Hombre, Ser de lenguaje. Pintura de Azucena Salpeter.

“Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
com’una vaquera
de la Finojosa”. 

Marqués de Santillana. Serranilla Séptima

Torcaz. Griga Formoseña II. Pintura de Azucena Salpeter.

Torcaz

Esa mujer está llena de viento. Tiene destino de ráfaga, de brisa, no tanto de ventarrón o de tornado. Si bien se adivina su temperamento potente. Su fuerza estriba en el viento cuando se enfrenta al mundo o a sus semejantes si no son nobles. En tales casos, el aire se agita en torno suyo. Los colores giran en un remolino producto de su ropa, que es de distintos perfumes y texturas. Esta mujer llena de viento es poderosa. Se la ve irrumpiendo por el lado oeste de la imagen. No es temerosa. No es tímida. No es retraída. No es huraña. Diría en cambio  que es más bien temida. Es como una especie de imagen plasmada de una divinidad de esas que adoraban en algunas zonas de Argentina los campesinos. Por sus ropas parece una mujer que habita una zona rural o semirrural, no urbana. Una habitante de una zona urbana, llena de ruidos, que es perturbada por el murmullo permanente de las multitudes o bien por el de los ronquidos de los motores sería, actuaría, tendría desde otra fisonomía, otra estampa, hasta estaría vestida por otras ropas y otros colores. Esta una mujer llena de vientos que arrasa con todo lo que tenga la osadía de enfrentar al bien. Está axiológicamente marcada de signo positivo, es decir, por el bien. Esta mujer llena de viento no muere cuando se paraliza el aire, en las siestas a la provincia de Formosa (Fermosa, en sus comienzos), esa provincia de Argentina en la que el mundo parece todo de barro, zanjones, perros salvajes y escasas pasturas. Se trata de una mujer llena de vientos que llega para hacer justicia. No tolera la maldad. No tolera la malicia. No tolera a los taimados. No puede soportar a quienes pretenden sacar ventaja de sus semejantes. Ahí sí su soplido es ensordecedor. Sopla, sopla, sopla. El hombre o la mujer o el grupo, la canalla, son embestidos y no les queda otra opción  más que volar (no hay posibilidad más que aceptar su debilidad de enanos). Esta mujer llena de vientos y colores vuela como una torcaz,  esas aves silvestres que dan la imagen de la indefensión pero también la imagen de la belleza. “Torcaz” es una bella palabra. ¿No lo creen? La paloma torcaz. Es una palabra conmovedora. El mundo consiste en encontrar correspondencias entre las palabras y las cosas. Entre las palabras justas que inventen un mundo nuevo. Tal vez eso, precisamente, sea la literatura. Un mundo que en esta mujer llena de colores, con su sombrero de alas, alado como la torcaz, esta mujer ahora sí ventarrón (está irritada, ha asistido a una canallada) se muestra indignada por lo que le pueda ocurrir en un enfrentamiento a una víctima. Ella no teme. Es lo suficientemente poderosa como para derribar un muro. Una estatua de mármol. El frontispicio de una casona. Pero no se trata de eso. Se trata de que el mundo gire hacia el lado de la armonía, no de lo belicoso. Esta mujer llena de viento se apresta a dar batalla porque ha detectado varias cosas que no le son agradables. Vio gente que no es leal. Vio gente que es agraviante. Un hombre ha cazado una torcaz. Otro ha golpeado a una niña. Un tercero ha agredido a una mujer que es su esposa, que no sé si agrava la situación, estimo que sí, pero lo cierto es que se trata de una situación grave. Si agrade a su esposa genera un conflicto que consiste en un parentesco que se astilla. Esta mujer llena de vientos es pura ira ahora. Se calza el sombrero, lo agita, el viento crece, se hace ciclón, arrecia. El ciclón se lleva a los hombres que se han consagrado al daño. Esos hombres que no conocen las artes del bien. Del buen modo. Esas artes que solo los niños saben de memoria sin haberlas aprendido. Llegan con ellas al mundo. Las aprenden sin que nadie se las enseñe porque las tienen adentro, como la sangre. Como la linfa. Y es entonces cuando esta mujer llena de vientos hace justicia. Y una vez que los bellacos se han volado por obras tan terribles y devastadoras, gracias a las lenguas de viento que la mujer ha soplado, el mundo vuelve a ser mundo. Los niños siguen sin aprender la bondad porque saben de ella. Son toda sabiduría. Y la sangre, como el viento, discurre mansamente. Pero también discurre en una lozanía esbelta que la conduce a una vertiente en la que el agua se une con el cántaro y la brisa. Porque ahora la mujer es brisa. Y esta mujer toda de viento, también sabe ser, junto al cántaro, una mujer toda de agua.

