Fotografía: Mariano Benítez.

Uno

Eye contact

Miramos los acantilados porque él ha querido llevarme a conocer el mar de ese lugar que él piensa, como buen inglés, que yo debo adorar como un nativo a un ídolo todo ébano y oro. No “el faro”. “Su faro”. De su propiedad. Como una cláusula en un documento de propiedad. Apoderándose de él. Como si fuera su monolito. No le digo nada. Sin embargo, de pronto sí le digo algo. Él queda profundamente desconcertado. Es más. Demudado. No esperaba que un argentino, un turista sudamericano, un sudaca, le dijera que le gusta Wiliam Blake (le suena extrañísimo en boca de un argentino un nombre propio inglés, aunque no sepa de quién se trata). Y que también le recitara unos versos que de tan deslumbrantes, “burning bright!”,  lo han dejado encandilado. Las palabras ejercen un shock. Lo sacuden. Su posición cambia. Se pone derecho. Se yergue. Pareciera haberse puesto en guardia. Como si se preparara para una batalla entre alguien que lo está atacando con sus propias armas. Y remato con el golpe de gracia: “What immortal hand or eye/
Dare frame thy fearful symmetry?
”. Esas palabras terminan por fulminarlo. Alguien que hace que él mismo se lastime sin atacarlo. Miro los acantilados y le señalo un promontorio sobre la arena. Le digo, en inglés: “Mire, granito”. Sé que hay piedras de granito en esa zona. Él, estimo que con ironía sapiente, me explica que no es granito sino una duna más oscura, de otra clase de arena. “Estamos muy lejos. No distingo. Son lindos los granitos”, le digo (siempre en inglés, casi un nativo, mi inglés es bueno). El clima automáticamente se distiende. Él que evidentemente me subestimaba de pronto comienza dudo que a sobrestimarme pero sí a mirarme con más de respeto. Me pregunta qué estudié. “Bueno, muchas cosas. Lo que me gusta es la literatura. Pero a decir verdad me importa todo el arte. ¿le gusta Turner?”,  pregunto sin la menor intención de ofenderlo o de jactancia. Simplemente que como estamos en una pequeña villa al borde del mar, delante de un faro, quizás los cuadros de Turner puedan ser conocidos allí. Al menos de nombre. El diálogo será todo el tiempo en inglés. De modo que estaré en desventaja. Seré yo quien deba ajustarme a sus modales. No él a los míos. Tampoco, bien es cierto, él sabe español, una lengua sin  prestigio. Pero no parece reparar en que yo sí sé inglés porque lo estudié. No soy exactamente bilingüe (ni estoy ansioso por serlo). Pero sé dos lenguas. Él solo una. Me inclino por pensar que el mío es un inglés que sirve simplemente para comunicarnos con discreción.

