Los Bosquecitos, Verano. Fotografía de Celina Ortelli

Ha estallado la flor del cardo. “¿Ha llegado en este verano o siempre estuvo aquí?”. Es una  pregunta que me formulo como quien se detiene a reflexionar sobre su propio territorio. El cotidiano. El tiempo ahora combina el aire puro con la resolana. Pero hablemos del cardo. Son sus espinas un modo de protección. De mantenerse a salvo. Las plantas y los árboles en esta época del año son calcinados por la  tórrida radiación solar. Salvo los árboles de copa más resistente permanecen inamovibles. Son los que suelen habitar las zonas más inhóspitas. Todo cardo es hostil a la caricia, el contacto. Al resto de las flores las hemos plantado y cuidado durante cuatro largos años. Son, ahora sí, fuertes y perdurable. He salido a dar una caminata a solas. Llevo la cámara colgando de mi cuello. Es el momento de los grandes descubrimientos. Camino, ando y desando parajes. Apunto con la lente a varias especies de árboles. Las documento. Las registro para luego elegir las mejores a la hora de atardecer en ese horizonte rojo y fuego. Las imágenes de mi lente, pictóricas, parecieran haberse precipitado. Ha pasado bastante tiempo desde que he salido de casa. Escucho unos pasos detrás de mí. Se acerca alguien. El sonido me toma por sorpresa. Los pasos avanzan, pero en cámara lenta. La gramilla delata a Fernando, por su tipo de pisada. Por su modo de andar. El roce de sus zapatillas aplastando la gramilla que se hunde con sus tercas raíces a la tierra, se aferra a ella de modo obstinado .Y giro la cabeza. Y alguien detrás de mí aparece. No es exactamente que tenga miedo. Sino algo de lo cual desconfío. No soy miedosa. La seguridad en el barrio está garantizada. Es su voz, que conozco en sus avatares. La paleta de los colores. Es enero, el barrio de Los Bosquecitos parece quemada por las llamaradas que caen a pico sobre el bosque. Ahora, este es el momento de las fotografías que será revelador. Es decir: los objetivos que serán blanco para mi lente. Fernando se acerca, no demasiado. Es respetuoso porque sabe que se trata de momentos de mucha embriaguez. Porque para mí tomar fotografías es como ingresar en una suerte de trance. Fernando guarda respeto para no molestarme cuando estoy en plena caminata o sacando fotografías. Yo misma soy una extraña si alguien, un matrimonio o los habitantes de las otras casas del barrio se acercaran a mí. Por fin me habla en nuestro idioma. Son nuestros códigos. Ese alfabeto secreto que hemos inventado. Esa gramática que nombra al mundo de otro modo. Simplemente lo hemos logrado. Hablar en otro idioma distinto del de la gente. Un idioma íntimo. Probablemente el abecedario del amor. Los rayos del sol son bochornosos. Fernando se suma a la caminata. Me detengo en ciertos rincones del barrio. Fernando permanecerá a mi lado, como si fuera una aparición. O un guardaespaldas. “Estamos en Los Bosquecitos, mi lugar en el mundo”, me digo. Y ya lo estoy diciendo en voz alta. Me toma por sorpresa esta charla. Primero conmigo a solas. He caminado por la margen del lago, antes de que llegara Fernando. Él sugiere el atardecer para las mejores tomas, el momento de las transiciones. De los mejores cromatismos. Las aves desconfían de mí, desconcertadas. Están habitando las copas de los árboles: su fronda. Ha sido un día de internarme en la espesura (la primera temporada en que emigran algunas aves). Sé que en Los Bosquecitos están las que no se marchan a otras tierras. Los Bosquecitos es; “mi casa”, “mi hogar”, “mi cabaña”, “mi casa”. “Debiera pensarlo así”, me digo. Al tomar las fotografías por supuesto que encuentro comodidad para moverme en este paraje. Pero pese a haber tomado muchos cursos de fotografías, de haber expuesto, de haberme formado con buenos maestros, tomar fotografías nunca dejar de ser un desafío.

