Empecé en mis manos levantando mi propia piel, trama, aguja, en un acto: perforar. Construir una huella, dice Fernanda Castell en su samizdat El Archipiélago de Pola Villar, un texto breve cuya forma dará lugar a unas disquisiciones inútiles, pero que quizá nos lleven a reseñar con acierto la densidad de estas pocas páginas de escritura de mujer. Que siempre nos atrae, nos sorprende y deslumbra. Que ponemos bajo la lupa de nuestro gusto, para ver cómo funciona esta sorpresa que no termina, la de vernos en páginas ajenas.

Y por esas mágicas artes de la tecnología está ahí, en el link, a manos de todo el mundo.

Empecemos por generalidades. A primera vista, ¿son relatos o poemas? Hay una fluctuación, como lo dice el título que contiene la palabra archipiélago. Un concepto que contiene limitación, bien precisa: conjunto de islas, agrupadas, que recibe un nombre propio, si de algún modo tiene importancia geopolítica su existencia, o valor turístico, o histórico. Pero no define la forma de esa agrupación, es tan variada como objetos que merezcan ese nombre. O personas, si queremos acercarnos al texto.

Este es el de Pola Villar, primero nombrada como P. en un anonimato que campea en todo el texto. Porque Castell retacea, retacea la información y nos advierte así que es un texto inteligente porque apela a nuestra inteligencia. Y no podemos empezar como los nenes en el cine que preguntan ¿y ese quién es, qué hizo, es el mismo de antes, por qué hace esto o aquello?  Cuando son espectadores de un contenido poco apropiado o complejo. Matan a preguntas. Como algunos lectores, y me vienen a la memoria los primeros del boom de la novela latinoamericana, que se hacían esas preguntas precisamente porque el procedimiento elusivo, o mejor la anáfora deceptiva, (como tecnicismo más adecuado) era uno de los ingredientes que marcaron  la irrupción resonante de esos textos. Pero despistado, aquel lector se preguntaba ¿quién narra, es otro, y cuándo, antes o al mismo tiempo, cuando es raconto, dónde está?

Frente a las alusiones a lo ausente no nos queda más que llenar los huecos, hipotetizar, atribuir, combinar y recrear de algún modo eso que se nos ofrece. Ese entrenamiento lector nos acercó a una comprensión activa de los textos, pero las décadas transcurridas volvieron a la narración cronológica, ordenada, biográfica, con alguna vuelta atrás en el tiempo, o alguna simultaneidad. Era de esperar esta simplificación, con tanto editor industrial, con tanta demanda a satisfacer. Lo complejo vende poco. Esa vuelta a la crónica abrió paso a la narración periodística, a la ficcionalización de la noticia del momento. Periodistas narradores, narración periodística.

Pero si algo no es Fernanda Castell es periodista. Ella anda con retazos, con hebras y colas de hilo, con aguja con ojo. Y esto nos lleva a las metáforas. Y a la estructura de párrafos o estrofas de prosa, encabezados por un vocablo y dos puntos.

Arte textil. Fernanda Castell

Reloj de arena: forma de reloj de arena anotó la ginecóloga en su ficha. O sea, ancha arriba y abajo, pero con una zona muy angosta. Es una forma que indica que las mujeres están madurando. Se había tragado el reloj de arena mientras contaba los granos para que pasara el tiempo. El tiempo no pasaba. Pero no ocurría lo mismo con su forma.

Adopta formas prominentes y llama la atención. Todo lo que cambia de un día para otro llama la atención de los predadores. No la dejaban en paz. Era difícil ser.

Y las definiciones, ¿a qué género pertenece un texto que define?

Huevos: es un modo transportable de cantidades de vida para producir seres completos. Dentro del huevo hay una cámara de aire que permite respirar al bicho. Hay una parte del proceso en que el huevo está blando en el interior de la madre. Luego sale por algo llamado inexplicablemente cloaca y ya está duro. Esta palabra cloaca me parece inadecuada. Aunque no hace más que situarnos en el mar de contrasentidos humanos. La vida es algo que puede salir de una cloaca. Eso es interesante.

Y vaya, como referencia a la manera de la wiki, Hélène Cixous, cuyos textos fluctúan, como islas desparejas entre lo poético, lo filosófico, la anécdota familiar y el salto que significa y nos deja suspensos. Escritura intensa la de Castell, que no se priva de la ironía o el humor, que suelta la tensión y acerca la expresión. Y aún lo escatológico, que en Annie Ernaux y su infancia de armarios vacíos tomaba el tono de un patetismo al borde del asco, mezcla en Castell un aborto espontáneo con las achuras del asado familiar, audacia bastante novedosa, en la que no se extiende, queda ahí para frenarnos y volver. Escatología femenina, gore impensado. Y también evocamos, por contigüidad, a Lydia Davis, cuyas aliteraciones intraducibles tienen eco en Fernanda como procedimiento poético. En nuestro idioma.

Como procedimiento hay algo básico que nos acerca a su bordado. Línea de puntos imprevisible, que va formando las figuras del texto y en su suma imbricada encuentran, encontramos sentido. Es el empleo de sujetos tácitos, de sujetos omitidos. No hay una ruptura de sintaxis, hay una sintaxis normalita, sin complicaciones. Pero se complica por otro lado, nuestra inteligencia está desafiada. Pero al mismo tiempo nuestra emoción principalmente. Se nombran asociadas dos vísceras y ninguna es el cerebro, si es que el cerebro, que no es hueco es una víscera. No, se nombra el corazón y el estómago, dos órganos (femeninos). El corazón tiene razones y el estómago tiene razones, caramba si las tiene.

