Son primero dos recuerdos: el de un auto, el de papá, no estoy seguro del modelo. Mi hermano, mi madre, recorremos Bariloche un atardecer. A continuación otro recuerdo inmediato: el del Hotel “Islas Malvinas”, que tenía un convenio turístico con la obra social de papá de su trabajo. Éramos la clásica clase familia de clase media, en nuestro caso ilustrada. Conformada por intelectuales, escritores, profesores universitarios y secundarios, hijos lectores o acaso con inquietudes por las artes, incluso la música rock.

     De los lugares que he visitado indudablemente en lo relativo a paisajes naturales nada se compara a la Patagonia argentina. Lagos azules, celestes, turquesas, transparentes, cristalinos si uno se acerca a sus orillas como a un espejo, a contemplar una imagen perfecta de la armonía entre medio ambiente y sociocultura. Son lagos, eso sí, de agua helada.

     He escalado el cerro Catedral, con una profesor de Educación Física amigo de mi padre y con mi hermano, de preadolescentes. Hemos hecho un descanso en un refugio. Y luego hemos hecho cumbre. El resultado ha sido francamente decepcionante. No el viaje propiamente dicho: una verdadera hazaña por entonces. Sino aquel pequeño ojo de agua lleno de latas de conserva vacías oxidadas, botellas rotas, trozos de vajilla con que me encontré, loza hecha trizas. Eran aquellos años en que la consciencia ecológica evidentemente no existía o no se tenía ninguna clase de interés en preservar el medio ambiente. En tanto que discurso social no circulaba ni estaba instalado ni lo suficientemente investigado. Años después, en La Plata, mi ciudad, me enteraría de que existía la carrera de Ecología en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. Pero respecto del Cerro Catedral puedo evocar mi sensación de consternación, frente a ese ojo de agua desangelado. Mi impresión llena  de fracaso frente a un objetivo que esperaba agreste y se apareció de pronto con presencia humana sin modales. Esto tenía lugar frente a ese espectáculo en ruinas que hacía un contrapunto tan escandaloso con la belleza de las rocas, de las pasturas o arbustos, el horizonte en llamas, ardiente del atardecer. El descenso, como cabe imaginar, menos esforzado que el ascenso pero cuidado con eso. A no dejarse engañar. Uno podía fácilmente resbalarse, patinar, deslizarse por entre las rocas y cortarse al apoyar los pies sobre una planta resbaladiza o una roca de la que nos podíamos despeñar. Desgarrarse la ropa. Descender no es más sencillo que ascender. Tal afirmación resulta engañoso. Se debían tomar precauciones. Uno podía torcerse un tobillo o esguinzarse un pie. En un caso extremo rodar por la ladera que si bien no era demasiado empinada, sí requería de atención para un tránsito exitoso.

     He visto la Patagonia argentina en un viaje de mochilero con un amigo íntimo y otros dos suyos (no míos), en mi primera juventud, justo saliendo de adolescentes. Viajamos en ómnibus y luego otro trayecto en tren, llamado “el zapalero” porque nos dejaba en ese pueblo, precisamente, Zapala. Un enclave estratégico para el viaje. A continuación proseguimos en un camión acoplado, de esos de carga en el que íbamos todos apretados como ganado ovino, de pie, para arribar a un lugar estratégico del trayecto para realizar luego el anhelado recorrido por el camino de los siete Lagos.

     Cuando estuvimos en la Patagonia argentina con ellos recuerdo a la perfección el Lago Huechulaufquen que tenía aguas transparentes pero (nuevamente) gente desaprensiva no había cuidado del medio ambiente y cuando uno se bañaba en esas aguas heladas, como lo hice yo, debía andar con cuidado de no cortarme los pies con una latas de arvejas, por ejemplo, o de tomates o de choclos. Vidrios de botellas de cerveza. Aún recuerdo mi irritación frente a ese egoísmo pero también frente a esa destrucción inescrupulosa. Las aguas entonces estaban contaminadas. Y uno ya no podía beber esa sustancia llena de pureza a la que había aspirado porque pese a su apariencia tan límpida, resultaba engañosa potabilidad. Alojaba sustancias tóxicas.