     Entramos en su casa. Me pide que por favor le recite esos versos de nuevos. Le digo: “Si quiere le puedo recitar todo el poema de Blake. Le gustará”. Se lo recito. Me mira estupefacto. Se levanta. Va corriendo y me trae de su sala una botella con un barco adentro. “Es bueno. Es hermoso”, me dice. Como un ruego. De pronto, casi con una ternura entusiasta me dice con énfasis: “A ship”. Él ríe. Parece alguien a quien le han regalado un juguete nuevo cuando en verdad ha sido él quien lo ha traído. Después de tomar un té Earl Grey que prepara su mujer, nos sentamos. Ella es más simpática y amable, cordial, pero de una cordialidad impostada, inventada, hipócrita, digamos. Terminamos el té con scones. Yo subo a la camioneta y me marcho. Sé que esa noche, mientras se cambien para irse a dormir, seré tema de conversación de esa pareja. 
     Llego al pueblo en el que me alojo.  Dejo mis cosas más elementales en el hotel. Me ajusto los borceguíes. Los ingleses siempre esperan de mí que me consagre a adorar a sus dioses. Bajo. Miro entre los libros de la biblioteca módica del hotel. Nada como la gente. Ni una Virginia Woolf. Ni un Dickens, ni un Thomas  Hardy. Unas revistas de moda todas sobadas. De colores llamativos. Subo de nuevo al cuarto. La Reina Madre aparece retratada en muchas imágenes, como si hubiera dos espejos enfrentado y ella estuviera ubicada entre ambos. Pero me doy cuenta de que necesito intemperie.  Camino un rato. El pueblo es chico de manera que no demoro mucho. Pronto todos sabrán que ha llegado un extranjero. Dónde se hospeda. Su estado civil. A la vuelta de la esquina tomo un café con whisky. Quién diría. Ellos hubieran preferido seguro otra bebida. El horario del té para mí es el de la mañana, Entonces mientras bebo el café me encuentro a tres mesas de mí con un hombre que está llorando, pero que llora desconsoladamente. Es más: desesperadamente. Apoya su torso sobre la mesa, encorvado, desconsolado. Me levanto de inmediato y me acerco. “Calm down, please”, le digo. “Calm down”. No lo toco. Mi entonación procura contenerlo. Pero sé cómo son los ingleses. Tampoco sé si son las palabras adecuadas. Pero surten su efecto. Él me mira aliviado pero no entiende cómo alguien puede hablarle en su idioma, con acento (no reconoce a un sudamericano, no tiene esos conocimientos), en tanto sus compatriotas lo han ignorado durante todo este tiempo mientras se desangraba. Le digo: “What  happens?”. “Tell me, please”. Comienza a hablar. Se da cuenta de que no soy ni un chismoso ni un indiscreto. Me mira con bondad. Lo veo en sus ojos. Lo presiento. Sé que es un hombre bondadoso  Veo en sus ojos también lo que él ve en los míos porque ahora sonríe. Ha dejado  de llorar. Cada tanto asiento. Como diciendo: “Here am I”. Para que sepa que no lo he abandonado pese a que pueda parecer que estoy aburrido porque es solo él quien habla. Solo él a quien le suceden cosas graves. He entendido a la perfección el cuadro. El teatro de su vida. No obstante yo no voy a intervenir demasiado. Simplemente consideré necesario que supiera que había una presencia dispuesta de modo solidario a escuchar a un solitario en apuros era un gesto humanitario. Le suceden cosas graves. He acudido a un llamado: su llanto. Otros lo han hecho conmigo. Me han enseñado ese deber. Ese mandato. Entonces de pronto veo que después del relato me mira. Se detiene en mí. Espera. Quedamos en suspensión. Y simplemente sonrío. Para que sepa que lo que me ha contado no me predispone mal hacia él. No seré yo quien lo subestime. Jamás me gustó subestimar a las personas. Sino que ha sido un relato. Su relato. Un relato importante por supuesto. Es un semejante, no una pantalla de plasma o de una PC con figuras que se mueven. Me ha confiado una ruptura con su mujer y los términos en que eso ha tenido lugar. Pese a que mi inglés es precario, lo he entendido casi todo. Él espera que emita una opinión. Mi consejo. “My piece of advice”. Que me enoje porque él ha sido invasivo. Nada de eso. “No, no, I’m OK”, le explico. “Go on”. Permanezco en un silencio absoluto. Solo que le sonrío. Él debe saber que no me ha incomodado. No me  ha ofendido revelándome su intimidad ni porque me hablara de su mujer. Ni porque me confiera el destino de sus  hijos, lejos ahora de él. Ella los tiene. No lo dejan verlos. Le pido un té al mozo. Pero esta vez le aclaro al mozo, con firmeza, con una seguridad que a él en un sudamericano (él sí, acostumbrado al comercio con turistas, me reconoce por el acento) lo deja perplejo, que el té que pido sea para él. Lo voy a pagar antes de que se vaya delante de sus narices. “Thank you”, le digo al mozo. “How much is It?”. Tengo modales pero también tengo poder de determinación. El hombre sentado (ni siquiera sé su nombre) queda paralizado. Piensa que le estoy jugando una broma pesada, de mal gusto, que me estoy riendo de él. “Good luck and good life”, le digo. Sigue sin entender. No seré yo quien propague sus secretos en mi anecdotario por Inglaterra cuando regrese a Argentina. Los guardaré como dolorosas, angustiadas piedras preciosas. Pero también como un acto de comunión. Me despido y me marcho. Estoy por atravesar la puerta de dos hojas batientes color rojo (un rojo del peor gusto) cuando escucho un ruido detrás de mí. Algo que se parece a una carrera. Mesas y sillas que se mueven. Tablas que crujen. Un alboroto. Alguien que me toca la espalda. Me doy vuelta. Es él. Ya no llora. Ríe. No es una risa nerviosa. Es una risa llena de beatitud. De serenidad. De calma. El asunto es hacer lo que suele llamarse, técnicamente “eye contact” en casos como este. De modo que me mira fijamente. Profundamente. Hondamente. Se ha producido una súbita conexión entre ambos. Entre dos hombres a uno de los cuales le ha importado, con solidaridad, lo que le sucedía a otro que sufría. Y que es bondadoso. Todos en el pub parecen hombres como el granito del acantilado. Se ha producido una conexión de mucha intensidad porque en este hombre surtió el efecto exasperado de no dejar de hablar. ¿Cuánto tiempo pasó? No quiero ni mirar el reloj. Habrán sido unos minutos. Serán para toda la vida. Yo dejo que me mire profundamente. Comprendo lo que acaba de suceder. Mejor dicho: lo que ha sucedido en él.  Ese “eye contact”  evita cualquier otro toque entre nosotros (soy un argentino, él es un inglés, sé cómo son las cosas, no soy un ignorante, sé de su cultura). Pero pese a esa distancia simultáneamente es posible tener una atención. Una cierta “cortesía”, digamos. Es una señal de gratitud. Un pacto de confianza. Un pacto de caballeros. Porque me mira cada vez más fijo. No me abraza (sé cómo son los ingleses, lo repito). No me da la mano. Permanecemos en un silencio culminante. El suficiente para que sepamos lo que ha sucedido. Qué hice yo. Por qué lo hice. Qué hizo él. Qué no hizo. Qué hizo. Y por qué yo volvería a hacerlo si viera a alguien en la misma situación. También lo que haré de ahora en más con su secreto. Llegaré a La Plata, Argentina. Nadie conocerá su secreto. Morirá conmigo. En ese momento creo que por fin por mi mirada él comprende. Sonríe. Me dice en el sonido más tranquilo que oí en toda mi vida: “Good bye, God bless you”.
Y yo salgo. Salgo a la noche. Me llevo encima su angustia, su dolor, su alivio. El precipitado final de los restos de su angustia. Me los ha dejado a mí. Me los ha transmitido. Yo cargo ahora con su angustia. La luna estalla en una luz que pocas veces había visto. Si tuviera que definirla con un estado de ánimo diría que está melancólica. Unas pocas estrella como chispas en las festividades orientales. Hay bruma. Repito unos versos en inglés que aprendí en una antología que compré para la Universidad usada. No son de William Blake. Son de Geoffrey Chaucer. Uno de los padres de la poesía inglesa. Se los digo a alguien. Pero eso es algo imposible. Porque estoy solo. Me los estoy diciendo  a mí mismo. Y de pronto, la noche me devora.