Atrás de esos sujetos, comprendemos, hay una mujer. Que es primero un bebé, en el capítulo Necesidad. De comida y hambre, como curiosidad. La niña es un ser pensante. Y piensa para qué. Integrada a los elementos: pampa, arroyo, bulbos que laten, topos, mulitas, dunas.

Fernanda es antropóloga. El humano es parte del paisaje.

La indefensión y los padres en discordia. En contraste con la leche dulce y el puré de calabaza. Así y todo alcanza el verbo “nadear”, todo un logro metafísico.

Imágenes de atavismo, el mar y el agua como origen de la vida, el agua del cuerpo, que puede ser roja.

Pero en el páramo hay humanos, civilización, escuela, la jaula del aula.

Íbamos a la escuela con unos guardapolvos tableados blancos y duros. El planchado del guardapolvo era proporcional al peinado. La higiene se demostraba de esa manera. En realidad éramos “la limpieza” de las madres. El olor era fundamental. El cuerpo emite olores como animal que es. Olor que dice: acá estoy yo o estoy con miedo o tengo calor. Entonces había que evitar o suprimir los olores. Porque en la escuela todos somos un solo cuerpo. El cuerpo de una gran oveja asustada. Más allá y por encima de todos los intentos el encierro de lo que se llamaba aula generaba una nube olorosa.

El archipiélago es por definición fragmentario, nos enfrenta a párrafos-isla. En el orden simbólico femenino todo está por definir, y esta filosofía poética, esta prosa de ideas en imagen es necesaria a estas alturas del tiempo en que la voz femenina ya ha adoptado la eficacia y el entrenamiento narrativo tradicional, conservador, y ya no necesita demostrar nada. Pero hay que ir al hueso, esto es instaurar un orden narrativo diferente propio, radical y si se quiere difícil o complejo. Es otra lengua, otro idioma, o es solo otro rumbo, como para dejar sentado que no hay uno solo, ya inventado y transitado. La pena de A, la primera novela de Castel se construye así, leemos una historia, la de un personaje a través de su tiempo y su peripecia.  Aqui tenemos una libertad exploratoria, una vida ejemplar de mujer y su meditación consecuente. Y una ruptura, con la familia primero, con la escuela y su orden discriminatorio que confunde clase social con el bien y el mal, con la pareja, después del amor, con la sociedad.

Como impostora, toda mujer los es, construye su archipiélago de posibilidades, con islas de tamaños diferentes, la enamorada, la casadera, la madre y la pensante, bordadora.

La escolar se transforma en una mujercita de quince años, rebosante de hormonas, después es casadera,  preciosa palabra irónica, es núbil.  Está en edad de ser madre. Y es madre, hay un parto, hay un aborto, son las peripecias de la vida de una mujer. El varón no las tiene. Quizá el varón sea yuxtaposición de actos, mientras que la mujer vive una progresión que la convierte en algo distinto en cada etapa, el varón acumula conquistas logros, fracasos, hijos, pero su cuerpo, sus vísceras,  su cintura no muta.

La mujer muta, se transforma.

Y asume la tarea de destruir certezas: La ternura de los abuelos es como la ternura de los lobos, no todos los abuelos son de azúcar.

Después es vieja y enfrenta la disolución pero también llega a la escritura, con esos hijos libros que son metáforas.

En La fuga

Rápido se licuan las células sobre su eje hasta consolidar la materia. Esa materia es viscosa acaso como el centro de la tierra. Sólo por algunas sondas se sabe algo de su temperatura y composición. Algo que entra por un agujero que puede ser un volcán dormido y llega hasta la cámara ígnea. Pero estábamos hablando de células y sangre. ¿Cómo surge eso llamado hueso?. Lo que yergue la figura vista de frente. El hueso también tiene un centro blando. E rojo y rico en nutrientes. Es la médula. Acaso lo más interesante de los cuerpos. Porque está el dicho:

-Vamos al hueso y ¿qué es lo medular del caso? O sea, blando duro blando y blando y  duro a la vez. Por fuera. Entonces querida nos organizamos de adentro hacia afuera administrando la blandura. Que es una cualidad necesaria para moverse. Acaso también la flexibilidad. No se rompe pero se rompe y se dobla, pero no se rompe.

La fuga del centro entonces es algo que permite que lo blando aparezca de cuando en cuando. Es lo que mantiene erguida la contextura. Pero a la vez es duro. La fuga no es repentina. Sino sería un gran estallido de células en el espacio como un bing bang corporal y acaso quedaría en el recuerdo aquello que se originó en un tiempo lejano y llegó muy lejos pero desintegrado.

En el medio, pongamos surge el estómago y el corazón. Dos órganos que ordenan y detienen la fuga.

Castell es artista plástica, su pincel es la aguja, sus colores son hilos, borda un texto, y adjunta un poema, un párrafo, pero no siempre. La tela se basta a sí misma, sólo plantarse y dejar que las palabras y los sentidos se formen. Arte textil que viene de lo ancestral. Y no tiene nada que ver con la decoración de la casa, los mantelitos para apoyar bibelots, las telitas con dibujos violeta de carbónico para bordar en la escuela, o detrás de la ventana, esperando a vaya saber quién. Su dibujo es palabra nueva, sentido, pensamiento de la cabeza a las manos, necesidad de decir.

Y es la identificación que tanto celebramos cuando leemos mujeres, cuando la lectora insiste en buscar libros de mujer llegamos a una madurez y a una felicidad que celebramos. Un encuentro identificatorio. En el reguero de letras o de puntos, todo es poco cuando hay tanto para decir.

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