Lago Huechulaufquen, Provincia de Neuquén, Patagonia Argentina. Fuente: Wikipedia.

    En ese viaje a la Patagonia argentina, cierta vez fuimos a un Casino. Ir a un Casino es la experiencia más distante de a lo que yo aspiro en mi vida. Sus antípodas. Es el espacio burgués, de la codicia y hasta de la avaricia o el despilfarro por excelencia. Del vicio en el sentido de quien se siente escandalizado frente a un codicioso. Pero no solo eso. El juego me resulta repelente, salvo el gratuito de los naipes entre amigos los fines de semana, el dominó o el ajedrez, por citar tres ejemplos paradigmáticos que practiqué mucho. Porque ¿apostar dinero para  inmediatamente perderlo y remotamente ganarlo? ¿arruinarse por apostar todo el sueldo de un mes a un número en la ruleta y quedar completamente desplumado? Es algo que me sigue resultando insensato. Pensaba, lo recuerdo, que hay gente que, al igual que con las carreras de caballos, ha quedado en la calle por seguir esa vida compulsiva, debiendo hipotecar hasta sus casas. Lo cierto es que mis amigos con una seguridad inusitada jugaban a la ruleta y a los naipes. Más precisamente al Black Jack. Yo, modesto, acudí a una táctica  humilde, de pobre: las máquinas tragamonedas. Me pareció una opción moderada pero digna. Cuál no sería mi sorpresa (y la suya) cuando esa noche, la única que fuimos durante todo el viaje a un casino, acerté en una combinación (eran imágenes o íconos que representaban frutas, si mal no recuerdo) y comenzaron a salir desmesuradamente de la máquina cospeles y  más cospeles. Yo no  podía recogerlos con mis manos hasta que alguien del personal del casino me acercó un recipiente dentro del cual guardarlos y acomodarlos. Luego los naturalmente los cambié por dinero y sin reírme de mis amigos pero sí dejando en claro que en ocasiones las opciones más humildes son las acertadas (lo que conllevaba un cierto dejo de humillación hacia sus pretensiones), los invité a cenar ciervo y jabalí a un restaurante caro del centro. Para cuatro mochileros que estaban alimentándose de latas, pan, de vez en cuando trozos de queso o algún fiambre, fue un manjar. Un banquete de reyes. Estábamos vestidos de mochileros, con ropa de pobre, en un restaurante caro al que nadie nos podía vedar la entrada porque íbamos con mucho dinero en efectivo. Seguramente al vernos entrar a ese restaurante, vestidos con ropa no sucia (lavábamos la ropa escrupulosamente), pero sí ropa gastada, ropa usada, expuesta a los efectos de la naturaleza en demasía, que no era una ropa acorde a un restaurante de lujo, ellos pensarían que había un desajuste. Un desajuste entre lo que éramos capaces de gastar y el modo en que descuidábamos nuestra apariencia. O lo que esa apariencia denotaba.

