Jeff Buckley

Madrid, España, año 2004; tras una larga noche de copas y marcha, aterricé en casa de mi amigo; no tenía a dónde ir; eran las cuatro de la mañana en el barrio de Salamanca y aún no había metro para llevarme a Carabanchel. Decidimos refrescarnos con unas cañas; él, de origen boliviano, era conocedor de música y compartíamos gustos afines. Para entonces, ya habíamos atendido conciertos de Fantomas, Stereophonics y Lou Reed.

Nuestra conversación -duró poco debido a la trasnoche- giró, como siempre, en torno a la música. Varios minutos después, se levantó de su asiento y dijo “escucha esto; es impresionante”. ¿Quién es?, pregunté. Es “Jeff Buckley”; puso el dvd y en la pantalla se leyó “Jeff Buckley: Live in Chicago”. En la tercera canción, giré y le dije “es muy bueno”. Pero mi amigo roncaba como oso. En soledad, observé cómo aquel hombre con camisa desbotonada y voz angelical, desgarraba la guitarra y las cuerdas vocales; permanecí hipnotizado al televisor.

Cuando finalizó, cogí mis cosas y salí del piso; había amanecido y era hora de ir a casa. En el trayecto, quise entender y digerir lo que acababa de mirar. Algo cimbraba, algo sucedía. Uno sabe cuando una puerta interna ha sido abierta. Sentí un rayo atravesar mi cuerpo, una estaca clavar el corazón. Algo que hasta hoy perdura.

El universo comenzó a expandirse. Indagué e indagué; por años me di a la tarea de adentrarme en ese misterioso hombre blanco (Mystery White Boy se llamó su tour). Eran épocas oscuras y antagónicas en mi vida; a más profundidad, mayor el dolor; Buckley era la formula y el método; un romántico, un poeta, un trovador y rockero único.

Tiempo después, recordé una breve nota de prensa que había leído años atrás en el diario La Jornada. Daba la noticia que, a días de búsqueda, se había encontrado el cuerpo de un tal Jeff Buckley. Recordé el artículo, el dato perduró conmigo; recordé desconocer en aquel momento de quien se trataba; años más tarde, logré unir los puntos.

De origen humilde, desde niño mostro su destreza musical -estudioso de conservatorio- y su singular persona. De descendencia irlandesa y latina -panameña-, la vida del musico estuvo marcada por el olvido, por la ausencia del padre, Tim Buckley. Cantautor folk, probó fugazmente las mieles del éxito. En los sesenta, tras un par de discos, logró codearse con los bohemios de la época, Dylan, Cohen y Van Morrison, entre otros. Su vida -al igual que su hijo-, llegó a su fin de forma trágica por una sobredosis de heroína. La muerte y ausencia del padre, dejarían una huella imborrable en la vida de Jeff.

Fue un 29 de mayo de 1997, cuando un errático Jeff Buckley, vestido sin siquiera quitarse los zapatos, entró a nadar al Rio Lobo (wolf river), previo a recoger a su banda en el aeropuerto; ésta llegaría a Tennessee para concluir las grabaciones de lo que sería el segundo álbum del músico. Buckley ignoró la mala reputación y los letreros de peligro que bordeaban el río, conocido por sus violentos remolinos bajo corriente. En el agua, al tarareo de Whole Lotta Love de Led Zepellin, la voz de Buckley dejó de existir. Quien lo acompañaba se distrajo un instante y un segundo después el cantante había desaparecido. Testigos aseguran que rio abajo escuchaban gritos de auxilio.

Live in Chicago: la vida eterna de Jeff Buckley - RockNvivo.com

Aturdido y fastidiado de la fama y el éxito, Buckley decidió dejar las aglomeraciones de Nueva York y buscar refugio e inspiración en Tennessee, lugar de raíces folk y el blues estadounidense. Su estancia ahí resulta un tanto desconocida y difusa. En su afán de quitarse la etiqueta de “estrella”, prefirió el anonimato: repartía comida en bicicleta, trabajó en cafeterías, visitaba los clubs locales -se presentaba en anonimato bajo homónimos-. Era en las noches, en las madrugadas, cuando ingresaba al estudio de grabación a tocar -en ocasiones todos los instrumentos-, cantar y mezclar las canciones del siguiente disco; buscaba distanciarse del estilo del primero (Grace), el cual él mismo calificaba de pretensioso y aburrido.

En la ciudad, la banda de inmediato se trasladó al río; al constatar los helicópteros y los equipos de rescate, comprendieron la gravedad del asunto, no se trataba de otra broma pesada del compositor. Días después, encontraron el cuerpo cerca del circuito musical de Memphis, a las faldas del río, mismo que desemboca en el Mississippi. Lo reconocieron por el llavero -cargaba cada una de las llaves de hoteles donde se hospedaba-, y por el piercing del ombligo.

Tras su muerte, una catarata de grabaciones, discos, libros han salido al mercado. La madre adquirió los derechos y publicó el segundo álbum en calidad de Sketches; inconcluso, el disco muestra un artista en crecimiento y evolución. Se han hecho películas de su historia y goza en la actualidad de reconocimiento mundial. Bandas del calibre de U2, Radiohead, Coldplay, Chris Cornell, Robert Plant y Jimmy Page, entre tantos, han dado tributo al californiano. Su único disco LP, Grace, se ubica dentro de los cien discos más influyentes del rock. Su versión de Hallelujah, es considerada incluso mejor que la original de Leonard Cohen. La grabación en vivo de sus días de café en solitario (Live at Siné), es una joya musical de indudable colección.

Es innegable evitar el impacto de la música y la voz de Jeff Buckley; sus acordes folks, arpegios y falsetes, distorsiones punk, grunge y heavy metal, las baladas de Nina Simone y James Shelton. Para muchos, puede representar un enigma, un oasis, un nirvana de luminosa oscuridad. Para otros, un artista sobrevalorado y confundido. Me gusta recordar algo -exagerado- que hace tiempo leí y que refleja bien el alcance de Buckley: Dios se llevó a Jeff Buckley porque quería clases de canto. Eureka!

Veinticinco años han pasado desde su deceso, desde que el río lobo devoró al virtuoso. La música y legado de Jeff Buckley aún ganan adeptos. Aunque no goza de fama en el colectivo del rock en México, me resulta curioso ver que, al sonar una canción suya, sea en un lugar público, restaurante, reunión o la radio, las miradas se cruzan y un silencio llena el vacío. Es el efecto Jeff Buckley entrando al sistema.

Cuando esto sucede, inevitablemente recuerdo aquel verano madrileño, en aquella noche que pregunté de manera ingenua; ¿quién es?

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