     Ya no sé cómo hemos llegado aquí. Compramos el terreno. Las plantas y los árboles demoraron en crecer. A pesar de regarlos y evitar cualquier plaga que hubiera podido  afectarlas  El. arquitecto. Los planos. Un agotador ir y venir.  La ropa y los adornos. Hasta que llega el gran día: el salto a la pileta. Fernando, las cosas, la mudanza, el tiempo de un sol radiante, la casa vacía. Ahora la casa se ha llenado de sonidos. Colmada con recuerdos de viajes. Les parecerá mentira si les confiara que he traído una pequeña esfinge. La esfinge de Giza. Es un cierto tipo de amuleto (me dijo la vendedora chapuceando un inglés para turistas, formado casi todo por monosílabos). En cuanto pude verla extendí la mano, la tomé con la izquierda (la de los momentos más gratos, porque con ella pinto mis cuadros con caballos salvajes y mujeres con flores). Pero esta vez la esfinge ha permanecido muda, intacta, inamovible. La guardo en mi palma. La palma de mi mano: la derecha. La de los grandes hallazgos. La que no me quemo al cocinar. Confieso que se la mostré a papá. Él no me había visto. La esfinge, digo. Una esfinge en casa. ¿Por qué no? La compré de inmediato. Por unas pocas monedas. El sol rajaba la tierra, abriendo grietas. Y papá acalorado, transpirando, con un sofocón. Imagínense. Ahora estamos en el hotel. Siento un vacío producto del espectáculo que ha tejido el clima para mí. Apoyo la esfinge sobre la mesa de luz. La contemplo. La ilumino con la pequeña lámpara de techo. Ahora: con mi velador, de mucha intensidad. Luego me acerco más aún: la linterna de mi celular. Estoy cansada. Hemos caminado de subida y de bajada el monte. El clima es atroz por estas latitudes. Tengo la cabeza cubierta con una remera que me até al pelo. Hace las veces de un gorro o  un sombrero. Me gustan particularmente los sobreros de paja.

-Celina, Celina…-escucho detrás de la  puerta de mi cuarto, en el pasillo.

Es papá que me trae una cerveza roja helada. Trae la suya en la otra mano. Brindamos. Al destaparla la cerveza estalla. Espumosa. Frescura. Me disculpo. Debo ir hasta el baño, pongo la cabeza debajo del chorro de la canilla. Pero no la enjabono. Simplemente la mojo hasta que chorrea. Las gotas bajan por mis hombros. Por mi garganta. Papá habla muy velozmente. Dice tantas cosas que no alcanzo a distinguirlas. Parece entusiasmado por el viaje. Los paisajes, me dice, le hielan la respiración. En un momento apoyo mi dedo índice sobre sus labios. Papá tiene la costumbre de hablar muy rápido en la intimidad y muy lentamente con los extraños. Parece un tímido, un  hombre retraído. Mamá dice que esa es mi impresión. Que para ella papá es imperturbable. Sin embargo, aquí, en Egipto, su voz parece eufórica.

     Hoy por la mañana en que empapados de sudor teníamos acceso a las pirámides, no dejaba de bromear y reír con un argentino. Se conocían de las clases en el Club de ajedrez donde va a jugar dos veces por semana.

-Papá, papá. ¿Me escuchás papá?

Con elocuencia comprendo que estamos con Fernando en Los Bosquecitos. El viaje a Egipto ha sido sensacional. Inolvidable. Las fotografías lo inmortalizan. Guardaré este viaje en un lugar muy privado. Por ejemplo, enmarcaré dos de sus fotos más significativas.  

     Hoy he pensado en papá. Con mamá hemos pensado juntas en él. Tejíamos. A veces los puntos se corrían. Ella, con su abrazo, ha elegido decirme la verdad.

