Título: Chaos and Création. Obra de Vivi Nikow* 2021

Tú sabes que yo sería falso
Tú sabes que sería un mentiroso
Si te dijera a ti
Chica, no podemos elevarnos mucho más
Vamos nena, enciende mi fuego
Vamos nena, enciende mi fuego
Trata de incendiar la noche
El tiempo de dudar ha pasado
No hay tiempo para revolcarse en el barro
Intenta ahora, solo podemos perder
Y nuestro amor se convierte en incinerador fúnebre
Vamos nena, enciende mi fuego
Vamos nena, enciende mi fuego
Trata de incendiar la noche
(…)
Vamos nena, enciende mi fuego
Trata de incendiar la noche
Trata de incendiar la noche
Trata de incendiar la noche
Trata de incendiar la noche

Canción “Light My Fire” (1967)

Banda de rock The Doors

Uno

Esto no es un ónix incendiándose

Sobre el piso, la mesa. Sobre la mesa, el ónix. El ónix, en llamas. ¿Qué puede haber encendido hasta este punto a una roca que no es un objeto inflamable? A ver. Pensemos. Y pensemos con seriedad. Puede que alguien haya derramado material combustible sobre el ónix. ¿Y qué efecto produce un ónix en llamas? Naturalmente el de la luz, especialmente si estamos en medio de la noche. O acaso solamente de la oscuridad. No hace falta que sea de noche para estar rodeado de la oscuridad. Pero aceptemos que sí, que estamos de noche. Que esa llamarada como una cabellera de una mujer arrebatada cunde sobre la superficie del ónix. ¿Lo quema al ónix? ¿quema el fuego a una piedra? He visto piedras calcinadas por el fuego. He visto piedras reducidas a cenizas. Distintas clases de piedras por las que el fuego ha atravesado y ha dejado su huella. Su marca. Una cabellera de fuego, una flama, una llamarada (mejor) está en condiciones de arrebatar a un ónix su atributo superlativo de forma indestructible. La piedra/ónix se resiste a ser cautivada, circundada por el fuego que la arrebata. Pero se trata de un fuego tan poderoso (¿ustedes son capaces de apreciar las ondulaciones, el poder de esta llamarada?) que deja pocas esperanzas al ónix para su defensa. El ónix ha quedado en un estado irreductible. El impacto del naranja sobre la retina produce otra clase de refracción aún más potente que la que ocurre simplemente en el universo/ónix. Se trata de un impacto en la retina que observa esa llamarada que ha apresado al ónix como si lo hubiera devorado. El ónix está a merced de la llamarada. Pese a su potencia mineral. El fuego, como dije, con su calor, es capaz de fundir, de imponerse, de señalar su poder, que es más devastador que cualquier otra manifestación del mundo. El fuego es ese estallido en el que se concentra el calor, la combustión, el color naranja o acaso amarillento. El fugo, lo sabemos por toda fragua, también es capaz de reducir el metal a las formas que el herrero así lo desee.

     ¿Y qué decir de la mesa? No parece afectada por el fuego/ónix. Es un fuego localizado exclusivamente sobre la piedra. Es un fuego que se ha alojado tan solo en el ónix. ¿Por qué? La pregunta nace espontáneamente. ¿por qué una piedra de ónix sobre una mesa estaría incendiada, sino una materia no incendiable, a menos de ser rociada por alguna clase de sustancia que la haga estallar en chispas y de allí en una llamarada. La mesa permanece intacta, sin siquiera mostrar un rastro, un rasguño del ónix incendiado. Mucho más teniendo en cuenta que la llamarada es portentosa. Se trata de una llamarada que tiende a ondularse, motivo por el que bien podría un chispazo caer sobre la mesa. El impacto incendiar la mesa. El impacto ser la fuente de un nuevo incendio. Las mesas son lugares sobre los que se come. En ocasiones, es cierto, se apoyan velas o velones para iluminar debido cortes de luz, una festividad (pienso en el Año Nuevo, en que la pirotecnia y las luces son tan abrumadoras). Las mesas sirven para apoyar objetos con  fuego. Algunas comidas que llegan para mantenerse calientes, como las fondues, es cierto que también se apoyan sobre la mesa con fuego. Y recordemos que hay comidas flambeadas. En fin, no me gustaría seguir trazando hipótesis ni poniendo ejemplos de comidas en las cuales sobre una mesa interviene una llamarada. Lo que sí me gustaría hacer notar, es dejar en claro que la mesa puede alojar también al fuego. Pero al fuego doméstico. Esto es otra cosa. Es un ónix en llamas. Un ónix (salvaje) que, mediante un elemento quizás inflamable, ha entrado en combustión. Y el fuego ¿es salvaje o es doméstico? Ambas cosas puede ser. Y puede ser un elemento que sirva para lo laboral, como para un herrero. Para un cocinero en un restaurante. Puede servir, en cambio, para cocinar una salsa casera por parte de un ama de casa.