La escucha. Acantilados Seven Sisters. Inglaterra. Foto: Mariano Benítez*

Dos

Nadar de noche

Su escucha está en los libros:

Su escucha está en las cartas:

Su escucha está en la voz de las cartas:

Su escucha está en las distintas inflexiones de la voz de las cartas

“Acodado sobre la baranda del balcón que con vista al mar, vestido de elegante sport  (pantalones blancos, camisa color habano) observa. El espectáculo no puede sino consternarlo. Mira con detenimiento los torsos, las sombrillas, los  niños que corretean por ahí como conejos desangelados. Las mujeres que se embadurnan con protector solar, otras con aceites, las gafas negras que brillan como los ojos de los moscardones. Por allá un anciano en cueros, con el  pecho lleno de pelo canoso, que toma agua mineral del pico de una botella, mientras un chorro le cae por la mejilla. Luego, se empapa la cabeza, agitándola, mojando a quienes están a su lado. No le importa nada. Gente con sombreros de paja o gorros con visera. Se siente amargado. Ha hecho tanto por tantos escritores. Ahora lo ignoran. Se olvidan de él. Lo apartan. Lo abandonan. Está solo. Completamente solo. La ingratitud le resulta uno de los peores defectos. Como tener un labio leporino si fuera un defecto físico. Pero en términos convencionales podría decirse que él es un triunfador. Mejor dicho: en términos profesionales. Tiene un estante con sus libros apilados. Son unos cuantos. Casi todas son novelas. No tiene otros libros en su biblioteca salvo los suyos en español o traducidos a todos los idiomas en que circulan (que no son pocos, por cierto). Ya no es joven. Tampoco es viejo. Es alguien a quien la vida le puede deparar sorpresas intensas. Decisivas. Está en la edad de la discreción.

