Foto obtenida de Biografía Marguerite Yourcenar

Obertura

De un águila calva en la Isla de Mount Desert, en vuelo, describiendo amplios círculos, se desprende una pluma que flota entre los árboles de su jardín. Describe una órbita como si fuera una hoja delgada de papel de arroz o el polen de los ibiscus. Esa sustancia etérea la hará pensar en la levedad. La pluma que cae parece que lo hiciera en cámara lenta. Finalmente se posa junto al tronco añoso de un alerce Noruego. Su sonido naturalmente resulta imperceptible. Marguerite Yourcenar evoca sin embargo el roce de la ropa cuando se viste, cuando la casa se pone en movimiento. O camina sobre el césped del jardín de puntillas. Se trata de momentos cotidianos. No quiere contrariar a su jardín. Ni ofender a la luna. Es una melodía ligera como las hebras del té. El mismo sonido frágil que se parece bastante a cuando la ceremonia de la tarde da comienzo. Sin embargo para su percepción del mundo, atenta a todos los matices, la caída de esa pluma suena como un estallido. Tanto conoce Marguerite Yourcenar los sonidos de ese jardín. Son solo unos segundos. También porque está acostumbrada al silencio ni siquiera semejante detalle se le puede escapar. Conoce de ese jardín cada rincón, el límite de las ligustrinas que la separan de las otras dos propiedades colindantes, todo parece de una armonía que acentúa ese jardín más aún, que podría para ella ser un jardín de invierno. Toma la pluma del águila calva entre sus dedos. Pulgar e índice derecho. Se acerca y con enorme cuidado la acaricia como si se tratara de un objeto precioso. Entra a la casa. Toma una cajita de laca de su padre y guarda allí la pluma. Lo hace con sincero regocijo. Como si hubiera encontrado un ópalo. La naturaleza jamás deja de ser una fuente de hallazgos sorprendentes. Le sucede lo mismo cuando en sus paseos junto al mar toma en su pala un puñado de arena para sentir la superficie remota de esa sustancia inmemorial. En sus largas caminatas frente al mar, en su lento discurrir, imagina que al transcurso de su caminata la mide con una reloj de arena. De los de cristal y madera. En ese momento el jardinero toca la campana de la casa, en esta mañana tan límpida y tan clara en Petite Plaisance en la que todo parece brillante. Diera la impresión de que una película delgada de polvo de plata se hubiera posado sobre todas las cosas. Por el modo de caminar y de moverse, diera la impresión de que el jardinero está lleno de energías. Ávido por comenzar su día de trabajo. Marguerite presiente alguna clase de satisfacción o de euforia producto de una buena noticia en su familia. Pero no le formula ninguna clase de comentario ni pregunta. También se lo percibe inquieto, agita mucho el aire, se mueve. Pero antes de comenzar con el jardín, toma la antigua regadera para las plantas del interior de la casa. Marguerite tiene cinco. Y el  jardinero la sorprende con su recuerdo que ella en una distracción no había tenido en cuenta: el detalle de las plantas que su casa alberga. Él tiene mejor memoria que Marguerite Yourcenar, quien si bien no las olvida, tampoco las tiene presentes en ese momento en particular. ¿En qué andaría distraída? ¿el argumento de un nuevo cuento? ¿la inspiración de nuevos poemas? ¿una nueva escena para su teatro, poco conocido en América del Sur, se ha enterado por una amiga? El jardinero entra a la casa y comienza a regar las distintas macetas. Les arranca las hojas secas. Pueden ser su maceta con  albahaca,  tomillo, laurel, un aloe vera, un cactus.  Luego de concluida su misión de puertas adentro, el jardinero escucha el sonido del canto de cinco estorninos que se han posado sobre las ramas del nogal. Ella le imparte con tres certeras instrucciones qué flores han sido las más castigadas que el resto con motivo del temporal que se abatió hace dos días sobre la Isla. Es cierto, el jardín ha quedado arrasado por la fuerza demoledora de las ráfagas como olas. El césped todavía está empapado. Y el ventarrón (pequeño torbellino) ha dejado una alfombra de hojas amarillas, las que agonizaban mientras pendían hasta caer en las ramas más altas. El hombre pone manos a la obra. Comienza a rastrillar el césped. Marguerite se sienta en el sillón porque le gusta verlo trabajar. Se trata de una cierta forma de comunión con la naturaleza. Con su custodio. También no sabe por qué pero piensa en ese hombre poniendo orden en un jardín, lo hace con una profesión noble. Luego de unos instantes se levanta. Y mientras lava la vajilla, enciende la radio, en un concierto de Scarlatti. Se sienta en un sofá del living. Mira la mañana por las ventanas. Es tan clara la luz que podría estar iluminada por cuatro soles blancos. Entrecierra los ojos. Y se deja invadir por la embriaguez de tanta belleza deslumbrante.