     La oscuridad se ha derramado rápidamente sobre Los Bosquecitos. Del atardecer a la noche cerrada. Y sin embargo el sol todavía languidece en mi imaginación. Imagino el sol. Es mi secreto. Ver luz precisamente cuando ha caído la noche. Fernando enciende la luz de todo el parque de casa. Alrededor de estas farolas, los insectos. Contemplo (de noche)la flor del cardo. Y no sé por qué, el viento como con un chicotazo me golpea la mejilla con una rama. Estoy a punto de caer en la tentación de pensar que estamos con papá en el camino a al Nilo para luego llegar a la Esfinge de Giza. Él apoyándose en un bastón de sicomoro. Su remera como un turbante. La piel con protector solar. Es todo tan nuevo. Tan ideal aquí. No me estoy refiriendo al clima. Ni a la higiene. Sino a estas monumentales construcciones. En un vaivén de recuerdos y sensaciones me detengo nuevamente en la flor del cactus, que en instantes he dejado de ver, para tocar. Un poco porque ha caído la noche, otro poco porque nos habremos marchado hacia la cabaña. Es verano. No hemos dejado de chapotear en la pileta. Fernando me arroja agua sobre la cara. Nos reímos. Agua transparente como aguavivas. También me sucede que me detengo a mirar el agua. El agua. El agua. Como un eco me llega esa palabra esencial. Me gustaría una vida de agua. Adoro el agua. Esa sustancia que nos sostiene, nos mece, nos limpia, al agitarla permite que la escuchemos. Como en las cataratas de Iguazú, en su grado mayúsculo. Se deja oír y mirar el agua. Hemos vivido dentro del abdomen de nuestra madre rodeados de agua. El célebre líquido amniótico.

     Y ahora es hora de que el capullo se marche, con la noche no podré distinguir su floración. Ahora es hora de retirarnos a la cabaña a cenar. Ahora que casi es hora de dormir. Algo estalla en mí. Un estallido que sin embargo me mantiene erguida, en un precario movimiento. Me apoyo en Fernando porque me he lastimado uno de mis pies. Me he doblado el tobillo. Y me he clavado una espina. “Tanta vida, tanta vida”, me digo. Inmóvil. Paralizada por la noche. Por la mañana, un incendiado sol me mantiene cautiva de su luminosidad. Una mirada, la mía, que no oculta su sopor (he tenido un día largo, trabajo inesperado, una nueva compañera que hoy ha empezado).
No sé por qué cuando regreso a casa ingreso por la puerta lateral: el lugar de los recuerdos. Un souvenir, un país. Otro souvenir, una casa en Brooklyn. Otro souvenir, un nuevo moai de la Isla de Pascua, las cerámicas de Cuzco, un oso blanco imponente de cuando visité Alaska. La serie de animales pequeños que venimos coleccionando con Fernando (“Nuestro pequeño zoo”, dice a menudo Fernando). “El zoo de cristal”, pienso, recordando una obra de teatro que leímos en un curso de lectura literaria al que fui invitada. Cierro los ojos con profundidad, mientras aprieto mi diminuta esfinge. Y pienso. Pienso unas palabras. Sin embargo, ya las estoy diciendo en voz alta. Una frase, recurrente, viene a mí: “La rama de sicomoro acaba de reverdecer”.  

Los Bosquecitos, Verano. Fotografía de Celina Ortelli

El origen de las flores

El cielo azul turquesa. Los brazos del álamo, desnudo por el calor que seca y reseca sus hojas en Los Bosquecitos. Es verano aquí. Y esto es Los Bosquecitos. Ese territorio agreste que hemos elegido para no olvidar que somos hombres y mujeres de tierra. También de agua. De observar con intensidad a un ombú. Pero al mismo tiempo, encontrar un lugar que sea tranquilo. Es un hogar del cual a esta altura de mi vida no podría prescindir. Fernando no es tan madrugador como yo. Los amaneceres, los amaneceres de verano. Las mañanas son mías. Los primeros jirones del sol, que ya se adivinan, comienzan a irradiar una luz cegadora. La margen derecha del lago ha bajado, el agua no logra soportar, como un humano, esta radiación que todo lo consume. Todo lo reseca. Las aves buscan la fronda de los árboles más resistentes, con una copa firme.

     Celina está de pie. Puedo verla. Inamovible en sus principios. Ayer me hizo una confidencia que no repetiré pero que con sinceridad no esperaba me dijera jamás. Fue algo inesperado. Como quien dice: un apagón. O bien: un batir de alas en el jardín, muy temprano por la mañana. Salvo que aquí su secreto fue como si un foco se encendiera. O un rayo hiciera temblar la superficie de la tierra. Como si el sol se abriera en cuatro gajos.

     Es cierto. Las horas largas del verano son festivas (recordemos que estamos de vacaciones). Pero también es solitaria la hora del mediodía. Nadie se atrevería a recorrer los caminos de Los Bosquecitos cuando el sol está en su punto más alto. En su cenit. Salvo yo, que apenas la luz llega a este hemisferio hago mi caminata de tres kilómetros. Me he llevado un termo que mantiene helada el agua. Bebo algunos tragos. También me he llevado un paquete de galletas con cereales y semillas.