     Ese fuego diera la impresión de estar compuesto por pequeñas hebras. ¿hebras de lana? ¿hebras de hilo? ¿hebras, a secas, de alguna clase de tejido? Pero no se trata de un tejido. Se trata de hilos, hilachas en libertad. La sensación que causa es esa. La de que algo temido (el fuego, quema, lastima, hiere, calcina al humano), visto desde una pintura puede llegar a ser una figura inofensiva. Peor uno está de este lado de la pintura. No del lado de allá, por dentro de la representación ¿qué frase podría poner dentro de esta pintura, escribir ella. Una inscripción como hizo René Magritte. Hacerlo pero sin su talento, naturalmente. Él además de pintor estudiaba filosofía para pintar. Disponía en su atelier de libros de Hegel, de Platón, de Heidegger, entre otros hombres consagrados al arte del pensamiento especulativo. A conformar sistemas de pensamiento. De hecho tiene un cuadro sintomático: “Hegel’s Hollydays” (1958), que bajo la advocación de un filósofo reflexiona probablemente de modo teórico en diálogo con concepciones y las reflexiones del filósofo. Pero retomo el hilo de mis pensamientos: ¿qué inscripción le pondría a este cuadro a pie de su imagen? La que se me ocurre sería: “Esto no es un ónix incendiado” (2021).