Bogan. Pinturas de Azucena Salpeter.

Bogan

Bien podría ser un bote hendiendo el agua clara, transparente de un lago de la Patagonia argentina (las aguas dieran la impresión de la intensidad de la claridad meridiana). Pero ¿por qué no encrespadas olas en torno de ellas? ¿por qué no corrientes submarinas que surcan esta imagen, sin poder ser advertidas? ¿acaso la imaginación en su dimensión creativa no permite trazar distintas hipótesis al detenerse en una imagen que lo dice todo pero al mismo tiempo no asegura un sentido unívoco? De eso se trata el arte. De ser connotativo. Existen muchos botes en la historia literaria. Podría ser alguno de Heminway. Me refiero a los viriles y heroicos, claro está. Pero Heminway no me produce la simpatía necesaria para escribir sobre él y su pesca de tiburones, sino en todo caso para pensar el modo en que narraba sobre todo sus cuentos, lo que sí me sirve para pensar cómo estoy escribiendo en este preciso momento. Este es un bote  salvavidas, en una hipótesis dramática (¿o trágica?). Un bote que luego de un naufragio (sí, un naufragio), antes de que los tripulantes perezcan, pensemos que están a punto de saltar de cubierta a esta pequeña embarcación. El color celeste de naturaleza amplia nos permite imaginar que está rodeada de agua en cantidades monumentales. Imagino un barco de grandes dimensiones, que boga sobre aguas saladas. Aguas que no podrán ser jamás bebidas sino en todo caso conforman esa zona del globo en la que solo los peces, los tiburones, las ballenas, los narvales, los calamares gigantes, los delfines, circulan por ella. Un síndrome de  naufragios ha tenido lugar. Estamos a merced de un accidente naval, por más que las aguas parezcan calmas, puede que el barco haya tenido una falla. Que su casco se haya visto dañado. Pero el bote, con su remo en diagonal, permanece en un estado de serenidad que diera la impresión de permanecer estacionado. Un remo que  lo atraviesa para ser su herramienta de tracción. O quizás las cosas sean a la inversa. Es el bote el que vela por su remo. ¿Por qué siempre pensamos las cosas de modo unívoco? Un remo que salvará a parte de una tripulación. Una tripulación integrada por mujeres vestidas de terciopelo. Hombres de levita. Otros de saco y corbata. Unos niños que correteaban por la cubierta pero ahora deben permanecer bajo techo, dispuestos a saltar al bote a la orden del capitán. Este bote que acoge en su maderamen a una parte minúscula de la tripulación. Naturalmente que todo conduce a pensar que habrá otros botes, igualmente de madera. Igualmente con remos. ¿cómo podría haber solo uno? Todo barco siempre está provisto de una pequeña flota de botes salvavidas. Y en medio de este temporal que arrecia, de olas que dieran la impresión, si uno buscara una analogía emocional, indignadas, de ser el resultado de un maremoto: ¿el fin del mundo como cuando hablamos de un tsunami? (para la gente de a bordo, para ciertos habitantes de las costas o las playas). Este bote salva la vida. Gracias a él la sangre seguirá corriendo. El pulso latiendo. La respiración, en este caso, agitada por el susto. Este bote salvará familias que de otro modo hubieran quedado huérfanas o bien hubieran perdido a sus hijos en un estado de sufrimiento, de dolor, indefinido. Hubiera pervivido el estado de memoria que solo les hubiera permitido permanecer cautivas de recuerdos, de vocaciones, aferrándose a fotografías que hacen que regresen como jirones los momentos más dichosos. Habrá objetos que traen de pronto imágenes de escenas que tuvieron lugar. Familias, entonces, cautivas de un relato circular. El relato de la vida. El que construyen con retazos de momentos que van atando con hilos hasta configurar una silueta que tiene un contorno. La novela familiar. Ese contorno delimita un perímetro. Ese perímetro es el que organiza la experiencia. Porque la experiencia debe ser ordenada. Al menos para ser narrada. De otro modo la vida deviene caos. Este grupo de náufragos que es probable que se salven (¿por qué no?, pensemos en una hipótesis optimista) están a puntos de permanecer con vida gracias a eso que la convención ha querido llamar bote. Que consiste en una cápsula. En una suerte de extremidad así llamada remo que deberán mover a ritmo veloz para poder avanzar. Pero sin embargo ¿está garantizada la supervivencia? ¿o acaso esa vida queda a merced? ¿a merced de qué o de quién? ¿de ellos mismos? ¿de la suerte? ¿de algo o alguien que se hace cargo de disponer del poder de manejar los elementos, para el caso el viento y el agua agitados? Por otra parte: otra cosa. El alimento. No tienen cómo pescar ni cómo cazar. No disponen de anzuelos. No disponen de armas de fuego. No disponen de trampas. Su vida, en todo caso, queda cautiva en un bote. De ese bote. De un bote que parecía asegurarles la libertad, ahora se termina convirtiendo en una cárcel. Esos espacios claustrofóbicos como las mazmorras, los sótanos, las fosas de ciertos castillos. ¿recuerdan las novelas góticas europeas del siglo XVIII? Así mismo. El bote pasa a ser ahora un espacio que cautiva. Ya su perímetro es el territorio de la cárcel. Por otra parte, deberán convivir quién sabe por cuánto tiempo. Y los temperamentos suelen ser en ocasiones antagónicos, no complementarios. La convivencia suele irritar. Hacer perder la calma. Movilizar los nervios en lugar de aquietarlos. La vida nos ubica frente a frente: existen hostilidades. Pero también existen desventajas. O peligros. Es entonces cuando un bote deviene arena de combate. Ya no espacio de salvación. Y ya no sabemos si saltar de él y sumergirnos en el mar dando brazadas hasta dar con una presencia humana, con sus vestigios al menos. O si permanecer en él procurando no irritar, no azuzar, no perturbar, no molestar una paz tan anhelada como imprescindible. Para que el mundo vuelva a recuperar esa fluidez calma, eso que tiene la realidad en ocasiones en que las cosas encajan, en que las partes se reúnen. En tales casos, todo se resuelve de modo feliz. Tal vez esa sensación se parezca bastante a lo que habían sido una serie de cenas, de galas, de fiestas, de baños en una piscina a bordo, en ese barco que ahora se va a pique. Ahora es otra el agua. Ya no es la placentera de la piscina. Ya no es dulce. El agua ahora es amenazante. Y nosotros dejamos de ser viajeros, para comenzar a ser víctimas. ¿De nosotros mismos?

