Foto: Lucía Ges

Ida Vitale (Montevideo, 1923) poeta ganadora del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y también galardonada con el Premio Cervantes, ha hecho de su participación en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara un placer, de modo que no sólo se debe leer a Ida sino también escucharla.

Recepción del Premio FIL en Lenguas Romances

María Cristina García Cepeda entregó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances a Ida Vitale, quien vivió en México durante su exilio entre 1974 y 1984. Radicó después en Estados Unidos y ahora regresó de nuevo a Uruguay.

Una vez más, en una nueva estancia, puedo reiterar ahora en público mi gratitud por México, que desde aquel año 1974 fue primero generoso amparo y rápida fuente de amistades, muchas y constantes, dijo en su breve discurso en el que reconoció también al premio Nobel Octavio Paz como maestro generoso.

Quizá por estupendos que sean los premios, hay una cosa que los acompaña y los supera: el contacto con los amigos viejos y con los amigos nuevos, que ya son muchos.

Quienes llegaron a este país y que fueron recibidos y acogidos tuvieron la mayor felicidad que un exiliado puede tener, y es la de ser integrado como alguien más que puede formar parte de una cultura, de un modo de vida, de una felicidad compartida naturalmente; yo no llegué sola, llegué con Enrique Fierro, mi marido, que hace ya tres años que no está y teníamos que sumar uno por su lado otro por otro nuestras respectivas gratitudes.

En conferencia de prensa, Ida habló de lo que significa ser la quinta mujer que recibe el Premio Cervantes y el tema de la literatura hecha por mujeres:

Para mí ese tema nunca existió; por suerte tuve una familia que había dos o tres mujeres, mi abuela tuvo 14 hijos, no todos sobrevivieron, pero hubo tres mujeres que fueron maestras, directoras. Crecí sintiendo que las importantes eran ellas, más que mi padre, por ejemplo, o si la poesía es capaz de ayudar en momentos como los que viven los migrantes: No lo sé, lo alivia, supongo. Nunca puedo ver la poesía como cosa exterior aplicada, como algo que uno utiliza. Leer poesía es como oír música: uno la hace dentro o fuera de una frontera, creo que si leemos en estado de felicidad quizá nos guste más lo que estamos leyendo o lo veamos de otra manera.

En Galas de El Placer de la Lectura

Para Ida las lecturas más importantes son las que se descubren por azar. Mencionó que para ella «un libro es algo maravilloso para tener entre las manos, no hay mejor experiencia que ir a una librería, hojear un libro y que unas patitas salgan de las letras y nos llamen la atención. Esa experiencia se pierde cuando se compran libros a distancia».

Durante la charla también narró con humor cómo la censura llegó a sus manos a edad temprana dentro del libro de Las mil y una noches, el cual había visto en casa de una amiga y al pedirlo prestado a su padre, este le dijo que mañana se lo prestaría, lo querrá limpiar se dijo Ida. Lo que encontró al siguiente día fue un libro el doble de grueso, pues el señor había tenido la paciencia de forrar cada pasaje que le parecía inadecuado. Dice mi papá que esos pedazos son para cuando seamos más grandes, que ahora no lo entenderíamos, le dijo su amiga a la vez que le entregaba el libro. Ida se dio entonces a la tarea de quitarle la pegatina a cada hoja sellada y así tuvo un lectura «seleccionada» de los pasajes «inapropiados» de Las mil y una noches, cuenta entre las risas de quienes la escuchamos.

«Mil jóvenes con Ida Vitale»

En el ya tradicional encuentro multitudinario entre escritores y jóvenes, Ida los invitó a leer todo lo que les sea posible, después sabrán si era bueno o mal. También les contó que ella quizá comenzó a escribir a la edad de muchos de los presentes y «hay a quienes más rápido les satisface lo que hacen pero otros tardan mucho más tiempo».

En la charla moderada por José María Espinasa Yllades, Ida pidió a los futuros escritores presentes en este foro que ahora están en estado de expectativa «que no se apresuren, que lean todo lo que les caiga en la mano».

Mencionó que todo en la vida del ser humano es una imitación de lo que se hizo antes, pero la originalidad viene por sí sola después y en muchos de los casos, dijo, muchos poetas terminan de ingenieros, no todos se dedican de lleno a la literatura.

Una de la preguntas de una maestra que vino con sus alumnos desde Veracruz solo para conocerla, fue que los editores hablan de lo difícil que es publicar poesía, por lo que ella le pregunta por qué es importante seguirla escribiendo. A lo que Ida responde que ella se niega a ver a la poesía como un producto que debe entrar en la dinámica del mercado, entiende que es necesario pero se niega a que se le vea como tal, es algo mucho más vital que debe ser un acto con valor en sí mismo. 
Así es como las intervenciones de Ida Vitale terminan dentro de la FIL 2018. Para cerrar los dejamos con su poesía.

Agosto, Santa Rosa

 Una lluvia de un día puede no acabar nunca,
puede en gotas,
en hojas de amarilla tristeza
irnos cambiando el cielo todo, el aire,
en torva inundación la luz,
triste, en silencio y negra,
como un mirlo mojado.
Deshecha piel, deshecho cuerpo de agua
destrozándose en torre y pararrayos,
me sobreviene, se me viene sobre
mi altura tantas veces,
mojándome, mugiendo, compartiendo
mi ropa y mis zapatos,
también mi sola lágrima tan salida de madre.
Miro la tarde de hora en hora,
miro de buscarle la cara
con tierna proposición de acento,
miro de perderle pavor,
pero me da la espalda puesta ya a anochecer.
Miro todo tan malo, tan acérrimo y hosco.
¡Qué fácil desalmarse,
ser con muy buenos modos de piedra,
quedar sola, gritando como un árbol,
por cada rama temporal,
muriéndome de agosto!

Penitencia

¿Mirar atrás será pasar
a ser de sal precaria estatua,
un perecer petrificado
preso en sí mismo, parte
del roto encanto de un paisaje
cuya música no logro más oír?

¿Debo matar lo que miré,
el mito que minuciosa
pliego y despliego,
grava para mi paso solo?
¿Ciega borrar lugares,
playas, vientos, el tiempo?

Sobre todas las cosas,
anular horas que se han vuelto inútiles
como lluvia que cae
sobre el mar implacable,
como mis propios pasos
si no son penitencia.