     El día discurre muy velozmente. Celina y Fernando pasan la mañana en la pileta, que juiciosamente Fernando mantiene en condiciones. En fin. Las algas, los hongos, algunos insectos, el césped que al ser cortado flota sobre las aguas. Ambos comen un bocadillo: un sándwich de palta, pollo y huevo duro.

     El día se les pasa entre gestiones, compras, la pileta, amigos que llegan de visita, el agua que con pureza refrescante, en este calor tan intolerable, los ampara. Un gin tonic que deposito sobre el borde la pileta. Celina se inclina levemente por un Gancia con limón.
-¡Yo voy! ¡canté primero!

Le hago un gesto cariñoso en la cabeza, desordenándole el pelo. Reímos. En un momento mete la mano en el agua y me salpica. Nos reímos.

     Le preparo a Celina lentamente, como en una ceremonia, su Gancia. Tomo de la heladera el limón más puro, y el más terso, y el más frío. Uno que no tenga ni machucones ni manchas oscuras. Uno que esté maduro, en su acidez. Luego lo exprimo y le corto una tajada con la que adorno el trago. Salgo. Voy hasta la pileta. Celina ya no está. Barajo posibilidades: ha ido al baño, se ha olvidado de su sombrero, ha ido a ver a los perros. Me desespero. ¿Qué puede haber pasado? Si yo dejé a Celina sentada junto al borde de la pileta. ¿qué puede haber ido a hacer? Con optimismo me siento a esperar. La he percibido extraña por estos días. Por fin regresa con un ramo de flores que había comprado en la ciudad el día que fue a visitar a su hermana. Había olvidado ponerlas en agua. Ahora sí: el agua obrará milagros

     Entra y sale de la casa. Regresa con un florero de cristal. Liso pero alto y ancho. Introduce los jazmines en él. Se acerca a la canilla de la que está conectada la manguera. Y lo colma. “¡Pero santo dios!”. “¡Cómo es posible tanta belleza!”. Exclamo más que me interrogo. Y dicho esto a que estoy acostumbrado en Los Bosquecitos o bien en nuestros viajes paisajes bellísimos: una postal.

     Después del sándwich terminamos de almorzar. La sorprendo con un kilo de helado de vainilla, sambayón y crema rusa. Después  le pregunto:

“¿Por qué no venís?”. Cuando quiero acordar ya está a mi lado. Y le hago una caricia en la mejilla con el dorso de mi mano. Se acomoda en el borde de la pileta. Mira el cielo y antes de zambullirse susurra:

“…En Egipto, la Esfinge de Giza. En Egipto la arena es abrumadora porque entra en los ojos. En Egipto los ojos aprenden a mirar de otra  manera. Egipto es el País de Nunca Jamás. Uno no quiere crecer al estar ahí, para no tener que despedirse. Uno quiere quedarse la vida entera contemplando ese panorama. Sentir nuestra pequeñez junto a las pirámides.  Leí hace unos días que los buzos han rescatado escombros con inscripciones. Otra clase de alfabeto. Y sin embargo, sin embargo siento que comprendo ese paisaje como si fuera una ciudad occidental. Es tal la sensación de caminar entre recuerdos. Entre sucesos que tuvieron lugar. Giza. El Nilo. Los oasis.

-¿De veras querrías permanecer en el país de Nunca Jamás, el que acabás de nombrar? ¿te perderías tantas cosas? Ser niña o niño para siempre garantiza un cierto modo de ver, de moverse por el mundo, de convivir con adultos. Con otros niños. ¿De veras te gustaría detener tu crecimiento?

-Sí, también la vida sería más sencilla.

-No estaría tan seguro de eso.

De pronto Celina echa a correr hacia la casa. Me asusto. No suele tener gestos repentinos. Intempestivo. Es serena. Es calma. Es reflexiva. Le gusta reír, cuidadosamente ocuparse del bienestar de nuestros perros. Luego la veo regresar con la estatuilla de la Esfinge de Giza. Desliza algo en mi  oído que finjo entender pero no alcanzo a escuchar. Luego nos vamos caminando hacia esa patria que es el bosque de Los Bosquecitos. De pronto advertimos que el álamo no tiene una sola hoja.

