Fuente de imagen: Concepto

Me habían concedido un deseo y mi deseo era que alguien sufriera igual que yo.

Hubiera querido que le arrancaran los ojos, la piel, los tendones de las manos. Hubiera deseado que lo enterraran vivo o que lo obligaran a contemplar el mismo amanecer durante cien años. Pero yo era joven y no tenía imaginación, sólo un dolor obsceno, desnudo, tan inmenso que ocupaba cada rincón de mi pensamiento. Cuando llegó el momento de formular el deseo, lo lancé contra el primero que encontré.

Era un muchacho de anteojos, tímido a más no poder.

Vivíamos en Saint-Aubin-des-Cendres.

En ese entonces los mapas todavía lo registraban, aunque cada año parecía menos dispuesto a existir. Algunas casas permanecían cerradas desde antes de mi nacimiento. Otras amanecían vacías de un día para otro, como si sus habitantes hubieran abandonado la cena para marcharse sin despedirse. Nadie preguntaba demasiado. En Saint-Aubin-des-Cendres las ausencias envejecían rápido. Al cabo de unos meses se convertían en costumbre; al cabo de unos años, en olvido. Las campanas de la iglesia seguían marcando las horas, aunque había ancianos que juraban que sonaban menos veces que antes. Nadie conseguía ponerse de acuerdo. En el pueblo había discusiones sobre asuntos más extraños que la política o la cosecha: cuántas campanadas tenía el mediodía, cuántas calles desembocaban en la plaza, cuántas familias seguían viviendo allí. Eran preguntas absurdas, pero parecían volverse cada año más difíciles de responder.

Era domingo cuando pronuncié la condena.

Casi todo el pueblo había salido de misa. Los comerciantes instalaban sus puestos alrededor de la plaza. El olor a pan caliente se mezclaba con el de las flores recién cortadas. Recuerdo el brillo del agua en la fuente. Recuerdo el zumbido de las abejas alrededor de los cestos de fruta. Recuerdo el peso del deseo dentro de mí, caliente como una moneda al rojo vivo. El dolor que no menguaba, y mi cuerpo que lo albergaba aún siendo demasiado pequeño para él.

Delante de todos señalé al muchacho.

—Voy a asesinarte.

Las conversaciones se extinguieron.

Algunos soltaron una carcajada nerviosa. Otros se persignaron. Nadie intervino.

El muchacho ajustó sus anteojos, sin poder sostener mi mirada.

No preguntó por qué.

Preguntó cuándo.

—El jueves.

Asintió.

No mostró miedo. Tampoco sorpresa. Fue un gesto pequeño, pero tuve la impresión de que aquella fecha confirmaba algo que él ya sabía. Durante un instante creí advertir compasión en sus ojos. Compasión. Por mí. Me dio rabia notar eso.  

—¿Dónde? —preguntó.

—Al pie del abedul.

Volvió a asentir.

Aquella misma tarde la noticia recorrió Saint-Aubin-des-Cendres. Durante semanas los vecinos comentaron la sentencia en los portales, en el mercado y a la salida de la iglesia. Los niños inventaron historias sobre la futura muerte. Los ancianos recordaron antiguas maldiciones. Incluso llegaron forasteros para conocer al condenado. Nada de aquello pareció alterarlo. Continuó comprando pan. Continuó leyendo. Continuó saludando con vergüenza a quienes encontraba por la calle. Y cada domingo caminaba hacia las afueras del pueblo.

Los curiosos lo siguieron las primeras veces. Lo veían llegar al yermo donde crecía el abedul, sentarse bajo sus ramas y permanecer allí durante horas. Después regresaba a casa. Al domingo siguiente repetía exactamente el mismo ritual. Y al siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.

Con el paso del tiempo dejaron de vigilarlo. Sin embargo, todos sabían que seguía asistiendo a la cita.

Yo también seguía pensando en él.

Pero él no era el origen de mi sufrimiento, claro.

Había otro hombre.

Un hombre cuya ausencia me acompañaba como una enfermedad. Quería que regresara. Quería no haber sido preñada nunca por él. Quería que comprendiera el daño que me había causado. Quería que sintiera la misma herida que me había obligado a formular aquel deseo monstruoso. Durante mucho tiempo creí que aún podía explicárselo. Durante mucho tiempo creí que aún podía volver.

