Los Bosquecitos. Fotografía: Celina Ortelli*

Uno

Historia natural del jardín

Los Bosquecitos (lo veo desde mi sillón hamaca de mimbre) tiene una luz incandescente a ciertas horas. Es el producto del sol, naturalmente, que impacta sobre los objetos, las plantas, incluso los animales y las personas, otorgándoles una cualidad brillante. Pero no se trata solo de un brillo. Se trata de una suerte de caricia sobre el universo sensible de la tierra y el agua. Aquí, en Los Bosquecitos contamos con un ojo de agua. (ya lo veremos). Por ahora quedémonos con un jardín. Con este jardín en particular. Allá. Más allá, al ojo de agua, suelo o solemos ir al atardecer (la hora en que la vida comienza a languidecer, a perecer el día, el sueño a solicitarnos). El paisaje genera un estado de pereza (todo se aquieta en Los Bosquecitos a esa hora, irrumpen las luciérnagas). Es la hora vespertina pero en la que también comienzan a encenderse otras luces: los faros del auto, la magia de las lámparas de la galería, el recato de la luz de ciertas habitaciones de la casa.  Los faros del jardín, que irradian una atmósfera es cierto que útil: cumplen una función. Pero al mismo tiempo reconozcamos que conocen una cierta cualidad estética también.

     Por mi parte, aprecio ese adentro y ese afuera de Los Bosquecitos. Esas mañanas deslumbrantes que enceguecen. Esas mañanas que atraviesan los árboles y al chocar con  sus copas y sus troncos,  irradian lo que desde en esta foto parecen líneas luminosas. Pero también, si se fijan,  puede apreciarse ciertos colores. Aquí, adelante, en esta imagen, dos flores rojas, que dieran la impresión que más que tener pétalos, tienen agujas coloridas. Eso que algunos llaman plumero, así llaman a ciertas flores. No es un nombre demasiado bello. Pero ese nombre les ponen. Esto señala el primer cromatismo,  que se impone desde el costado derecho de la imagen, en relación con el resto de la fotografía, en el que predomina, por supuesto, el verde. Color dominante si los hay en zonas como un jardín. No obstante, la luz que irradia el sol en contacto con la faz trasera del tronce del árbol, permite apreciar el pardo, ese color difícilmente definible de los troncos de los árboles o, en todo caso, de sus cortezas. Esa luz también ¿por qué no? da lugar a otra clase de color. Un color o,  mejor, otra clase de brillo.

     Tomo esta fotografía cuando he detectado un polo atractivo en el cual detenerme. Es un polo que ha atraído mi atención como un imán a un metal. Observo primero con detenimiento cuál será el objetivo al cual dirigiré la lente (leve destino luminoso), hasta por fin, luego de mucho dudar, aprieto el botón de la cámara. Eso se traduce en un producto precioso. Y en un sonido automático. Un “clic”, digamos, para acudir al socorrido lugar común.

     Cuando finalmente logro tener delante de mí la imagen que he tomado, comprendo que he dado en el blanco. Era lo que me había propuesto. No necesariamente era el mejor lugar del jardín para tomar una fotografía, lo reconozco. Pero, como decía, me imantó. Me produjo una auténtica sensación de atracción hacia su centro. Como el astro (¿el sol? Podría haber otros astros o luces en sentido metafórico) gracias al cual estaba teniendo lugar la escena.
     El césped también naturalmente cumple un lugar importante en la imagen. Alfombra suave, mullida, natural, sobre la que mis pies han caminado, descalza o bien calzada con todo tipo de zapatillas y zapatos. En ocasiones sandalias. Pero, ese césped sin embargo no tiene el brillo que propone el árbol. El árbol es una suerte de gran foco que emite en un diálogo fundamental con el sol, que pega desde la zona posterior, conformando un haz. Un haz que a su vez se distribuye por las distintas zonas de la copa y del tronco del árbol.

