. O de personas de la vida real que narra en esto ensayos. De anécdotas que tomó de la vida real. De pedidos que le fueron solicitados. También de enfermedades. Esto es: conozco un solo lado de la figura en el tapiz. Haría falta conocer su envés, para tener o disponer, esta vez sí, de una visión totalizadora de su poética, del diálogo que entabla su corpus intratextualmente, en directa relación con sus prácticas culturales, científicas, sociales y literarias.

Diría, eso sí, que me parece una persona capaz de tener una captación singular del mundo, con una percepción de la escritura, de la creación, de sus propios procesos de génesis, de su respiración, de sus momentos de invención, de sus ritmos, de sus pausas, de sus silencios, de sus aciertos o de los momentos en que percibe algo debe ser descartado que no son frecuentes en los escritores. Pero también este podría ser interpretado como otro punto deficiente en sus argumentaciones en las hipótesis de sus ensayos. Ensaya hipótesis con el propósito de generalizar, de acudir a ejemplos de génesis de escritura propios de naturaleza descriptiva y ejemplares en tanto que paradigmáticos para elevarlos a categoría universal (me refiero a grandes trazos, no particularismos), pero a partir de la experiencia creativa que solo a ella concierne. Tal como a Hustvedt se le han presentado sus procesos de emergencia de la obra literaria, en particular la novelística. Me parece como mínimo egocéntrico esa intervención, por un lado. Por el otro, particularizar en torno de un tema que requiere de compeljísimos análisis y estudios (incluso de casos o ejemplos de otros creadores) para ser verificados y no solo dar cuenta de sí misma de único ejemplo.

     Por lo pronto, se trata de una autora de relevancia internacional, traducida a otras lenguas, conocida en su país (del que pocas referencias culturales echa mano, siempre, como dije, se posiciona como alguien que se ha apoderado desde NY del patrimonio cultural europeo y su capital simbólico: sus citas reenvían a él de modo dominante, permante y práctiamente excluyente). Su posición es la de habitar esencialmente esa ciudad cosmopolita que es NY y un país como los EE.UU., al que no le faltan atractivos artistas por cierto (ella sí cita artistas plásticos y fotógrafos). Tampoco EE.UU. carece de interesantes exponentes literarios, si bien es una patria joven. No hace falta más que nombrar a William Faulkner o Walt Whitman, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe y Edgar Lee Master, Ernest Heminway, Louis Glück o bien Adrienne Rich, H.D. o bien Sylvia Plath, Elizabeth Bishop, hacia el siglo XIX Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau o luego Robert Lowell, entre muchos otros, para realizar un señalamiento respecto de su desinterés (su apatía, su puesta al margen de todo un canon) o el modo en que desconsidera, borra de su plumazo a sus colegas reemmplazándolos como evidentemente poco interesantes para ella. Omite de su canon a estos nombres, frente a los largos inventraios de otros europeos que colman sus ensayos, tanto los literarios como los de teoría literaria o bien de neurociencias o psicoanálisis. Con la honorable excepción de Emily Dickinson, Susan Sontag, algunos científicos a la avanzada en el área de su competencia en las neurociencias. No digo que no haya leído a sus coterráneos.

Sí afirmo rotundamente que en alguien que realiza su tesis doctoral sobre Charles Dickens (primera toma de distancia de su país por decisión e inciativa propia, no por obligación, en relación con la cultura literaria europea, de la que sí se apropia o se apodera, pero al mismo tiempo siempre será una extranjera joven) y que argumenta que sus escritos deben ser leídos al estilo de los ensayos de Montaigne, me parece que sus puntos cardinales son absolutamente claros, nítidos en lo referido a sus sistema de lecturas. Y el cuidado que pone en el conocimiento de las tradiciones europeas resulta ser definitivo. Frente al sintomático silencio que cunde en ella respecto de las tradiciones literarias nortemearicanas. Riquísimas, abundantes, interensantísimas, que entablan coloquios las unas con las otras, la imagen que da de la cultura literaria de su país es paupérrima. Se desentiende de ella. Por otra parte, de ellas no podría afirmarse que son precisamente patriarcales. ¿Qué tienen o qué les falta a las poéticas de los EE.UU. para la exclusión de su producción crítica, por citar un ejemplo? La producción femienista en EE.UU. ha sido incesante.

     Más allá de publicaciones, múltiples galardones, prestigio, conferencias, docencia, giras por el mundo para presentaciones de sus libros, traducciones a otras lenguas, uno tiene la certeza cabal de que se trata de una escritora desde la perspectiva estrictamente cultural (ignoro la personal), de una persona conflictuada, acomplejada, impostada. Con complejo de inferioridad respecto de la producción literaria europea, en particular respecto de algunas figuras puntuales (Simone de Beauvoir, Kristeva). Empezando por su compatriota Susan Sontag y todo el Panteón europeo al que ella cita pero del que evidentemente no se siente a la par. Más allá o más acá de inevitables e inexorables rasgos de carácter, me parece innecesario este sentimiento en una mujer de tanto talento, tan culta, con tanta preparación, tan trabajadora, tan laboriosa, que se ha introducido por senderos propios, renovadores, que otros escritores desconocen o reconocen no les interesan en lo absoluto. Algunos sí lo  hacen en muy escasa medida o apenas se informan lo imprescindible o bien desde otras perspectivas.