“¿Y si traés mate?”, me pregunta o me solicita con un giro simpático. Me hace una reverencia. Como si yo fuera un visir ¿Cómo negarme a un pedido de Celina?

Luego, a continuación advierto que este domingo brilla. El sol chisporrotea contra los cristales azules de la entrada en su bello tornasol.

     Me he acercado a la cocina. He colmado el termo con el agua del dispenser. Está hirviendo. Recuerdo que a Celina no le gusta el mate tan caliente. Le agrego un chorro de agua fría al termo. Hago girar la tapa de la lata de la yerba. La coloco en la calabaza. Calzo la bombilla. Pruebo el primero para ver cómo salió. Es mi experimento. Siento el agua bajar por mi esófago, seguir por el tubo digestivo, llegar hasta el estómago. Finalmente, recupero un budín inglés tristón que quedó de ayer.  Después  cargo el equipo de mate y me marcho, como quien dice, me lanzo a la aventura. Casi casi como una expedición

     Celina me ve desde lejos. Me grita. Me grita fuerte. Acaba de ver algo que me quiere mostrar. Ignoro qué será pero comprendo que debo apresurarme. Su entusiasmo indica que es una escena preciosa. Irrepetible. Aprieto el equipo de mate más fuerte, cada vez más fuerte. Llego y Celina me muestra un pichón de pájaro carpintero. El ave parece sentir la misma perplejidad que nosotros. O el mismo susto frente a dos humanos. Después de todo, no deja de ser un pájaro salvaje. Celina lo toma, con la misma suavidad con que limpiamos con algodón una herida. Luego todo se confunde porque el pichón vuela un metro aproximadamente. Con un vuelo bajo. Pero Celina lo toma entre sus manos (sabe perfectamente cómo aferrar a un pichón). Se acerca al árbol. Ve el nido por fin.

-Lo sospechaba-, me dice. A continuación se trepa con cuatro golpes de talón y lo deposita en el nido junto al resto de sus hermanos. Raro usar la palabra “hermanos” al referirse a un animal”. La madre, entre desconfiada y asustada, se detiene a unos centímetros y la mira recelando de ese ser que a sus ojos es un intruso en su nido. A su vez, Celina se detiene en ella. Yo me siento admirado. Por el cuidado que pone en los seres vivos, por el cuidado que pone en abrigarlos o bien en dejarlos con sus madres. O bien de dejarlos en libertad. Como cuando aquella mañana en Marruecos cometió una imprudencia que casi le cuesta (nos cuesta) un empujón, un golpe o una paliza con insultos (yo a su lado). Una audacia. Había un marroquí que vendía una gaviota de Sabine. Estaba en una jaula diminuta. El ave era bastante grande. Entonces Celina, en cuanto él se dio vuelta, abrió la puerta de la jaula, y el ave voló, voló. Cuando me di cuenta, Celina ya me tomaba de la mano y me arrastraba para que nos marcháramos. El marroquí nos gritaba desde lejos, gesticulando, seguramente improperios en un idioma tremendo por lo ofensivo que se podía adivinar por sus gestos y el tono de su voz. Por lo descontrolado de sus movimientos. Pero nos escondimos debajo de un puente. Y Celina y yo reímos, reímos, reímos. “Tu buena acción del día”, le dije entre reprendiéndola y haciéndola reír, por parte iguales.

Y ella con porfía dice:

“Es que. Es que. Si uno vive en Los Bosquecitos no puede permitir cosas como esta. En una reserva ecológica como Los Bosquecitos sus habitantes tenemos nuestros principios. Y un modo de mirar el mundo”.

     Y ahora estamos en Los Bosquecitos. Fernando ha traído el equipo de mate. Yo abro los ojos desorbitada porque también aprecio el budín. Un budín muerto de frío que ayer no era nada y hoy será un manjar. Un manjar que se terminará en pocos instantes. Empezando porque es medio budín. No un budín entero. En un momento Celina toma una rodaja de budín, se aleja y la desintegra. La esparce sobre el césped. Regresa. Y en instante ese preciso lugar se llena de pájaros. Distintos todos. Algunos más coloridos que otros. Pero todos hambrientos.

