R. Decker (1555)

Con una bula pontificia Super Illius Specula del papa Juan XXII fechada en 1326 empezó la persecución de las brujas, la cual duraría cerca de cuatro siglos y llevó a la hoguera a miles de mujeres. Con esta bula se concedió la categoría de herejía formal a la brujería.

La historia de la cacería de brujas es tan extensa y terrible como son los cuatro siglos que sobre ella recaen. En las siguientes entregas nos proponemos abordar varios aspectos que abarcan dicha historia. Iniciaremos con lo que Édouard Brasey denomina como la “religión de las brujas”.

Papa Juan XXII (Cahors, 1244 – Avignon, 4 de diciembre de 1334).

Magia y brujería

Para rastrear los orígenes de la brujería, tenemos que remontarnos al origen de la magia. Los rituales y las prácticas de magia tienen su origen en el mundo precristiano, en los territorios de Mesopotamia, Persia y Caldea. La palabra magia proviene del persa mag, que significaba ciencia o sabiduría. Para dichos pueblos era un método de enseñanza, sin embargo, desde la perspectiva occidental se trata de un arte o iniciación oculta que puede ser blanca o negra[i].

Esta última perspectiva es derivada de la división que existió en el mundo antiguo cuando el cristianismo se volvió la religión del Imperio romano. Con ello llegó su fuerza y también la posibilidad de escribir la historia de las religiones desde su punto de vista. De allí que el origen de la magia, que se remontaba a escenarios no cristianos, haya sido el flanco de sus ataques, el lado oscuro con el que se tenía que luchar.

Tenemos pues que en Persia, la doctrina predicada por Zoroastro –Zaratustra– daba una importancia esencial a la magia y a la brujería. Los griegos también creían en la magia. Por ejemplo, Tales creía en lo demoníaco y Platón consideraba la posibilidad de regresar del más allá. Por su parte, los romanos también creían en la magia y la practicaban, pese a ser una actividad prohibida por la Lex Cornelia. Emperadores como Tiberio, Vespasiano o Marco Aurelio recurrían a los consejos de sus magos.

Grabado de Bernard Zuber

Si a este sustrato antiquísimo le agregamos las supersticiones propias del folklore popular, obtendremos el conjunto de prácticas y rituales paganos que dieron forma a la religión de las brujas. “Esta religión primitiva y sincrética, fundada en la adoración del macho cabrío –símbolo de la potencia sexual– y en la magia y el conocimiento de las plantas, los venenos y las sustancias alucinógenas, atravesó Europa de este a oeste e implicó esencialmente a los campesino, los siervos y gente del pueblo”[ii].

Conforme el cristianismo se fue haciendo de mayor poder social, la brujería se convirtió en un asunto que se relacionaba con las clases menos favorecidas. Lo que también agregó un punto importante a su paulatina prohibición, que comenzó a inicios de la Edad Media. Tal prohibición partió de la demonización de dichas prácticas, lo que fue de la mano del incremento de poder que adquirió en el imaginario la figura del diablo, lo cual ya hemos referido en nuestro texto sobre la historia del diablo.

Zoroastro y el diablo

Según refiere Brasey, fue en Persia donde nació el “diablo”, asociado a la idea del mal, aquello que es opuesto al principio del bien. Quien lo inventó fue el profeta medo Zoroastro (600 a.C), oponiéndose a los principios de la religión indoeuropea reinante y que se basaba en el Rig Veda, donde ninguna figura oscura existía. En el  Rig Veda todo en el universo provenía de Ahura Mazda y Mithra.

En un manuscrito alquímico de 1738, Clavis Artis, aparece esta representación de Zaratustra con una salamandra, animal relacionado con el fuego. Fuente: National Geographic España.

Zoroastro se reveló ante las costumbres propias del mazdeísmo original y creó sus propios evangelios, los Gätha, donde a las figuras solares y lunares de Mazda y Mithra, agregó la de Ahriman, el espíritu del mal. Con el zoroastrismo asistimos a la división del universo en dos fuerzas antagónicas: el bien y el mal. Un escenario que el cristianismo retoma.

Zoroastro pretendía sustituir progresivamente el politeísmo védico por una especie de monoteísmo primigenio. Objetivo que también tendrá el cristianismo. Así, la reforma de Zoroastro inauguró una cosmovisión prevaleciente a través de los siglos y que aún hoy impera. Con Ahriman surge la figura del mal, que posteriormente el cristianismo hará suyo bajo nombres distintos como Satanás, Lucifer, Belcebú, diablo o demonio.

El aquelarre de Francisco de Goya

Este diablo o demonio será el rey supremo a quien, según los cazadores de brujas, adoraban las mujeres acusadas de brujería. El macho cabrío, figura que aparece reiteradamente en los aquelarres, es la encarnación del diablo en un animal. Dicho principio del mal es al que se le adjudicó el poder de actuar por medio de las mujeres que practicaban la brujería, el medio perfecto para que Satanás tratara de conquistar el mundo. Por tanto, la lógica inquisitorial, tenía una sola obligación: luchar contra tal fuerza por medio de la tortura y la hoguera.

Lo interesante en la historia humana no es atacar o juzgar las acciones o pensamientos propios de una época determinada, sino tratar de comprender las razones y el contexto que hicieron posible su existencia. Sólo a través de tal comprensión podemos abonar a nuestro presente, ya sea para retomar ideas similares o para no repetirlas, como obviamente es el caso de la atroz cacería de brujas.

 

 

Notas al pie

[i] “Magia, religión y ciencia”, p. 161.

[ii] Brasey, Brujas y demonios, pp. 150-153.

 

Bibliografía

S/A, “Magia, religión y ciencia”, en Jurídicas UNAM. Disponible en digital: https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3074/9.pdf.

Brasey, Édouard, Brujas y demonios, Morgana, Barcelona, 1999.

 

 

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