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Pienso que siempre debería (o bueno sería que lo hubiera) una gratitud de los lectores. Una fidelidad de los lectores no solo hacia determinados autores que sienten que escriben las palabras que a ellos les hubiera gustado haber escrito. Sino otra clase de gratitud. Me refiero a esa gratitud producto del reconocimiento se le formula porque a ese creador o creadora le ha demandado años, lustros incluso decenios de años consolidar para escribir con ese sentido de la belleza, de la precisión o, por qué no decirlo, de la valentía y de la decencia. De la coherencia. Eso que hace que de libro a libro uno encuentre la impresión de que hay un proyecto, un leitmotiv, una serie de ideas, que están por debajo de esos libros, que subyacen a ellos, que están implícitas en ellos. Pero que no son tornadizas. Les han demandado a algunos una sabiduría espontánea. Y a otros, en cambio, los menos dotados, muchísimos años de maduración. Aprendizaje a solas, como autodidactas, pero también en talleres de escritura, en la Universidad, en seminarios o cursos por fuera de ella, en asistencia a conferencias, en la realización de entrevistas a otros creadores, en estudios de idiomas. Hay otras cosas que realiza un creador para perfeccionarse, porque por ejemplo pude ser docente o coordinador de talleres de escritura y estudiar mucho para impartir sus clases. Motivo por el cual aprende enseñando. De modo que uno agradece ese esfuerzo en ocasiones titánico por ser cada día mejor escritor, cada día mejor profesional, cada  día más rico en ideas, cada idea con una escritura más certera, más oportuna, más sensata también, por qué no decirlo, que argumente mejor en un ensayo o una reseña, por citar solo el caso de quienes ejercen ese trabajo en el seno de la producción literaria. Y está la exposición a la que ese autor o autora se someten por escribir sobre ciertos temas incómodos, perturbadores para la sociedad, esos que la sociedad no quiere escuchar porque sabe que le resultarán molestas, no le gustará que le sean señaladas. Sobre todo: que le sean señaladas como ilegítimas. Porque las personas de índole más conservadora no están dispuestas a escuchar a quienes desmienten sus puntos de vista. Al carecer de la formación, de la preparación de alguien que ha rumiado, masticado, investigado, ejercido el pensamiento crítico, estudiado a fondo cómo es y cómo se comporta una sociedad, pero también vivido, experimentado en carne propia ciertos fenómenos, no puede admitir que se les pongan delante.

     Me referiré solo al caso argentino, que es el que conozco más en profundidad y solo a algunos creadores y creadoras que me son caros. Están los autores que hablan de otros autores, esto es, que los valoran, los estiman, los rescatan, los traen al presente histórico. Se trata de autores y autoras valiosos que el así llamado que suelen poner en cuestión el canon estipulado por lo general por la institución académica, por los medios de la prensa cultural, por las instituciones dadoras de devoción cultural, en fin, por quienes pretenden definir qué autores o autoras deben ser leídos y cuáles no. Operaciones de inclusión y exclusión. En ello implícitamente consiste el canon.

     En este sentido si un escrito en la medida de sus posibilidades es capaz del rescate de figuras que a su juicio no son lo suficientemente estimadas, pues será importante su predicamento, tenga el alcance que tenga. Tenga el nivel de refinamiento que tenga, tenga la capacidad de intervención que tenga. Su revisión del canon por fuera de esas instituciones y en sus artículos o libros será fundamental. Situar a esos autores o autoras en un lugar de visibilidad pública es una misión importante. Es tarea también al menos que yo agradezco, porque me parece un acto de justicia. Habiendo otros productores culturales que a nuestro juicio no tienen los méritos que estos autores sí tienen pero sin embargo mantienen una visibilidad y un nivel de consagración a nuestro juicio inmerecido. Estos otros, sin embargo, permanecen ignorados.

     Yo le estoy enormemente agradecido a Borges por que haya consolidado críticamente la poética de Macedonio Fernández para que luego la retomara y prosiguiera Ricardo Piglia. Y le estoy enormemente agradecido a Ricardo Piglia por haberme hecho notar la importantísima serie entre las poéticas argentinas Macedonio Fernández/Roberto Arlt/Juan José Saer/Rodolfo Walsh/Manuel Puig. De modo que frente a estos escritores/lectores que han sido importantísimos escritores argentinos uno no pude sino manifestarles su gratitud, para el caso literaria, como experiencia literaria, pero también como organización de un canon nacional según el cual pueden diferir o pueden acordar con otros autores o autoras. Ese no es el punto. Cada autor reivindicará la figura de distintos creadores o creadoras que le precedieron. Ello entra en directa relación con la índole de su poética. Pero también con cuestiones ideológicas muy profundas. Me estoy refiriendo a la ideología literaria y a la ideología social en un sentido amplio por dentro de la cual está inscripto.