     Sobre el televisor, un libro de un  jovencito porteño que ha llegado a su casa sin anunciarse por la mañana. Mejor dicho: que ha irrumpido en ella. Consiguió su dirección por un conocido en común. Ese libro es un análisis crítico de su primera novela. Es un escritor joven que además es crítico. Un universitario de la Universidad de Buenos Aires. Se trata de un libro no demasiado extenso. Es más: delgado. Un libro con apoyatura en teoría literaria si él supiera lo que es la teoría literaria. No le interesa en lo más mínimo conocerla como no le interesó el Ulysses de James Joyce sino apenas ojearlo para estar al tanto de sus técnicas más fulminantes. Pero a su primera novela la tiene muy presente. No la empezó a escribir ni en su país. Ni aquí donde reside, en Río. Sino en Roma. Estaba sitiado por otro idioma. Invasivo. Claro que uno nunca sabe a partir de qué momento de su vida comienza a escribir. Es un momento remoto quizás, en tanto uno no lo sabe  hasta que un día, el menos pensado, irrumpe. Uno se sienta a  escribir. Algo importante nace. Se atan cabos. Brota. Pero su historia comenzó cierta noche en que escuchó una voz. Una voz lejana, distante, que venía del fondo de los tiempos, como decir: del fondo de ese tiempo/no tiempo’ de ese ‘espacio/no espacio’ del inconsciente. La voz comenzó a crecer, a amplificarse, como las ondas de un lago al en el que se arroja una piedra, hasta que él se puso a trabajar y se dio cuenta de que se había convertido en novelista en dos semanas. Como quien dice: “de la noche a la mañana”. Porque el manuscrito comenzó a crecer. A aumentar. Ya no se detuvo. No me digan que no es un cambio radical en una vocación. No era un adolescente. Tendría unos ¿32 años? Sí, aproximadamente. Eso solía decir él cuando le preguntaban. Es un inicio tardío en la escritura. Y había cambiado de profesión. Es más: había cambiado la Historia literaria. La literatura argentina. Amigos influyentes mostraron esa primera novela a una editorial seria, importante, en la que concursó y salió bien posicionada. ¿Era Severo Sarduy? Ya lo ha olvidado. Hasta ha perdido contacto con Severo Sarduy. A partir de allí, luego de un curso sinuoso, se tradujo. Hubo censuras, por las cuales su vida estaría signada. Hubo amenazas: por las cuales su vida también estaría signada. Hubo estigmas: por los cuales siempre su vida estuvo signado. Hubo expatriaciones. Lo cortejaría, siempre, la celebridad. Ese destino de lenguas extranjeras. De  hablarlas. De moverse entre lenguas. De vivir entre sus intersticios. De actuar de intérprete. De traducir. De ver traducidas sus obras a otros idiomas en librerías extranjeras. De ver puestas de su teatro en otros idiomas. Una vez en Estocolmo.

     Antes de que lo aclamaran él venía de traducir subtítulos de films. De estudiar idiomas, como hizo siempre, de modo desmesurado: alemán, inglés, francés, italiano. Eran los grandes idiomas del cine que le resultaba fascinante, que le interesaba desde que lo recordaba. Pero ¿qué sentido tiene la traducción? Solo da a conocer una obra distinta de la original. Una obra otra. Que no guarda semejanza alguna con su original. La traducción es otra obra que no es la originaria. Es la obra del traductor. Él se apodera de su lenguaje. De su estilo. La traducción adopta el estilo del traductor. Por eso este escritor aprendió lenguas extranjeras. Para ver cine en sus lenguas originales. También así de ese modo hay pequeños detalles de sus tramas o matices de sus diálogos que no se le pueden escapar. Escucha adjetivos, sustantivos, frases verbales, según su interpretación debe ser de un modo. Toda traducción es una interpretación, lo sabemos. Es una lectura. Eso él lo sabe, aunque no sepa teoría literaria. Pero un traductor raramente tiene el virtuosismo del artista en cuestión, el de quien ha escrito la obra. No conoce sus tramas más secretas. Es como cuando alguien torpe pretende dibujar un boceto de algún modelo vivo que está de pie. Dibuja una forma en dos dimensiones: figura bidimensional sobre fondo blanco. Una silueta armónica. A menos que sea un buen artista que logre la perspectiva, el resultado será descorazonador. Eso sucede, naturalmente, en el arte figurativo. Suele supervisar sus traducciones. Si tiene tiempo y ganas.

