Un auto de fe en el pueblo de San Bartolomé Otzolotepec.

Para comprender de una mejor más amplia el conflicto comunicativo ocurrido en el México central durante la conquista y los inicios de la época colonial, es oportuno regresar en el tiempo hasta el discurrir de dos de los idiomas involucrados: el latín y el castellano, ya que el náhuatl merece un apartado independiente, y para ello se recomienda leer el texto Las náhuatl hecha grafía: las primeras gramáticas del México colonial. Recordemos que la esencia del sistema alfabético es la representación gráfica de una lengua, por lo que conocer la historia del latín también nos lleva de la mano de la palabra escrita.

F. Polanco: La lengua de la evangelización y de la enseñanza... - nº 14  Espéculo (UCM)
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El devenir del latín previo a la conquista americana

Los orígenes del latín se remontan al 1000 a.C., en los alrededores de la parte noroeste de la región de Lacio.[1] Se considera que el alfabeto latino surge de una variación del griego, el cual aparece alrededor del siglo VII a. C., por lo que existió una relativa cercanía histórica entre el surgimiento del latín como lengua y su representación alfabética.[2] Al tiempo que Roma acrecentó su influencia sobre otras ciudades de Italia y los países del Mediterráneo hasta crear un gran imperio, el latín hizo lo propio y se impuso sobre las demás lenguas itálicas.[3]

     Esta sustitución paulatina, ya sea completa o parcial del latín, alude a la asociación que existe entre la preeminencia de un idioma y el dominio social que el pueblo que lo habla ejerce sobre otro u otros. Esto responde a un conjunto de elementos que van desde la exigencia de los mandatarios sobre el uso o prohibición de determinada lengua, el idioma en que se escribe el sistema legal imperante, los términos de las transacciones económicas, hasta la comunicación cotidiana, donde el arribo de hablantes con una lengua distinta hace necesaria una negociación lingüística. Este último elemento es el que posibilita la transformación de las lenguas, pues una cosa es la disposición de un dirigente, otra la consignación de leyes escritas, donde importa desde “la manera como se escriben los textos (por ejemplo, el tipo de letra y los formatos empleados) o la lengua en que están escritos”,[4] y una muy distinta la interacción habitual entre los hablantes donde los actos de poder adquieren distintas connotaciones.

     En términos alfabéticos, durante siglos las letras del alfabeto latino “connotaron una y sólo una lingua, el latín”.[5] Ninguna otra lengua se registró en letras romanas. “El monopolio del latín sobre el alfabeto romano era tan absoluto que nunca se concibió como resultado de un tabú, […] y del mismo modo, el [monopolio] del griego sobre el alfabeto griego, estaba anclado en profundas preconcepciones acerca de la relación entre la forma y el sonido”.[6] Tuvieron que pasar siglos para que las lenguas romances comenzaran a ser escritas en el alfabeto latino y que el latín perdiera su estatuto como la única lengua verdadera.

      En ese latín que iba unido al imperio romano, había una diglosia,[7] es decir, el latín presentaba dos variantes lingüísticas diferenciadas por una noción de prestigio, lo cual dejaba en claro la diferencia de clases. Existía un “latín culto” utilizado por las élites y un “latín vulgar” usado por el pueblo en su convivencia diaria. Según la teoría más aceptada, del “latín vulgar” surgieron gradualmente las lenguas romances.[8] Si esto es así, significa que fue la lengua viva, en este caso el denominado “latín vulgar”, que en realidad era una derivación del “latín culto”, la que gestó las nuevas maneras de interpretar la realidad y nombrarla. Mientras el “latín culto” atendió a cosas inamovibles, el “latín vulgar” se alimentó del bullir cotidiano, lo que le dio más posibilidades de florecer y diversificarse.

     El poder desde abajo ganó aquí una batalla que duró siglos, porque tales ascensos son comúnmente más lentos que las imposiciones de los grupos dominantes, aunque al final suelen ser más perdurables. Tenemos entonces que efectivamente el poder permea los usos del lenguaje, pero no lo hace de manera unidireccional, pues dicho poder puede ser ejercido de arriba hacia abajo pero también de manera inversa. Ambos flujos son reveladores y han de analizarse en conjunto para una comprensión más amplia de cualquier fenómeno lingüístico.

