Imagen obtenida de Vix

Piedritas en la mano. Apretadas las piedritas. En mano las tenía. A las piedras las juntaba y apretaba. Curitas vendía. Estaban sucias, pude verlas. No le compré: nunca le compro a ninguna gitana. Pero me besó. Beso de lengua.

     Arisca. Temblorosa. Jugaba a morir en sus brazos, a respirar su nuca, a morder sus cabellos negros. Me ardían las tripas de tanto amarla. Llamo a eso mi final, entre sus brazos.

     Santa era su nombre. Mordía mis tetillas y me causaba dolor. No lo lamento. Quizás eso fue un sueño que ahora identifico con una escena de mi pasado. Nos gusta vestir el pasado con ficciones. Sobre todo cuando lo convertimos en relato. Ante ese riesgo acudo a momentos, no a la gran historia narrada en tono mayor.

     Gime la gitana. Gime Santa. Entre mis piernas, casi muerta, casi viva, casi inerte, casi sucia. El desmayo fue el que ella me provocó después del orgasmo. Morimos al unísono, el uno en el otro. Santa. Como una cerbatana cuyo dardo ella soplara. 

     La gitana me miró la mano: “Nervioso y caprichoso. Hijo de la noche. Hablando un idioma ajeno. Eso es la gloria”. Sus palabras secretas permanecieron zumbando, como siempre ocurre con el misterio. Amó, amó mi semblante, mi cuerpo todo. En nuestros juegos jugábamos a odiarnos de tanto que nos amábamos. O qué será.

     Días hubo en que la pensé con otros, en mi ausencia. Yo sabía que ella no me era fiel. No me importó. Yo también podía leer en su mano. Jugar a ignorar lo que sus huellas me decían, jugar a un orden que no se pensaba absoluto.

     Pero me enseñó muchas cosas. Perderme entre el aroma de sus piernas. Jadear. Perder el juicio. Anonadarme.

     Recuerdo el día que me condujo de la mano a la tienda de su amiga. Había adornos de muchos colores, estampitas, faroles, un espejo, lunares. Encerrado entre la magia de esas dos mujeres solo pude escucharlas, preso de su lengua. Me volvieron a decir la buena ventura. Tenía hollín entre los dedos. Jadeaba. Mis manos transpiraban. Lloré en silencio.

     En esa fiesta comimos cordero y a mí me transpiraba la camisa. Ella me abrazaba como si temiera perderme. ¿Cómo iba a ser yo el extraviado? Me llevó atrás de una choza. Nos amamos entre olor a estiércol, grasa, escuchando los gritos de todos. Y no pensé que había sido perverso.

     En el humo la carne. Chorizos cocinándose con un hedor de cerdo y especias. El sol de noche iluminando nuestro juego. El amor a ciegas. Yo sin quererlo, ella siendo el ama de todo. Era cierto que yo no era un gitano. Lo había aprendido. Lo supe de pronto. Lo averigüé. 

     La voluptuosidad de ella me enredaba, como si tuviera lianas entre las piernas, rulos entre las manos, algas entre los brazos. Muerto con esa flora aluvional. Secreto. Así juega ella a ser fingiendo desplantes.

    Un día la vi matar a un perro blanco. Le pegó un machetazo sobre el lomo: se lo partió. El muerto aulló su agonía de bestia. Pensé que yo podía correr esa suerte de perro. Canino. Fatal. Como si esa escena fuera un ensayo para el gran momento final. Sublime, supongo, para ella.

     Nubosidades. Mito y furia. Ahora observo y no hay estrellas, no hay sol. Veo lomas hacia el poniente, lomas que quieren ser domadas. Como Santa. Que quiere ser domada. Cuando la monto ella se ríe y hace un chasquido. Chasquido de lengua. Muerte y saqueo. Olor a almizcle.

     La historia tiene muchos episodios que son el mismo. Cuando ella hablaba elaboraba ese mito, un conjuro que yo siempre terminaba por creerme. Era su magia. Yo tocaba su piel seca y eso bastaba. Acariciaba su mano, y ya. Así está bien, chiquito. Así, más cerca. Acá, encima mío. Ponéme eso, untáme por atrás.

     Tatuada con un arco iris en la espalda recta. Recta la espalda. Arco iris de medianoche, de tormenta seca, de miedo sin dominio. ¿Cuántas veces admiré esos colores sin poder dormirme? Miré sus colores mientras ella respiraba lo último de su sueño. Tinieblas. Mordedura de Santa. Víbora coral.

     El día que quiso matarme no fue como al perro. Me quiso pegar con una cachiporra en la cabeza mientras dormía. Después de todo yo era un extranjero. Un colado. Su cultura me expulsaba. Ella me expulsaba después de haberse saciado. De mí. De mi religión atea. De mi raza italiana. De mi cuero negro. De mi pelo oscuro y agitado. Saciada de mí, buscaba ahora mi muerte. Le paré la mano en seco. Fue un reflejo. Una manera de salvarme. Después justo a tempo. O estaba entre dormido. No iba a morir tan joven. Ya me lo había dicho una gitana: su amiga.

     Cosa curiosa. Nunca nadie le dijo su futuro a Santa delante de mí. Tal vez porque yo era el final de esa cadena y nadie estaba dispuesto a admitirlo. Hubiera sido su vergüenza o tal una denuncia.

     Su futuro era suprimirme. No lo logró. La cachetée para hacerla entrar en razón. ¿estaría borracha? No sentí olor a vino. Ella se embarrochaba siempre con vino barato. Nunca más la vi. Ya había pescado su estrategia. Santa se borró porque yo me borré. Quedó un residuo de noches sin dormir. De miel y soles negros. De manjar húmedo y sangre seca entre las piernas. De los días fascinados en que a uno no le importa. Ese fue mi pacto. Todavía veo la mueca de su mano en el aire, con el palote en ristre. ¿Iba a fingir muerte natural? Taimada. Pero no me picó. Víbora coral.

En: Graciela Falbo, (Ed). Cara y ceca de la escritura. Cuentos y procesos creativos. La Plata, Ediciones de Periodismo y Comunicación, 2002.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Se diplomó como Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), distinguido con una Mención por la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en español de Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Realizó cinco audiotextos con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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