     En el territorio de la escritura realizada por mujeres, desde el campo de sus poéticas, retomaría la figura de la autora Angélica Gorodischer (Buenos Aires, 1928), quien ha realizado todo un trabajo de restitución del lugar de las escritoras argentinas y latinoamericanas a la consideración en el marco continental de estas creadoras. Y ha compilado una antología sobre escritoras desde el nacimiento de la literatura, en la cual destaca la primera irrupción las autoras que la protagonizaron. Escribió ponencias, en sus libros la dimensión del género resulta primordial, ha publicado libros de conferencias donde ha configurado la noción de género poniéndola en diálogo con la poética. Considera que la escritora argentina Griselda Gambaro es la mejor escritora argentina (puntos sobre el que hay un notable consenso entre colegas y críticos). Y ha insistido en el enorme mérito de la fallecida escritora argentina Hebe Uhart (Argentina, 1936-2018).

     La autora María Negroni de modo sistemático viene llamando la atención sobre autoras tanto argentinas como latinoamericanas, norteamericanas y europeas (también de naturaleza muy antigua en algunos casos), traduciéndolas, escribiendo Estudios Preliminares o ensayos, ediciones bilingües, leyendo ponencias en congresos, impartiendo en sus seminarios a escritoras clases sobre ellas. En fin, a esta altura estamos en condiciones de hablar de una proyecto cultural que involucra la escritura crítica, en ocasiones la poética, reescribiendo géneros o poéticas de varones (como las sagas), desde una perspectiva feminista, la traducción literaria, la edición, la difusión de ese legado mediante distintos recursos y herramientas. También los medios de comunicación o las redes sociales.

     La poeta, ensayista y traductora Diana Bellessi ha realizado traducciones de poetas norteamericanas y de otras nacionalidades. Ha reflexionado sobre la condición de la mujer en la poética. Y la poeta y la prematuramente fallecida Mirta Rosenberg (Argentina, 1951-2019) ha difundido con la mediación de la traducción a autoras de distintas partes del mundo, en particular del anglosajón y en particular norteamericanas, además de la producción de sus propias obras literarias. Simultáneamente, fundó una editorial.

     También están los autores o autoras que en el seno de sus poéticas realizan operaciones de relecturas de poéticas de autores o autoras. Esto es: no escribiendo ensayos sino desde la escritura literaria reivindican casos de autores o autoras.

     La gratitud de los lectores y las lectoras (entonces) se promueve también por parte de uno mismo hacia ellos o ellas que se embarcan en proyectos en ocasiones de un alto costo. A contracorriente. Por más que sabemos que las modas están a la orden del día.

     No hay más que pensar en el caso del Manuel Puig (Argentina, 1932-México, 1990) para evocar la amargura que sintió por dentro de su país, ya siendo muy niño, en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, General Villegas, donde lo salvó que asistía a funciones de cine con su madre durante largas horas. No obstante, su nombre estuvo signado por la censura y la persecución. En tanto en el mundo Puig era agasajado, ganaba premios, era candidato al Premio Nobel en una ocasión, escribió novelas, cuentos, teatro, guiones de cine, crónicas, en fin, una heterogeneidad, una variedad tan rica que despliega a una poética en toda su diversidad. El boom Puig llegaría demasiado tarde. La crítica argentina hizo un gran papelón porque recién comenzó a considerarlo un escritor que merecía atención abordajes interpretativos hacia los años noventa. Cuando ya la poética de Puig, en lo esencial ya había sido escrita. Fue allí donde se comenzaron a escribir tesis doctorales, de Licenciatura, trabajos de investigación, libros, artículos, ponencias para congresos. En fin, un desangelado final para Puig que se despedía de este mundo cuando recién la crítica argentina lo atendía.