Ser criollo en la Nueva España – Nexos
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El caso del castellano

La historia del castellano también involucra la bidireccional del poder en los usos de la lengua y su escritura. En 1492 confluyeron tres acontecimientos que en su fondo guardaron relación: la proclamación oficial de la reconquista con la toma de la Alhambra de Granada por los Reyes Católicos, la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija y el arribo de las naves de Cristóbal Colón a América. Los primeros dos sucesos tuvieron sus repercusiones en América. Una de ellas fue la llegada del castellano al Nuevo Mundo, lo cual tiene una larga historia que acompaña al hecho de que hayan sido los Reyes Católicos los ostentadores del poder más significativo de ese momento, producto de la centralización que su mandato consiguió durante la reconquista y se consolidó con la expulsión definitiva de los musulmanes.

     El otro punto de relación estriba en que la Gramática de Nebrija señala un hecho importante en el ascenso de las lenguas romances sobre el latín. El castellano ya era la lengua oficial del reino cuando Nebrija realizó su Gramática, con la conquista americana el castellano pronto se convirtió en la palabra oficial ya no sólo de un reino sino de un naciente imperio en expansión.   El propio Nebrija hace una sucinta historia de las lenguas en occidente como compañeras del imperio y en lo referente a la castellana dice:

«…començando a declinar el imperio de los romanos: junta mente començó a caducar la lengua latina: hasta que vino al estado en que la recebimos de nuestros padres: cierto tal que cotejada con la de aquellos tiempos: poco más tiene que hazer con ella que con la aráviga. Lo que diximos de la lengua ebraica. griega y latina: podemos mui más clara mente mostrar en la castellana: que tuvo su niñez en el tiempo de los juezes y Reies de castilla y de león: y començó a mostrar sus fuerças en tiempo del mui esclarecido y digno de toda la eternidad el Rei don Alonso el sabio. Por cuio mandado se escrivieron las Siete Partidas. la General Istoria. y fueron trasladados muchos libros de latín y arávigo en nuestra lengua castellana. La cual se estendió después hasta Aragón y Navarra y de allí a Italia siguiendo la compañía de los infantes que enbiamos a imperar en aquellos Reinos. I assi creció hasta la monarchía y paz de que gozamos primera mente por la bondad y prouidencia diuina: después por la industria. trabajo y diligencia de vuestra real majestad».[9]

Bajo estos supuestos es que Nebrija sistematizó analíticamente la lengua que sometió a un dominio colonial a cientos de individuos y trazó parte del devenir histórico de las colectividades que surgieron a partir del aniquilamiento y la fusión del mundo novohispano.

Una docente de la ULPGC valora la influencia de Antonio de Nebrija en  América en The Conversation | ULPGC - Universidad de Las Palmas de Gran  Canaria
Antonio de Nebrija.

     Los primeros registros en lengua castellana corresponden a las Glosas silences y a las Glosas emilianenses, que suelen considerarse pertenecientes al siglo XI. Estas glosas no eran textos en romance sino que se trataba de pequeñas anotaciones a un texto latino, por lo regular de índole jurídica. Lo que indica que las primeras apariciones escritas del castellano estaban supeditadas a la lengua predominante y eran apenas marginales. Su oficialización ocurre hasta el siglo XIII, cuando la Cancillería de Fernando III emite por primera vez documentos oficiales escritos en castellano, prescindiendo del latín. Ahora, esto se refiere al ámbito escrito pero en la vida cotidiana el castellano estaba presente desde tiempo atrás, con una actividad cada vez más intensa y constante, de modo que la oficialización fue una consecuencia de su extensión.[10]Aquí cabe preguntarse qué ocurrió en el entorno social para que las lenguas vernáculas –en este caso el castellano– adquirieran tal relevancia hasta llegar a su oficialización. Remontarnos hasta la invasión de los árabes en la península ibérica ilustrará el tema.