     Pienso: ¿qué es el sol? ¿por qué con sol un jardín resulta tan atractivo? ¿por qué resulta gratísimo vivir en Los Bosquecitos, esta zona de Branden, Argentina, que no resulta ser el foco de la civilización ni tampoco una zona urbana llena de lujos? Vivimos apartados del ruido del mundo. De tanto en tanto el sonido de una calandria. Los perros que se acercan, ávidos por el primer alimento de la mañana. Me tientan las zonas de retiro del mundo. La cámara me permite plasmar esas dimensiones que me resultan cautivantes para que perduren en mi memoria, en la memoria de otros que a su vez las propagarán. Pero verá esta imagen mi familia: mi madre quizás experimente una conmoción por ese shock que le produzca la luz, enceguecida por lo resplandeciente de relámpago, esa luz en ese jardín en el que hemos almorzado o tomado el té en tantas ocasiones. Mi esposo emite la juiciosa opinión en la que estriba la opción principal. Tenemos archivos con los viajes. Están las imágenes familiares de reuniones. Abuela. Pero esto es otra cosa. Somos el paisaje y  yo. A solas. Una suerte de dueto del cual tan solo puede apreciarse el destino de la lente pero no a quien es su orfebre, la hacedora del acontecimiento estético una vez logrado el propósito de plasmar la escena. De conservarla antes de que se esfume. Los Bosquecitos es mi casa. Pero especialmente lo es, a determinadas horas del día. Como esta.

Uno. Los Bosquecitos. Fotografía: Celina Ortelli*

Dos

Geometrías sensibles

Naturalmente que es el círculo lo que determina el foco según el cual centramos la mirada. No es que vayamos a apreciar la fotografía en su totalidad bajo esa forma. Sino más bien que el círculo de perímetro tan dominante, tan potente, por cierto, traza un límite, un borde (¿me permiten ustedes llamarlo concéntrico, pese a que no se amplifique, que no se expanda?) que demarca un adentro y un afuera. Ese límite, ese borde que es el círculo de luz con bordes nítidos, de naturaleza obviamente geométrica, puede remitir a muchas cosas. A los otros, en primer lugar, en virtud de que estamos apreciando un atardecer, en el cual la luz del sol, que es un astro esférico en su incandescencia visto desde el planeta Tierra y desde las ilustraciones del sistema solar se aprecia como una esfera. Por lo tanto, la faz frontal o trasera se presentarán como un círculo. Es cierto. Lo reconozco. Lo admito. No es un círculo. Pero visto desde una cara, sí lo es. Y en este caso vemos su cara. ¿Su rostro les gusta más? Un rostro que gobierna la tierra. Es lo que rige la fotosíntesis, por ejemplo. En otro sentido regula las horas del día (el más importante), pero también, cuidado con esto, están también las estaciones del año ¿Qué opinan de las estaciones? A mí me gusta el otoño. Pero no porque las hojas caigan y se colme el suelo de hojas como una alfombra (así suele decirse). Sino porque hay algo de austero en el otoño. Si bien es cierto que la vida o fenece o se inhibe o bien se limita a límites de funcionamiento más escasos, a mí  el otoño me gusta. En el otoño el sol sale muy tarde y se pone muy temprano. Y tampoco es la estación en la que no hace tanto frío como en el invierno. De modo que no la pienso como la estación hostil, como muchos sí la sienten. Es la hora de los búhos. Y los búhos son aves que siempre me han cautivado. Se los asocia en la mitología griega con la sabiduría, junto con la diosa Atenea. Pero regresemos a esta escena (porque es una escena, una escena que no se repetirá, no volverá a tener lugar, es una escena irrepetible, es única). Esta escena traza un interior. Ese interior merced al círculo por dentro del cual  existe dibujado, traza un adentro y un afuera. La zona del paisaje que permanece por dentro es la confinada, la que ha quedado encerrada en la luz de ¿la cámara? ¿del sol manipulado por la lente de la cámara? En fin. Se trata de una perspectiva atractiva. Encontrar en una fotografía (que suelen ser rectangulares o bien cuadradas) por dentro de ella una imagen circular resulta algo anómalo. Y si ese círculo es de luz, más aún. Pero, sobre todo, diría que  producto del brillo. Del brillo del sol gracias a una toma de una cámara. La audaz fotógrafa o fotógrafo saben del efecto que están provocando. Son estetas. Se trata de personas que tienen la sensibilidad muy trabajada. La detección de belleza, por un lado. La posibilidad de capturarla, por el otro, si estamos hablando de fotografías. En particular de la sensibilidad visual. Me atrevería a  permitirme inferir que quien haya tomado esta fotografía hasta ha estudiado artes plásticas. O que conoce de artes plásticas porque posee libros de arte. De Historia del arte. Pero esto es algo distinto. Nunca visto en una pintura que difícilmente podría provocar igual efecto, a menos que un virtuoso la pintara en perspectiva con una habilidad sin par.

