Si Miguel Hidalgo pudiera ver lo que hoy ocurre en el país, con una Ley de Seguridad Interior que busca sepultar libertades, recursos ofrecidos al mejor postor –ya sea extranjero o nacional–, un escenario electoral para el 2018 que da más escalofríos que el anterior, un sexenio repleto de violencia, crimen, corrupción y mal gobierno; muy probablemente lamentaría haber sacrificado su cabeza por la Independencia.

Hidalgo en Tierra Tapatía 

Hace más de doscientos años, por estos días de otoño ya casi invierno, podemos imaginarnos a Miguel Hidalgo, quien desde Guadalajara abolía la exclavitud. Claro está, unas calles muy distintas a las que ahora recorremos, pero donde finalmente quedan algunos rastros de lo que Hidalgo debió ver. 

Tras la derrota en Aculco a manos de Félix María Calleja, Hidalgo y Allende decidieron separarse. Hidalgo aceptó la propuesta de José Antonio Torres de arribar a Guadalajara, ciudad de la que Torres había tomado posesión.

El 25 de noviembre de 1810 se instaló en Tlaquepaque, junto a su contingente de casi 7 mil jinetes. A la mañana siguiente las calles estaban listas para recibirlo, llenas de personas animadas y campanas sonando. Imaginemos un desfile con músicos, caballos, carruajes y comitivas, sólo que en lugar de niños disfrazados de Miguel Hidalgo, eran los verdaderos protagonistas los que desfilaban.

Decretos de libertad

En los primeros días Hidalgo gobernó con poderes absolutos. El 29 de noviembre expidió un primer decreto de abolición de la esclavitud dirigido a toda la nación. Una semana más tarde, el 6 de diciembre, emitió uno más concreto, firmado por Ignacio López Rayón como secretario.

“La abolición de la esclavitud se refería tanto al comercio de exclavos como al derecho de estos de procurarse algún bien. Es decir, a partir de esa fecha quedaban en libertad de adquirir y de poseer cualquier cosa, como los demás miembros de la sociedad. Por otro lado, los amos –europeos o americanos– debían liberarlos en un plazo de máximo diez día, so pena de muerte”.

No todo fue miel sobre hojuelas, hay que señalar que los decretos expedidos tuvieron sus limitaciones. Ciertos grupos de la población siguieron excluidos. Se beneficiaron alrededor de 6 mil negros residentes en Nueva Galicia, pero la servidumbre campesina sometida por las deudas siguió así. En cuanto a los indígenas les fue anulado el pago de tributos y se señaló que posteriormente se les devolverían sus tierras.

El fuego artificial de El Despertador Americano y el sueño insurgente

Guadalajara fue también el escenario donde vio la luz El Despertador Americano, el primer periódico insurgente, que tuvo su primer número el 20 de diciembre de 1810 y el último el 17 de enero de 1811. No sólo fue lo caro de su producción –dos reales, que significaba mucho para la época–, sino también el hecho de que la mayoría de la población no supiera leer, lo que explica la brevedad de su producción.

Lo significativo de este periódico fue el hecho de existir una prensa insurgente, pues pese al paso del tiempo sigue vigente el poder intrínseco que tiene la palabra escrita para legitimar algo, en este caso, el movimiento insurgente a los ojos de los criollos, pues estos sí sabían descifrar las letras que restregaban en la cara las libertadas poco a poco conseguidas o en vías de.

Lo que se puede denominar como el primer gobierno nacional, se dio pues en Guadalajara. Hidalgo pudo conformar, desde la relativa tranquilidad que le ofreció la Tierra Tapatía, un incipiente gobierno a partir de la insurgencia. Dicha tranquilidad fue breve pero sustanciosa. Luego vendría la interrupción: la batalla del Puente de Calderón, ganada, como sabemos, por los realistas, quienes acto seguido se dieron a la tarea de borrar lo conseguido por los insurgentes en la Nueva Galicia.

El sueño insurgente pareció un reluciente fuego artificial, rápido, fugaz, más parecido a un espejismo que a una realidad, solo el tiempo lo cristalizaría en algo tangible.

A más de doscientos años 

Es imposible no volver a la historia y pensar en nuestro presente –de hecho es lo que necesitamos hacer–. Podemos imaginar no solo a Hidalgo radiante por ese paréntesis que significó la estadía en Guadalajara, donde el recibimiento a modo de festejo y las semanas subsecuentes hicieron pensar en que las cosas funcionarían como él y lo suyos lo esperaban; sino a gran parte de la población anhelando lo mismo, aquellos que ansiaban ver transformadas sus vidas con los decretos.

Hoy lo que vemos en las noticias, con toda esa prensa alrededor y con gran parte de la población sabiendo y pudiendo leerla, tenemos que quienes dirigen el país, con el nombre de Enrique Peña Nieto a la cabeza, lo que buscan es lograr consolidar una militarización a manos de una Ley de Seguridad Interior que viola las garantías constitucionales de nosotros como ciudadanos; una ley que hace del Estado de Excepción la regla.

El «progreso» no es una línea ascendente que se logra conforme pasan los años, estamos a siglos de distancia temporal, ideológica y práctica de la libertad por la que Miguel Hidalgo y tantos de nuestros antepasados lucharon allá por 1810. Tengamos muy presente que lo conseguido siempre puede volver a ser arrebatado y perderse.

 

Bibliografía

Murià, J; Peregrina, A. (2015). Historia General de Jalisco. Vol. III. México: Porrúa.

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