     En un vaivén regreso a mirar el álamo de hoy. Comprendo el tiempo que hemos pasado juntos. A los ojos de alguien imaginativo, el álamo pareciera tocar con su rama más alta (su cumbre) una materia difusa: una luna roja. Entonces Fernando corta con el cuchillo una rebanada de budín. Me la pasa. Una delicia. Todavía esponjoso. Fresco. Mejor que ayer. Como si la noche lo hubiera mejorado. Intensificando su fragancia y la fruta, que parece recién cortada. Entonces miro al álamo. Ni una sola hoja. Eso me deprime. Estoy acostumbrada a los climas templados y los bosques reverdecidos, el lago crecido. Incluso los árboles en el mismísimo invierno. O bien cuando llueve. Cuando llueve este lugar es otro lugar. Un lugar  de una presencia irreal. Y es entonces cuando veo la luna roja. Le clavo la mirada. Claro que el invierno en Los Bosquecitos es un clima helado. Hasta ha llegado a nevar.

“-¿La ves? ¿La ves Fernando?”.

-¿Es un fenómeno meteorológico?, pregunto, ingenuo.

Fernando parece desconcertado. No entiende qué le estoy señalando. Le digo:

“¡La luna, la luna, mirá por favor!”.

Y Fernando mira la luna. Y la ve. Y aprovecha el preciso momento en que cierro mi puño, para rodearlo con su mano.

Los Bosquecitos, Verano. Fotografía de Celina Ortelli

Jardines blancos

Es todo fuego y oro. No lo podrías creer. No suelo venir a esta zona de Los Bosquecitos en verano. Por lo general hay poca agua. Pero ahora ¿qué remedio? Ahora te he traído a este paraje cuyos ojos azules se pueden adivinar, como si uno lo mirara a la cara, furtivamente. Ahora el tiempo se ha detenido en este paisaje, tan quieto, tan quieto. Una escena. Un fotograma. Imagino, soñador como soy, llamaradas de fuego sobre las aguas. El tiempo ha pasado desde aquella primera infancia en que descubríamos la vida todavía incluso sin siquiera ser amigos.

-Es cierto-le contesto.

-Las maestras eran…

-Sssshhhh-susurro

De pronto Celina me dice, en un rapto:

-Caminemos

Era precisamente lo que estaba esperando que me dijera. Callamos durante el primer tramo del paseo. Mientras caminamos, le tiendo un mate. Bordeamos todo el lago. De pronto, luego de quince minutos de caminata le digo:

-Comprendo por qué a este lugar lo han nombrado reserva ecológica. Y vivir en él. Qué privilegio, Celina. Una bendición

     A continuación volvemos a callar. Lo nuestro es el silencio. Será porque me gusta mucho el silencio. Tal vez más de lo que les gusta al resto de los mortales la música. La gente no sabe estar en silencio. La gente incluso a veces busca el ruido. La gente no sabe vivir el silencio. El silencio es para muchos un momento nervioso. Como la soledad.  Los incomoda. Celina saca un caramelo de leche del bolsillo. Me lo ofrece, extendiendo la mano. Me pregunta.

-¿Un caramelo?  

-Por supuesto- digo, haciéndome el ceremonioso. Oficiando de serio maestro de ceremonias.

     Comprendo que algo inminente ocurrirá en Los Bosquecitos. La noche caerá. Será difícil luego si no emprendemos la retirada hasta la casa. Ni la luz de los celulares nos podría salvar de extraviarnos. Pero Celina conoce cada rincón de su territorio. Es su reserva salvaje.

-Fernando nos estará esperando. Estoy para un gin tonic-le digo procurando ser amable para que sepa que no estoy aburrido. Ni me he asustado mientras caminábamos de noche por entre árboles, arbustos y flores. Las flores de noche. Simplemente sucede que es la hora de regresar.

     Caminamos. Celina me va describiendo el nombre de las plantas y las flores, una experta botánica.

-Peonías, pino, álamos, margaritas, jazmines ¡Hasta un cienpiés gigante!”, alcanza a decir. Cuando llego al lugar el insecto ya ha desaparecido.

     En esta expedición por Los Bosquecitos Celina ahora ha decidido que hablemos de cosas más mundanas. Tal vez su trabajo. Pero no. Le molesta cuando está disfrutando de la vida hablar del trabajo.