     Miro la fotografía. Resulta fascinante apreciar este círculo que circunda a parte del paisaje de modo perfecto (recordemos que el círculo es una figura que tiende a la perfección o es perfecto). Y diría que entre ese círculo, lo que queda por dentro y lo que queda por fuera existe un contrapunto notable. El círculo traza ese límite de la inclusión o la exclusión. El círculo  en esta fotografía, a diferencia de otras, que consiste en la pérdida de armonía entre la figura perfecta y un paisaje que no es sino el registro de una escena natural. Pienso: “Un círculo se traza con un compás”. Pero también una cámara de fotografías puede, por lo visto, en una ilustración que se proyecta en imágenes, producir ese efecto. La forma circular puede ser trazada por distintos objetos o instrumentos. Pero más que una luz circular me gusta pensar que este círculo es un límite. Un límite con una determinada forma. Para el caso: un círculo (bien podría ser otra forma, sobre todo otra forma geométrica). Un límite que deja un adentro y un afuera. Eso que deja por dentro queda preso. Y todo aquello que queda por fuera conforma el marco de ese círculo. Y también hay algo que omití: el brillo. Existe un brillo que no es el mismo en toda la imagen. Está más acentuado en ciertas zonas más que en otras

     Los Bosquecitos tiene eso. Múltiples formas pueden ser detectadas entre sus árboles o bien en el jardín. Mi jardín, por ejemplo, tiene círculos o esferas. Están las pelotas con las que juego con mis perros. Naturalmente en la casa también hay círculos y hay esferas, como no podría ser de otro modo. Tengo por ejemplo una vasija que traje del Norte argentino, hecha con arcilla, ese producto tan elemental con el que los aborígenes amasan. Esa vasija es una esfera. Una esfera perfecta. Magnífica. El círculo, puede apreciarse en ciertos íconos de mi computadora también. El círculo digital.

     Ya ven. He regresado a mi jardín. A mi jardín a esta hora de la noche. Hemos encendido las farolas. Tienen un pie y un foco que es esférico. Ellas emiten una luz que naturalmente poco guarda de común con la de la fotografía que acabo de tomar a la hora vespertina de Los Bosquecitos. Pero sin embargo Los Bosquecitos es una suerte de zona o barrio en el que existen formas geométricas o una o uno mismo puede darles esa forma.     

     Los Bosquecitos aloja formas. El círculo es una de ellas. Y no de las menos importantes.

Dos. Los Bosquecitos. Fotografía: Celina Ortelli*

Tres

Escena multiplicada

El ave novedosa. El ave montada sobre una rama. En la orilla. El ave mirando, observando en torno. El ave atenta a posibles depredadores. El ave pendiente de su seguridad. El ave calentándose al último rayo sol del día (sí, porque es el atardecer). El ave en la orilla atenta a no desmoronarse y caer al agua (si bien seguramente sabría qué hacer en ese caso, cómo moverse por dentro de esa sustancia). El ave de cuello alargado y pico también largo. Un ave que diera la impresión de alimentarse de insectos ¿quizás, una despistada lombriz? ¿quizás ese montón de insectos que se acumulan en la orilla cuando el mundo está a solas, sin seres humanos que puedan ahuyentarlos? El ave, sí, el ave. Se la ve erguida, diera la impresión de un ave no sé si elegante, pero sí seguro, no temerosa, como otras, asustadizas, que ante el menor ruido salen volando. Suelen ser las más  pequeñas. Esta no. Esta parece bien plantada. Impacta como un ave segura, firme.

     ¿Habrá peces en esta  zona de Los Bosquecitos? En este ojo de agua tiene que haber alguna clase de vida subacuática. Tiene que haber pequeños peces de los que ella se alimenta, dando un vuelo rasante sobre el ojo de agua. Cuando el pez se eleva del fondo “¡Zas!” El pico lo atrapa. El ave. Pendiente de los movimientos bajo el agua. El ave que también debe estar atenta a no ser arrinconada por un cazador o bien por la gomera de algún chico malicioso que pretende matarla o simplemente herirla. Ha habido maldad hacia los animales. Y esta ave, de una sutileza innegable, con ese porte que se puede percibir, una vez ella apoyada sobre la rama, con sus dos patas prensiles que se aprietan a la rama. En la que ella queda completamente firme. Segura de sí. Estable.