     Ha nadado toda la mañana en la piscina de un matrimonio de amigos. Le gusta  mucho nadar. Siempre lo ha hecho. Es un hombre atlético pese a que no ha buscado serlo. Quiero decir: no nada por ese motivo. En los transatlánticos nadaba, la gente suele elogiar su estampa. Pero él permanece en su sitio. Tranquilo. Sereno. No es un hombre que busque exhibirse. Él solo nada. Es una pasión. Su pasión. Como otras que tiene. Cierra las puertas ventana del balcón de su linving. Corre las cortinas color nácar. Ha atardecido en Río de Janeiro. Va al dormitorio, saca un video del mueble. El mueble está lleno de arriba abajo con videos. Se pone a mirar una película mexicana de los años ’40. Ha comenzado el Paraíso. Sinfín”.

     El hombre que estaba pulsando las teclas, que por momentos se detenía a pensar, que escribió lo que antecede, siente que se ahoga a medida que termina este capítulo. No encuentra las palabras. Da brazadas en un mar sin fondo. Pone punto final por ese día a esta parte de su novela. Es lo que le sucede a todo escritor. Ha narrado el mito de origen de otro escritor. Eso en ocasiones sucede. Una narración en abismo. En este caso su propio mito no tiene nada que ver con el que acaba de narrar. Él habita una ciudad modesta. De provincias. Es más, tiene presente todo el tiempo que allí está enterrado el escritor sobre el que escribe. Piensa en criptas. En mausoleos. Esa cadena asociativa que la imaginación desata. Él también quiere ser enterrado allí junto a todos sus familiares. Sus bisabuelos (su bisabuelo tuvo una primera esposa que murió de la fiebre amarilla, al igual que su pequeña hija). Y sus abuelos, a quienes tanto quiso. Ha terminado de leer ese mismo libro de crítica, el que este este joven escritor le había llevado al que vive en Rio. Tiene apoyatura en teoría literaria, que al joven porteño le había costado años de estudio incorporar. El escritor que escribe esta novela sí sabe teoría literaria. El escritor, que ha puesto el punto final al texto que antecede (una novela, una novela más, una novela menos), publica un artículo en una revista de EE.UU. sobre el autor sobre el que está escribiendo. Escribir crítica sobre él le ayuda a escribir su ficción. Comprende a este autor. Su ideología literaria. Abre un libro de cartas del autor que vive en Rio ahora. Cartas de su vida en Brasil. En Cuernavaca. Las de Italia en otro volumen, más ingenuas, más vivaces sin embargo, en el primer volumen, sobre todo escritas en Roma, una ciudad que le disgusta al autor. Le gusta París. En fin, ha andado el mundo entero. Este escritor sobre el que él escribe ha sido un hombre de vida errante. Lejos de su familia (¿por qué alguien elegiría estar lejos de los suyos la vida entera? ¿salvo de su madre hacia el final? ¿destino de viajes? ¿destino de huidas?). Traza algunas hipótesis provisorias (como las de su artículo). Probablemente un malestar por su país. Probablemente una hostilidad hacia sus habitantes. Este parece un hombre más amargado aún de lo que pensaba. Ha visto una fotografía que lo retrataba en una solapa de una de sus novelas que resultaba estremecedora. Lo mostraba a punto de estallar de rencor. O de amargura contenida. Lee un rato las cartas. Son cartas amables. Algunas manifiestan ternura. Otras mucho humor. En otras se percibe un amor familiar no correspondido. Otras hablan de detalles domésticos. Se documenta. Se detiene en algunas cosas que llaman su atención. Chequea todos los libros de crítica que va a leer durante los próximos días sobre este autor. Los tiene en una pila. Incluso algunos extranjeros. Un par de biografías de las que no abusará. Siempre interesó más la invención que lo referencial. Para no faltar a la verdad se detiene en algunos detalles de las cartas. La voz viva de este escritor. Su voz. Una voz que va mutando de lugar en lugar. Una escucha de su voz. El modo en que el escritor escribe sus cartas. En qué papel lo hace. Los detalles son siempre la clave de los grandes enigmas. Los films que cita. Piensa acerca de todo eso. Lo rumia. Cierra el libro. Apila también el otro. Aprieta: “Guardar como”. Luego: “Apagar”. Guarda todo en un PEN. Deja todo sobre el escritorio para seguir al día siguiente. Abre la llave de su casa. Toma la bicicleta entre las manos. La eleva por los aires como si fuera el triciclo de su hijo, que ahora duerme le siesta en su dormitorio. Él mismo le construyó la cama. Monta en ella. Se lanza rumbo al río leonado de su ciudad. Recuerda un libro del escritor Juan Forn, Nadar de noche. Lo leyó de adolescente. Su madre le dijo en los noventa que había llorado al leerlo antes que él. Él no lloró. Esa tarde también nadará. A pleno sol.