     En veinte minutos de caminata llegamos. Fernando está preparando el fuego para un asado. Yo desfallezco por la carne asada. Es cierto que mi alimento consiste en relativamente poca carne asada durante el año. Pero. Y muchos vegetales y frutas. Los Bosquecitos, en tanto que territorio natural, suma aroma al aroma. Y ahora la carne asada. Vino (elijo un chardonnay). Después intercambiamos algunas palabras porque le cuento a Fernando qué es lo que más me ha impresionado de Los Bosquecitos.   

        De pronto Celina me llama aparte. Caminamos hacia un costado de la casa, donde hay una puerta delgada, de madera. Y me muestra la Esfinge de Giza. Una reproducción en miniatura. Me cuenta apresuradamente del viaje. De cómo fueron los preparativos. De los bajorrelieves. De la comida toda sucia. “Me daba entre terror y repulsión probar esa comida. La higiene. La higiene. Pedía frijoles. Pedía Mezze. Pedía Kofta”.

-Nunca había escuchado hablar de esas comidas. Imagino sabores picantes y fuertes.

-Uno no sabía si las manos que habían cocinado estaban debidamente higienizadas, si los productos básicos para la comida eran saludables, si le agregaban algún condimento que afectaba al sistema digestivo. No sé. Me gusta estar segura de lo que como. Te confieso que comimos poco en ese viaje.

-Comprendo- le digo.

     Celina me ha contado todo el viaje a Egipto en media hora. Ignoro cómo lo ha hecho.

Y concluye: “Un paisaje sobrecogedor”.

Me siento a gusto con este relato. No me digan que no tiene unas gotas de peligro y aventura.

-Falta media hora- dice Fernando.-Solo media hora.

Fernando se suma a la charla. Le digo que Celina me contó del viaje a Egipto.

-Bueno, sabemos vos y yo que fue un viaje especial (se dirige a Celina).

 Muchos mitos y supersticiones en torno de ese lugar. Seguimos conversando los tres.

     Cambio de tema porque este lugar también tiene encantos originales. Les cuento a ambos, respecto del lago de Los Bosquecitos, al atardecer, que no había visto jamás el agua cubierta de fuego. Me quiero referir al color, claro está. Entonces. Entonces reímos de algunas anécdotas que les han sucedido cerca del lago. Yo les pido que me esperen unos instantes. Me voy a dar un chapuzón. Hoy no he nadado.

-Media hora, Adrián-agrega Fernando como un reloj del que estará pendiente. Media hora. Me ruega Fernando más que reconvenirme. No llevo reloj. Confío en la luz que se ha machando irremediablemente, en las farolas, en el viento, en los elementos que serán la pista perfecta para no excederme en el tiempo en el agua.

     Yo sé que el agua se llena de magia. De abriles, de noviembres (por mi cumpleaños, es un momento tan festivo). Recuerdo a mi hijo. Lo imagino seguro, firme, tranquilo. Como es él. Reímos a menudo. Él  más de mí que a la inversa. Mi manía de consentirlo. De regalarle libros. Mi manía de no darme cuenta (¿o no aceptar lo mucho que ha crecido?) de que está casi terminando su carrera de Ingeniera Industrial. Dando los últimos exámenes finales. El agua no está helada sin embargo. Transparente. Al ver la botella de vino, en instantes, recordaré las transparencias: las del agua, las del vino. De pronto recuerdo una serie de poemas que escribí que se titulaba “Transparencias” que se publicaron en NY. Les gustaron a los gringos. El agua me sumerge en un sopor de plenilunio. La luna roja, helada, ahora el agua, yo, mi hijo, Celina, Fernando, el asado, sus perros y esta vida que gira y gira. Y uno que es sobre todo un humano curioso, un poco sensible, un poco tonto. Y, sobre todo, misterioso como la luna roja que esta noche el universo ha querido regalarnos. Pateo el fondo de la pileta, salgo a la superficie y de cuatro brazadas salgo de la pileta. Me seco. Me calzo la remera aunque esté mojado. Y marcho feliz rumbo a este descubrimiento providencial. Este Paraíso que es Los Bosquecitos. Los Bosquecitos con todos los elementos: agua, fuego, aire, tierra. Y los jazmines de su jardín de invierno, al fondo de la casa. Lejos de donde nos acomodamos para comer la carne, bajo una pérgola con glicinas. Hasta que nos devora la noche. Como las fauces de un gigantesco y salvaje depredador de mar. La casa está toda iluminada. Aprecio este espectáculo totalmente consciente de que vivir en un lugar así familiariza con el reposo, la soledad o la complicidad. Es entonces cuando Fernando llega con la parrillada. Me extiende un plato con achuras. Me siento entero. Pero más aún me siento pleno. Una variante (y de las más gratas) de existir. Lentamente cenamos. Percibo la humedad. Estiro mi espalda como una vara de mimbre. En tanto nos devora la noche.