    A esta aventura de mochilero, me llevé una novela de Clarice Lispector, La araña y luego allí compré A sangre fría, como se recordará de Truman Capote. Cuando llegamos a Junín de los Andes, cierta noche, sucios, hambrientos, muertos de sueño y necesitados de un alojamiento confortable (hacía mucho que dormíamos en carpas), nos recibió un sacerdote en un colegio de internos que por ser temporada de verano estaban de vacaciones. No había un solo alumno en todo el internado. Estaba únicamente él en el establecimiento. Cuidando de la limpieza del lugar. Cuidando que no entraran ladrones ni de que ratas o cucarachas se apoderaran de la despensa. De modo que nos dio la bienvenida con una cordialidad que aún hoy puedo evocar, luego de estos casi treinta años. Y nos dio de comer. Y nos prestó sus duchas. Y preparó camas cómodas para pasar la noche en lugar de esas bolsas de dormir en las que estábamos acostumbrados a pasar las desapacibles noches producto de la incomodidad sin resortes. Cuando al día siguiente nos fuimos, yo tenía las manos vacías. No teníamos cómo devolverle tanta generosidad, tanta gentileza. El dinero hubiera resultado ofensivo. Acaso violento. Y recordé que en una librería de Bariloche o de San Martín de los Andes había comprado un libro: Memorias de Leticia del Valle, de la española Rosa Chacel. Una mujer de avanzada para la época, que había conocido La Plata, mi ciudad, en lo relativo a cuestiones pedagógicas y educación, materias en las que había trabajado, según me enteré muchos años más tarde por una amiga y colega de mis padres. Y le dije que le dejaba lo único que tenía. No era nada. Tampoco sé si él era lector y, en tal caso, si leía esa clase de libros. Novelas. Y esa clase de novelas. Me inclino a  pensar que no. Convengamos que una novela para un sacerdote no es una lectura edificante como leer los Evangelios, o libros piadosos, que suelen ser su opción de cabecera, cotidiana. Pero para mí, que amo leer, que amo la literatura, era mucho. Y creo recordar, que cuando intercambiamos un apretón de manos junto con el libro, comprendió que la literatura era algo que yo me tomaba muy en serio. No era un pasatiempo. No era un aficionado que leía en unas vacaciones un libro para no aburrirse. Sino que en la literatura me iba la vocación. Nos despedimos para siempre. A partir de ese día cambié mi opinión sobre los sacerdotes. O sobre unos cuentos de ellos al menos. Porque como solía decirnos una Profesora de Filosofía de mi escuela secundaria, el Colegio Nacional “Rafael Hernández”, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata: “Toda generalización es injusta”. Y es cierto. Hay curas así llamados “villeros” que hacen trabajo social en las villas miserias, esos asentamientos urbanos o suburbanos donde la gente con poquísimos ingresos, que no tiene casa, se reúne y edifica esa especie de ranchos. Y hubo curas desaparecidos por la última cívico-militar argentina de 1976/1983. De modo que si bien tengo mis puntos de vista sobre los religiosos también sé que  hay personas en ese grupo, unas pocas, que escapan a la norma. Porque además en la ciudad de La Plata colaboré durante algunos números (de hecho en 2019 la última vez), con cuento para una revista fundada por el Padre Carlos Cajade. Un religioso que además de fundar una revista alternativa, de llevar adelante un Hogar y una radio, realizado una obra formidable.  

    En la Patagonia argentina hay criaderos de truchas, porque se comen como un plato habitual. Fui a uno de ellos en otro viaje y me causaron una enorme zozobra amontonadas como si fueran ganado a punto de ser llevado al matadero. Las truchas estaban en un estanque cubiertas por una red plástica color verde  ¿por qué tratamos tan mal a los animales, me pregunto yo, como escribía Marguerite Yourcenar en sus artículos sobre ecología? Ella tuvo una larga militancia en el cuidado de la naturaleza, de la fauna y la flora en contra de estas carnicerías o matanzas. Aún recuerdo un artículo suyo, de una ironía filosa, sobre las pieles con las que se adornaban ciertas damas de sociedad. En esa excursión nos daban la opción de alimentar a las truchas. Yo rehusé de plano hacerlo. Otro destino triste al que no estaba dispuesto a consagrarme. Ser el origen de un plato de un buen señor burgués en un restaurante cinco estrellas. Me imaginaba en cambio (lo recuerdo) que esos peces en libertad hubieran desovado a contracorriente. Y luego esa la libertad les pertenecería a ellos y a sus descendientes.

     Hay muchas imágenes de la Patagonia argentina que también se mezclan con libros que he leído. Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson. Inglaterra. Una fábula de Leopoldo Brizuela. O bien La Tierra del Fuego de Sylvia Iparraguirre en tándem con su libro de cuentos  El país del viento, Los que llegamos más lejos, también de Leopoldo Brizuela, que se desarrolla en la Patagonia como escenario. De modo que he estado también en una Patagonia plasmada en la imaginación narrativa gracias a un grupo excepcional de creadores y creadoras. Y he conocido a una Patagonia literaria de un modo de tal profunda riqueza, tan tangible por momentos, de naturaleza empírica como la que he recorrido en mis caminatas o en mis paseos en ómnibus o en automóvil.

