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Me interesaba en el presente trabajo, procurar alcanzar alguna clase de certeza, siquiera provisoria, a partir de formularnos preguntas en torno de un deseo tanto de producir como de leer ficción. En particular comprender el motivo por el cual anhelamos leer historias o argumentos en libros de literatura y, en otros casos, escribirlos. Esto es: una pregunta por el escribir literatura y, por el otro lado, anhelar consumirla.

     ¿Cuál es el  motivo de que haya nacido la literatura? He leído muchas respuestas, desde las sociológicas hasta las psicoanalíticas o bien las planteadas por la filosofía o la Historia cultural. La sociología y el psicoanálisis no suelen mirarse con demasiada simpatía recíprocamente, a menos que nos estemos refiriendo a la psicología social (campo que efectivamente al menos en Argentina tuvo sus cultores y pensadores). Por eso los traigo a colación en un artículo sobre el que han opinado de modo bastante categórico y se han  pronunciado con jerarquía de (relativa) seguridad disciplinaria.

     Lo cierto es que sabemos que existen en los estantes de nuestra biblioteca particular, en los de las bibliotecas públicas y naturalmente en las librerías, libros que narran historias imaginativas muchas, con énfasis en la fantasía otras o bien el testimonio o la no ficción. Más allá de otras inspiradas de modo elocuente en la realidad empírica y constatable. Hay todo un panorama de la literatura que está basada en anécdotas o historias pertenecientes a otra persona cercana a los escritores. Pero de ahora en más hablaré por mí, de mi caso particular, porque de otro modo corro el riesgo de hablar de lo que desconozco. De generalidades que no contemplan la singularidad y la variedad humanas. También es cierto que si hablo demasiado de mí, corro el riesgo de escribir un texto demasiado autorreferencial. Pero me quedo con la opción de experiencias concretas de mi vida porque son de las que tengo evidencias. Son aquellas de las que me puedo fiar con mayor certeza sin pretender por ello incurrir un afán universalista. Seguramente habrá otros testimonios de escritores y lectoras que declararán un itinerario no menos provechoso.

     ¿Cómo nace? ¿qué es la literatura? ¿se parece a la realidad o precisamente ambas se sitúan en las antípodas? Pienso que escribir este artículo me será útil para poner en orden mis recuerdos, cómo se proyectan en el presente, en  un juego de luces y sombras y también pensar de qué modo la escritura que produzco se conjuga con aquella otra que escribí y leí antaño.

     Me interesa focalizarme en los acontecimientos para este artículo en directa relación con mi formación académica universitaria o lo que tuvo que ver con mis lecturas como autodidacta o en el marco de talleres de escritura creativa. Para mí estas tres instancias han sido de superlativa importancia. Las tres vertientes en un momento dado, conformaron dominios separados, como  compartimientos estancos. Luego se contaminaron las unas de las otras. Una colaboró para que mi horizonte fuera más amplio. En otros casos promovieron mi trabajo como narrador o poeta. Y hubo experiencias en la Universidad gracias a las cuales aprendí a realizar lecturas complejas, en las que la cognición se vio fuertemente desafiada. La Universidad me brindó una capacidad teórica que nada me había dado antes.


Por supuesto que una vez que hemos partido de la Universidad. Que hemos aprendido y luego seguido nuestro camino en distintos talleres de escritura creativa, nos queda la lectura (y la escritura) con iniciativas por nuestra propia cuenta. Según tengamos más o menos propuestas para dar a conocer o ejercer. Si somos conformistas o si somos partidarios de aplicar el pensamiento crítico a todos un conjunto de prácticas, entre ellas el trabajo en términos generales con lo libresco. Algunos incluso llegan a alcanzar la erudición. La erudición, en cualquier cosa, no es sinónimo de enciclopedismo. Este punto me gustaría dejarlo zanjado. Una cosa es gozar de un frondoso repertorio de lecturas que, con afán crítico y especulativo, permiten pensar, leer, escribir, con las mejores ventajas.