     Hay otro grupo de escritores y escritoras que ha reivindicado géneros que no son estimados por la academia, realizando notables operaciones de transgresión sin embargo sobre esos modelos, politizándolos, por varios motivos. Un caso (y de los más destacados y paradigmáticos) es el de la autora Liliana Bodoc (Argentina, 1958-2018), con sus sagas de épica fantástica que toman como matriz las de J.R.R. Tolkien. En primer lugar porque toma como referente imaginario de sus sagas el sustrato aborigen americano. En segundo lugar porque politiza el lugar que desde el género la mujer tenía en sus antecedentes. Finalmente, lo politiza porque realiza una lectura específicamente desde un país subalterno como Argentina de un país como Inglaterra, de cuyo origen proviene ese género originario. Naturalmente inspirada en sagas, literatura medieval o la imaginación de bestiarios, entre otras fuentes.

     En el campo de las poéticas infantiles, la música infantil y para adultos, la musicología, la conducción de programas de TV, como escritora de libretos, la autora y cantautora María Elena Walsh (Argentina, 1930-2011), dio vuelta como un guante la cultura artística argentina. No solo la relación entre infancia y poética (tal como oportunamente lo señaló el notable escritor Leopoldo Brizuela) sino también el lugar que ocupaba el arte y la canción popular en el seno de la cultura popular argentina. Debemos a ella también potentes intervenciones contra los censores en épocas oscuras de nuestro país. Y fue una encendida defensora de los Derechos de las Mujeres. Abrió sendas que serían retomadas entonces por autores de literatura infantil y juvenil (sobre todo), pero también sobre varios de los músicos consagrados a ese arte. Una figura inolvidable que dejó una marca fuerte en campo cultural de nuestro de Argentina. Hacia el final de su vida fue autora de novelas para adultos. Compiló una antología A la madre, con poemas de autoras y autores argentinos consagrados a ese ¿rol? que habían sido tematizadas en el arte poética de nuestra nación. Alimentó la imaginación creativa (y lo sigue haciendo) de generaciones de niños (y adultos) que encontraron en sus libros historias plenas de disparate y nonsense.

     También en el campo de las poéticas de literatura para niños, dos escritores, que fueron marido y mujer, aportaron mucho a la cultura argentina desde los DDHH. Laura Devetach fue prohibida por la dictadura por su libro La torre de cubos, de todos sus libros que leí podría afirmar que connotan axiológicamente de modo positivo la libertad de expresión, la libertad de ser y hacer, de pensar sin condicionamientos ni ataduras. El combate entre el bien y el mal expresado en posiciones frente al perjuicio contra el semejante. Y su esposo, Gustavo Roldán (Argentina, 1935-2012), realizó todo un trabajo de recopilación de los mitos, relatos orales y leyendas de los aborígenes del Alto Chaco Argentino, de las tribus tobas, matacos y guaraníes. Esta revalorización del sustrato aborigen nacional supone un trabajo sin precedentes para que los niños de nuestro país tengan acceso a una cultura literaria en extinción o ya desaparecida en su circulación. También de nula documentación en formato libro. La compilación se titula Los cuentos que cuentan los indios (1999). Sumo a ello el trabajo literario con la personificación de la fauna del Monte chaqueño, que es una forma de señalar que desde una zona que no es la de la metrópoli se es capaz de producir una poética de jerarquía sin acudir a modelos de prestigio extranjeros o de inspiración extemporánea. La autora para niños (y adultos) Graciela Montes realizó todo un trabajo de investigación y escritura con el tono justo en un libro sobre el Golpe militar de la última dictadura militar narrado para los niños con el libro El golpe y los chicos (1996). Y en el capítulo poéticas de literaria para niños señalaría con énfasis la labor de la autora Adela Basch con su incesante trabajo en escuelas, bibliotecas, centros culturales, desde los rurales a los citadinos. En fin, una promotora del teatro para niños (sobre todo, porque también ha escrito para adultos) que la ubica en un lugar de suma relevancia en el contexto de las poéticas nacionales atentas y preocupadas por el semejante. No dejaría de mencionar que en el seno de su poética la reivindicación por la emancipación americana, la de los pueblos originarios, la de nuestro país y la de la educación pública a través del rescate de figuras clave en tal sentido, ha sido esencial.

