Llamamos turiselfies a los grandes depredadores del viajero en vías de extinción, los creadores del turismo express de llegas, tomas la foto y te vas. Los lugareños te conocen bien turiselfie, cada día llegan más, saben de memoria de tus cinco minutos de atención, sobre todo de la atención que pones a tu cara fotografiada sobre el paisaje, las ruinas, el castillo, el museo, la plazuela, el templo, el mar, la comida típica; saben de tus orgasmos cronometrados, de tu cara insulsa después de la pose, de lo mucho que renegaste del camino o del hotel en descuento, han visto cómo escupías la bebida local luego de la foto, cómo mirabas con misericordia o desprecio a quienes viven en esos pueblos pintorescos –si es que los viste–. Saben que tu cuerpo huele tan mal como el de cualquiera al final de un día de sudor, pero claro, eso no sale en tu selfie: la mentira más efectiva que el siglo ha creado.

El turiselfie tiene una máxima: si no lo muestras no existe; hemos creado este término para llamar a este tipo de turista. Las redes sociales no solo han modificado la manera de socializar en el siglo XXI, están moldeando conductas e incluso la manera de actuar en el mundo, de percibirlo y percibirnos. Una de las maneras más fáciles de comprobarlo es entrar a una red social y observar las selfies vacacionales, los lugares paradisiacos, divertidos y coloridos detrás de la cara de la persona, una cara siempre radiante y feliz.

Lo anterior ya lo sabemos, lo hacemos, pero, ¿cómo influye esto en la vida real? Dejemos para otra ocasión los análisis psicológicos o antropológicos del ser que se fotografía, vayamos al día a día de los lugares donde el turismo es la principal forma de supervivencia. Tres minutos, cinco, diez como máximo si el dueño de la cámara es muy exigente con que le salga la foto perfecta con su cara ideal, eso es lo que dura el turismo ahora. La gente viaja miles de kilómetros tan solo para obtener esos minutos multiplicados por cada lugar que visita.

Al turista promedio ya no le interesa tanto si la comida sabe bien sino que se vea espectacular en la fotografía que comparte. No importa si, por ejemplo, el río que visita tiene una capa de grasa o un cúmulo de basura a un lado, mientras en la foto eso no se distinga y solo salga su sonrisa ensayada frente al horizonte.

Tampoco le interesa si lo que ve ante sus ojos es majestuoso y el haber viajado hasta casi tocar las nubes por carreteras sinuosas, no le interesa la experiencia en sí, le importa el placer que siente por poder mostrar la imagen de dicho sitio a todos aquellos que no están ahí, y así generar emociones en sus “amigos” o seguidores en redes sociales, ya sean positivas (admiración, entusiasmo) o negativas (envidia, recelo).

El turismo en general se ha caracterizado siempre por “estar e irse”, “mirar, probar y regresar a casa”, alterando la dinámica cotidiana de las poblaciones que viven de él, dejando su huella en la economía local, pero eso está siendo agudizado aún más por las redes sociales. Hay una exigencia cada vez mayor de que aquello que el lugar ofrece no solo sea algo distinto a la rutina del visitante, sino que se vea espectacular en la selfie, que sea un fondo de pantalla que cause revuelo o al menos logre captar la atención. Los lugares turísticos se van transformando en sets, dejan de ser espacios con una vida real.

El “yo estoy o estuve aquí” que es lo que hace la selfie, se ha convertido en lo central de los viajes del turista. Antes, la fotografía funcionaba más a modo de un registro personal para la memoria del viajero, ahora es un acto colpulsivo por mostrar lo que se hace en todo momento, de personal no tiene más que la satisfacción inmediata, insisto, no tanto del vivir y registrar la experiencia sino de mostrarla a los demás.

La pregunta entonces es si, por ejemplo, el elevar los precios en las viviendas de ciertas zonas en los lugares turísticos, así como los productos de consumo, lo que genera que las personas que eran residentes del lugar por años, terminen por irse, vale la pena por los cinco minutos que exige “vivir” el turiselfie.

O qué nos dice de nosotros como civilización que, por ejemplo, las grandes pirámides de tantas culturas, lugares sagrados de antaño que se construyeron sobre la vida y muerte de miles de seres, ahora estén ahí solo como telón de fondo de los turiselfies, turizombies que no experimentan más que en la medida en que se fotografían, que van palomeando los lugares que visitan sin siquiera conocer un poco de su historia. Hace poco vi en la prensa que se hace un llamado a no tomarse fotografías frívolas en lugares donde se dio el denominado holocausto judío. Lo que nos lleva a pensar esto desde un plano ético.

Y qué decir de los marginados que generan estos sitios, niños que mendigan una moneda, haciendo de ello su hábito de vida, lejos de un lugar verdaderamente propio donde no tengan que ver a los turistas como las únicas monedas de cambio.

Claro está que viajar es algo benéfico y te hace consciente de las maravillas que existen más allá de tu vida diaria, pero quizá unido a otros modelos para viajar, debamos también pensar en dejar de ser tan dependientes de mostrar todo cuanto hacemos a través de esas ventanas al ego que son, en gran medida, las redes sociales.

 

 

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