fotoLos Bosquecitos, Verano. Fotografía de Celina Ortelli

                                                                                                               


Este trabajo es una propuesta interdisciplinaria a cargo de Adrián Ferrero, autor de las prosas poéticas, y de *Celina Ortelli, fotógrafa argentina de la que añadimos su CV:

Celina Ortelli nació en La Plata, Argentina. Reside en Los Bosquecitos, Brandsen, Argentina. En cuanto a su trayectoria, puede apreciarse de qué modo ha ido articulando la fotografía con las artes plásticas, empapándose la una de las otras. En lo relativo a sus estudios, realizó un taller de Astrofotografía en septiembre de 2017 en el BAF. Un taller de Lightpainting, en mayo de 2017, en el BAF. Un taller de retrato, en 2015. Y en la Escuela de Fotografía de La Plata, entre 1996 y 1998 realizó estudios de fotógrafa.  Entre 2015 a 2019 un taller de pintura al óleo, con la Prof. Carla Rivera Pereyra. En el orden de sus publicaciones de pueden mencionar fotografías en la Revista de Paracaidismo de Brasil (2003), foto de mercados bolivianos en Revista Americana JPG Magazine (2008), fotos de la Estancia La Postrera en el libro Perdón por ser virtuosa-Tomo II-Ajusticiada por AINEÉ. En el rubro exposiciones fue seleccionada por el sitio EYEEM para una muestra junto a varios fotógrafos del mundo (2011), Teatro Argentino de La Plata (Serie de retratos de Cartagena, 2015), Centro Cultural El Medio Aljibe-Imaginación Pintura Foto Arte, Exhibición de Pinturas al óleo y serie de retratos de Estambul (2017), Centro Cultural El Hormiguero (no arte). Exhibición de pinturas al óleo y serie de fotografías de la Cordillera de los Andes (2018) y Centro Cultural Don Eyler, Exhibición de pinturas al óleo (2018). Realizó previamente tres publicaciones interdisciplinarias en colaboración en Vagabunda Mx, entre sus fotografías artísticas y t4extos del escritor y crítico literario Adrián Ferrero tituladas, respectivamente,  “Instantáneas de Los Bosquecitos, Argentina” (2021),“Otoño en Los Bosquecitos, Argentina” (2021) e “Invierno en Los Bosquecitos; argentina” (2022).

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Es escritor, crítico literario y ejerce el periodismo cultural. Publicó libros de narrativa breve, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa y prosas argentinas contemporáneas en carácter de editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente, Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación de Argentina para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU., en revistas culturales y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se dieron a conocer cuentos, crónicas, series de poemas y artículos críticos. Escribió reseñas de films latinoamericanos en revistas académicas o culturales de EE.UU. También en México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios, con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos. Colabora habitualmente con revistas de cultura de EE.UU., México, Chile, Venezuela y Argentina. Escribe también cuentos para niños. Obtuvo tres becas bianuales sucesivas de investigación de la UNLP y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de la UNLP, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile en revistas especializadas. Se desempeñó como docente universitario en dos Facultades de la UNLP durante diez y tres años, respectivamente. Participó en carácter de expositor en numerosos congresos académicos en Argentina y Francia. Realizó cinco audiotextos y dos videos en colaboración. Participó de dos colectivos de arte de su ciudad (en la actualidad se ha sumado a uno de Chile). Realizó dos libros interdisciplinarios entre fotografía y textos con fotógrafos profesionales, inéditos. Obtuvo premios y distinciones internacionales y nacionales.

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