     Hustvedt ampoco es la única en haberse referido al resto de las artes plasticas o visuales. Sin ir más lejos, la propia Sontag escribió un libro sobre la fotografía (Sobre la fotografía, 1977) y otro sobre las imágenes de la guerra (Las imágenes de la guerra, 2003) hacia el final de su vida, adelantándole unos cuentos años a su sus trabajos sobre la imagen visual. Y otro caso más que conocido es el del fallecido escritor John Berger, crítico de arte además de un escritor de un talento superlativo, también amigo de Sontag. La Historia de la literatura reconoce otros ejemplos.

     La gran pregunta que queda flotando en el aire es: ¿qué hay en la personalidad de Siri Husvedt para que, pese a semejantes reconocimientos de naturaleza unánime y generalizada prosiga con la emoción de que debe rendir (probablemente ante sí misma) más pruebas, más examinaciones para convencerse de que es una escritora de talento? ¿qué inseguridad la vuelve tan aflictiva respecto de su autoestima? ¿aspirará, en un gesto ambicioso, a estar por encima de europeos o de la mismísima Susan Sontag, a superar a figura tan colosal, paradigmática de los EE.UU., ella sí, quien se midieran con la gran literatura del mundo, quien atravesara por una formación académica de lujo, incluso en París? ¿a desmarcarse de su país y dejar en claro que es la cosmopolita (que sus compatriotas no son o no llegarán jamás a ser) capaz de rivalizar con las mejores plumas europeas (además de los citados norteamericanos), su marco de referencia cultural? ¿cómo maneja el hecho de convivir con un marido que también es escritor y es también una celebridad? ¿habrá cuestiones irresueltas en esa pareja de un orden que escapa a nuestro conocimiento y que solo a ellos atañe, pero que, por su índole, permite ensayar algunas hipótesis inexcusables? Lo ignoro.

Solo sé que todas las circunstancias que acabo de citar juegan en su contra y son desdichadas, deslucen sus rasgos virtuosos frente a una producción tan brillante y, por lo mismo, serían, puestos a pensar seria y sensatamente, evitables. Talo vez los conflictos de Hustvedt provengan de lo que ella considera sus mayores virtudes: introducirse en universo semióticos del arte que no son en los que se ha formado (artes plásticas, fotografía, danza, cine), neurociencias, psicoanálisis, psiquiatría en lugar de haber hecho su trabajo del modo de mayor excelencia pero, quizás, con menores matices: ser tan solo una escritora de ficciones. Ella no se mueve como pez en el agua en todos los territorios en los que aspira a pisar del mismo modo ni con la misma fluidez. Esto hay que tenerlo en claro. Que Siri Hustvedt sea una gran novelista y una gran estudiosa no significa que no comete errores en las disciplinas por las que pretende incursionar. Desde lugares comunes, enfoques erróneos hasta verdades de perogrullo.

     Agregaría, eso sí, que tanto Siri Hustvedt como buena parte de los autores europeos con los que trabaja, como yo con su corpus al leerla en segundo o tercer grado cuando los cita, nos estamos moviendo entre signos de un modo incómodo: mediante traducciones. Ello genera dificultades en los nombres, malentendidos, imprecisiones en las definiciones y por supuesto los ejemplos pueden llamar a confusión. El léxico específico de cada disciplina, en particular las que no son humanísticas sino científicas (si bien la crítica y la teoría literaria también poseen su metalenguaje de la disciplina, entre otros saberes de los estudios literarios). Porque este es el otro punto a tener en cuenta. Al trabajar con ciencias, un campo de estudios que no es el mío (ni el suyo originario), por formación debemos hacer un esfuerzo notable para ajustarnos a un universo del conocimiento, a una forma de razonar e inhibir las emociones en lugar de dar rienda suelta a ellas, de exponer saberes, argumentaciones de un modo impersonal, neutral, de modo completemente distinto a como ocurre en la poética y la literatura mismas, su otro territorio, en el que se mueve como pez ne el agua.

En tal sentido, Siri Hustvedt efectivamente “es” una productora cultural más completa y más compleja que yo o que cualquiera de mis colegas que solo han leído o leemos humanidades. Ocasionalmente en mi caso psicología o psicoanálisis. Es una experta en otra clase de campo de estudio por dentro del cual a los literatos la ciencia nos suele expulsar como visitantes indeseables. Su origen, su profesión de escritora, su formación de base académica en literatura y estudios literarios le permiten “ver” lo que los científicos no pueden. Y, en lo que a nosotros respecta, como profanos, nos resulta tan informativo como deductivamente seductor su discurso. También creativo en la capacidad de combinar disciplinas que permanecían sin conexión recíproca. Por citar un ejemplo elemental, permanentemente acude a ejemplos de literatura para ilustrar hipótesis científicas o a la inversa, a partir de literatura se concentra en algún problema científico. El discurso científico resulta impactante en ella. Y en nosotros.