     El ramaje cae sobre el ojo de agua. Está la orilla también. Pero ¿por qué este ramaje sobre la orilla? (pienso en el nombre de este lugar: “Los Bosquecitos”). Este ramaje que evidentemente o bien ha caído de algún árbol y está seco, o bien se trata de un ramaje de una planta que está viva (¿un pequeño árbol, un arbusto?) y no se alcanza a ver. Se trata de una imagen de contraste, plástica, entre la luz del agua, sobre la que se refleja con muda intensidad el sol, pese a ser el atardecer, la hora en que agoniza. Y la luz no tan potente que también se refleja en el agua. El ave se estará calentando con los últimos rayos del sol. El ave del atardecer, el ave que se prepara para descansar de un día agitado después de la búsqueda de alimentos, de haberse consagrado al vuelo, de haber prestado atención ante cualquier ruido o estímulo para no ser presa de un animal ávido de carne leve como es la carne del ave. El ave que regresa de esta rama a otra rama: en la que suele dormir: ¿un hogar? El atardecer se ha marchado. Se está haciendo de noche. El ave lo comprende por su instinto. El ave tiene un sentido de la orientación así como tiene un sentido del ciclo del día que le permite moverse entre los indicios que la jornada ofrece para aprovecharlo de modo óptimo. El ave que estoy observando antes de tomar la fotografía y me conmueve. El ave que me conmociona porque me seduce el modo en que eleva su pico. El ave que está lista para echar a volar motivo por el que me preparo para tomar la fotografía. El ave que me invita a no dejarla marcharse sin ser registrada de un modo u otro. El ave que está servida en bandeja para mí. No para ser comida, como algunas personas desean tanto a ciertas aves exquisitas, por ejemplo Yo a mi modo también soy una depredadora, un depredador, porque al tomar su fotografía le estoy quitando una parte de su intimidad, la estoy haciendo pública, será reproducida en muchos soportes, en redes sociales incluso. Ella, cuya escena íntima consistía solamente en estar a solas. Yo la he detectado en el lugar justo en el momento preciso. Ese en el que aún había luz pero tampoco el sol enceguecía. Era una luz que más bien invitaba a sacar partido de ella. El ave dorada como el agua, si bien el ave es como una sombra recortada contra el sol en este momento, parece una sombra. El ave que me ha permitido ahora, en este preciso momento, capturarla sin cautivarla.

Tres. Los Bosquecitos. Fotografía: Celina Ortelli*

Este trabajo es una propuesta interdisciplinaria a cargo de Adrián Ferrero, autor de las prosas poéticas, y de *Celina Ortelli, fotógrafa argentina de la que añadimos su CV:

Celina Ortelli.

*Celina Ortelli nació en La Plata, Argentina. Reside en Los Bosquecitos, Brandsen, Argentina. En cuanto a su trayectoria, puede apreciarse de qué modo ha ido articulando la fotografía con las artes plásticas, empapándose la una de las otras. En lo relativo a sus estudios, realizó un taller de Astrofotografía en septiembre de 2017 en BAF. Un taller de Lightpainting, en mayo de 2017, en el BAF. Un taller de retrato, en 2015. Y en la Escuela de Fotografía de La Plata, entre 1996 y 1998 realizó estudios de fotógrafa. Entre 2015 a 2019 un taller de pintura al óleo, con la Prof. Carla Rivera Pereyra. En cuanto a sus publicaciones se pueden contar fotografías en la Revista de Paracaidismo de Brasil (2003), foto de mercados bolivianos en Revista Americana JPG Magazine (2008), fotos de la Estancia La Postrera en el libro «Perdón por ser virtuosa-Tomo II-Ajusticiada” por AINEÉ. En el rubro exposiciones fue seleccionada por el sitio EYEEM para una muestra junto a varios fotógrafos del mundo (2011), Teatro Argentino de La Plata (Serie de retratos de Cartagena, 2015), Centro Cultural El Medio Aljibe-Imaginación Pintura Foto Arte, Exhibición de Pinturas al óleo y serie de retratos de Estambul (2017), Centro Cultural El Hormiguero (no arte). Exhibición de pinturas al óleo y serie de fotografías de la Cordillera de los Andes (2018) y Centro Cultural Don Eyler, Exhibición de pinturas al óleo (2018).

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Se diplomó como Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), distinguido con una Mención por la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en español de Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Realizó cinco audiotextos con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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