Vueltas alrededor del escritorio

Los poemas de Marguerite Yourcenar son elegantes, sobrias piezas de origami. Diminutas amatistas que se deslizan por entre sus manos como la arena. ¿Se le escapan o mantiene sus vestigios? Sus poemas tienen algo del sonido del oboe, del brillo de la caoba, de las vetas del jade, del lujo de la porcelana inglesa. Caben en la palma de la mano de una niña de cinco años. Marguerite los toma entre sus yemas como si fueran las plumas que se desprenden de un ave de Guinea. Y también eso le trae a la memoria la pluma del águila calva que por la mañana describiendo una espiral, terminó en su jardín. Su descenso al parque es inminente. Al moverse, cuando se levanta, el susurro del agua del té deslizándose sobre la tetera, un entrechocar de la loza, terminan por despabilarla. Son… ¡Santo Dios! Su mecanismo de reloj de sol: ni un segundo de más, ni uno de menos. Las esferas celestes que giran en su órbita sin rozarse siquiera demuestran la lozanía de su cuerpo o, mejor, de sus sentidos. La hazaña de descubrir la poesía en el lenguaje de la prosa de una novela ambientada en el siglo XVIII. Su forma favorita no es el geoide sino la esfera. Ese sí que es una pieza de volumen perfecto. Pero sabe que ella ahora está parada sobre la tierra: un territorio imperfecto. En fin, así son las cosas. La sabiduría de su alquimia combina escenas sagradas (María de Magdala debajo de la Cruz) con una máscara pagana de Micenas. En sus poemas, el más glorioso de los silencios se agazapa, cristalino, en el agua. Se detiene en la  sustancia ligera de las gotas del rocío. “Lágrimas de cristal. Gemas del sol. Brillante mineral”, piensa para sí mientras se dirige a la galería.

Jornadas en Oriente

Sobre el agua de un estanque, riberas con nenúfares, esos peces que agitan las aguas con sus colas como tules color naranja le confieren más vida al jardín. Marguerite Yourcenar teje y desteje sus poemas de silencio. Sin embargo, es un silencio majestuoso tan asombrosamente tenue como el batir de las alas de cuatro mariposas agrestes. O bien lo mullido de las claras de tres huevos batidas como parte de la preparación de un flan. Su padre le ha enseñado a preparar un flan de claras en Bélgica, siendo una niña. Una receta que se inició en un árbol genealógico frondoso y de estirpe. El cristal de roca, brillante, en una geometría de otros idénticos le recuerdan el glosario de un libro que leyó, lleno de notas a pie de página, tan complicado era. Ella es una curiosa. Las palabras llaman a las palabras. Piensa ir hasta el ciruelo para juntar tres o cuatro frutos. Pero este año la planta no insinúa siquiera un gajo. Ignora por qué. Pero la flor del ciruelo emite sin embargo su rosada luz, con toques blanquecinos en el fondo de la casa en contacto con el sol. El aire que la circunda parece una aurora boreal. Se salen del libro los aromas, las fragancias de Oriente, el aroma del delicioso chocolate, hay otros insectos voladores, que giran en torno suyo. Las perdonará si fueran abejas. Describen círculos perfectos como las aves una vez que han se han filtrado a su jardín. También cierto días, dejó abiertas las ventanas a dos hojas de su estudio. Y una cantidad impresionante de insectos invadieron su estudio. Ella las había dejado abiertas parta ventilar la habitación. También había entrado una paloma. La espantó con paciencia y suaves modales este pájaro al que primero hechizó con palabras dulces.

     Las brasas del hogar crepitan y su lugar invade parte del comedor. Es un estallido de asombrado otoño. Solo se escucha el rozar de sus faldas. Corrige la última versión de su libro de cuentos más apasionado. Son relatos orientales. Fábulas. Ella es una criatura de transiciones. De pronto recuerda un volcán ¿El Vesubio? Toda Pompeya congelada en el ademán de la sorpresa. Como esos insectos que quedan capturados en la resina desde tiempos antiquísimos. Una amenaza inminente la acecha. Se escuchan las primeras cenizas. Recoge la nobleza de las cortezas de antaño que encuentra junto al mar en sus caminatas matutinas. Las más bellas, adornarán la parte superior de su chimenea junto con el resto de las piedras. Las piedras no manifiestan su antigüedad. Aprieta una entre sus manos, cinceladas por los elementos, y percibe milenios, al igual que cuando recoge maderos en la orilla. “Esto es la gloria”, se dice. “No, esto es la soledad”, se rectifica, feliz, invicta, entrando a la casa dejando tras de sí, en un sendero estelar, la fragancia de la madreselva.