     Cierta vez una colega escritora sobre todo de poesía, extremadamente talentosa, me hizo notar que para escribir poesía hacía falta tener imaginación y ponerla en juego. Es decir: ella escribía poesía, pero la imaginación no era patrimonio de la narrativa, como me expresó citando a un común maestro de escritura que ambos tuvimos hacia los años noventa la ciudad de La Plata. En efecto, maestro de escritura, Gabriel Báñez falleció en 2009, y lamentamos mucho su partida. Había propiciado y consolidado un polo de escritores y escritoras en la ciudad de La Plata, en la que ambos residimos durante nuestras vidas. Lo cierto es que Gabriel Báñez es novelista. Había escrito una pequeña cantidad de cuentos. Pero también son de una complejidad y proponen una diversidad de lecturas que cada vez que tomo el pequeño libro que los compila, me digo: “Hay que agarrarse ahora”, en una expresión muy común en Argentina, sinónima de que el desafío será enorme. Que nos veremos fuertemente exigidos. La mente de Gabriel Báñez era tan poderosa, que en unas pocas páginas era capaz de plasmar una narración que daba vuelta o sembraba de dudas incluso a los discípulos más avezados. Porque Gabriel nos enseñó que debíamos leer sospechando. Gracias a esta política de la lectura, estoy queriendo decir que él me enseñó la audacia para escribir. Algunas frases memorables. Nombres de escritores, sobre todo pertenecientes a países del río de la Plata como autores importantes en una educación. Juan Carlos Onetti, Alicia Steimberg, Silvina Ocampo o bien Truman Capote…En fin, Gabriel era un gran lector. Un lector que sabía de qué modo leer. Y alguien que lo había hecho en abundancia. También que sabía transponer esas lecturas al orden del pensamiento crítico. De transponerlo a un  didáctica de la escritura creativa producto de su frondoso caudal de lectura.

     Doy este rodeo para llegar a la pregunta del comienzo ¿Cómo nace la literatura? ¿cómo nace el deseo de escribirla? ¿desde qué momento comenzamos a pensar que deseamos ser nosotros quienes publiquen libros, aunque sigamos cultivando el hábito de la lectura?

     Por mi  parte, soy un producto de haber leído literatura en forma omnívora en la infancia, en la adolescencia y adultez en esas tres vertientes: como autodidacta, como  alumno en la Universidad, de haberlo hecho en los talleres de escritura. No necesariamente en ese orden de relevancia. Ni menos aún jerárquico. Cada una de estas grandes líneas aportó una parte para que yo comprendiera y aprendiera un poco más de lo que es la poética. La Universidad también da por resultado la necesidad de emitir títulos o diplomas a personas que deben aprobar delante de Profesores, en exámenes escritos u orales de que cuentan con los conocimientos necesarios (así sea mínimos) para graduarse. En la Universidad pesaba mucho la evaluación. Lo que no sucedía como autodidacta. Y lo que tampoco sucedía en los talleres de escritura por la sencilla razón de que uno iba en todo caso a ese espacio a, mediante la presencia de un escritor con experiencia, autoridad y la lectura crítica de sus manuscritos, a que su escritura y la lectura gozaran de mayor consciencia y de mayor experiencia. Para acelerar aprendizajes. Por otro lado, procuraba perfeccionarse. Si se le presentaba la oportunidad de publicar, de haber tenido la precaución de haber estudiado y escrito mucho antes de ese primer libro. Gracias a los largos años en los talleres de escritura, estos coordinadores le permitirían cometer menos errores, descubrir los aciertos y ejercer la autocrítica. Cometer todos los errores antes, de publicar serviría para que no repetirlos. Para gozar de un debut digno.

     Al menos en mi vida la edición no llegó hasta los 30 años. Tuve que esperar 30 largos años para por fin decir que había publicado un libro. Antes, es cierto, yo había  publicado en Buenos Aires y en La Plata toda una serie de cuentos y poemas dispersos, entrenando al lector y al escritor maduro que sería. También en medios de prensa.  .