Título: Anudadísimo. Obra de Vivi Nikow*

Dos

El origen de la luz

Fósforos que podrían ser hongos. Pero no lo son. Son madera rigurosamente cortada en pequeñas hebras, formas que en su extremo están coronadas por una corola  escarlata. Ese extremo, frente a la ejecución de un roce, una fricción, produce un chispa. La chispa una llama. La llama puede dirigirse a una hornalla para cocinar en una cacerola de cobre (ahora que estamos en otoño), una mermelada de ciruelas. Una mermelada de ciruelas inmemorial, que pasó de bisabuela,  a abuela, de abuela a madre hasta desembocar en mí, herencia, cruce de caminos, sangre que circula, que a mi vez, a su debido tiempo, transmitiré (por escrito), la receta de ciruelas a mi  hija. Se trata de pura genética. Pero también la imagen sugiere la presencia de una colonia de hongos  ¿Por qué no? Hay hongos de todo tipo, cuya parte superior bien podría ser roja, con un tronco gris. Habitan ese espacio en colonias. Puede que estén alojados en una caverna. En un territorio en el que el cielo no puede apreciarse porque no están a la intemperie sino que han crecido bajo la consistencia sólida de un soporte vertical, la corola color rojo, inclinados levemente hacia un costado o hacia el otro, pero apenas. Muy levemente. Estos fósforos/hongo, me hacen dudar de su esencia. Son la representación pictórica la que lo pone en duda, como todo arte, una incertidumbre producto de su ambigüedad o de su polisemia que remite, por un lado, a mis fósforos, por el otro, a los hongos, que no son míos. No son en lo que estoy pensando. Ahora bien: debo optar. Debo elegir como espectador y como actor en este cuadro (no desde lo pictórico, quiero decir, sino en este cuadro que recorta un espacio de vida) bajo qué formas me encuentro. ¿Son fósforos o son hongos? La duda crece. Mi incertidumbre también. El principio de incertidumbre modifica la realidad. Puedo apreciar, como testigo, una serie de objetos o seres vivos que, de modo vertical, con una corona roja, prometen distintas clases de producto frente a su esencia. Si son un fósforo, en varios de ellos a decir verdad, prometen un plato de cocina (mi mermelada de ciruelas). Son la gran solución a mi problema también de luz. Porque hay ocasiones en que (recordémoslo) hay cortes de luz (en casa, en la ciudad de La Plata, Argentina) hay cortes de luz todo el tiempo. En ocasiones son de duración breve. En otras de duración más extensa. Me lleno de malhumor en ese caso. Suelen tener lugar mientras escribo: se interrumpe el trabajo, se pierde el documento si no lo guardé a su debido tiempo, la máquina deberá ser reiniciada. Deberé recuperar el documento. Llega el momento de las velas (lo siento, no dispongo de lámparas a pilas, a lo sumo de alguna  linterna, que me consterna por su paupérrima luz). Las velas chorrean debido a su  pabilo dando formas a sus bordes.  Trazan formas. Como esculturas. Y estos fósforos que pueden ver aquí, que pueden apreciar aquí, cuya representación me salva de extraviarme en la oscuridad en caso de ser encendidos, en caso de necesidad, configuran una totalidad que sin embargo no está en la caja frecuente, la pequeña, habitual de cartón. Con la inscripción de la marca que las produce. Se trata de fósforos en libertad. De fósforos que, bajo la forma de la verticalidad, de colonia, uno junto al otro, están contiguos. Son mi esperanza de varias cosas. De no quedar desorientado, a tientas, a oscuras en medio de la casa (qué terrible manera de desplazarse por una casa, a tientas ¿no?). Son la esperanza de cocinar una mermelada antiquísima de abuela, que llega desde el fondo de los tiempos (porque a su vez a mi bisabuela le fue impartida) y también este fósforo es la promesa de que si cierta noche, me encuentro necesitado de percibir bajo la forma  de lo sorprendente, de lo milagroso, de lo milagroso en que el raspón se convierte en luz porque antes se ha convertido en chispazo y antes aún en impulso de la mano que ha desplazado el fósforo por sobre la superficie de la caja o lo ha encendido de otro fósforo o de una vela, por fin podré apreciar los contornos que me rodean, el conjunto de figuras que conforman el interior de mi casa. Seré capaz de encender una farola con una vela dentro. O acaso simplemente encenderlo, mirar en torno de modo fugaz, como el relámpago, y dejarlo apagarse, languidecer, como el cometa que ha atravesado el cielo para desaparecer definitivamente. Como este fósforo que ha entrado en erupción. Como esta colonia de fósforos.  Diría que esta colonia de fósforos encendidos también son la promesa de sucesivas sombras. De mis sombras o de mi sombra en la medida en que me desplace en el espacio. En tal sentido, la sombra podrá establecer formas más o menos reconocibles. Formas más o menos desconocidas. Abstractas. Pero marcarán un contraste entre la luz magnífica de los fósforos y la penumbra de mi sombra. Mi sombra es una oscuridad. Como cuando había oscuridad por los cortes de luz, en un sentido muy distinto. Mi sombra se desplaza por el mundo, dando lugar a movimientos que a su vez pueden ser lentos, pueden ser más espasmódicos, pueden ser veloces, pueden simplemente permanecer inmóviles si estoy en un lugar estático, sentado, satisfecho de mi postura. Los fósforos prometen siempre una serie de proyecciones. Son la posibilidad de imagen que irrumpe por claridad o la oscuridad recortada producto de su contraste. En cualquier caso, los fósforos son una fuente. Una fuente de la relación entre luz/sombra, luz/oscuridad, luz/lo informe. Son, en definitiva, el origen de la luz.

Título: Cabeza quemada (burning head). Obra de Vivi Nikow*

Tres

La historia del dolor

Estalla la cápsula, la forma volcánica, esta vez diera toda la impresión de hacerlo en erupción. Pero sin embargo no capturo con mi retina lava. Es más bien una vez más una llamarada. Una llamarada de fuego que, fuera de control, fuera de todo continente, ahora es puro contenido. Motivo por el cual, a diferencia del resto de los otros orificios o cavidades presentes en al pintura, irrumpe en el mundo. Se trata de una ecuación sencilla. A mayor apertura, a menor contención, mayor erupción. La llamarada esta vez no consiste en una cabellera anaranjada. Sino más bien en una imagen compleja, porque contiene colores de distintos matices. Se trata de encontrar el que a uno le siente más. Hay rojos, rosas, anaranjados, amarillos, ocres. En fin, una gama que introduce en el mundo la irrupción de una cierta clase de luz de naturaleza compleja. Se trata de la sensación de que uno, una vez más, experimenta una doble emoción. Por un lado, la de la belleza frente a la contemplación de una figura o de un color que encandila. Por el otro, la fantasía de estar frente al peligro.Frente a la posibilidad de ser calcinado. De sentir en su piel el efecto del fuego. De una imagen/pintura que deviene amenaza.