     Al comenzar el siglo VIII la monarquía visigoda agonizaba a causa de las luchas entre sus mandatarios. Justo en ese momento, en el año 711, ocurrió la invasión musulmana y al cabo de ocho años los musulmanes ocuparon la península, a excepción de sus franjas montañosas del norte.[11] No obstante la victoria de los musulmanes, los pueblos sometidos nunca dejaron de luchar por su expulsión. Esta lucha obedeció a que las construcciones socioculturales y religiosas de musulmanes y peninsulares-cristianos eran irreconciliables. Ambos contaban con una fuerte tradición en cultura escrita, con un alfabeto propio, y todo ello era el sustento de lo fundamental: su religión. Tanto el islam como el cristianismo son dos religiones del libro, donde el poder de la palabra es central en su cosmovisión.

     Ante tal escenario, cualquier negociación era imposible. En palabras de Alberto de la Hera, la religión musulmana al igual que la cristiana, se cierra a toda posibilidad de conversión, no asimila, no permite la predicación. Ninguna de las dos es permeable; ambas son religiones de aspiración universal, totalizadoras y excluyentes. Estas son las razones básicas que llevaron al cristianismo y al mahometismo a un enfrentamiento militar. Desde la perspectiva cristiana, el musulmán no era un infiel a convertir sino un infiel a eliminar.[12] De allí que el único camino posible que contemplaron los pueblos peninsulares ante la incursión árabe fuera la guerra.

     La disputa por la recuperación del territorio contempló tres planos: el militar, donde se realizó concretamente la conquista; el religioso, que fue el sustento ideológico del combatiente; y la necesidad de poblar los territorios ganados a los musulmanes.[13] En este aspecto, la cultura escrita tuvo un papel relevante con las denominadas Cartas Puebla, que eran “instrumentos de carácter jurídico cuyo principal objetivo fue ordenar el territorio, estabilizar las líneas fronterizas en momentos clave de la conquista y poblar o repoblar núcleos urbanos”.[14] Estas cartas fueron un fenómeno común durante la reconquista y se trató de instrumentos políticos que legitimaban, a través del registro escrito, tanto al territorio reconquistado como a la figura del rey. Los tres planos mencionados y la mediación de la cultura escrita fueron ejes que forjaron parte importante de la construcción social peninsular y que más tarde se trasladaron a la conquista y evangelización en tierras americanas. El enfrentamiento cristiano-musulmán despuntaba ya en 1252 en favor de los primeros, pues a excepción de Andalucía, las demás regiones de la península estaban ya en manos de los cristianos. En 1340 a los árabes únicamente les quedaba Granada, la cual fue recuperada tras otros 150 años.[15] 

     En el plano social, la guerra de reconquista produjo alianzas políticas entre los distintos reinos peninsulares que a través del largo proceso de combate acabaron por constituir un estado unificado con los Reyes Católicos. Pero antes que ello ocurriera, así como existían diversos reinos, había distintas lenguas, de modo que en 1300 la península ibérica estaba fragmentada en comunidades lingüísticas.[16] Galicia tenía su propia lengua, aunque el gallego perdería fuerza precisamente alrededor del siglo XII debido al ascenso del castellano; la cultura catalana tuvo un peso relevante durante la baja edad media y el euskera seguía su camino independiente. Mientras tanto el hebreo, aunque estuviera circunscrito principalmente al ámbito litúrgico, mostró su influencia en el siglo XIII, siendo el Zóhar, escrito alrededor de 1285, obra cumbre de la tradición mística judía. El árabe era fundamental en la obra literaria e histórica del reino de Granada. No obstante, tanto el árabe como el hebreo, al pertenecer a las minorías religiosas eran contemplados como marginales.[17]

     El caso del castellano es crucial, pues ya desde el siglo XI Castilla comenzó a imponerse en el escenario político: «Este reino, en virtud de su ubicación fronteriza cristiano-musulmana, se mantendrá en permanente estado de confrontación con los árabes, y por lo mismo llegará a ejercer un mayor dominio regional en lo que toca al avance de los cristianos en el desarrollo de la Reconquista. Lo anterior prefigura el papel que habrá de jugar Castilla en la posterior consolidación de un Estado en España, y que […] se reflejará en la importancia política y cultural que habrá de alcanzar su lengua en el ámbito español».[18]

De lo anterior subrayemos dos puntos. Por una parte, la diversidad de lenguas existente en la península propició una intensa actividad lingüística, y a mayor actividad mayor transformación. De allí que, sobre todo las lenguas romances, comenzaron a desarrollarse y fortalecerse hasta terminar por adquirir un estatus equivalente al latín. Lo anterior lo comprueban los documentos escritos preservados, tan importantes en la gobernabilidad de la época, de los que ya han sido señalados algunos ejemplos en el capítulo anterior. El segundo punto es que la guerra de reconquista fue factor para que Castilla despuntara sobre las otras regiones en el terreno político, lo que al paso del tiempo provocó que el castellano se convirtiera en la lengua del imperio y que Antonio de Nebrija terminó de encumbrar con la realización de su gramática, la primera que existió de una lengua romance.