Formosa. Pintura de Azucena Salpeter.

Formosa

Estas estalactitas (¿o estalacmitas? Nunca me quedó en claro la diferencia, ¿para arriba o para abajo? Sabrán disculpas pero jamás lo recuerdo, soy desmemoriado) son también como llamaradas de fuego. Ese naranja intenso nace primero, prosigue luego hasta que luce como chispazos que encienden la noche, la hacen una serie de bastones de fuego. O expulsan la noche. Son una brasa o, más aún, como una fogata que ilumina el mundo. Una fogata que por momentos se muestra con un ave diminuta (esa que pueden apreciar en la imagen, disimulada pero que si miran bien está). Por otros contornos como puñales que bien pueden hacer mucho daño a un mortal. Un mortal bueno. Un mortal malo. Según sea el caso. En fin, son esas cosas cosas…Uno no entenderá nunca a ciertas imágenes porque no están para ser leídas sino para asistir a su belleza incomparable sin comprender significados sino para palpitar muchos de ellos simultáneamente, unánimes. Las pinturas si tienen puntas pueden ser feroces cuchillos. O pueden ser agresivas lesiones. Pueden ser tantas cosas que tienen punta. Puntas aguzadas. Hasta un cucurucho podrían ser. Esos en que los niños se sirven los helados al salir del colegio o del cine, salvo que estos son todos de fuego. Yo no quiero pensar en que este cuadro se parece a esas cosas. Me parece demasiado sutil como para herir su belleza con comparaciones que puedan degradarlo (salvo la del niño, siempre pureza). Sus naranjas son la mezcla apasionada entre el amarillo y el rojo, una combinación perfecta entre la pasión escarlata y la otra gran pasión en la vida: el amarillo que denota ciertas horas del día. Convengamos que un mediodía es amarillo. No caben dudas de eso. Yo no diría jamás que un mediodía es blanco. Es para mí colorido. Pero no es colorido como un arco iris o porque ilumine objetos de colores. Sino colorido porque es de un solo color intenso. Dominante. Potente. Poderoso. Es aquel que pertenece a las grandes verdades.