     Hay en la Patagonia, en la ciudad de Bariloche, en la Isla Victoria, en pleno Lago Nahuel Huapi una Bosque de singular belleza. Ancestral. Un bosque de árboles  llamados arrayanes. Se trata de árboles de una  suerte de color ladrillo o terracota. Algunos altísimos. Otros de más corta altura. Un sendero de maderos con barandas y escalones va demarcando la caminata porque es una reserva y todo debe ser cuidado tal como crece naturalmente, espontáneamente. Pero diera la impresión de un espacio mágico. En el que se siente que han ocurrido cosas importantes en el pasado. Cosas que uno ni sospecha. Me refiero a un pasado natural. No a un pasado habitado  por humanos. Pero que sí han tenido lugar. Y que ese bosque guarda secretos. Está la casa de quien vela por ese lugar. De quien evita que se introduzcan intrusos que puedan prender fuego o cometer alguna clase de desmán perjudicando a los árboles antiquísimos. El guardabosque. Pero por lo demás el paisaje resulta ser imponente. El color de esos árboles es inolvidable. Creo que si alguien visita el Bosque de arrayanes ese color, esas imágenes quedarán plasmadas en su retina indefinidamente. Son como una especie de gran monumento natural que al hombre le ha sido regalado para ser admirado. Y son un momento en la vida de una persona crucial si le interesan los paisajes naturales pero que a la vez están singularizados por una cierta clase de rasgo. He visitado ese Bosque una y otra vez en cada ocasión en que he ido a Bariloche. Cada vez, ha sido como la primera. ¿A qué atribuir esa sensación de novedad por algo que he visto una decena de veces que produce el Bosque de arrayanes? Probablemente al hecho de que es único en su género. Y de que luego de perderlo de vista durante varios años o un año, al regresar sentimos que es la primera oportunidad en que vamos a su encuentro. No estamos acostumbrados a ver ese tipo de árboles en ningún otro lugar, por otra parte.

Lago Nahuel Huapi: Cosas que Hacer en 2021 - Viator
Lago Nahuel Huapi. Imagen: Viator

     Se llega a ese Bosque y a la Isla Victoria en catamarán. Una suerte de medio de transporte acuático de enorme envergadura, tiene numerosas ventanas, sectores vidriados que permiten apreciar la transparencia azul del Lago Nahuel Huapi que nos prepara para esta otra imponente belleza de la que acabo de hablar.

     Están también el Cerro Tronador, la Cascada de los Alerces y muchos otros escenarios que se suman a los espacios acuáticos o rocosos, con una fauna exótica en libertad que una persona acostumbrada a la vida urbana, como en mi caso, no  puede sino apreciar en todo su magnífico esplendor. Llama profundamente la atención la libertad. En esta ciudad de La Plata en la que resido, distante de la Patagonia muchísimos kilómetros al Norte de Bariloche, no existe tal variedad de aves. Gorriones, palomas. Calandrias u horneros a lo sumo Y de las palomas ¿qué decir? Habitan La Plata a montones. Al punto de haber devenido plaga y ser ahuyentadas por sus deposiciones. A mí me siguen gustando. Me resultan aves simpáticas. Me recuerdan a los trucos de magia de los magos o prestidigitadores. Las blancas. O bien a ciertas partes de la Biblia en las que una de ellas anunciaba el final la catástrofe divina del diluvio universal, evocadas en su dimensión más sagrada. También las blancas ¿por qué una paloma que trae una rama de olivo dejaría de ser inolvidable? Se habla también de la paloma como del símbolo de la paz. Y Pablo Picasso pintó una que se tiene por paradigmática, por afamada. Las hay de muchos colores. Tengo una particular inclinación por las tornasoladas, que cuando el sol las ilumina emiten un brillo singular. Como si chisporrotearan o como si fueran un espejo en el que se reflejan figuras formas luminosas.  