Política del lenguaje en la Nueva España

Tenemos pues que, por un lado, la puesta en marcha de la evangelización como parte de la legitimación colonial española fue esencial, en donde uno de los problemas principales a los que se enfrentaron los frailes fue el idioma, en este caso, el náhuatl. Los evangelizadores fueron los que se encargaron de la enseñanza indígena, de la elaboración de gramáticas y, en muchos casos, de la coordinación del trabajo indígena en los códices coloniales. Ahora bien, el problema comunicativo no solo fue de ello, sino también de los conquistadores o funcionarios españoles que llegaron a los nuevos territorios, así como de los propios indios.

     Todo conflicto lingüístico tiene una historia. Vimos que así como el náhuatl disputaba con otros idiomas del altiplano central, el latín y el castellano tenían también una trayectoria que oscilaba entre el uso cotidiano, el de la élite y el ejercicio del poder, la aplicación de la palabra escrita y múltiples factores socioculturales. Estos componentes históricos entraron en escena durante la conquista y colonización del Nuevo Mundo. En la interacción del día a día los individuos, ya fueran españoles o indios, debieron encontrar diversas maneras para “solucionar” la frontera lingüística propia del uso de lenguas distintas. En ese flujo cotidiano, para el caso del altiplano central, eran el castellano y el náhuatl los usados, el latín era privativo de las ceremonias religiosas.

En 1519 se creó el primer cabildo en la Nueva España | Instituto Nacional  para el Federalismo y el Desarrollo Municipal | Gobierno | gob.mx
El cabildo de la Villa Rica de la Vera Cruz nombró a Hernán Cortés Capitán General y Justicia Mayor. Fuente: Gobierno de México

     No es el objetivo de este texto abordar el conflicto lingüístico en el plano de la vida común, por ello, consideramos que una forma de aproximarnos es exponer lo que ocurrió en materia de política del lenguaje, mostrar la visión y propuestas de la Corona española respecto al problema comunicativo novohispano. Iremos primero a la perspectiva lejana que tenían los monarcas y que se vio reflejada en sus primeros intentos de imponer el castellano como solución comunicativa y como colofón a su empresa conquistadora.   

     Esta política impuesta desde el poder permite observar que la transformación que se dio en la política del lenguaje fue producto de la complejidad que pronto mostró el intercambio lingüístico en que estuvieron inmersos los hablantes comunes –tanto misioneros, funcionarios, naturales– y que hizo se comprendiera que no bastaba con dictar leyes para hacer que un idioma dominara a otro. El náhuatl dio muestras de resistencia, por lo menos a lo largo de la época colonial y sobre todo en la primera mitad, pues de nuevo aparece la ironía, y es que no fueron los monarcas españoles quienes vieron por fin al castellano triunfar como lengua franca y oficial en los territorios conquistados, sino sería con la introducción de los gobiernos que se independizaron de la Corona.

      Ahora bien, este triunfo del castellano como lengua hegemónica en la actualidad (aunque conseguirlo fue prolongado y tras mucha negociación) fue posible porque existió una introducción efectiva desde un inicio como idioma del grupo dominante. Lo que jugó un rol vital en el surgimiento de una mentalidad distinta a la existente en los antiguos pueblos prehispánicos que entraron en contacto con los colonizadores. Recordemos que una conquista es completa cuando trastoca los aspectos cognitivos fundamentales de un individuo o de una colectividad y, en este punto, el lenguaje es uno de los elementos de mayor incidencia en nuestra configuración cognoscitiva.