Tiempo cero

El periodista apoya el grabador sobre la mesa del jardín de Petite Plaisance. Marguerite mide la distancia que la separa del aparato como si se midiera con un enemigo. El periodista es de modales bruscos. Estamos en pleno verano en Maine. Traza un límite entre el hombre y ella. Me dio una mano blanda y transpirada. No se presentó como reportero de una revista de artes, cultura o de literatura. Puede ser el corresponsal de una publicación de chismes, ávidas de historias sentimentales o bien de hurgar en su intimidad, la de su entorno. Su micrófono es un aparato irritante. Marguerite hace de cuenta que nada media entre su voz y la escucha del periodista. Ha comprendido que el hombre llega para compilar secretos. Ella se moverá sigilosa en la constelación de ese diálogo. Él se parece a un periodista a la caza de noticas frescas. De rumores. Esas revistas que nunca faltan en donde la indiscreción se disfraza con alguna nota de cultura letrada. Lo hacen para disimular su vocación ávida por conocer intimidades. Todavía no se explica por qué aceptó hacer esta entrevista. Claro, esperaba otra cosa. Él, es una amenaza. Con la excusa de pasar al baño el periodista realizará la conveniente inspección ocular. Alcancé a alertar a Grace de que se marchara a sus cabalgatas de amazona durante toda la tarde. Regresará al atardecer. Para entonces, él ya se habrá marchado .Marguerite no hará confesiones ni declaraciones políticas. Cambiará de tema con poder de determinación sin ser descortés, frente a cada intento por ingresar al territorio sagrado de su vida privada. Más bien hablará con palabras dulces acerca de temas públicos. Como por ejemplo la floración de los agapantos, el alimento para los peces, el mijo con el que da de comer a los pájaros que se acercan cada mañana. Que regresen a alimentarse en los dos canastos que cuelgan de dos árboles donde coloca los granos. Si  vuelven a ella, a Petite Pleasance es algo auspicioso. El hombre, el periodista quiero decir, no es exactamente vulgar pero quiere conocer detalles, está ávido por registrar noticias. No la historia natural de sus poemas. Y ella lo dejará llegar solo hasta cierto punto. Ni una palabra de más, ni una de menos. Habla más el hombre con preguntas como instructivos en lugar de manifestar asombro o despertarlo en ella. Frente a ciertas preguntas ella se mantendrá en un cerrado mutismo o cambiará de tema. Marguerite no tiene ganas de hablar con ese periodista porque ha descubierto que se trata de un recaudador de chimentos. No es lector (ya no digamos un buen lector). Hasta que ella, indignada por su intrusión, lo deja hablar más a él. Rehúye el diálogo. Contesta con monosílabos  o evasivas. Él será quien lleve a cuestas el esfuerzo por sostener una charla. Llega la pregunta letal porque llega la pregunta primordial para que él quede en evidencia. Para corroborarlo le formula dos preguntas ¿Conoce él acaso sus libros? ¿Cuál le ha gustado más y por qué? El periodista se rasca la cabeza, enmudece. Como si tuviera un blanco. Se acomoda en su asiento. Verifica el nudo de la corbata. Ni siquiera ha tenido la dignidad peregrina de leer Memorias de Adriano u Opus Nigrum. El ABC para una entrevista como esta. Es un hombre presumido. Ávido de convertirla en su nueva presa de caza mayor. Sin haberle confiado un solo secreto. Marguerite busca la excusa más cumplida: dentro de un rato en lo de un vecino amigo tendrá lugar un té al que está invitada. La entrevista ha durado poco. Luego se ha excusado por una indisposición. “¿Sería tan amable de decirme de en qué diario es usted reportero?”. El hombre responde y ella comprende. Impaciente por que se marche no le ha ofrecido ni un café. Lo despide, fastidiada, como si se sacara un tábano de encima, luego de atravesar la verja de hierro y cenizas. Se repite el saludo blando y húmedo. Se dice que ese hombre no es digno para confiarle ni su receta de manzanas con crema pastelera al caramelo. Ni su estancia en Roma escribiendo uno de sus libros. Ni su asombrada llegada a Grecia. El hombre, se ha marchado con sus palabras públicas. No era esa la idea ni era lo que deseaba. Se ha marchado contrariado. Han hablado de nimiedades porque ha sido ella la que ha guiado la conversación. Lo ha detenido a tiempo por tres veces, rectificando el rumbo de la charla. Han sido tres embates. Ella ha sido elegante, educada pero firme de convicciones. No lo maltratará pero sí pondrá un límite. Olvidará a ese hombre instantáneamente. Pero él no olvidará jamás la visita a esa casa. Un rincón del planeta donde a diario tiene lugar el universo.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Es escritor, crítico literario y ejerce el periodismo cultural. Publicó libros de narrativa breve, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa y prosas argentinas contemporáneas en carácter de editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente, Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación de Argentina para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU., en revistas culturales y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se dieron a conocer cuentos, crónicas, series de poemas y artículos críticos. Escribió reseñas de films latinoamericanos en revistas académicas o culturales de EE.UU. También en México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios, con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos. Colabora habitualmente con revistas de cultura de EE.UU., México, Chile, Venezuela y Argentina. Escribe también cuentos para niños. Obtuvo tres becas bianuales sucesivas de investigación de la UNLP y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de la UNLP, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile en revistas especializadas. Se desempeñó como docente universitario en dos Facultades de la UNLP durante diez y tres años, respectivamente. Participó en carácter de expositor en numerosos congresos académicos en Argentina y Francia. Realizó cinco audiotextos y dos videos en colaboración. Participó de dos colectivos de arte de su ciudad (en la actualidad se ha sumado a uno de Chile). Realizó dos libros interdisciplinarios entre fotografía y textos con fotógrafos profesionales, inéditos. Obtuvo premios y distinciones internacionales y nacionales.

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