     Ahora bien: ¿por qué la llamarada sale al mundo tan solo de uno de esos orificios  y no de todos o, como mínimo, de algunos de ellos? Se logra entrever la posibilidad de que irrumpe de otros. O, al menos, la imagen de cómo impacta la luz de esa que irrumpe en el mundo en las que la rodean. Es una buena pregunta la que formulo. ¿Por qué esa llamarada y no todas? Ello permite trazar hipótesis. Quizás o bien era su zona más potente, motivo por el cual la llamarada no pudo ser controlada. Por inferencia, era la zona más endeble de su continente, lo que la contenía, lo que impedía su estallido, su salida al mundo. Las hipótesis se multiplican porque también puede haber habido alguna clase de estímulo desde el exterior que hiciera que de ese orificio en particular brotara esa llamarada. O a la inversa, alguna clase de estímulo desde el interior, desde la cavidad, desde la concavidad. Esta llamarada no es la llamarada del ónix, más pareja en su color, más ondulante en su forma, más uniforme en sus hilachas. No es el fuego o las llamaradas en potencia (solo en potencia, porque no apreciaba más que su posibilidad) de lo que parecían fósforos. Sino que emerge el fuego de un modo me atrevería a decir que brutal, completamente descontrolado. Fuera de quicio. Y esa imagen paraliza. El estallido junto con toda la paleta de los colores que le son afines al naranja dispara la sensación evocativa del miedo. Todos nos hemos quemado. En ocasiones nos hemos quemado porque algo ha estallado. De modo que esta pintura desde su belleza inconmensurable a mí me provoca miedo. Es más, connotativamente construye una cadena que empieza de la reticencia, pasando por el temor, al miedo y de allí al terror. Eso no tiene que suceder con todo espectador de la pintura. Simplemente tiene que ver con una memoria del cuerpo. Con la memoria de mi cuerpo que ha padecido sucesivas pesadillas. La memoria que se ha alojado en él producto de sus dolores, a su vez producto de la quemadura del fuego. En la memoria de mi cuerpo producto de la historia del dolor. También están el resto de los orificios. ¿qué son? ¿dónde están alojados? ¿son nuevamente un cierto tipo de hongos que habitan bajo tierra, cuya propiedad (desconocida el humano) es la de emitir fuego por sus zonas de apertura? Podría ser una hipótesis. Pero son formas que no quiero forzar hacia la figuración. No quiero hacer encajar en una lectura de la pintura cuya interpretación haga cerrar los sentidos en lugar de abrirlos hacia múltiples posibilidades del significado y del allí a los sentidos. De modo que hongo, cañón, zona volcánica tan frecuente en países como Chile o México, se me ocurre que podría ser muchas otras cosas incluso inconcebibles para una mente humana pero no para un sistema filosófico abstracto. De allí que mis lecturas de las pinturas se aferren al arte figurativo para poder trazar hipótesis. Pero también debo reconocer que en la filosofía y en ciertas formas del pensamiento abstracto así como del arte, hay momentos, lo siento mucho, en que dejamos de percibir correspondencias entre el mundo así llamado real y el mundo de la representación visual. Y debemos conectarnos con el mundo interior. Ese que no encuentra nombres. Ese que no hace sino asombrarnos. Pero sí encuentra percepción. Las puertas de la percepción.

Título: crepitus. Obra de Vivi Nikow*

Este trabajo es una propuesta interdisciplinaria a cargo de Adrián Ferrero, autor de las prosas poéticas, y de *Vivi Nikow, artista plástica argentina de la que añadimos su CV:

Vivi Nikow

Vivi Nikow. La Plata, Argentina. Artista plástica profesional desde 1983. Integrante del  movimiento internacional Neutral-ism. Participó de más de 80 exposiciones colectivas en Argentina, República Dominicana, Suiza, Polonia, Chequia, Montenegro, Serbia, Italia, Hungría, Lituania, España y Francia. Realizó 25 muestras individuales en Argentina, España, Brasil y Francia. Invitada de honor 1997 en el Museo MIDAN de l´ Île de France, Francia, para realizar una muestra y un mural, ambos dedicados a nuestras fiestas populares. Sus obras son parte del acervo del MUMA de Junín (Argentina), MIDAN (Francia), Museo Internacional de Arte Naif de Jaén (España) y Museo Neutralism de Nereto (Italia). Sus pinturas ilustran libros de cuentos, poesías y escolares, portadas de libros y discos, y tarjetas postales de diversas organizaciones de beneficencia. Ha intervenido como jurado en salones y como curadora en varias muestras de arte.

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Adrián Ferrero
Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Se diplomó como Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), distinguido con una Mención por la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en español de Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Realizó cinco audiotextos con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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