     Pero regreso a la Patagonia luego de este parcial paréntesis geográfico por un sendero que me trajo de regreso al lugar desde el cual estoy escribiendo en este preciso momento, frente a mi Notebook color negro color negro. Mi ciudad de La Plata. Mi estudio. En la Patagonia habitaron aborígenes o, como se los suele llamar aquí, pueblos originarios. Se han armado en el Museo de Ciencias Naturales de mi ciudad colecciones de vasijas, vestidos, instrumentos que utilizaron para alimentarse o para defenderse de los depredadores. Eran tribus de aborígenes que ahora han sido exterminadas. Y cuando uno está en la Patagonia argentina no puede dejar de pensar en tales habitantes primeros, que anduvieron por ese territorio cuando era virgen, cuando la hierba crecía sin ser cortada, cuando no había casas sino chozas, cuando no se cocinaba con hornos sino con fuego a leña. Era un fuego que calentaba también. Este contraste que viene a mi mente mezcla dos temporalidades históricas que no puedo evitar se reúnan en una misma imagen postrera. La de las tribus que han sido mermadas hasta desaparecer con sus mitos, su cultura, su lengua, su sustrato cultural, sus objetos más preciosos, su vestimenta seguramente de pelajes de animales salvajes por el frío que suele azotar a la Patagonia argentina.

     En la Patagonia argentina nieva copiosamente, como es natural en toda zona del planeta localizada cerca de la Antártida o en toda zona austral, en todo caso. Motivo por el cual durante largas temporadas la gente se recluye o sale lo imprescindible de sus casas. Sé que se han suspendido vuelos en ocasiones, por el estado de las pistas de aterrizaje. La gente enciende sus salamandras o sus hogares a leña, sus estufas, se cubre con sus mantas, acomoda su cabeza sobre almohadones. Recibe a ese invierno como lo que sabe que es. Un momento del año de puertas adentro. Los veranos aún son momentos de puertas afuera en Bariloche. Creo que a todos nos sucede algo parecido, salvo quizás en el trópico. Pero la Patagonia es el territorio austral, de los vientos que azotan con ráfagas fulminantes las casas, las calles, los bosques. Sin embargo, también es ese lugar en el que el verano suele ser (en general) menos tórrido.

     La Patagonia es el lugar en el que se suele vender chocolate artesanal. Recuerdo nuestros regresos a La Plata con cajas de chocolate en barra con cerezas, nueces, almendras, castañas, avellanas. Se bebe chocolate caliente en ciertas confiterías. Circula el chocolate como una comida o postres que se elaboran con él de forma habitual en restaurantes o casas de té. También solíamos traer cajas de chocolate de regalo para amigos o parientes. Pero bien poco duraban, como podrán imaginarse, esos cargamentos deliciosos.

     Los veranos son época de deshielo. Motivo por el cual los torrentes crecen, los lagos se colman. Los peces saltan felices. Y se percibe ese celeste en el agua que es de naturaleza indescriptible. Hace falta estar en la Patagonia para comprender de qué estoy hablando. La Patagonia se vive. No se describe. La Patagonia se siente de modo inconmensurable. Se debe estar frente a esos lagos, a esas superficies lacustres que hablan por sí solas, admirar su deslumbrante belleza, acurrucarse junto a un tronco bajo las estrellas. Todo ello posee colores que parecen una pintura, por un lado salvajes, por el otro armónicos, sin amenazas. La Patagonia argentina efectivamente es de naturaleza pictórica.

     En la Patagonia argentina hay glaciares, que no he visitado. Pero son descomunales por su tamaño portentoso. Así los pintan las imágenes que he podido apreciar a través de fotografías o filmaciones. Hay gente que camina por sobre ellos realizando excursiones. Lo que no deja de resultar temerario en una superficie resbaladiza. Un glaciar es la garantía de que un cierto equilibrio natural se mantendrá. Pero se han comenzado a derretir, lo sabemos, y ese es mal presagio. Hemos hecho destrozos en este planeta. La naturaleza acusa recibo. Y nosotros con ella. Padeciendo los efectos mismos del smog, entre otros contaminantes. Y cuando las personas consagradas a la ecología nos alertan acerca de los modos de cuidar el entorno, solemos ignorarlas de modo desaprensivo, ignorándolas. Como si fueran voces inaudibles pero que en verdad nos profetizan lo que tendrá lugar próximamente. Capítulos de un futuro que no será sencillo. Ni será sencillo para la especie humana en general.