     No me referiré a otros ejemplos, porque no los conozco en profundidad ni en todos los casos me siento interesado por ellos, pero sí diría que se trata de políticas de la traducción, políticas de la edición y operaciones en lo relativo a la poética que son transgresoras. En tanto en ocasiones se apoderan de un legado extranjero para atraerlo, mestizándolo, hacia el centro del sistema literario de nuestro país, dotándolo de inflexiones propias. Se trata de restituirles la jerarquía literaria que a su juicio merecen siendo países periférico respecto del extranjero, politizando los recursos, procedimientos, temas, contenidos, por parte de autores argentinos desde los códigos extranjero hacia un enfoque nacional. Como en el caso de Liliana Bodoc. Realizan, en definitiva, actos de justicia literaria. Actos en los  cuales reponen una experiencia de lectura a un público que, o bien desconocía, o bien desconocía una lectura a fondo de un género, no interpretante de ese pasado literario, o no era capaz de apreciar la posibilidad de vislumbrarlo o de evaluarlo en toda su jerarquía literaria.

     De modo que como lectores, como lectoras, ¿cómo no manifestarnos agradecidos a estos autores y autoras? ¿a estos pocos casos que he elegido porque me son caros? Autores y autoras (adopto también el género femenino porque guarda una relevancia importante esa dimensión en el presente artículo) que se han ocupado de adquirir una formación de excelencia, una información de excelencia, una práctica de escritura según la cual el trabajo literario ha procurado ser realizado según los términos más cuidadosos, más respetuosos y más honestos hacia los lectores y lectoras. Y cuando digo “respetuosos” quiero decir, perfeccionistas, detallados, producto de un afán reflexivo en profundidad. Eso por un lado. Por el otro, concibiendo en el seno de sus textos, por dentro de ellos, una noción de semejante que éticamente manifiesta una ética con valores inamovibles, tiene matices expresivos, colorido en los procedimientos, manifiestas operaciones constructivas y de deconstrucción de formas ya vetustas.

     También está la trayectoria de un creador o creadora. Si ha sido trabajador, si se ha esmerado en producir de modo sostenido y de manifestar una cierta porfía en su labor. Si ha multiplicado sus esfuerzos en torno de varios frentes. Si se ha jugado pronunciado palabras valientes a lo largo de su historia de productor cultural, tanto en épocas oscuras como en otras donde su voz puede también realizar poderosos señalamientos al poder. A la corrupción. A los negociados o al capitalismo depredatorio. O si, por el contrario, meramente se ha refugiado en su escritura literaria sin salirse de esa concentración un poco egoísta. A mí, para ser franco, no me da lo mismo una cosa que la otra. No me da lo mismo un escritor que en sus libros afirma opiniones que van en contra o atentan contra el sentido común, que son heterodoxas, que son inesperadas, que pueden producir irritación, que van a tocar zonas sensibles de la experiencia literaria. Y él lo sabe. Y aun así lo hace. Tampoco me da lo mismo que un autor se consagre a un trabajo meramente de repetición, de reiteración de códigos que otro que realice un trabajo producto de una transgresión, de la política tal como él la conciba (no necesariamente en consonancia con la mía), no me da lo mismo que haya entrado en disidencia o en consonancia con el poder, que tome posición respecto de los DDHH que éstos le sean completamente indiferentes. No todo da lo mismo. Eso está claro. O al menos eso a mí me queda completamente claro. Sencillamente porque la suerte que correrán estos creadores no serán la misma en un caso o en otro. Son temerarios en un caso. Están apostando al riesgo. En el otro, al confort. Cuando no al exitismo.

     Respecto de autores argentinos que han realizado intervenciones públicas notables en relación con los DDHH, su violación, el imperialismo o las dictaduras algunos son además de una excepcional calidad. Me refiero a Héctor Tizón, Griselda Gambaro (quien también realizó una relectura en su teatro de mitos u obras extranjeras), Noé Jitrik, Tununa Mercado. En un sentido afín a la psicoanalista Silvia Bleichmar, atentos a la suerte del semejante, que otros que no lo han hecho. Son estilos de vida, no solo ideología. O ideología social. Todo este grupo de productores culturales padecieron el exilio y la persecución ideológica. Son modos de vivir más o menos comprometidos con el país en el que uno reside. Más o menos con una ética cívica. O uno está solamente pendiente de su carrera. O aspira a que sus semejantes tengan una mejor calidad de vida. En particular una mejor calidad de libertad de expresión y de acción. Pero también de realización y de vida en plenitud en todos los  planos de vida. Por otra parte, ninguno de estos creadores, creadoras o profesionales han desatendido su trayectoria, precisamente porque esa carrera tenía que ver con una mayor calificación en lo relativo a lo que iban a escribir. A lo que iban a dilucidar. A lo que iban a interrogar. A lo que iban a abordar en sus interpretaciones sociales. Motivo por el cual resultaba fundamental una buena preparación, formación e inteligencia. Tendrían mayor o menor capacidad de predicamento. No se trata de competir. Se trata de ir al encuentro de la sociedad sin afán de triunfalismos narcisistas sino con afán de brindarse, de brindar lo mejor que se tiene. Leo otra cosa aquí. Leo con gratitud. Leo con admiración. Leo con la sensación de que estos creadores y creadoras se sienten movilizados por un principio de solidaridad con el semejante.

