«No tomo a la ligera el ser la primera escritora integrante de El Colegio Nacional, sobre todo en un país que tiene una larga tradición de maravillosas, inteligentes y talentosas escritoras. Es un orgullo pertenecer al mismo linaje que Rosario Castellanos, Amparo Dávila, María Luisa Puga, Margo Glantz y, más jóvenes, Rosa Beltrán o Ana Clavel. Sin embargo, ojalá no tengamos que esperar, una vez más, 80 años para que otra mujer escritora se convierta en integrante de El Colegio Nacional». 

Así inició Cristina Rivera Garza su presentación como integrante de El Colegio Nacional en la FIL Guadalajara 2023: Escribir con el presente: archivos, fronteras y cuerpos (El Colegio Nacional, 2023). Rivera Garza leyó el texto el pasado 21 de julio. 

Acompañada de Alina Peña Iguarán, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, y de Alejandro Cruz Atienza, director editorial de El Colegio Nacional, Rivera Garza expresó su deseo de que no se cierren las puertas a las escritoras y, por el contrario, pronto haya más reconocimiento a las mujeres que producen un trabajo minucioso, político y estético con el lenguaje y la escritura. 

Foto: Lucía Ges

Rivera Garza insistió que para ella era muy importante ingresar a El Colegio Nacional, metafóricamente de la mano de José Revueltas, a quien describe como el escritor más desobediente, contestatario y siempre en la resistencia, y de Gloria Anzaldúa, quien, además de escritora y maestra, fue una importante activista chicana. 

«Revueltas, desde muy joven viajó al norte de la república, al poblado llamado Estación Camarón (Nuevo León), muy cerca de la frontera con Estados Unidos —por ese mismo territorio pasaron mis abuelos paternos y maternos—, lugar donde sitúa una de sus novelas más importantes, El luto humano. Cuando Revueltas participó en una huelga de trabajadores en esta área, habló sobre trabajadores indígenas, lo que le permitió hacer un diagnóstico que ha alcanzado a varias generaciones de indígenas. Claro, no me podía faltar Gloria Anzaldúa. Yo, que he vivido muchos años en Estados Unidos, Anzaldúa es una presencia necesaria y urgente. Su palabra nos ha ayudado a entender la frontera de maneras contemporáneas y relevantes». 

Otra presencia importante para Rivera Garza es su hermana Liliana Rivera Garza, hablando de cómo «los muertos nos siguen convocando, porque Liliana tenía que estar ella conmigo en esta entrada al Colegio Nacional. Le llamo la postvida de Liliana». La escritora reflexionó que pareciera que los muertos siguen haciendo sus cosas. Para explicar su punto de vista, la escritora compartió que recibió correspondencia desde Roma, donde le informaban que, debido a un feminicidio, se organizó una marcha en la ciudad italiana y, en este acto político, se realizará una lectura de El invencible verano de Liliana. 

«Yo creo que esta es la post-vida de Liliana. Estas son las cosas que los muertos, ya sean José Revueltas, Gloria Anzaldúa o Liliana Rivera Garza, nos conminan a seguir construyendo, memorias alternativas, y esto también debe ser acogido en El Colegio Nacional», compartió la colegiada. 

En su intervención, Alina Peña Iguarán destacó que el ingreso de Cristina Rivera Garza a El Colegio Nacional es un honor para la institución y para las mujeres, en particular para las escritoras. Su incorporación refleja ciertos cambios que merecen ser celebrados y continuamente visibilizados. Entre estos cambios, subrayó que Rivera Garza es la primera escritora en formar parte del área de Artes y Literatura, un aspecto que en sí mismo plantea varias interrogantes que debemos considerar. 

«No se trata solo de sumar su voz, sino de permitirnos sostener nuevas preguntas y discusiones con ella para reflexionar sobre la relación entre escritura, política y memoria. Rivera Garza ha destacado la urgencia de hacer visibles otros relatos que interrumpan los marcos históricos que nos permiten interpretar nuestra realidad. No se trata únicamente de concebir una política de la literatura como una gestión cultural que administre la expresión artística para dar rostro a un interés de política identitaria que incluya nociones como pueblo, lo nuestro o nuestro folclore. Se trata más bien de una literatura política, es decir, una escritura que intervenga en los entramados históricos de esas representaciones, colocando en el centro los cuerpos que han transitado por el rabillo del ojo de la historia con ‘H’ mayúscula». 

Peña Iguarán resaltó que, en su discurso de ingreso al Colegio Nacional, Cristina Rivera Garza hace referencia a Gloria Anzaldúa y a José Revueltas, «ambos escritores incómodos, indóciles, desobedientes». Anzaldúa por ser chicana, feminista y lesbiana, y por reclamar desde ese lugar una mexicanidad al margen de los márgenes; Revueltas por sus apuestas de lucha siempre desbordando los límites de las prácticas políticas institucionalizadas. Antes de esto, Rivera Garza evoca un pasado afectivo, el de sus ancestros que, desarraigados por la precarización, se establecieron en el norte del país. 

Foto: Lucía Ges

«No es casual que Rivera Garza remita a Anzaldúa y Revueltas, dos figuras cuyas vidas y escrituras van más allá de un simple ejercicio artístico dentro de una industria cultural. Son apuestas donde la política y el compromiso ético con lo imposible movilizan la fuerza de su trabajo», reflexionó Alina Peña, quien cerró su participación diciendo: «Nos urge socializar el dolor para que nos cobija en la intemperie».

En su intervención, Rivera Garza comentó que: «Como Todos sabemos que los Angeles es la segunda ciudad más grande de México, por ello tenemos que anunciar que vendrán charlas, un coloquio sobre eso que se supone es «de fuera» aunque sabemos que es de muy adentro.  El 5 de diciembre será este coloquio en el Colegio Nacional: “Escritoras latines: una nueva generación”..

También señaló que «Esta idea del escritor ideal, genial, solitario, este escritor, y decirlo en masculino no es casualidad, con sus libros detrás, mirando al infinito, esta idea era totalmente complaciente con el hombre de clase media de mi época. Esta imagen no coincidía con mi realidad, no entraba en este estereotipo. Así que me puse a explicar mi realidad, y lo hice dentro del aula con mis alumnos, en un contexto muy horizontal, colectivo. Eso me llevó a definir mi escritura como parte de un magma de comunidades de hablantes, con una responsabilidad con el entorno. Así fue cómo subvertí esta imagen del escritor solitario.

Contó: «He trabajado mucho con el archivo. Uno de ellos el de La Castañeda, que fue la base de mi primera novela. Y también he recorrido a los archivos de los afectos, que fue lo que hice para la obra sobre Liliana.