     Por la Patagonia han pasado grandes viajeros y naturalistas. Charles Darwin fue uno de ellos. Estudió su fisonomía mineral, vegetal y animal. Sus detalles geográficos. Midió latitudes y extensiones ¿habrá tenido algo que ver este territorio con sus teorías acerca de la evolución? ¿es la Patagonia capaz de inspirar teorías científicas? ¿por qué no?

     Mi última visita a la Patagonia fue hace varios años. Mis padres nos invitaron un verano unos días a mi hija y a mí. Fuera de varias anécdotas que ahorro al lector, sí  tengo fechada la visita porque habían lanzado el film Avatar, que data de 2010. Es sencillo inferir que cuando lo fui a ver, porque era un estreno (y un estreno fulminante para la plantea, una estreno resonante) asistí a un cine que causaba una impresión de caducidad, de lugar anacrónico, una sala antiquísima que proyectaba un estreno. La fórmula para describir esa situación hubiera sido el oxímoron. Parecía un lugar prácticamente abandonado. Claro, era la época en que los cines habían entrado en crisis por todas las nuevas tecnologías digitales, los DVD, etc. Recuerdo butacas incómodas, con asientos de cuerina agrietada y yo sentado a un costado  (si bien en las primeras filas). Un film que me resultó aburrido porque era animado pero desde el orden de los efectos visuales bastante impresionante. De todas formas, su argumento respondía a un estereotipo o a un cliché, por supuesto.   

     Desde muy pequeño que visito la Patagonia argentina. Lo he hecho bajo todas las condiciones imaginables. Y he conocido sus recovecos. A solas. Acompañado. En familia. En pareja. Perdidamente enamorado. Me he enamorado en la Patagonia argentina. En rincones solitarios, reflexionando acerca de múltiples temas. He visto los retoños de sus árboles, me he internado entre sus bosques misteriosos, extraviándome en ellos en ocasiones. Me he quedado contemplando sus aguas mientras meditaba con una calma absoluta acerca de algún asunto turbulento. Y en un determinado momento, el paisaje ha detenido esa turbulencia que me agitaba. Ha serenado mi nerviosismo ansioso. El agua aquietaba los remolinos de la mente. Y el mundo ha comenzado a ser más mundo. Porque uno estaba en la Patagonia. En la Patagonia argentina. Y uno era ante todo un espectador de lo inabarcable.

Definiría la Patagonia en esos términos: como un espectáculo. Y uno se rinde frente a esos panoramas inconmensurables como frente a alguien muy hermoso a quien uno ama o adora. Para siempre.

O en una aventura que sabrá no se volverá a repetir, pero tampoco le resultará fácilmente olvidable.

     En ocasiones evocamos momentos que hemos vivido de modo sucesivo. Aislado. Insular. En otros casos, los recuerdos se superponen, atomizados, se reúnen en un texto fragmentos, pequeños jirones que conforman una totalidad. Son la temporalidades imaginarias (las de los libros), las del recuerdo (otra forma de la imaginación, porque deforman los acontecimientos, mezclan los momentos, las anécdotas) hasta llegar finalmente al tiempo histórico presente a partir del cual uno mide o cree medir esos episodios. Como toda crónica que ha sido un espejo desordenado (¿de agua?), en este texto me encuentro en esas piezas atomizadas que de pronto confluyen como un mosaico, conforman un dibujo del tiempo, lo configuran hasta darle, con un trazo final, la maestría que sería en el sepia de un cuadro o de una foto, la firma de su autor. Es también la forma, el color de un daguerrotipo. Me siento alguien que ha recopilado asociativamente momentos acontecidos en una misma toponimia. El tiempo ha avanzado. Bariloche está más lejos, pero sin embargo la intimidad de sus recuerdos permanece. De modo indeleble. Acaso inexorable.

La imagen de portada fue proporcionada por el mismo Adrián Ferrero, obtenida de la web.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Se diplomó como Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), distinguido con una Mención por la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en español de Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Realizó cinco audiotextos con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

2 Comentarios

    • Buenos días, Graciela. Muchas gracias por sus palabras. Efectivamente este relato está colmado de todo lo que usted menciona. Un cordial saludo Adrián F.

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