     En esta imagen soy capaz de distinguir un ave (¿o la imagino?). Es un ave naranja, anaranjada. Podría tratarse de los que rodeaban a los grandes habitantes de América antes de ser descubierta. Eran seres salvajes. Como las llamaradas de una fogata. Esas que ellos mismos encendían. Por mi parte, estoy feliz de estar frente a este cuadro, hoy, domingo, mientras asisto a un ocaso que ya es promesa de noche. En el medio: un volcán. Porque este naranja bien podría ser de lava. Lava hirviendo. Esa lava que a uno lo deja paralizado de terror porque sabe que se trata de una amenaza inminente (se pone en guardia). Imágenes vienen a su mente: esa ciudad romana en la que todo ha quedado sepultado. El Vesubio. Sí, el Vesubio. Yo pienso que desde esta ciudad en la que vivo, una ciudad de provincias, en la que sin embargo escribo como quien está en el magma de la tierra, (lo digo porque al escribir entro en ebullición) también hay volcanes. Los volcanes son las pasiones. Son las grandes horas del amor. Cuando escribo entro en una ebullición sencillamente porque para mí la tierra se abre, de su interior sale, brota, lo que permanecía ignoto pero ahora se torna visible, nítido, claro, distinto. Se esclarece. Es aquello de naranja que tiene puntas porque tiende a ser agresivo como una lanza. Como una jabalina. Como una pica. Como un arpón. O bien tiene puntas porque puede ser esa zona de la experiencia del mundo, según la cual una mujer llena de viento, un bote lleno con un remo torcido (pero que salva, salva vidas), un mar que acaba de entrar en pleno maremoto (convengamos: el paralelo de que se trata en ambos casos de una suerte de erupción), entran en un diálogo imposible. Y pienso que entre aquel niño que he sido, que leía interminablemente, incansablemente. Entre ese adolescente que eligió sus lecturas (porque, como estas puntas, se volvió más agudo, más punzante), entre aquel  joven que a esa altura había perdido la ingenuidad, dejó de leer muchas cosas y comenzó a leer otras menos inocentes, a escritores inmortales, tuvo lugar una rebelión. Esa que estas puntas clavan en los cuerpos que agreden ahora que las miro atacan al mío. Son puntas aguzadas, casi como las de los aborígenes de ciertas zonas de Argentina, de la Argentina profunda, esa Argentina habitada aun por ciertas costumbres atávicas. Por ciertas tribus. Las tribus que hacen ronda en torno de una fogata. Cuecen una perdiz. Recordemos que ha habido tribus que cazaban mujeres para llevárselas a sus tolderías en plena pampa argentina.

     En este preciso momento estoy cansado. Se me cierran los ojos. El mundo está dejando de ser mundo porque la mirada ha dejado de ser mirada para ser sueño. Y me sustrae lo que creía antes estar seguro de ver. Veo formas vagas. Figuras. Líneas. Contornos. Veo esta noche naranja que me propone este cuadro. Eso que ya ni siquiera una pintura es capaz de plasmar en un óleo (porque esto es un óleo, esto que están viendo, color naranja; pero más que naranja es fuego, es un óleo con colores que tienden a un color arrebatado). Y las figuras llenas de puntas son prácticamente cónicas. En este preciso momento es  hora de que guarde la pintura (es demasiado violenta, es una pintura agresiva, que ilustra un momento de ataque, no se trata de una ilustración apacible). ¿Qué hay por dentro de Azucena? ¿esa mujer que ha venido de una provincia de Argentina, a mi ciudad, la de La Plata, desde su provincia de Formosa? ¿y saben ustedes por qué Formosa lleva ese nombre? Pues porque un marino, un descubridor, al apreciar su fisonomía al llegar a la zona de lo que muchos años  más tarde sería puerto, en lugar de fermosa” (“hermosa”), cometió el error de designarla con el nombre de “Formosa”. ¿Estoy en La Plata, Formosa, México o Misiones? ¿Hay paz o hay remolinas? ¿hay mujeres llenas de viento de maremotos? ¿están la torcaz o las estalactitas? Diera la impresión de que todo cierra. Aun así me manifiesto desconcertado. Ignoro la naturaleza más certera de lo que está pintado. Y deseo saberlo. Para eso escribo. Para saberlo.

Hombre, Ser de lenguaje en su versión completa. Pintura de Azucena Salpeter.

*Este obra es una propuesta interdisciplinaria cuya autoría está a cargo de la pintora argentina Azucena Salpeter y el escritor argentino Adrián Ferrero.

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Adrián Ferrero
Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), seleccionado por el Ministerio de Cultura de la Nación para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés en ese país. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en especial en Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Participó en carácter de expositor en congresos en Argentina y Francia. Realizó cinco audiotextos en colaboración con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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