      Por mi parte debí asistir al sorprendente espectáculo del talento cuando me crucé en mi camino por hombres y mujeres de genio. También como Profesores. No abundan. Pero conocí a algunos que dejaron una marca fuerte en mi vida. A partir de que los conocí, me replantee qué, cómo, de qué modo para quién y para qué yo escribía mis cuentos o mis poemas.
     Hubo otros casos de acceder al genio a través de los libros. En muchos casos, sencillamente los creadores han fallecido. Pero han dejado un legado que incluso pudo ocurrir que haya crecido más durante su vejez, o después de su muerte que durante su vida. Luego celebrados cuando es demasiado tarde para que ellos gocen de un reconocimiento por su labor como artistas. Para mí un escritor o escritora son artistas. Hacen arte, son creadores, están pensando en qué consiste el lenguaje literario, investigando, probando distintas formas en sus escritos literarios. Procuran volverlos más bello y más refinados. Piensan la literatura todo el tiempo. Están reflexionando acerca de cómo escribir un cuento, una novela, un poema o una obra de teatro (entre otros géneros) hasta encontrar su propia voz. Y uso esta palabra propia de la la fonología porque precisamente un texto también cuando es leído, aunque sea una ficción, se manifiesta mediante la voz de un narrador o más de uno por detrás de los cuales un autor o autora digitan los hilos de su fábula. Un escritor encuentra una voz que luego se irá modificando con el tiempo. Se irá refinando. Crecerá. Se acrecentará su potencia. Su escritura se tornará más poderosa.  
     Al momento de escribir este artículo, llevo una larga historia como ensayista, como articulista, como entrevistador, como cuentista y como poeta, entre otro repertorio de formas de dar cuenta del fenómeno literario. En este momento vienen a mi mente, evocadas, toda una serie escenas, de definiciones y disquisiciones teóricas de docentes o de libros que me hicieron, mediante el pensamiento abstracto, pensar en qué es la literatura. Esto es: indagué en qué era la poética desde múltiples tendencias o corrientes intelectuales.

     Llega un punto en la vida de un escritor, en que realiza o logra más o menos satisfactoriamente, condensar, hacer una síntesis de todos los territorios por los que creció, circuló, se esforzó por aprender, hasta convertirse en el escritor que llegó a ser publicando los libros que publicó. Y para ello valen también los libros o escritos inéditos. Se trata de lecciones inolvidables las de todo este conjunto de personas que facilitaron la formación. Además de estimular la inteligencia. Uno junto con todos ellos tiene ahora una hoja de ruta para usar en los casos en que realizará una intervención literaria. Lecciones acerca de las que ya somos nosotros quienes definimos acerca de cómo llevarlas adelante. Acertamos. Nos equivocamos. Corregimos. Tachamos. Guardamos. Esperamos. En una palabra que resume todo ello: somos perfectibles. Cada cual tendrá su metodología para organizar su trabajo literario. Pero también esto fue posible por todos esos libros que estudiamos, leímos o analizamos en la escuela secundaria, la Universidad, el trabajo como autodidactas y el trabajo en talleres de escritura. Reitero esto porque me parece sumamente importante el recorrido por todas estas instancias. Si bien hay escritores que no fueron a la Universidad, seguramente han sido largamente periodistas antes o al mismo tiempo de que están escribiendo sus libros. En otros casos han sido grandes lectores de todo lo que caía en sus manos. De modo que como puede apreciarse soy alguien que le otorga muchísima importancia a la formación. Creo que sin formación no hay talento que sirva. Y estimo una profunda relevancia a la formación, porque considero que el talento, sin constancia y sin poder de determinación no alcanza.

     Esta independencia que uno logra conquistar, es el producto de una síntesis que supone madurez teórica, crítica y también propiamente de escritura. Y jamás se detiene. Yo necesité dejar de tomar clases de escritura creativa durante buena parte de mi vida. Hice una suerte de recesos. De paréntesis, para luego regresar a maestros cada vez más exigentes. Fueron momentos en que necesité recreos, pausas, como también durante los diez años en que dicté mis propios talleres de escritura creativa (sumé otro punto de vista a la hora de estar frente al fenómeno literario), descubrí el enorme desgaste que suponían. La energía que yo ponía en ellos, la sustraía a mi tiempo de libertad subjetiva para crear. Una pausa se imponía a esos espacios tan abrumadoramente ricos que uno dejaba de ser quien era y se modificaba su modo de escribir y de leer. Pero también tan abrumadoramente desgastantes por el esfuerzo concentrado en el  aprendizaje. Ahora bien: esa síntesis si uno desea ser un escritor  ¿cómo la logra? Creo yo que la mejor respuesta que puedo dar es que, luego de una etapa de permanecer en esos espacios de crecimiento, debe lanzarse a la aventura de crear a solas. Debe decidirse a hacer su camino. Seguirá escribiendo y, en los mejores casos, seguirá escribiendo a solas sin estar necesitado de maestros. Hay un punto en que una voz interior nos dice que debemos equivocarnos por nuestra cuenta. Y aprender a partir de nuestros errores cometidos  y los aciertos logrados. Aprender más de libros que de grandes maestros. A este punto llegamos después de haber escuchado mucho, leído mucho y escrito mucho. Son tres operaciones principales y centrales en la vida de un escritor. Escuchar, leer, escribir. El escritor deberá comenzar a pensar de qué modo organizará su vida si desea ser uno vocacionalmente, esto es, entregado al arte de escribir por completo o solo un aficionado. Pero también vivir, atravesar por una serie de instancias que hacen de la vida la que es: un desarrollo madurativo en el tiempo y con el tránsito por diversos espacios. También pasar por experiencias que son intransferibles, mediante la palabra. Esto es: inefables.