El problema fue que comencé a olvidar.

Al principio se trató de detalles insignificantes. El nombre de algunos vecinos. El lugar donde guardaba ciertas cartas. El rostro de una maestra de mi infancia. Lo atribuí al cansancio. Al final todos envejecemos. Al final todos perdemos algo.

Pero después olvidé el nombre del farmacéutico.

Después el del alcalde.

Después el de varias calles.

Una mañana descubrí que nadie podía recordar quién había vivido en una casa abandonada junto al río. Los documentos afirmaban que mi familia había residido allí durante décadas, pero ningún habitante conseguía mencionar un solo nombre.

El olvido comenzó a extenderse por Saint-Aubin-des-Cendres como una niebla.

La escuela cerró.

Después la farmacia.

Después desapareció el reloj de la plaza. No fue robado. Simplemente dejó de estar allí. Durante semanas los vecinos discutieron acerca de si alguna vez había existido. Se determinó que sólo había sido un sueño.

Las campanas de la iglesia siguieron sonando.

O tal vez no.

Nadie lograba ponerse de acuerdo.

Mientras tanto, el muchacho continuaba esperando bajo el abedul.

Siempre el mismo.

Siempre paciente.

Siempre presente.

Y yo seguía sin llegar.

Cada día emprendía el camino hacia el yermo. Caminaba durante horas entre senderos cubiertos de ceniza. El árbol aparecía a la distancia, perfectamente visible. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más parecía alejarse. Regresaba al anochecer con la sensación de haber olvidado algo importante.

Las estaciones se repetían como páginas de un libro que alguien leyera una y otra vez. Los viñedos reverdecían y se marchitaban. Los inviernos cubrían los tejados de escarcha. Los niños crecían. Después desaparecían de la memoria colectiva igual que habían desaparecido las calles y las casas.

Y un día descubrí que ya no podía recordar el rostro del hombre por quien había pronunciado el deseo.

Su voz había desaparecido.

Su sonrisa había desaparecido.

Su nombre había desaparecido.

Lo busqué durante horas en mi memoria.

No encontré nada. Nada, excepto el dolor.

Aquello era lo más cruel: no recordaba la herida, pero sí la hemorragia.

El primer indicio físico apareció una mañana de invierno. Mientras me vestía descubrí una hoja de abedul adherida a mi costado. Era pequeña y blanca como un fragmento de hueso. La arranqué sin darle importancia. Al día siguiente apareció otra. Después otra más. Comencé a encontrar raíces diminutas entre los pliegues de mis vestidos, tierra oscura bajo las uñas, espinas enredadas en mi cabello.

La distancia aumentaba porque el yermo no estaba delante de mí.

Estaba dentro. Siempre estuvo dentro.

Aquella noche soñé con el abedul. El muchacho permanecía sentado bajo sus ramas, leyendo. No parecía joven ni viejo. La edad había dejado de tener significado. El viento agitaba las páginas del libro y él continuaba leyendo con una concentración tranquila, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Lo extraño era el paisaje. O, mejor dicho, su ausencia. Detrás del árbol no había colinas ni senderos ni cielo. Sólo una extensión gris e indefinida. Entonces comprendí que tampoco el árbol estaba realmente allí. Las raíces surgían de mis costillas. La hierba brotaba entre mis dedos. Las ramas crecían donde antes habían existido recuerdos.

Desperté sobresaltada.

Después comenzaron las desapariciones. No las de las personas. De las cosas.

Una mañana una calle perdió su nombre. No fue que alguien lo olvidara. Fue peor. El nombre dejó de existir. Semanas más tarde ocurrió lo mismo con varias casas próximas a la plaza. Algunos juraban que seguían allí. Otros aseguraban que jamás habían existido. Cuando intentábamos señalar el lugar exacto donde se encontraban sólo veíamos terreno vacío cubierto de maleza.

La desaparición avanzó lentamente al principio. Después comenzó a acelerarse. La escuela fue la siguiente. Luego la iglesia. Los archivos parroquiales desaparecieron. Más tarde desaparecieron quienes afirmaban haberlos visto. El pueblo entero parecía atrapado en una niebla que no borraba los objetos sino la certeza de haberlos conocido alguna vez.