     De modo que en este “No todo da lo mismo” sintetizaría mi posición de lector como lector agradecido, como lector al que un autor o autora, su vida (más fácil, más cómoda, más incómoda, más dolorosa o más sencilla) se ponen de manifiesto en el seno de la sociedad de un modo u otro. Mi gratitud no será la misma. Sé como escritor el costo que acarrea pronunciarse acerca de temas perturbadores para una sociedad llena de pacatería o bien conservadora que hacerlo acerca de otros de naturaleza que no promueven esa clase de señalamientos (y sí son más egoístas, y sí son más narcisistas, y sí uno se expone menos a la hostilidad de la sociedad). De modo que ¿cómo no valorar el riesgo del pensar que se traduce en un riesgo del escribir porque antes hubo un amor en el sentir? Una emoción no sentimental pero que indudablemente nos hace sentir ciertas emociones respecto del semejante. Sea cual fuera nuestra situación. Aspiramos a un mundo más justo, más soberano, más legítimo, según el cual las costumbres y los estilos de vida sean más flexibles y no sancionen a ninguna clase de persona por ser considerada como una alteridad.

     Y en este devenir que es la poética y la ideología según el cual los autores y autoras eligen quiénes van a ser porque eligen sobre qué van a escribir, qué van a publicar, dónde van a hacerlo, por qué van a hacerlo, cuál es su fundamento, si están dispuestos a asumir ese costo de naturaleza peligrosa en ocasiones, si van a hacer públicas sus ideas, de qué modo, pese a que les acarre persecución habrá una gran diferencia. Si se mantienen firmes en su sitio.

     ¿Puede acaso darme lo mismo entonces una cosa que la otra? No a mí. Es por eso que mi gratitud hacia estos creadores y creadoras valientes, que han asumido riesgos (también el riesgo del imaginar, el riesgo de concebir, el riesgo de reflexionar, que es otra clase de riesgo, pero en verdad queda plasmado en una poética) es mayor cuando han sido desafiantes frente al poder. La escritura literaria se carga de un voltaje electrizante en tales casos. La poética entra en diálogo con una cierta forma de la temeridad. Y la gratitud, como lector es infinitamente superior. Han sido creadores y creadoras que no han estado atentos solamente a ser “buenos escritores o escritoras” a “escribir bien”, a “escribir para tener lectores”, o a “escribir para tener éxito” sino que han sido grandes disidentes. Atentos a preservar una memoria histórica, algunos. Otros han arriesgado y se han arriesgado. En mayor o menor medida sus poéticas se manifiestan en un caso u otro más politizada no porque adhieran a un partido político, obviamente, sino porque no admiten lo inadmisible según lo que consideran una traición o una falta a la dignidad.

     Y, como para cerrar, diría que la politización del discurso literario tiene que ver con, en palabras de la filósofa española Célia Amorós, “irracionalizar marcos de referencia”. En palabras sencillas: sus poéticas desvían a la escritura de su camino más previsible, más estático, más plagado de lo previsible, hacia una zona de la incertidumbre. Y también, en ese inesperado juego del riesgo, también sienten justificada su vida y su misión ética como escritores y escritoras.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Prof., Lic. y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se difundieron cuentos, crónicas, series de poemas así como artículos críticos de su autoría. Ha realizado el abordaje crítico de letrística de cancioneros. También en México y en revistas de culturales de EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los cuales aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas (trípticos o tetralogías) se publicaron en una revista cultural, de NY. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Participó en carácter de expositor en congresos en Argentina y Francia. Ha dictado charlas y conferencias en forma presencial o vía Zoom. Integró equipos e investigación con sede en su Universidad sobre literatura argentina contemporánea (tema en el que se ha especializado, junto con literatura infantil y juvenil también argentina), o bien estudios de género. Realizó cinco audiotextos en colaboración, aportando los textos, le lectura y la voz. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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