     A mí me gusta la idea de quien camina o investiga también las relaciones humana, el amor, el deseo, la paternidad y maternidad, la crianza de un hijo o hija, los viajes, asistir al espectáculo de la enfermedad y la muerte, ser espectador u oyente de otras artes. Concebir un hijo o hija. Son experiencias que nos enriquecen como personas aunque no sean gratificantes o agradables. Muchas son dolorosas de ver o de vivir en y con nuestros seres queridos. Pero hacen que nuestro temperamento y nuestra identidad sean más fuertes y más sólidos. Se confirman o se procuran revertir (si ello es posible) rasgos de personalidad. Uno sabe más de la vida cuando la experimenta con mucha intensidad. Y  cuando digo esto me refiero a que cada uno de esos momentos de crecimiento ha sido un sacudón. Nos sacudieron porque fueron impactantes. También traumáticos en otros casos. Mi experiencia es que uno se recupera de estas experiencias, a menos que se vuelva loco o se muera. Pero aun así las enfermedades tienen tratamiento y cuanto más tiempo haga que las padecemos más conscientes de ellas somos. Sabemos de qué modo evitar pasar por malos momentos. De ese modo, más nos sabremos cuidar. Más sanos estaremos.

     La literatura no permanece ajena a este devenir. Uno sigue creciendo también en la escritura. Al ser su vida otra, me resulta completamente natural y espontáneo que  la experiencia de vivir se modifique. Y con ella la forma, la metodología, el foco de nuestros intereses, las grandes premisas de trabajo. Leeremos también según etapas, a autores, literaturas nacionales, inquietudes, intereses, relación con nuestra escritura según el estado por el que estemos pasando como creadores.

     Publiqué por ejemplo, tres artículos sobre la autora norteamericana Siri Hustvedt. En el primero fui muy duro con uno de sus libros de ensayos. Pero también hubo otro en el que encontré aciertos y defectos y señalé ambos. Fue un artículo a mi juicio justo pero no adulador. Creo que tenemos que ser capaces también, sin soberbia pero con seguridad de tener la valentía para sentar las bases de un criterio que también facilite la detección de falencias o puntos flojos en un libro. De otro modo comenzamos a adorar o adular. Y se idealiza a creadores que por más conocidos que sean o talentosos cometen errores o llegan a conclusiones que no aprobamos. En tal sentido, yo no temía publicar en NY, lugar de residencia de Siri Hustvedt, ese trabajo en una revista cultural. Había que señalar los puntos flojos de un libro que efectivamente los tenía. Y se hizo. Se puso al margen miedo, se corrió el riesgo.

     Y ahora  puedo leer a Siri Hustvedt (como en este momento lo estoy haciendo) con la mayor de las simpatías, de su seducción como artista y de mi admiración como creadora. Por otra parte, es alguien tan estudioso, tan completa en su experiencia con la escritura y los saberes relativos a ella u otros campos en los que también ha investigado. A cierta altura de mi vida, entre los 49 a 51 años, comprendí la enorme cantidad de coincidencias que me había tocado vivir leyéndola tanto en sus libros como en detalles de la vida empírica que compartimos, no solo como escritores. Y esto sucedió sin haberla estudiado jamás en la Universidad ni en un taller de escritura. Me produjo un lento impacto bajo la forma de un proceso que se fue acrecentando hasta descubrir que era una de mis escritoras favoritas. La coloqué en un podio de los elegidos. De mis elegidos/as. Gracias a ella había ingresado en un territorio ligado a la investigación y los ensayos en torno de la salud. Y gracias a ella había proseguido un estudio sobre el género que había iniciado mucho antes durante mi vida universitaria. Y ahora lo cierto es que entramos en un espacio en el que hicimos las paces por completo. De un modo completamente superador. A esta altura no me interesar bucear en los supuestos desaciertos de una autora. Sencillamente porque por más que sea crítico literario y Dr. en Letras (como ella), me interesa menos juzgarla en torno de un escrito en  particular, que disfrutar de todo un corpus que su obra despliega que es revelador en primer lugar de aciertos. Un relación con una autora que se inició con recelo o desconfianza, hasta que se volvió rápidamente completa y feliz.