     Solo sé que a Siri Hustvedt no le alcanzan las instancias de legitimación que ha recibido públicamente hasta el momento, pese a haber dado pruebas de haber sido capaz de forjar un itinerario (y un destino) personalísimo que no ha tomado de nadie más que de sí misma. Resulta evidente a ojos vista la necesidad de una autolegitimación más que la de una legitimación pública para la que no sé si está preparada o, acaso, dispuesta. O quizás sí se manifiesta capaz de lograrla por su temperamento. Puede que no sepa de qué modo resolverla. El autoboicot de una identidad que se subestima a sí misma en medio de la aclamación del mundo o, digamos, de buena parte de él. Porque como afirma ella, en varias oportunidades le han dicho que a los lectores les gustan sus novelas porque “escribe como un hombre” (afirmación por cierto de un terrible mal gusto). O bien, afirma, “las escritoras son menos que los varones” o “están menos dotadas”, en un prejuicio que a cualquier persona que no sea machista le resultaría o irritante o la consideraría descalificante. Uno de tales escritores lo ha hecho (y ella lo cita) delante de sus narices. Afirma en una entrevista pública que ella le realizó en NY que “solo Julia Kristeva es competencia”. Lo que naturalmente a ella, mientras lo entrevistaba en público, no pudo resultarle como mínimo chocante, como una bofetada. La estaba tratando de alguien “incompetente”, en dos palabras, si uno infiere de ese discurso sus premisas más elocuentes y evidentes. Alguien “inferior”. Una “escritora menor”.

     Puede que todo se trate de una ambición desmedida. En cuyo caso deberá, ahora sí, dar unas cuantas pruebas más si aspira a ese galardón o reconocimiento tan anhelados. Son muchas personas las que han sido precursoras y se le han adelantado en tantos campos de la cultura y la ciencia. Eso sí, pocas las que las han combinado. Son muchas las que le llevan  o le han llevado la delantera habiendo conformado un canon definitivo. En cuyo caso deberá asumir que no siempre todo sale como el deseo o los compases del tiempo así lo dictan. O no siempre se es un precursor. O no siempre se conquista lo que estaba a la medida de nuestras ambiciones. Tampoco la aclamación tan buscada es prueba contundente de poseer dones innegables. O acaso, puede que, en el peor de los casos, la peor de las emociones, incluso en contra de su misma voluntad, la dicte el deseo de gloria o posteridad.

¿Será tan descabellada esta hipótesis? En lo personal lo que más me irrita de Hustvedt es su más profunda convicción de que lo que ella hace nadie lo hace. Una suerte de singularidad exclusivista. Y eso la vuelve superior (por infererencia). Ello es falso. Hay escritores infintiamente originales que han recorrido otras sendas, otros caminos, incluso acudiendo a otros campos de estudio o bien exclusivamente a la poética, a la biblioteca libresca (su marido es el paradigma de ello). En definitiva, es ella la que deberá, de un modo u otro resolver a qué aspira para saber si ha logrado lo que se proponía. Y, en razón de ello, juzgar en un tiempo más o menos razonable si ha conquistado lo anhelado o no. Se trata de una reflexión producto de una apreciación respecto de sí misma. Esa autorreflexión ¿será tan exitosa como lo es el consenso de sus premios otorgados? ¿ella resulta ser tan buena como sus premios y sus ambiciones lo prometen? Eso está por verse. Y probablemente le demande la vida entera llegar a la última conclusión. La definitiva.

Artículo anteriorEl ciclo de jazz «New York All Stars», regresa en presencial y lo hace con Etienne Charles
Artículo siguiente«Luchadoras», documental sobre la lucha libre femenil en Ciudad Juárez
Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Prof., Lic. y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se difundieron cuentos, crónicas, series de poemas así como artículos críticos de su autoría. Ha realizado el abordaje crítico de letrística de cancioneros. También en México y en revistas de culturales de EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los cuales aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas (trípticos o tetralogías) se publicaron en una revista cultural, de NY. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Participó en carácter de expositor en congresos en Argentina y Francia. Ha dictado charlas y conferencias en forma presencial o vía Zoom. Integró equipos e investigación con sede en su Universidad sobre literatura argentina contemporánea (tema en el que se ha especializado, junto con literatura infantil y juvenil también argentina), o bien estudios de género. Realizó cinco audiotextos en colaboración, aportando los textos, le lectura y la voz. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

1 Comentario

  1. Me atrajo leer sobre está escritora, de la cual no se leído nada, pero siempre sentí curiosidad por ser la esposa de Paul Auster, al que sí he leído. Me dejó pensando si esa soberbia intelectual no será que tiene una cierta competencia con la fama de su célebre marido
    También me atrapó que hiciera comparación con Susan Sontag a la que considero una extraordinaria intelectual, que he leído , pero a decir verdad, no estoy preparada para realizar un análisis elevado. Gracias pues sus análisis enriquecen.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here