La escucha. Río de Janeiro. Foto: Mariano Benítez*

Tres

Como si cerrara los ojos
hasta el final de los océanos
pensaré que tengo descanso
de hacerme polvo de estos sueños
Que en la calle hay luna
piedra que un día podré nombrar
Agua de la luna
Agua de la luna.

(…)

 Canción “Agua de la luna” de Jorge Fandermole (cantautor argentino)

Agua de la luna     

Experimento esta foto desde el vértigo. Un vértice que me conduce hacia algún sitio insospechado. Pero también inexorable. Como si nada pudiera ser modificado nunca más. Ignoro dónde. Pero me gusta. Me gusta tentar las infinitas posibilidades que ofrece una noche de invierno. Helado. Junto a un té. Humeante como si una mujer ondulara en esas volutas. Pero regreso al vértice. Al vértigo. Miro. Miro la  noche. Pero ¿por qué solo mirar? ¿por qué no dirigirme hacia la intemperie, para desentrañar qué esconde por detrás de esa luz que se está marchando, que se retrae? ¿qué esconde? ¿cuál es su enigma? Digo que la luz mortecina es la ideal porque permite entrever. No ver. Como la duermevela. De modo que cuando  uno entrevé es mucho lo que puede imaginar. Mucho más que lo que debe estar obligado a contemplar por la fuerza. Porque la realidad es grosera. Es obvia. Nos hace permite ver todo. Pero las hendijas no. La bruma no. Los libros, no. ¿Vemos todo en  la realidad? O eso creemos según la ilusión del sentido común. Y nuestra anatomía o nuestra fisiología nos obligan a mirar, a observar, a ver ciertos objetos o espacios en una determinada dimensión. Desde una determinada perspectiva. Según determinados colores. Somos seres limitados. Finitos. Cierto que uno puede echar a volar con su imaginación. Puede echar a volar con su imaginación sobre aquello inconcebible. Pero uno desea que tenga lugar. Y por eso lo imagina. No hay duelo por esa pérdida. Porque uno no la conoce a esa imagen. No habrá pérdida. Aunque haya deseo. A lo que la imagen permite entrever pero no ver. Dejo la foto entonces. Salgo. Me adentro en la noche. Camino, peregrino, hacia un lugar donde sé que alguien está ¿dónde me conducirá esta caminata? ¿cuál será el destino de un paisaje cuyas figuras se desdibujan, como bajo la luz, en esas noches de plenilunio, de mareas agitadas? Esto me recuerda a un libro. A una novela argentina. Donde había un náufrago. De la energía de las mareas se proyectaban imágenes. Es una novela célebre a mis ojos valorada en exceso. No me gusta el resto de la obra de ese autor. En cambio hay otros autores tan silenciosos. Y otros libros tan cautivantes. Hay autoras argentinas. Sin ir más lejos Silvina Ocampo. O Sara Gallardo. O Reina Roffé. O Tununa Mercado. Camino hacia donde lo que antes se recortaba ahora es pura forma informe. Apenas una luz mortecina. Lo he logrado. Me acabo de conectar con la imaginación. Hay una luz tenue que emite un sol que se ha marchado. Es de noche. “Farol de noche”, me digo. “Farol de noche”, me repito. Desando un camino. Inicio la marcha. El sol se ha marchado. Y me deja rodeado de imágenes como jirones. Pasa algún auto e ilumina la calle. Pero es todo tan fugaz. La calle no está iluminada. Sin embargo esa noche no me deja solo. Me deja en compañía. Porque ese sol así como me permitió entrever formas, figuras, dibujos, siluetas, perfiles, ahora me permite entrever una figura. Ignoro cuándo. Ignoro cómo. Ignoro por qué. Ignoro quién es. Todo es un acertijo. ¿Por qué no? De modo que, ya ven, la vida se presenta como pura incertidumbre. Pero al mismo tiempo se ha dibujado una nueva silueta. Esta vez es la de un hombre. Está frente a mí. ¿me he desdoblado? Me mira. Es de noche. Ahora. Caminamos. Me comienza a contar su vida. Me comienza a contar su historia. Pura mímesis. Es una historia, verifico. “Pero, no es necesario…”, le digo con pudor. “Guardá tus secretos”, agrego. Entonces me dice: “Confío”. Cuando me dice: “Confío” sé que confía en mi escucha. Pero también que se está confiando a mí. De modo que a eso voy, a eso vamos. Me cuenta muchas cosas. Muchas. Del amor de su vida. Y eso que lo he visto por primera vez. Solo una. Apenas hemos cruzado unas pocas y contadas palabras. Como quien fugazmente se roza en una puerta giratoria. La vida gira. La vida es una puerta giratoria. Yo giro. Él gira. Giramos. Pero ¿dónde vamos? ¿dónde me conducirá mi escucha? ¿dónde lo conducirá mi escucha a él? ¿dónde me conducirá su habla? Entonces comprendo. Él ha caído en el embrujo en el que caen muchos de contarle su vida fugazmente a un extraño. Aprovechan ese anonimato para que exista impunidad. También es una suerte de desventaja para quien escucha. Y es un pacto dudoso. Quien escucha solo escucha una versión. Pero yo escucho. No todo lo que me cuenta es grato. Me cuenta algunas cosas dramáticas (la caminata se prolonga, pero no estoy ni cansado ni impaciente, ni aburrido, simplemente estoy a la escucha). Seguimos. “Te escucho”. Entonces me cuenta. Habla, habla, habla. Y de pronto: “Ella, ella, ella”. Sigo. “Era una diosa”. “Mi diosa”. Seguimos, no cautivado por su relato sino conmovido por la confianza depositada en mí, de tal intensidad capaz de transmitir mediante la vibración de su lengua, a mis oídos, sus secretos. Su intimidad más recóndita. Mi escucha. Su palabra. Mi escucha. Su palabra. Un vaivén que en verdad es un continuo extático. Sus primeras vivencias. La infancia. Escenas, por supuesto. Instantáneas. Momentos inolvidables. Hace recortes fugaces, como quien recorta papel y lo ubica sobre otro papel, elaborando formas: su collage. “¿Cuál es el pegamento de la vida?”, me pregunto. “¿Engrudo?”