     Ella también había sido una de mis maestras de escritura. Pero lo había sido como lo han sido muchos otros a quienes leo como autodidacta. De modo que leer es ahora no solo una actividad placentera sino también instructiva. Porque además de sus escritos transdisciplinarios con las neurociencias, se refiere en muchas ocasiones a qué y cómo narrar. Al oficio de narradora. Una práctica social que se tramita de modo singular en cada uno de los escritores y escritoras que se abocan a ella.

     Nos encontramos de vez en cuando con unos pocos autores que nos llevan a preferirlos más que a otros. Vamos armando una biblioteca.  Selectiva. Cada vez más selectiva. Nos damos cuenta, en un determinado momento, cuáles autores y autoras ya no nos hablan a nosotros, no son nuestros interlocutores como lo fueron en otra época. Cuáles son transitorios y cuáles serán para toda la vida: serán nuestros clásicos. De naturaleza perenne, aunque no estén consagrados.

     He descubierto que el lector que fagocitaba novelas y más novelas durante una larguísima etapa de mi vida, ahora reposa. Sigue leyendo, pero de otra manera. Mi madre Prof. en Letras e investigadora por la UNLP, me dijo cierta vez cuando le conté que no estaba pudiendo leer de modo sostenido pero sí escribir: “Escribir también es una forma de leer”. ¡Claro! ¡tenía razón! Pero esta idea que yo había esbozado cierta vez hace bastante tiempo, en un escrito, ahora regresaba a través de su voz para que comprendiera lo que me estaba sucediendo con esta resistencia. Un síntoma que suele ser más común de lo que pueda pensarse. Y también este bloqueo al revés, no en el escribir sino en el leer, podría haber llegado a tener que ver con un hartazgo. Como cuando uno en una cena de Navidad o Año Nuevo come más de la cuenta y al día siguiente no puede probar bocado. La casa está  plagada de comidas deliciosas. Pero lo cierto es que hemos llegado a un límite que no podemos sobrepasar porque puede que hasta nos haga daño o nos enferme seguir comiendo. Las metáforas culinarios, que tanto se han predicado de la escritura, ahora llegaba para la comprensión de una necesidad: la de detener mi nutrición en lo relativo a mi formación lectora.

     La lectura en este momento para mí se limita a un escaso grupo de autores y autoras (más autoras que autores), a un escaso número de libros, cuyos autores sigo con pasión. Si un libro no me resulta apasionante se me cae de las manos. Si no me cautiva, el libro ya no tiene chance conmigo. Y probablemente ese autor con el resto de sus libros tampoco. Esto no significa que no haga esfuerzos, porque ha habido libros que pasadas las primeras páginas perfectamente han resultado fluidos para leer. Se trataba de una primera impresión.

     Y regreso a la pregunta luego de todo este rodeo que me fue necesario para, por asociación libre, alcanzara algunas respuestas o conclusiones bajo la forma de un conjunto de preguntas  ¿Por qué y cómo nació la literatura? ¿por qué alguien alguna vez cantó o escribió un conjunto de palabras para darles luego una forma que las plasmara? Imagino que fue lo que me sucedió a mí. Sentí la necesidad creo yo que a cierta altura de mi vida de descifrar signos como de informarme acerca de las vidas ajenas de muchos personajes o de muchas historias, como otras que me contaba mi abuela (una gran narradora oral) por fuera de los libros. Mi abuela era una gran seductora con su palabra y los relatos familiares. Un persona carismática, popular en mi ciudad. Una universitaria en Química y Mineralogía pero que leía narrativa. Y en esas lecturas ella se había entrenado como alguien que iría a cautivar mediante la palabra a un auditorio. Por mi parte, siento también que llegado una cierta altura de mi vida necesité, dado que había sido tan enriquecida y tan desplegada en el tiempo, usar mi  imaginación. O ello surgió, en virtud de tantas lecturas, de modo espontáneo. La ficción estaba llamando a la ficción. Pareció un ejercicio espontáneo, en tal momento. No hubo ningún antecedente traumático. Simplemente la necesidad de escribir llegó como un milagro del cual yo no sabía que dispondría. Ignoraba mis dotes. Pero mucho más aún ignoraba la larga trayectoria que me conduciría a esta aventura de crear.