     Las lenguas nativas no desaparecieron ni fueron anuladas por el castellano, el castellano tuvo un impacto en muchas de ellas pero la mayoría continuó con su desarrollo. El náhuatl, como las distintas lenguas que hablaban los naturales, siguió su trayectoria en la que existieron las transformaciones que toda lengua sufre a lo largo del tiempo. No obstante, como lo expresa Sergio Bogard, el resultado de la confrontación que significó la conquista:

     «…entre los naturales del Nuevo Mundo y los aventureros que llegaban del otro lado del mar trae por consecuencia que se rompa la situación política, social y cultural prevaleciente antes de su llegada, y en lo que al ámbito lingüístico se refiere, que el uso de la lengua del invasor se sobreponga al de las lenguas propias del territorio conquistado. En otras palabras, es el momento en que la lengua de Castilla, como inevitable acompañante de los individuos que empiezan a construir un imperio, después de haber construido, tras siglos de conflicto, un Estado, es sembrada violentamente en los restos del centro mismo del poder y cultura aztecas, desplazando de ese centro la lengua del pueblo conquistado, el náhuatl».[19]

  Al respecto, Alfonso Rubio también coincide con Bogard al señalar que a partir del conflicto comunicativo inicial entre descubridores y los habitantes de las nuevas tierras, surge un proceso de intercambio lingüístico y luego al predominio de la lengua invasora,[20] esto para el caso de la imposición (en palabras del autor) del castellano en el Nuevo Reino de Granada. De modo que aunque no se trató de una anulación de una lengua sobre otra, la llegada del castellano, la fonetización de las lenguas nativas, así como la introducción de alfabeto en la escritura náhuatl tuvieron una injerencia paulatina y profunda en las lenguas nativas.

     Por otra parte, existió una legislación lingüística desde épocas muy tempranas, ya Las Ordenanzas Reales de 1526 “autorizaban a capturar nativos para lenguas y exigían que el Requerimiento fuese presentado a los indígenas por medio de intérpretes. Las normas quedaron recogidas en la Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias”.[21] Asimismo, “las Disposiciones Reales de la primera época del Descubrimiento involucran en la evangelización, la enseñanza de la lengua española. En todas las expediciones acuden religiosos para transmitir a los indios la fe católica en la lengua del imperio español”.[22]

     Al menos una intención de imponer la lengua castellana existió por parte de la Corona, el hecho de que la realidad haya demandado una “negociación” lingüística entre conquistadores, evangelizadores y naturales (de la que dan fe la creación de gramáticas a manos de los evangelizadores, por ejemplo) no elimina la existencia de dicho propósito de imposición. Cabe recordar que Isabel quería castellanizar el reino que ahora tenía bajo su mando, pues como sentenció Antonio de Nebrija: “siempre la lengua fue compañera del imperio”.[23]

Los conquistadores españoles hicieron del lenguaje un nuevo problema se refiere a la nueva imposición que quisieron generar con el castellano, mandato de Isabel que no tomaba en cuenta el largo tiempo necesario para lograr tal misión y pasando por alto que el náhuatl podía fungir como la lengua modelo. De modo que al final no consiguieron ni perpetuar el náhuatl, como señala Brice, ni introducir de manera contundente y eficaz el castellano.



Notas al pie

[1] Pimentel, Gramática, 2008, p. 3.

[2] Calvet, Historia, 1996, p. 114.

[3] Pimentel, Gramática, 2008, p. 3.

[4] Bowman, “Cultura”, 1999, p. 18.

[5] Illich, Viñedo, 2002, p. 160.

[6] Ibídem., p. 95.

[7] En una definición más especializada, el término diglosia alude “a los casos en que una agrupación social o comunidad de habla utiliza dos o más lenguas o variantes lingüísticas en distribución complementaria. Es decir, que maneja dos o más lenguas en contextos diferentes. En los casos de diglosia, unas lenguas o las variantes de una lengua tienen mayor prestigio que otras en dicha comunidad de habla”. Vid. Parodi, “Tensión”, 2010, p. 307.