. Pero no tengo una respuesta a eso. Yo no hablo. Lo mío es la escucha. Siempre seré su escucha durante el tiempo que caminemos juntos. Precisamente para que su palabra tenga sentido. Para darle sentido a su palabra. Precisamente no un doble sentido. Sino un sentido de dirección única. De otro modo él no sería mi interlocutor. Él no se confiaría a mí de este modo descomunal que es una comunicación tan profunda, de tal confraternidad entre dos seres humanos en la que ya no hay secretos. De su parte al menos. Y en esa fragilidad de él me cuenta: “”Vos sabés…yo quise”. Y sigue. Me habla de un amor. Me habla de una hija. Me habla de un viaje a Sri Lanka. Mi escucha. Su palabra. Mi escucha. Su palabra. “Yo no sé…”, balbucea. “Te escucho”, le digo, para darle valentía. Para que no piense que he dejado de escucharlo por desinterés o por hastío. Se lo digo para que no piense que estoy fastidiado también. Es una escucha que no está pendiente más que de su habla. Es decir: de su anhelo de hablarme. De permitir su habla. De otro modo su habla no tendría el menor sentido y yo sí quiero que la tenga. No por chismoso, más bien por contener una angustia. Soy un hombre discreto. Se guardar secretos. Por eso me los confían. Llevo puestos unos cuantos encima. De otro modo su escucha sería el silencio. Todo se resuelve en esa fórmula. Mi escucha, le da sentido a su habla. Y su habla, hace que mi escucha esté atenta a no interrumpirse. De pronto: pronuncia algo monumental. La gran confesión. Lo miro de vez en cuando, atento, pero completamente desconcertado por lo electrizante del nivel que ha adoptado la conversación. Para que él sienta que su palabra está y estará siempre dispuesta a ser recibida. “¡Bienvenido!”, pienso en sin pronunciar una sola palabra. Me lo digo, en todo caso. ¿O me lo digo para convencerme? Lo seguiré escuchando. El paseo termina. Nos damos un  apretón de  manos. Él me lo ha contado todo de su atribulado presente. De su atribulado pasado. Pero nada ha dicho de su futuro. ¿Esperará que sea yo quien lo haga? No me ha solicitado un solo consejo. Es un hombre cauto. No está fuera de control. La caminata ha sido larga. Hubo tiempo para que él fuera confidente conmigo. Él fue quien eligió hacer de mí el depositario de su secreto. Me ha confiado secretos que no revelaré. Me ha contado algo en especial que es de naturaleza sagrada. No intercambiamos domicilios ni tampoco teléfonos. Ni se nos pasa siquiera por la cabeza. Es importante seguir siendo extraño. Lo sabe. Lo sabemos. Es su garantía de mi silencio. De que el silencio es lo que mediará entre nosotros. Ha sido un momento absoluto. La cosa no pasa porque él me siga contando. Sino que en esa noche, hemos sido total, complemente uno: su palabra en mi escucha. Mi escucha en su voz. Y le digo: “Tranquilo”. “Cuando estés solo, imaginame cerca. Imaginá que está mi escucha. Es importante. Grabátelo. Soy una escucha. Yo soy tu escucha”. Después del apretón de manos se lo ve consternado, como si sintiera remordimiento porque yo no he pronunciado mi secreto. Diera la impresión de que siente que no hubo reciprocidad. Ahora se da cuenta de eso. ¿Por qué debería haberla? Repito un chasquido varias veces con la lengua, en una negación más eficaz y más íntima que usar cualquier palabras, dándole a entender que me importa un carajo eso. Y cierro con un: “Jamás me gustó hablar. Gracias. Mi abuelo me enseñó que había que hablar poco”. Yo tengo mi escucha. Y ella guarda mis propias palabras”, me explico. “Ella a su vez tiene las suyas. Es una especie de cadena ¿se entiende?”. Él parece confundido. “Tranquilo”, le digo. “No pasa nada”, le confirmo. Entonces él se serena. Se lo percibe nervioso. Enciende un cigarrillo negro. Lentamente comienza a tranquilizarse. Se mueve menos. Está menos inquieto. Se ha dado cuenta de cómo son las reglas del juego conmigo. Yo me voy. Siguiendo a eso que empezó siendo un vértigo todo de fuego: el sol del atardecer. Me voy siguiendo el agua de la luna. Y ahora es el agua de la luna, derramándose sobre mi torso y sobre mis palmas, como un rocío, la que me empapa en esta bruma. Ha habido un torbellino interior. Ahora la tormenta cesa. Regresa el agua de la luna. Vuelvo a entrar en la noche más calma que el silencio en una casa abandonada. El baño de luna ha sido un baño de madrugada en la que resuenan dentro de mí miles de voces. Grita la realidad del pasado. La del presente. Pero no la del futuro. Un baño de luna me regala su silencio. Como yo se lo regalé a él.