     Me interesa analizar las conductas humanas. Por eso las escribo primero. Antes de que tengan lugar. Por eso la literatura ha sido una gran precursora de las ciencias y otras humanidades o disciplinas. Mi imaginación buscaba. Me dejaba guiar por la curiosidad a investigar. Y un curioso suele además de recorrer el mundo hacer otra clase de viajes: sumergirse en la experiencia de un objeto llamado libro, que contiene toda una serie de frases y palabras que están allí para que gocemos, nos enojemos, nos emociones, sintamos piedad por un grupo de personas vivas, muertas, enojo, indignación, que jamás existieron salvo en la imaginación de quien las dio a luz. Existe en estos casos una invitación  a que descifremos esos signos. Y la imaginación de muchos creadores y creadoras puso en movimiento la nuestra. Hasta que quisimos que esos mismos libros bellísimos que cambiaban nuestro ánimo a medida que los leíamos, fueran escritos por nosotros. Comprendimos que así como los grandes autores habían escrito sus libros, en nuestro campo de trabajo, en nuestro horizonte de expectativas estábamos en condiciones de hacer nosotros lo propio. Ellos o ellas eran personas que desde los primeros dibujos sobre un cuaderno, pasaron a producir textos cada vez más desafiantes. Luego vino la máquina de escribir eléctrica y más tarde aún la computadora. Hasta llegar a esta Notebook que me llena de alegría cuando los guardo y los trabajo a los documentos, o de pavor cuando pierdo mis archivos que supuestamente debían estar archivados. Ella resulta primordial. Es mi herramienta de trabajo junto con mi biblioteca y la Internet.

     Vivimos en el laboratorio de la literatura un conjunto de experiencias que nos movilizan. Nos emocionan. No somos indiferentes ni a escribir ni a leer. Ese  movimiento es el mismo que como escritores y escritoras realizamos al igual que esos creadores y creadoras famosos que, antes que nosotros, a la aventura de vivir lo que no podían vivir pero sí era posible que eso sucediera en cuentos y novelas, en obras de teatro o escuchar palabras combinadas de un modo que nos diera la impresión de ser perfecta. La poesía es el arte por excelencia de desordenar lo ordenado y de desvincular lo que está atado o unido en bloque. De este conjunto de obras que experimentamos como lectores y lectoras, el mundo pasó en su momento y pasa ahora a ser completamente distinto. De una infinita riqueza. Escribir se convierte en un estilo de vida. Leer también, en adquirir recursos para ser personas más completas. De un indefinido nunca jamás. Nunca jamás cesará la literatura, pese a que nosotros seamos seres mortales. Seremos los lectores de un conjunto pequeño de autores y autoras. Pero la plenitud de esos instantes no tendrá parangón.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Es escritor, crítico literario y ejerce el periodismo cultural. Publicó libros de narrativa breve, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa y prosas argentinas contemporáneas en carácter de editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente, Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación de Argentina para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU., en revistas culturales y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se dieron a conocer cuentos, crónicas, series de poemas y artículos críticos. Escribió reseñas de films latinoamericanos en revistas académicas o culturales de EE.UU. También en México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios, con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos. Colabora habitualmente con revistas de cultura de EE.UU., México, Chile, Venezuela y Argentina. Escribe también cuentos para niños. Obtuvo tres becas bianuales sucesivas de investigación de la UNLP y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de la UNLP, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile en revistas especializadas. Se desempeñó como docente universitario en dos Facultades de la UNLP durante diez y tres años, respectivamente. Participó en carácter de expositor en numerosos congresos académicos en Argentina y Francia. Realizó cinco audiotextos y dos videos en colaboración. Participó de dos colectivos de arte de su ciudad (en la actualidad se ha sumado a uno de Chile). Realizó dos libros interdisciplinarios entre fotografía y textos con fotógrafos profesionales, inéditos. Obtuvo premios y distinciones internacionales y nacionales.

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