Al mismo tiempo yo también comenzaba a deshacerme. Además de la causa de mi dolor  olvidé rostros, nombres. Episodios enteros de mi vida.

Había mañanas en que necesitaba varios minutos para recordar cómo me llamaba. Otras veces me sorprendía dudando de hechos que durante años consideré indiscutibles. ¿Había sido realmente yo quien condenó al muchacho? ¿Había estado presente aquel domingo? ¿Había pronunciado aquellas palabras?

Sabía que alguien lo había hecho.

Sabía que una mujer había señalado a un muchacho después de misa. Pero cuanto más intentaba acercarme a ese recuerdo, más se alejaba. Igual que el abedul. Quizá había escuchado el acontecimiento de boca de las viejas. 

La última vez que vi a Étienne estaba sentado junto a la fuente. O quizá no era Étienne. Quizá sólo era el recuerdo de un hombre llamado Étienne. A esas alturas ya no podía confiar en mi memoria. Permanecimos largo rato observando las fachadas vacías y las calles silenciosas. Finalmente me dijo que había vuelto a ver al muchacho.

—¿Sigue allí?

Asintió.

—Esperando.

—¿Por qué?

Su mirada recorrió las ventanas vacías y los edificios abandonados.

—Quizá es lo único que queda.

Cuando volví a mirarlo ya no estaba.

No sé si se marchó.

No sé si desapareció.

No sé siquiera si aquella conversación ocurrió realmente. Étienne. Siempre me gustó el nombre de Étienne para un hijo. 

Después de eso el pueblo comenzó a borrarse con una rapidez imposible. Las calles desaparecieron. Las casas desaparecieron. Los nombres desaparecieron. Los recuerdos desaparecieron.

Y finalmente entendí que Saint-Aubin-des-Cendres nunca había estado muriendo.

Lo que estaba muriendo era la memoria que lo sostenía.

Entonces fui al abedul.

Por primera vez el árbol no se alejó.

Por primera vez pude llegar.

El muchacho permanecía sentado bajo las ramas, con el libro abierto sobre las rodillas. Cuando levantó la vista no pareció sorprendido. Pareció aliviado. Como quien ha esperado una respuesta durante demasiado tiempo.

Me senté frente a él.

A nuestro alrededor no quedaba nada.

Ni senderos.

Ni campos.

Ni horizonte.

Ni pueblo.

Sólo el árbol.

Haciendo un esfuerzo por recordar las palabras, le dije que ya no recordaba por qué había venido. Le dije que ya no recordaba el deseo. Le dije que ya no recordaba nada. Él escuchó sin interrumpirme. Después cerró el libro con una lentitud casi ceremonial y observó las hojas que comenzaban a desprenderse de las ramas.

Caían por millares.

Blancas.

Silenciosas.

Hermosas.

Y terribles.

Entonces le pregunté qué o quién era.

No respondió, pareció no escuchar. Si él me hubiera preguntado a mí, habría dicho, “Lo que queda”.

El árbol comenzó a deshacerse. Las raíces desaparecieron. La tierra desapareció. Las hojas desaparecieron. Y con ellas desaparecieron los últimos fragmentos de Saint-Aubin-des-Cendres. Vi extinguirse las calles. Vi extinguirse las casas. Vi extinguirse la iglesia. Vi extinguirse el nombre del pueblo.

Y comprendí, demasiado tarde, que todos formábamos parte de la misma cosa.

Éramos la misma memoria.

La misma herida.

La misma condena.

El árbol seguía allí.

El pueblo había desaparecido.

Los recuerdos habían desaparecido.

Yo misma comenzaba a desaparecer.

Pero el árbol seguía allí.

Y el muchacho también. Como si hubieran existido antes de nosotros. Como si fueran a continuar existiendo después. Levantó la vista una última vez. Me miró. Como si acabáramos de salir de misa. Como si la condena acabara de ser pronunciada. Como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Entonces cerró el libro y por primera vez pareció reparar en mi presencia.

—¡Ah!,¿ya es domingo?

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