La escucha. Estación retiro. Buenos Aires. Foto: Mariano Benítez*

Este trabajo es una propuesta interdisciplinaria a cargo de Adrián Ferrero, autor de las prosas poéticas, y de *Mariano Benítez, de quien añadimos su CV:

Mariano Benítez

Mariano Benítez es Lic. en Piscología por la Universidad de Buenos Aires. Con formación de Possgrado en Psicoanálisis. Miembro de la Escuela Freudiana. Ha realizado cursos múltiples acerca de la psicosis, la angustia, psicosomáticas, terapia grupal y de pareja. Es Investigador en el tema de la sincronicidad (Jung). Es supervisor de profesionales en el área de la Salud. Escritor y poeta con ocho libros publicados. En cuento, Círculos. Sus poemarios son Silencio inaugural, Silencio inaugural II, Silencio Inaugural III, Crónica de la soledad seguido de Libro del desierto y Libro de la Epifanía. Forma parte de numerosas antologías. Es formador de talleres literarios. Columnista radial (FM Palermo y Radio Nacional). Formación en actuación y Dirección Teatral (Teatro Escuela, Manzana de las Luces y Teatro Independiente). Especialidad en expresión corporal. Fotógrafo.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Se diplomó como Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), distinguido con una Mención por la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en español de Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Realizó cinco audiotextos con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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