[8] “La fragmentación lingüística de la Romania, esto es, la pérdida de inteligibilidad mutua entre los diferentes dialectos del latín –los que posteriormente dieron lugar a las diversas lenguas romances– es, sin embargo, un hecho, al parecer, relativamente reciente que suele situarse entre los siglos IV y VI, coincidiendo, grosso modo, con la caída del Imperio Romano de Occidente a fines del siglo V”. Vid. González Aurelio, Miaja María Teresa, Introducción a la cultura medieval [en línea], México, UNAM, 2006, pp. 111-123, <http://www.filos.unam.mx/LICENCIATURA/Pagina_FyF_2004/introduccion/Company_Formacion_lenguas_romances.pdf>.

[9] Nebrija, Gramática, 1992, p. 103.

[10] González y Miaja, “documento en línea citado”, p. 112.

[11] Kobayashi, Educación, 1985, p. 87.

[12] Hera, Iglesia, 1992, pp.21-22.

[13] Bogard, “Choque”, 2010, p. 210.

[14] Gómez, “Cartas”, 2008, p. 391.

[15] Bogard, “Choque”, 2010, p. 213-214.

[16] El término comunidad lingüística, se refiere al uso común de una lengua generado por los miembros de una comunidad. Leonard Bloomfield, fue uno de los primeros en crear una definición, y consideró que dicha comunidad está conformada por un grupo de personas que interactúan por medio del lenguaje. Para que esta interacción ocurra es requisito que los hablantes utilicen el mismo sistema lingüístico. Por su parte, para Moreno Fernández una comunidad lingüística está formada por un grupo de hablantes que comparten una lengua pero que además comparten normas y valores sociolingüísticos: actitudes lingüísticas, reglas de uso, criterios y patrones sociolingüísticos. Vid. Donald Freddy Calderón y Blanca Nidia Durán, “Caracterización sociolingüística de la comunidad de habla de Tunja”, pp. 141-142. Disponible en: dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3618880.pdf, consultado el día 07 de marzo del 2013. Según se establece en la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos, una comunidad lingüística “es toda sociedad humana que, asentada en un espacio territorial determinado, reconocido o no, se autoidentifica como pueblo y ha desarrollado una lengua común como medio de comunicación natural y de cohesión cultural entre sus miembros”. Vid.  Comité Internacional de la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, Artículo 1, [en línea], 1998, p. 23, <www.linguistic-declaration.org/versions/espanyol.pdf>.

[17] Ruiz, Crisis, 2008, pp. 217-218.

[18] Bogard, “Choque”, 2010, p. 212.

[19] Ibídem, pp. 207-208.

[20] Rubio, “Lengua”, 2006, p.  191.

[21] Ibídem., pp. 195-196.

[22] Ibídem., pp. 197-198.

[23] Nebrija, Grámatica, 1992, p. 99.

Bibliografía

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Bowman K. Alan, Woolf Greg, “Cultura escrita y poder en el mundo antiguo” en Alan Bowman K., Greg Woolf (comps.), Cultura escrita y poder en el mundo antiguo, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 11-33.

Calvet, Louis-Jean , Historia de la escritura, Barcelona, Paidós Orígenes, 2001.

Comité Internacional de la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, Artículo 1, [en línea], 1998, p. 23

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Gómez Bayarri, José Vicente, “Cartas Puebla valencianas concedidas a fueros aragoneses” en Aragón en la Edad Media, núm. 20, Valencia, 2008, pp. 391-412.

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Hera, Alberto de la, Iglesia y Corona en la América española, Madrid, MAPFRE, 1992.

Illich, Ivan, En el viñedo del texto. Etología de la lectura: un comentario al “Didascalicon” de Hugo de San Víctor, México, FCE, 2002.

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Nebrija, Antonio de, Gramática castellana, Madrid, Fundación Antonio de Nebrija, 1992.

Parodi, Claudia, “Tensión lingüística en la Colonia: diglosia y bilingüismo” en Rebeca Barriga Villanueva, Pedro Butragueño Martín, Historia sociolingüística de México, Vol. I, México, El Colegio de México, 2010, pp. 287-345.

Pimentel Álvarez, Julio, Gramática latina. Método teórico-práctico. México, Editorial Porrúa, 2008.

Rubio Hernández, Alfonso, “La lengua: medio de dominación o vehículo de poder. La imposición del castellano en el Nuevo Reino de Granada”, en Poligramas, núm. 26, diciembre 2006, pp.189-209.

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